CAPÍTULO 28
ÁLEX
El cuarto día empieza con ochenta y tres mil euros en reservas y termina con ochenta y tres mil euros en reservas.
Entre los dos momentos, el teléfono del hotel no deja de sonar.
Algunas llamadas son de personas que quieren reservar. Otras, de curiosos que preguntan si nuestro divorcio fue real, si la fotografía de la cala estaba preparada o si Claudia y yo dormimos juntos.
Lucía diseña una respuesta única:
—El hotel informa sobre habitaciones, eventos y programas. Para información sobre la vida privada de los propietarios, puede consultar ninguna parte.
—La última frase no es correcta —digo.
—Es satisfactoria.
—Déjala —responde Álex.
También llegan mensajes de apoyo. Antiguos huéspedes envían fotografías de aniversarios, lunas de miel y vacaciones familiares. Una pareja recuerda que celebró allí una reconciliación después de veinte años casados.
No podemos convertir esas historias en reservas automáticamente.
Pero recuerdan al equipo que el Miramar existía antes de Eterno Verano y seguirá existiendo después si conseguimos darle una oportunidad.
Entre ambas cifras, Claudia realiza treinta y dos llamadas, Lucía envía sesenta y cuatro correos y Mateo ofrece organizar un curso de cocina para personas que no saben freír un huevo.
—Hay mercado —defiende.
—También hay riesgos sanitarios —responde Claudia.
Yo reviso las cuentas cada hora como si los números pudieran crecer por vergüenza.
No lo hacen.
A media tarde, Beatriz envía un recordatorio del plazo.
No incluye saludo.
—Eso es innecesario —digo.
Claudia lee el mensaje.
—Es un banco. No está intentando animarnos.
—Podía incluir un «mucha suerte».
—Si dependemos de la suerte, ya hemos perdido.
Mira la previsión.
—Podemos lanzar bonos de estancia.
—El banco no los contará como reservas de actividad.
—Nos dará liquidez.
—A cambio de prestar servicios después.
—Si cerramos, los servicios futuros serán el menor problema.
Tiene razón.
Decidimos limitar la venta a antiguos huéspedes y clientes locales. Sin descuentos agresivos. Sin vincularla con el escándalo.
El texto dice:
El Miramar abre el invierno. Dos noches, desayuno y una actividad de temporada. Porque algunos lugares también merecen ser descubiertos cuando termina el verano.
No menciona nuestra historia.
En las primeras dos horas se venden diecinueve bonos.
No sirven para el objetivo del banco.
Sirven para pagar proveedores.
Por primera vez, cada ingreso tiene una función que Claudia conoce al mismo tiempo que yo.
* * *
El quinto día, la escritora con la que contactó Claudia confirma un retiro de dieciséis personas.
La confirmación llega después de una videollamada de cuarenta minutos en la que la escritora pregunta por el silencio, la privacidad y la posibilidad de que ningún fotógrafo entre en el espacio de trabajo.
Claudia no intenta convertir el escándalo en una garantía. Le explica qué zonas serán privadas, qué personal tendrá acceso y cómo figurará por escrito la prohibición de utilizar imágenes de los participantes sin consentimiento individual.
—No quiero que este retiro dependa de que confíen en nuestra palabra —dice al cerrar la llamada—. Quiero que las condiciones permitan comprobarla.
Revisamos juntos la cláusula. Antes habría considerado que tantas cautelas podían asustar al cliente. Ahora entiendo que explicitar un límite no crea desconfianza. Impide que la confianza dependa de que nadie haga preguntas.
La escritora solicita además una sala sin servicio de limpieza durante las horas de trabajo y un procedimiento para destruir cualquier hoja olvidada por los participantes.
—No somos una agencia de inteligencia —digo.
—Para alguien que escribe una novela, una página a medio terminar puede ser más delicada que un contrato —responde Claudia.
Añadimos sobres sellados y una caja de custodia. Mateo protesta porque no podrá entrar a recoger tazas.
—Las dejarán fuera —dice Claudia.
—¿Y si necesitan café durante una crisis creativa?
—Aprenderán a abrir una puerta.
La negociación ocupa casi una hora más. Al terminar, la escritora no solo confirma. Pide que la misma política pueda aplicarse a futuros retiros.
Claudia guarda la cláusula en una carpeta titulada Protocolos de invierno.
—Esto puede repetirse —dice.
Por primera vez, no estamos improvisando un evento para alcanzar una cifra. Estamos creando una forma de trabajar que seguirá existiendo después del plazo del banco.
Importe: nueve mil euros.
Total: noventa y dos mil.
Faltan ocho.
