Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

CLAUDIA

El artículo tarda nueve minutos en llegar al teléfono de todo el hotel.

Lo sé porque, a los diez, el vestíbulo ha dejado de parecer un vestíbulo.

Los huéspedes hablan en voz baja, algunos empleados se esconden para leer y tres periodistas esperan ya frente a la entrada. Lucía cierra las cortinas. Mateo apaga la televisión del bar después de que un informativo muestre nuestra fotografía de boda junto al titular.

Álex permanece a mi lado.

No intenta tocarme.

—La campaña está suspendida —dice Sara.

Nos lo comunica en la biblioteca, con Javier y Laura sentados a ambos lados como si fueran testigos de una sentencia.

—Los patrocinadores han bloqueado los pagos hasta que el consejo determine responsabilidades —añade.

—Vosotros conocíais el divorcio —respondo.

—Y vosotros firmasteis la campaña.

—No autorizamos esa fotografía.

Javier abre el contrato.

—La cala forma parte de la propiedad del hotel.

—La cláusula decimocuarta exige aviso previo cuando se capten imágenes fuera de las sesiones programadas —digo—. No lo hubo.

—Tendremos que revisarlo.

—Mi abogada ya lo está haciendo.

Inés ha recibido el artículo, el contrato y la fotografía. Su primer mensaje ha sido breve:

No firméis nada. No aceptéis ninguna versión “temporal” de la verdad. Y no dejéis que el abogado con traje gris os asuste.

Javier lleva un traje gris.

—¿Cuánto dinero queda bloqueado? —pregunta Álex.

Me vuelvo hacia él.

No porque no debamos saberlo.

Porque odio que la cifra aparezca tan rápido.

—Ciento ochenta mil euros —responde Sara.

El segundo pago.

La primera fase de la caseta.

La cantidad que podía impedir que el banco volviera a mirar hacia la parcela.

Álex asiente.

—Enviaremos una notificación formal invocando la vulneración de intimidad y el incumplimiento de la cláusula decimocuarta.

Sara lo observa.

—Eso puede cancelar definitivamente la campaña.

—Habéis utilizado una imagen privada para sostener una historia falsa.

—La imagen no se publicó en canales oficiales.

—Estaba en vuestro archivo —digo—. Y ha terminado en un periódico.

—No sabemos quién la filtró.

—Eso no cambia quién la tomó.

Sara recoge la tableta.

—El consejo os hará llegar una propuesta antes de esta tarde.

—No quiero otra historia —respondo.

—Quizá quieras leerla cuando conozcas las consecuencias de no hacerlo.

Se marcha.

La puerta se cierra.

Durante unos segundos solo oímos las voces de los periodistas fuera.

—Tenemos que hablar con el personal —dice Álex.

—Sí.

—Y con el banco.

—Después.

—La suspensión cambia las previsiones.

—Lo sé.

Me mira.

—No estaba decidiendo el orden. Estaba enumerando.

—Estoy demasiado acostumbrada a defenderme.

—Yo te he dado motivos.

No hay tiempo para discutir si ese reconocimiento ayuda.

* * *

El comedor pequeño se llena con diecisiete empleados.

Recepción, cocina, limpieza, mantenimiento y camareros. Personas que conocen la diferencia entre la historia de la campaña y la de nuestra vida porque nos vieron discutir antes de que nadie pagara por grabarlo.

—El artículo contiene hechos verdaderos y conclusiones que no lo son —empieza Álex—. Estábamos divorciados cuando firmamos. Eterno Verano lo sabía.

—Aceptamos fingir que estábamos intentando volver —añado—. Lo hicimos para conseguir el contrato y salvar el hotel.

Nadie habla.

Rocío, una de las camareras, levanta la mano.

—¿Y ahora estáis juntos de verdad?

Mateo la mira.

—No es el momento.

—Es lo que preguntan todos.

—Estamos intentándolo —respondo—. Pero eso no convierte en honesto cómo empezó la campaña.

—¿Nos van a despedir? —pregunta Iván, desde recepción.

La pregunta elimina cualquier parte romántica de la reunión.

—Las nóminas de este mes están cubiertas —dice Álex.

—¿Y las siguientes?

Álex mira hacia mí antes de responder.

—Si se mantienen las reservas actuales, también. Si las cancelaciones continúan, tendremos que revisar horarios y gastos antes de tocar puestos de trabajo.

—¿Eso significa reducir personal? —pregunta una mujer de limpieza.

