Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

CLAUDIA

A las diez de la mañana del primer día tenemos tres cartas de interés y ninguna reserva.

A las cuatro de la tarde seguimos teniendo tres cartas de interés y una discusión con Mateo sobre si un taller de cocina puede anunciarse antes de decidir el menú.

—La gente necesita saber qué va a comer —dice.

—Necesita saber qué va a aprender.

—Aprenderá a comer mejor.

—Eso no es un programa.

—Es una filosofía.

Elena Montalbán llega una hora después y resuelve la discusión pidiendo la cocina completa durante dos fines de semana de noviembre.

No firma de inmediato. Recorre la cocina con Mateo, abre cámaras frigoríficas, pregunta por proveedores y comprueba que las mesas de trabajo tengan una altura adecuada para grupos.

—No quiero una demostración —dice—. Quiero que cocinen todos.

—Entonces necesitaremos dividirlos en dos turnos —responde Mateo.

—O retirar esta isla.

Mateo la mira como si hubiera propuesto demoler una iglesia.

—La isla es estructural.

—Tiene ruedas.

—Estructural emocionalmente.

Elena ignora la protesta y me pide ver las habitaciones, el comedor y el porche que todavía no existe. Le enseño el plano de Marina, los plazos y la parte de la obra que no estará terminada.

—¿Por qué me muestras lo que falta? —pregunta.

—Porque lo descubrirás en noviembre. Prefiero que decidas ahora si puedes trabajar con ello.

Se detiene frente a la caseta.

—Eso no es habitual en una propuesta comercial.

—Estamos dejando de hacer varias cosas habituales.

Álex no completa la frase ni promete que todo estará perfecto. Explica qué zonas pueden cerrarse si llueve y qué alternativa ofrece el comedor pequeño.

Elena hace una última pregunta:

—¿Quién tomará las decisiones durante el retiro?

—Lucía dirigirá la operación —responde Álex—. Claudia coordinará el programa y Mateo la cocina. Yo estaré disponible, pero no concentrará todo en una sola persona.

La respuesta parece convencerla más que cualquier fotografía del mar.

—Quiero exclusividad —dice.

—Cuesta más —respondo.

—¿Cuánto?

Le entrego el presupuesto.

Lo revisa.

—Estás cobrando demasiado poco.

Mateo abre la boca.

—No la contradigas —le digo.

Elena firma una reserva provisional por treinta y dos mil euros y transfiere un depósito de ocho mil.

Cuando aparece la notificación, Mateo la abraza.

Ella permanece rígida.

—No suelo tocar a los proveedores —dice él.

—Yo no suelo permitirlo.

—Ha sido una situación extrema.

—No lo repitas.

Después lo invita a diseñar el menú.

Mateo pasa el resto del día fingiendo que no está emocionado.

La primera reserva cambia el ambiente.

Lucía imprime el comprobante y lo pega en la pared de la oficina.

—No vamos a hacer un mural —digo.

—Claro que sí —responde—. Necesito ver que esto existe cuando entren otras diez cancelaciones.

Debajo escribe la fecha y el importe.

Durante la tarde llegan dos correos de antiguos clientes. Uno pregunta por el retiro de cocina. Otro ofrece colaborar con productos locales si el Miramar permanece abierto en invierno.

No son reservas.

Son señales de que el hotel puede volver a ser una conversación distinta de la nuestra.

Álex propone llamar personalmente a todos los clientes potenciales.

—No para presionarlos —aclara antes de que yo diga nada—. Para responder dudas.

—Bien.

—¿Eso era permiso?

—Era acuerdo.

La diferencia parece pequeña hasta que recuerdo cuántas decisiones empezaron con uno de los dos suponiendo que el otro se adaptaría.

Hasta entonces, el proyecto era una serie de números destinados a tranquilizar a un banco. Ahora existe alguien dispuesto a traer veinticuatro personas al Miramar en noviembre.

Convocamos al personal en el comedor pequeño para convertir la reserva en algo que pueda prestarse de verdad.

Mateo presenta tres menús y se ofende cuando Elena elimina el más caro.

Lucía calcula turnos, limpieza y habitaciones bloqueadas.

