Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

ÁLEX

Claudia firma el contrato de Madrid a las once y cincuenta y tres de la noche.

Yo estoy sentado frente a ella, revisando una previsión de tesorería que ha dejado de tener sentido tres veces durante el día.

Cuando pulsa el botón de enviar, deja de respirar.

—¿Ya está? —pregunto.

—Ya está.

—Enhorabuena, directora.

—Todavía no he dirigido nada.

—Eso nunca te ha impedido dar órdenes.

Me lanza un bolígrafo.

Lo atrapo.

Durante unos segundos parece feliz sin condiciones.

Después mira el calendario.

—Empiezo el uno de septiembre. Hasta el quince trabajaré desde aquí.

—Lo sé.

—Después estaré en Madrid.

—También.

—Podrías dejar de responder como si leyéramos un contrato.

—Estoy intentando no decir algo incorrecto.

—Di lo correcto aunque sea incómodo.

Respiro.

—Me alegra que hayas aceptado. Y odio que falte tan poco para que te marches.

Claudia asiente.

—Eso está mejor.

No solucionamos la distancia.

Solo dejamos de fingir que no existe.

Lucía entra con una carpeta y cuatro cafés.

—El banco quiere un plan antes de las nueve.

—Lo sabemos —dice Claudia.

—Mateo ha llamado a tres proveedores, Elena Montalbán está dispuesta a hablar de retiros gastronómicos y Amalia afirma que conoce a suficientes matrimonios como para llenar el hotel en noviembre.

—¿Amalia sabe qué es un retiro? —pregunto.

—Dice que es una estancia donde la gente paga por hablar de sus problemas en un sitio bonito.

—Entonces sí.

Nos instalamos en la biblioteca.

Claudia desarrolla cuatro líneas de ingresos: retiros gastronómicos, formación empresarial, residencias creativas y diseño de eventos fuera del hotel.

Yo calculo costes de habitaciones, personal y calefacción.

Lucía comprueba qué plantas pueden cerrarse durante el invierno.

Mateo aparece cada hora con comida que nadie ha pedido.

A las tres de la madrugada tenemos un plan.

No uno bueno.

Antes de ponerle cifras definitivas, Claudia me obliga a acompañarla hasta la caseta.

Salimos con dos linternas y las chaquetas sobre la ropa del día.

El jardín está húmedo y las luces del hotel dejan de alcanzarnos a mitad del camino.

Durante años utilicé esa oscuridad como argumento: el edificio estaba demasiado apartado, demasiado deteriorado y demasiado lejos de las instalaciones principales para ser una prioridad.

Claudia abre la puerta. Dentro huele a sal, madera vieja y polvo.

—Aquí caben veinte personas trabajando sin molestarse —dice—. Veinticuatro si retiramos el almacén. El porche puede utilizarse antes de terminar el interior y la entrada lateral permite que un grupo funcione sin ocupar el vestíbulo.

No improvisa. Señala enchufes, recorridos, paredes que pueden conservarse y la zona donde siempre quiso instalar una pequeña cocina de apoyo.

—Tenías esto calculado —digo.

—Hace años.

—Pensaba que era una idea.

—Era un proyecto al que nunca asignamos fecha.

La frase no contiene reproche. No necesita hacerlo.

Recuerdo el cuaderno que dejó sobre mi mesa, las páginas que vi por encima y todas las veces que respondí que lo estudiaríamos después de la siguiente temporada. El hotel siempre tenía una urgencia más objetiva que el espacio que Claudia pedía para crecer dentro de él.

—Lo traté como algo opcional porque no amenazaba con romperse —digo.

—Yo también dejé de insistir. Esperaba que comprendieras lo importante que era sin volver a decirlo.

Ilumina la pared del fondo.

—No quiero reconstruir la relación convirtiendo cada error en culpa tuya. Pero tampoco quiero que el plan de invierno parezca una idea brillante que se nos ocurrió esta noche. Existía. Lo que faltaba era que los dos decidiéramos darle espacio.

—Entonces empecemos por escribir eso en el proyecto.

—¿Qué cosa?

—Que la caseta no es un gasto para salvar siete días. Es una línea de negocio que tú diseñaste y que el hotel decidió aplazar.

Claudia me mira bajo la luz desigual de las linternas.