—Significa que no os prometeremos algo que todavía no sabemos —digo—. Y que conoceréis las cifras antes de que una decisión os afecte.

Mateo cruza los brazos.

—Eso es nuevo.

No sé si habla de Álex, de mí o de los dos.

—Debería haber sido siempre así —responde Álex.

Lucía abre una hoja compartida en la pantalla del comedor.

—Podemos publicar cada viernes una actualización interna: ocupación, eventos confirmados y riesgos de caja.

—Sin información de huéspedes —añado.

—Y sin convertirlo en una clase de contabilidad —dice Mateo.

—Tú aprenderías algo.

—Yo trabajo con alimentos. Las cifras no son comestibles.

La broma no elimina el miedo, pero permite que algunos vuelvan a respirar.

—Dependerá de las cancelaciones y de lo que ocurra con el pago suspendido.

No promete algo que no sabe.

Es una mejora y una derrota al mismo tiempo.

El ordenador de recepción empieza a emitir avisos.

Lucía mira el teléfono.

—Han cancelado cuatro eventos.

Antes de que termine la reunión, son siete.

Una pareja escribe que no quiere casarse en «un hotel basado en una mentira».

Otra exige la devolución completa del depósito.

La tercera pregunta si seguiremos abiertos en diciembre. La cuarta no menciona el artículo y probablemente habría cancelado de todos modos, pero resulta imposible separar una cosa de la otra cuando cada aviso suena como una sentencia.

Nos sentamos con Lucía detrás de recepción.

—Podemos devolver íntegramente los eventos de los próximos treinta días —dice Álex—. Después, los gastos ya comprometidos complican la situación.

—No podemos responder a cada pareja según cuánto ruido pueda hacer en redes —digo.

—Tampoco podemos retener dinero de alguien que ya no confía en nosotros.

—Entonces ofreceremos tres opciones: devolución completa en treinta días, cambio de fecha o devolución descontando solo gastos demostrables.

Lucía anota.

—¿Y si todos piden la primera?

Álex mira la caja disponible.

—Nos dolerá.

—Esa no es una cifra.

—Será una cuando sepamos cuántos la eligen.

No discutimos para ganar. Discutimos hasta encontrar una política que podamos explicar sin escondernos detrás del contrato.

—Revisaremos cada caso —digo—. Nadie recibirá una respuesta distinta según quién abra el correo.

—¿Quién decidirá? —pregunta Rocío.

Álex y yo nos miramos.

—Los dos —respondemos.

La primera pareja que pide hablar con nosotros llega antes de que podamos levantarnos.

Se llaman Paula y Sergio. Su boda está prevista para dentro de cinco semanas. Los conocí durante una videollamada de planificación y recuerdo que Paula quería una ceremonia pequeña porque su padre se cansa con facilidad. Hoy trae el contrato impreso y una captura del titular.

—No sé qué creer —dice.

No está enfadada. Eso resulta peor. Está avergonzada de tener que preguntar si el lugar donde pensaba casarse existe de verdad detrás de la campaña.

—El hotel existe —respondo—. El servicio que contratasteis también. La mentira fue nuestra situación sentimental y la forma en que permitimos que se utilizara.

Sergio mira a Álex.

—¿Vais a seguir abiertos?

—Sí —dice él—. Y, si decidís marcharos, aplicaremos la misma política que al resto. No intentaremos reteneros con una historia distinta.

Paula revisa las tres opciones de devolución que acabamos de acordar. No toma una decisión inmediata. Pide dos días y una visita con sus padres antes de decidir.

Cuando se marcha, Álex permanece mirando la puerta.

—Podíamos haberle prometido que todo saldrá bien.

—No lo sabemos.

—Por eso no lo he hecho.

La conversación no recupera la reserva. Recupera algo más pequeño: la posibilidad de que una clienta nos crea incluso cuando la respuesta no la tranquiliza.

* * *

Mercedes llama media hora después.

No hace falta que explique qué ha visto.

—Beatriz ha convocado una revisión extraordinaria mañana a las nueve —dice por el altavoz.

—Nos concedisteis veinticinco días —respondo.

—Las previsiones han cambiado.

—La deuda no.

—El ingreso principal sí.

Álex se inclina sobre el teléfono.

—Presentaremos un plan actualizado.

—Necesitaréis demostrar que existe una alternativa a la venta.

—No se construye una alternativa en una noche —digo.

—Lo sé.

Mercedes suena sinceramente cansada.

—Pero mañana el comité decidirá si mantiene el plazo.