—Podemos bajar el precio para que amplíe el grupo —digo.
—No compraremos la reserva con un descuento que convierta el programa en deficitario.
—Solo necesitamos cumplir la cifra.
—Necesitamos cumplirla sin crear otro problema.
La respuesta podría molestarme.
En cambio, me recuerda la oferta de Sara.
Una cifra no convierte automáticamente una decisión en buena.
—Tienes razón —digo.
Claudia me mira con sospecha.
—No puedes reaccionar así cada vez.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras esperando que discuta.
—Estoy reajustando expectativas.
—Hazlo más rápido.
Sonríe.
Se ha quedado dormida dos noches seguidas sobre el sofá con el portátil abierto. Cada vez la despierto para que se vaya a la habitación pequeña.
No la llevo a mi cama.
No utilizo el cansancio como una oportunidad para conseguir algo que todavía no ha elegido.
Eso debería ser lo mínimo.
Aun así, la primera noche me costó más de lo que quiero admitir.
La segunda noche despierta antes de que pueda llamarla.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida?
—Veintisiete minutos.
—¿Los has contado?
—El informe del banco tiene una capacidad limitada para entretenerme.
Se incorpora y mira las hojas esparcidas sobre la mesa.
—Podías haberme llevado a la cama.
—No sabía a cuál.
La respuesta la hace guardar silencio.
—A la pequeña —dice finalmente.
—Eso pensaba.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque estabas dormida y hemos dedicado demasiados años a decidir por el otro cuando no podía responder.
Claudia se frota los ojos.
—Eso resulta excesivamente correcto.
—Puedo estropearlo si quieres.
—No. Ayúdame a levantarme.
Le ofrezco la mano. La utiliza solo para incorporarse y no la suelta inmediatamente.
—Cuando termine el plazo —dice—, quiero una noche en la que no hablemos de reservas.
—¿En mi habitación?
—Has tardado cuatro segundos en estropearlo.
—Tres.
—Buenas noches, Álex.
La veo marcharse hacia el apartamento pequeño. No me invita a seguirla. Tampoco cierra la conversación con una puerta. Esa diferencia basta para que pueda volver al informe sin sentir que acabo de perder algo.
* * *
El sexto día, Amalia entra en recepción con Julián y una carpeta decorada con flores adhesivas.
—Lucía dice que necesitáis grupos —anuncia.
—Grupos que paguen —aclara Julián.
—No hace falta ser vulgar.
Amalia coloca la carpeta sobre el mostrador.
Ha organizado un encuentro para parejas que llevan más de treinta años juntas. Doce habitaciones, una cena y dos conversaciones guiadas que ella define como:
Cosas que deberíais decir antes de empezar a enviar corazones a Maribel.
—No vamos a llamarlo así —dice Julián.
—Ya está impreso.
Claudia revisa el presupuesto.
—Esto suma nueve mil seiscientos euros.
—Con depósito —añade Amalia.
—No necesitabais hacerlo —digo.
Amalia se ofende.
—No es caridad. He cobrado a todos.
—A casi todos —murmura Julián—. A tu hermana no.
—Mi hermana aportará conversación.
—Eso es exactamente lo que nos preocupa.
Amalia abre la carpeta. Hay nombres, preferencias alimentarias y una columna titulada Temas que no deben mencionarse antes del desayuno .
—Llevamos semanas hablando de organizar algo así —explica—. La fiesta nos dio la idea. Lucía nos llamó y hemos adelantado la fecha.
Eso elimina parte del milagro.
También lo vuelve mejor.
No han inventado una reserva para salvarnos en el último minuto. Han convertido una celebración real en un programa que puede repetirse.
Amalia insiste en enseñarnos el contenido de las conversaciones. Hay una sesión sobre dinero, otra sobre deseo y una tercera titulada Cosas que habéis fingido no oír durante treinta años.
—Necesitamos revisar esto con un profesional —dice Claudia.
—Los profesionales llevan casados menos que nosotros.
—Eso no es un criterio de cualificación.
Julián abre otra hoja.
—También hemos incluido tiempo libre. Si Amalia dirige tres conversaciones seguidas, varias parejas pedirán el divorcio por agotamiento.
—Eso aumentaría la demanda de segundas oportunidades —responde ella.
Claudia intenta no reírse mientras convierte la propuesta en un programa vendible: facilitador, horarios, privacidad y una cena que no obligue a nadie a contar su matrimonio delante de desconocidos.
—Quiero que siga teniendo vuestra voz —dice—. Pero no puede depender de que resolváis conflictos ajenos en el desayuno.
Amalia acepta con la condición de inaugurar el encuentro.