Marina explica qué parte del porche estará terminada y cuál tendrá que ocultarse detrás de paneles.

Yo intento evitar que cada departamento prometa algo que otro tendrá que resolver después.

Álex escucha más de lo que habla.

Cuando Iván propone mantener recepción abierta toda la noche, no responde que siempre se ha hecho así. Pregunta cuántas llegadas esperan, qué coste tiene el turno y si un teléfono de guardia cubriría la misma necesidad.

—¿Quién eres? —pregunta Lucía.

—Estoy probando una cosa nueva.

—La gestión.

—Delegar.

—No exageres. Has hecho una pregunta.

La reunión termina con una hoja de responsabilidades, un margen real y una lista de cosas que no ofreceremos hasta poder cumplirlas. Puede parecer poco romántico. Para mí es una de las primeras veces que el hotel se comporta como el proyecto conjunto que siempre dijimos que era.

—Una —dice Álex al mirar el contrato.

—Necesitamos más.

—Podemos celebrar durante treinta segundos.

—Veinte.

—Veinticinco.

—Trato.

Me abraza.

No hay cámaras.

No hay una marca esperando utilizar el gesto.

Aun así, todavía miro de forma automática hacia las ventanas.

Álex lo nota.

Cierra la cortina de la biblioteca.

No dice nada.

* * *

La agencia de formación visita el hotel el segundo día.

Tres personas comprueban la cobertura de internet, la acústica de las salas y la distancia entre la cafetera y el espacio de trabajo.

—Necesitamos alojar a cincuenta empleados —dice la responsable.

—Podemos cerrar dos plantas para el grupo —responde Álex—. Biblioteca y comedor pequeño funcionarían como salas simultáneas.

—¿La caseta estará lista?

—No en enero —digo—. Pero el porche puede acondicionarse antes.

La mujer observa el jardín.

—Hemos leído que existe una oferta de compra.

Podríamos decir que no hay una decisión.

Es verdad.

También ocultaría el riesgo real.

—La reserva incluirá una cláusula de cancelación sin penalización si se vende la parcela antes de vuestra estancia —explico.

Álex no protesta.

—Necesitamos seguridad —dice ella.

—Nosotros también.

Firma por cuarenta y seis mil euros, condicionados a que el banco mantenga la financiación.

El total asciende a setenta y ocho mil.

La cifra debería tranquilizarme.

Solo veo los veintidós mil que faltan.

* * *

Daniel llama al tercer día.

Estoy en la caseta con Marina cuando respondo.

—El consejo quiere presentarte al equipo el lunes —dice.

—Estaré conectada.

—Esperaban que viajaras.

—La condición aceptada era trabajo remoto hasta el quince.

—Lo sé. Estoy preparando expectativas.

—Entonces prepara las correctas.

Marina levanta una ceja mientras mide una pared.

—También quería decirte que he hablado con la agencia de formación —añade Daniel—. Uno de sus directores ha trabajado con nosotros. La reserva no depende de mí, pero he confirmado que el Miramar tiene capacidad para el programa.

—Gracias.

—No quiero que parezca que intento compensar lo de la cena.

—No lo parece.

—¿Estamos bien?

Pienso la respuesta.

—Estamos claros. Es mejor.

Cuelgo.

Durante unos segundos permanezco mirando la pantalla apagada.

Daniel seguirá formando parte de mi vida profesional. No me gusta que el puesto dependa en parte de una recomendación suya, pero el contrato, el salario y la estructura han sido aprobados por un consejo que conoce mi trabajo.

No necesito cortar cada relación incómoda para demostrar que sé poner un límite.

Necesito que el límite exista y que la otra persona lo respete.

Marina me observa.

—¿Quieres que pregunte?

—No.

—Perfecto. Las conversaciones sentimentales reducen la productividad.

—No era sentimental.

—Entonces la has gestionado con una voz innecesariamente seria.

Le entrego el plano.

—Mide la pared.

Marina anota una medida.

—Eso ha sonado adulto.

—No te pago para opinar sobre mi vida.

—Todavía no me has pagado.

—Entonces deberías ser más prudente.

* * *

Esa noche, Álex y yo cenamos en el apartamento.

Continúo durmiendo en la habitación pequeña.