—Eso no convencerá al banco.

—A mí sí me obliga a recordarlo cuando vuelva a aparecer otra urgencia.

Regresamos a la biblioteca con las zapatillas manchadas y una prioridad distinta. La primera fase ya no empieza por lo que se verá mejor en las fotografías. Empieza por la calefacción, la cubierta y aquello que permitirá utilizar el espacio en invierno.

Claudia ha llenado una pared con hojas adhesivas. Cada color representa una línea de negocio y cada flecha parece conducir a otra cifra que todavía no tenemos.

—El hotel no puede abrir entero en enero —digo.

—No hace falta. Dos plantas operativas, turnos reducidos y servicios concentrados.

—La calefacción central no permite aislar por plantas.

—Entonces esa es la primera inversión, no el suelo del porche.

—La caldera cuesta más.

—También evita calentar habitaciones vacías durante cuatro meses.

Lucía consulta las facturas del invierno anterior.

—Claudia tiene razón.

—No hagamos de esto una costumbre —respondo.

—Llegas tarde —dice mi hermana.

Mateo propone cenas abiertas al pueblo los fines de semana. Claudia añade paquetes para antiguos huéspedes. Yo calculo cuántas habitaciones necesitamos ocupar para cubrir cada turno.

La conversación no parece una reconciliación romántica.

Parece algo más difícil: dos personas intentando volver a ser socios sin utilizar el matrimonio como atajo.

Un plan capaz de demostrar que el hotel no depende exclusivamente del verano.

—Necesitamos aportación de los propietarios —dice Claudia.

—Puedo poner doce mil euros sin comprometer la caja.

Consulta sus cuentas.

—Yo, treinta mil.

—No.

Levanta la vista.

—¿Perdona?

—Es el dinero que estabas reservando para una casa en Madrid.

—Un piso que todavía no existe.

—Puede existir.

—También puede existir este proyecto.

—No quiero que inviertas por mí.

—No lo hago por ti.

—Influyo.

—Sí. Igual que influyen Madrid, el hotel y lo que quiero construir. Decidir teniendo en cuenta a alguien no significa dejar que decida por ti.

La frase me obliga a callar.

—Lo documentaremos como préstamo de socia —añade—. Condicionado a que el banco mantenga la financiación y apruebe el plazo.

—Con intereses.

—Bajos.

—Comerciales.

—No abuses.

Sonrío.

—De acuerdo.

* * *

A las nueve, Beatriz escucha la presentación sin mostrar ninguna emoción.

Las cancelaciones han reducido los ingresos futuros en cincuenta y seis mil euros. El pago de Eterno Verano está bloqueado. Las cartas de interés todavía no son reservas.

—Esto no sustituye los cuatrocientos mil euros de la venta —dice.

—No pretendemos sustituirlos hoy —responde Claudia—. Pretendemos demostrar que vender la parcela elimina la única línea de crecimiento capaz de aumentar el valor del hotel.

—El banco necesita garantías.

—Cuarenta y dos mil euros de aportación, un presupuesto de reforma por fases y siete días para convertir interés en contratos.

Beatriz mira hacia mí.

—¿Está de acuerdo?

—Sí.

—¿Aunque eso retrase la reducción de deuda?

—La venta reduce deuda y también ingresos futuros. Necesitamos saber cuál de las dos decisiones protege mejor la capacidad de pago.

No habría dicho eso hace un mes.

Entonces cualquier dinero inmediato parecía una solución.

Mercedes revisa las previsiones.

—¿Qué objetivo podéis alcanzar en siete días?

Claudia consulta sus notas.

—Cien mil euros en reservas formalizadas para programas de invierno.

La miro.

No habíamos fijado esa cifra.

Ella tampoco parece completamente segura de que exista.

Beatriz cierra la carpeta.

—Siete días. Si alcanzan los cien mil, acreditan la aportación y mantienen las reservas actuales, retiraremos la exigencia inmediata de venta durante seis meses.

—¿Qué ocurre con la oferta de Costa Serena durante esos siete días? —pregunta Claudia.

—No se firmará ninguna carta de intenciones.

—¿Y las conversaciones?

—El banco puede recibir información de cualquier interesado.