La reserva deja algo más que nueve mil seiscientos euros. Nos entrega un formato que puede repetirse cada temporada sin fingir que todas las parejas llegan al hotel para parecernos a nosotros.
—Necesitaremos un facilitador profesional —digo.
—Yo llevo cincuenta años facilitando que Julián siga vivo.
—Precisamente.
—Puedes contratar a alguien. Pero el título se queda.
El teléfono de Lucía emite una notificación.
Total: ciento un mil seiscientos euros.
Durante unos segundos nadie habla.
Después Mateo empieza a aplaudir desde la cocina.
Lucía llora.
Amalia abraza a Claudia.
Julián me da una palmada en la espalda.
—Ahora no lo estropees.
—¿El hotel?
—Lo otro.
Mira hacia Claudia.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Intentar sirve hasta que deja de servir.
—Consejo tranquilizador.
—Tengo setenta y seis años. Ya no tranquilizo a nadie gratis.
* * *
Esa noche enviamos al banco los contratos, depósitos y aportaciones.
Claudia cierra el último documento.
—Hemos cumplido.
—Todavía tienen que aceptarlo.
—Déjame disfrutar treinta segundos.
—Veinte.
—Álex.
—Treinta.
La abrazo.
Esta vez no mira las ventanas.
Permanecemos abrazados hasta que el teléfono de Claudia vibra. Es un correo automático del banco confirmando la recepción de los documentos.
—No es una respuesta —dice.
—Es menos malo que un rechazo automático.
Nos sentamos en el suelo de la biblioteca, rodeados de contratos y vasos de café. Durante seis días hemos hablado de reservas, deuda y aportaciones como si pronunciar cada cifra pudiera mantener el edificio en pie.
—¿Qué haremos si dicen que no? —pregunta.
La antigua respuesta habría sido buscar otra financiación antes de admitir que no tengo un plan.
—Lo hablaremos cuando ocurra. Antes de llamar a nadie y antes de aceptar otra oferta.
Claudia apoya la cabeza contra la estantería.
—Eso no soluciona nada.
—No. Pero evita que la solución vuelva a aparecer después de que yo ya la haya decidido.
Me mira.
—Está bien.
Esperamos juntos a que llegue una respuesta que sabemos que no llegará esa noche. La espera continúa siendo incertidumbre. Al menos ya no pertenece solo a uno de los dos.
Apoya la cabeza en mi pecho.
—Mañana empiezo el trabajo —dice.
—Lo sé.
—Tendré reuniones durante toda la mañana.
—No te molestaré.
—Puedes traer café.
—¿Eso es una invitación a entrar en la habitación pequeña?
—Es una invitación a dejarlo en la mesa del salón.
—Normas muy precisas.
—Funcionan.
La aprieto un poco más.
—¿Cuándo te irás a Madrid?
—El quince. Cuando termine la campaña, aunque ya no exista campaña.
—Podrías ir antes.
—Podría.
—¿Por qué no lo haces?
Claudia levanta la cabeza.
—Porque quiero terminar esto. Y porque quiero estar aquí contigo.
El alivio aparece antes de que pueda impedirlo.
—No significa que vaya a quedarme.
—Lo sé.
—Deja de decirlo.
—Entonces dime qué quieres que diga.
Piensa.
—Que vendrás a Madrid.
—Vendré.
—Que no esperarás a que yo organice cada viaje.
—También quiero una regla —digo.
Claudia levanta la cabeza.
—No utilizarás marcharte como forma de terminar una conversación.
—Nunca te he amenazado.
—No con palabras. Recoges el ordenador, el bolso o la ropa y yo empiezo a pensar que la puerta puede cerrarse para siempre.
Su expresión cambia.
—A veces necesito espacio.
—Puedes pedirlo sin preparar una salida.
Permanece callada.
—Tienes razón —dice finalmente.
—No ha sonado doloroso.
—Lo ha sido.
—Bien.
—No te acostumbres.
—¿Y tú? —pregunta—. No puedes seguirme cada vez que lo pida.
—De acuerdo.
—Ni aparecer con café como si fuera una disculpa.
—Puedo llevarte café sin esperar que arregle nada.
—Eso sí.
Las reglas nuevas no intentan impedir que sintamos algo.
Intentan evitar que el miedo siga decidiendo cómo termina cada conversación.
—No lo haré.
—Y que, cuando el hotel tenga un problema, me lo contarás antes de convertirlo en una solución.
—Te lo prometo.
Mañana el banco puede rechazar el plan.
La relación puede no sobrevivir a dos ciudades.
Pero esta noche no necesitamos fingir que no sabemos lo que queremos.