Cuelga.

Álex se apoya contra el mostrador.

—No podemos resolver el banco, las reservas y la campaña esta tarde.

—No.

—¿Qué hacemos primero?

La pregunta importa.

No me presenta un camino terminado.

No espera a que descubra que ya ha llamado a alguien.

—Contar la verdad nosotros —respondo—. Después construiremos un plan que no dependa de que el público crea en nuestro matrimonio.

—Inés ha recomendado no hablar.

—Ha recomendado no improvisar.

—Los periodistas están fuera.

—Entonces prepararemos cuatro frases.

—¿Juntos?

—Juntos.

* * *

Salimos a la entrada a las siete y doce.

No hay maquillaje, luces ni una empresa pidiendo que acerquemos las manos.

Esta vez sabemos exactamente dónde están las cámaras.

Álex habla primero.

—Claudia y yo estábamos legalmente divorciados cuando aceptamos la campaña de Eterno Verano. La empresa lo sabía desde el primer día.

Los periodistas empiezan a gritar preguntas.

Continúo.

—Aceptamos representar una reconciliación porque el Miramar atravesaba una situación económica crítica. Fue una decisión equivocada y asumimos nuestra responsabilidad.

Una periodista pregunta si nuestra relación actual también es falsa.

—Lo que ocurre ahora entre nosotros no estaba planeado —respondo—. Tampoco pertenece a ninguna campaña.

Álex aprieta mi mano.

—La fotografía difundida hoy fue tomada fuera de una sesión programada y sin nuestro conocimiento. Hemos suspendido nuestra colaboración hasta que se aclare su origen y se respeten las cláusulas de privacidad que firmamos.

—¿Seguiréis juntos? —grita alguien.

Miro a Álex.

No necesito prometer un final para demostrar que digo la verdad.

—Estamos intentando construir una relación nueva —digo—. No vamos a utilizarla para vender habitaciones ni para garantizar el futuro del hotel.

Entramos sin responder más.

Nora nos alcanza antes de que crucemos el vestíbulo.

—Mi editora publicará esta noche —dice—. Eterno Verano ha pedido revisar el texto y se lo hemos negado. Pagaron el alojamiento y facilitaron el acceso, no compraron control editorial.

—¿Vas a utilizar lo que acabamos de decir? —pregunto.

—Sí. También la documentación que demuestra que conocían el divorcio. No puedo evitar el daño del primer artículo, pero sí impedir que sea la única versión comprobada.

Álex asiente.

—Cuenta también que aceptamos. No quiero que parezca que toda la responsabilidad era de la empresa.

—Lo haré.

Nora no nos promete un texto amable. Nos promete uno verificable. Después de todo lo ocurrido, esa diferencia se parece mucho a una forma de respeto.

En el vestíbulo espera el personal.

Nadie aplaude.

Mateo levanta el teléfono.

—Acaba de entrar una reserva para noviembre.

—¿De quién? —pregunta Álex.

—Una antigua huésped. Dice que quiere volver porque el Miramar no es una campaña.

Lucía mira el ordenador.

—Otra.

No son suficientes.

Ni siquiera se acercan.

Pero son la primera prueba de que el hotel puede significar algo cuando dejamos de vender nuestra historia.

Antes de medianoche, Nora publica su artículo.

El titular no intenta absolvernos: «El Miramar, el divorcio oculto y la campaña que confundió una segunda oportunidad con un producto».

El texto explica que Eterno Verano conocía nuestra situación legal, reproduce los avisos internos sobre el riesgo de presentar la historia de forma engañosa y distingue entre la decisión comercial que tomamos al principio y la relación que empezó después.

También describe la fotografía de la cala como material captado fuera del calendario autorizado. No publica otra imagen.

Algunos comentarios continúan llamándonos mentirosos. Otros preguntan por qué una empresa necesitaba vigilar una reconciliación que afirmaba considerar auténtica. La conversación no mejora de repente, pero deja de tener una sola dirección.

Mi teléfono vibra.

Daniel.

El consejo acepta las dos semanas en remoto y un modelo flexible después del periodo inicial. Necesito tu firma antes de mañana.

Madrid aparece en mitad del vestíbulo como otra vida esperando.

Álex lee mi cara.

—Han aceptado.

—Sí.

—¿Vas a firmar?

—Sí.

El miedo cruza su expresión.

No lo oculta.

—Me alegro —dice—. Y voy a echarte de menos.

Por primera vez, ninguna de las dos partes de la frase intenta borrar la otra.