—No sobre condiciones de una propiedad que no posee sin informar a sus dueños.

Beatriz la observa.

—Cualquier comunicación relevante se trasladará a ambos.

—Por escrito.

—Por escrito.

Mercedes oculta una sonrisa detrás de la taza.

Al salir de la biblioteca, Claudia se apoya contra la pared.

—Cien mil euros.

—Fuiste tú quien dijo la cifra.

—Esperaba que negociaran a la baja.

—Eso no ha ocurrido.

—Gracias por la información.

—Podemos hacerlo.

—No digas que saldrá bien.

—He dicho que podemos intentarlo.

Claudia toma aire.

—Eso sí te lo permito.

—¿Y si llegamos a noventa y nueve? —pregunto.

—No habrán cumplido.

Claudia asiente.

—Llegaremos.

* * *

Al salir de la reunión, Sara espera en el vestíbulo.

Está sola y lleva el mismo traje de ayer.

—El consejo ha preparado una propuesta —dice.

—La colaboración está suspendida —responde Claudia.

—Podría reactivarse y cerrarse de forma controlada.

—No queremos otro relato.

Sara abre una carpeta.

—Doscientos cincuenta mil euros adicionales, además del pago pendiente.

La cifra atraviesa el aire.

Cuatrocientos treinta mil euros.

Más de lo que exige el banco.

Suficiente para conservar la parcela y empezar la reforma.

Claudia se tensa a mi lado.

—¿A cambio de qué? —pregunto.

No porque quiera aceptar.

Porque quiero oír la trampa completa.

—Un acto público este sábado. Reconoceríais que la campaña empezó como una representación, confirmaríais que ahora sois pareja y os comprometeríais a dirigir juntos el Miramar durante un año.

—No —digo.

Sara parpadea.

La palabra me provoca un vacío inmediato en el estómago.

No porque dude de Claudia.

Porque sé exactamente cuánto acabamos de rechazar.

Sara abre la carpeta de todos modos.

—El compromiso no exige residencia permanente. Claudia podría mantener su puesto en Madrid y aparecer en los hitos principales.

—Entonces no es un compromiso con el hotel —respondo—. Es una obligación de ofrecer nuestra relación cuando la marca la necesite.

—Es una asociación comercial.

—Ya tuvimos una.

—Y os dio tiempo.

—También nos ha dejado una fotografía privada en la portada de un periódico.

Sara endurece la expresión.

—No podéis atribuir a toda la empresa una filtración que todavía no está aclarada.

—No hace falta para saber que no volveremos a firmar algo así.

Claudia no dice nada.

Siento su mirada sobre mí.

Por una vez, la decisión correcta no necesita que ella me recuerde el precio.

Claudia también.

—Álex —dice Sara—, deberías leer las condiciones.

—No necesito leer un contrato que convierte nuestra relación en una garantía financiera.

—Son cuatrocientos treinta mil euros.

—Lo sé.

Mi cuerpo calcula todo lo que podríamos hacer con ellos.

La cubierta.

La deuda.

Las nóminas.

El cálculo existe.

Esta vez no decide.

—El hotel tendrá que sobrevivir sin comprar otro año de nuestra vida —añado.

Sara mira a Claudia.

—¿Esa es también tu respuesta?

Ella tarda un segundo.

No porque dude de la oferta.

Porque me está mirando.

—Sí —responde—. Es nuestra respuesta.

Sara cierra la carpeta.

—No encontraréis otra cantidad igual en siete días.

—No la necesitamos —dice Claudia—. Necesitamos cien mil euros de clientes que quieran venir por el hotel.

Sara se marcha.

No siento alivio.

Siento terror.

Pero cuando miro a Claudia, su expresión ya no contiene la decepción del vestíbulo.

—No has preguntado las condiciones —dice.

—Las ha explicado.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

—¿Te has arrepentido mientras decías que no?

—Durante cada palabra.

Claudia se acerca.

—Bien.

—¿Bien?

—Confiar en ti no significa creer que nunca sentirás la tentación. Significa saber qué harás cuando aparezca.

Me toma la mano.

Tenemos siete días para conseguir cien mil euros.

Por primera vez, salvar el hotel depende de lo que ofrecemos como negocio.

No de lo que estamos dispuestos a fingir como pareja.