No porque no quiera estar en su cama.

Porque cada vez que nos acostamos juntos, resulta demasiado fácil creer que la intimidad ha reparado lo que todavía estamos aprendiendo a hablar.

—¿Cuándo volverás a dormir conmigo? —pregunta.

—Eso no forma parte del plan de negocio.

—Podemos incluirlo como activo estratégico.

—Esa frase garantiza que no sea esta noche.

Álex sonríe, pero después se vuelve serio.

—Quiero preguntarte algo sin que parezca una negociación.

—Empieza mal.

—¿Somos pareja?

Dejo el tenedor.

—Pensaba que lo habíamos decidido.

—Dijimos que queríamos una relación. No sé si eso significa que puedo presentarte como mi novia.

—Tengo treinta y cuatro años.

—Mi compañera sentimental.

—Parece una categoría fiscal.

—Mi pareja.

Lo miro.

Álex no busca una palabra para la campaña.

Busca saber qué puede decir cuando alguien le pregunte quién soy.

—Sí —respondo—. Somos pareja.

La palabra no produce música ni una certeza inmediata.

Produce una lista de problemas.

Madrid.

Cinco horas de carretera.

Un hotel que todavía puede exigir demasiado.

Un puesto nuevo que no quiero convertir en una visita constante a Puerto Escondido.

—No quiero que “pareja” signifique que debo estar aquí cada vez que algo se complique —digo.

—Ni yo que debas abandonar una reunión para tranquilizarme.

—Tampoco quiero que todos los viajes dependan de mí.

—He hablado con Lucía. Puede asumir la dirección operativa algunos fines de semana.

—¿Se lo has ofrecido o solo lo has pensado?

—Se lo he preguntado. Quiere revisar el salario y las funciones antes de aceptar.

Sonrío.

—Me cae bien.

—Es mi hermana.

—Eso no impide que negocie mejor que tú.

Álex se sienta frente a mí.

—Quiero conocer tu vida en Madrid. No solo ir a recogerte o ayudarte con cajas.

—No es especialmente emocionante.

—Tienes un café donde saben cómo tomas el café.

—Eso parece redundante.

—Para mí es información.

No promete instalarse ni aparecer cada semana.

Solo acercarse a una parte de mí que antes trató como una amenaza.

Abrimos el calendario del mes siguiente. Álex marca dos fines de semana posibles para viajar a Madrid y yo señalo las fechas del retiro, una presentación y la visita de obra.

—No quiero que la primera vez que vengas sea para resolver una crisis mía —digo.

—Entonces iré aunque todo vaya bien.

—Eso será difícil de comprobar.

—Puedo llegar con comida y ninguna herramienta.

—Una bolsa.

—Dos.

—No estamos negociando la cantidad de comida.

—Entonces ya he ganado.

Anotamos también que yo no regresaré cada fin de semana. La frase me produce culpa antes de convertirse en una decisión.

—Habrá días en que el hotel necesite algo y yo no estaré —digo.

—Ya ocurre. Solo que hasta ahora intentábamos fingir lo contrario.

—Y habrá días en que tú estés en Madrid y Lucía tome una decisión que no habrías tomado.

—Eso es delegar, según me han explicado.

—¿Quién?

—Todo el mundo.

No sabemos todavía si podremos cumplir el calendario. Al menos deja de ser una expectativa secreta con la que medir quién se esfuerza más.

Su sonrisa aparece despacio.

—No sonrías así.

—¿Cómo?

—Como si hubieras ganado algo.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—Y sigues sin aprender.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Se acerca.

El beso empieza suave y termina con mi espalda contra la encimera.

Cuando sus manos se deslizan por mi cintura, lo detengo.

—Habitación pequeña.

—No he preguntado dónde ibas a dormir.

—Tu cara sí.

—Mi cara está decepcionada.

—Puede sobrevivir.

Me aparto antes de cambiar de opinión.

Álex recoge los platos.

—Gracias por decir que sí —murmura.

—A la relación o al beso.

—A las dos cosas.

No respondo.

No porque no quiera.

Porque todavía me sorprende que una relación pueda empezar sin exigir que ninguno abandone la vida que ha construido.