Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

CLAUDIA

Beatriz tarda catorce minutos en revisar los contratos.

Sé que son catorce porque el reloj de la biblioteca hace un ruido seco cada vez que avanza el minutero y porque, durante ese tiempo, Álex toca tres veces el borde de su carpeta sin darse cuenta.

Mercedes comprueba los depósitos.

Elena Montalbán.

La agencia de formación.

El retiro de escritura.

Amalia y Julián.

Ciento un mil seiscientos euros.

Cuarenta y dos mil de aportación de los propietarios.

Una previsión de caja que depende de demasiadas cosas, pero al menos ya no depende de una historia de amor patrocinada.

Beatriz pregunta por cada supuesto. Qué ocurrirá si Elena reduce el grupo, si la agencia aplaza la formación o si la obra del porche supera el presupuesto. Mercedes revisa las fechas de cobro y señala que dos depósitos no coinciden con el calendario de gastos.

Durante cuarenta minutos desmontan el plan que nos costó seis días construir.

Claudia no intenta defender cada cifra. Corrige una fecha, elimina un ingreso que no puede garantizarse y acepta aumentar el margen de contingencia.

—Con esos cambios, la caja de enero vuelve a quedar por debajo de la cuota —dice Beatriz.

—Podemos aplazar la segunda fase de la caseta —responde Claudia.

Miro el plano.

—Eso dejaría el interior sin terminar hasta primavera.

—El porche y el baño estarán operativos. Los retiros confirmados pueden celebrarse.

La decisión reduce el proyecto que Claudia llevaba años imaginando. Antes habría intentado protegerla prometiendo conseguir el dinero de otra parte.

—De acuerdo —digo—. La fase dos dependerá de los resultados reales.

Claudia anota el cambio. No parece derrotada. Parece alguien capaz de distinguir entre renunciar a una parte y perder el proyecto entero.

Beatriz vuelve a calcular. Después cierra la hoja y permanece en silencio el tiempo suficiente para que el reloj parezca más ruidoso.

Beatriz cierra la carpeta.

—El banco mantendrá la financiación actual.

Álex deja escapar el aire.

Yo no.

—¿Y la parcela? —pregunto.

—Retiramos la exigencia de venta inmediata durante seis meses. Después revisaremos el resultado de los programas de invierno y el cumplimiento de las cuotas.

—Quiero que conste que no habrá conversaciones con Costa Serena sin conocimiento de ambos propietarios.

—Constará.

—Y que cualquier valoración futura incluirá el impacto de perder la caseta y el acceso lateral.

Beatriz casi sonríe.

—También.

Mercedes se levanta.

—Podríais celebrar una mañana.

Álex mira las cifras.

—Seguimos debiendo un millón cuatrocientos ochenta mil euros.

—Estoy de acuerdo con ella —digo.

Se vuelve hacia mí.

—Eso sí es preocupante.

—Treinta segundos.

—Cuarenta.

—No abuses.

En el vestíbulo espera casi todo el personal.

Lucía se adelanta.

—¿Y?

Álex me mira antes de responder.

—Conservamos la financiación y la parcela durante al menos seis meses.

El aplauso llena la entrada.

No tarda en convertirse en trabajo.

Elena quiere confirmar habitaciones. La agencia de formación pide un inventario técnico. Marina necesita autorización para encargar materiales antes de que suban de precio.

Durante una hora, el vestíbulo parece una oficina abierta.

Álex delega en Lucía las reservas y se queda conmigo para revisar la aportación de socios. No discute cuando propongo que mi dinero permanezca documentado como préstamo y no como gesto sentimental.

—Quiero devolvértelo antes de tres años —dice.

—Quiero que el hotel pueda devolvérmelo sin volver a endeudarse.

—Cuatro años.

—Cinco, con amortización anticipada.

—Negocias hasta en una celebración.

—Por eso conservamos la parcela.

Firma.

No hay champán ni una fotografía preparada. Solo dos nombres debajo de unas condiciones que ambos conocemos.

Mateo golpea una bandeja contra una columna. Amalia abraza a Julián como si hubieran pagado ellos la deuda entera. Marina levanta un pulgar desde el jardín.

No es un final.

Es tiempo.

Esta vez hemos aprendido lo que vale.

* * *

A las once empieza mi primer día en el nuevo trabajo.

Me encierro en la biblioteca pequeña con el portátil, una camisa que no ha sido elegida por ningún equipo de vestuario y un cartel en la puerta:

REUNIÓN. NO INTERRUMPIR SALVO INCENDIO REAL.

Mateo añade debajo:

¿ELÉCTRICO O EMOCIONAL?

Lo tacho.

El equipo aparece en la pantalla en seis ventanas. Daniel realiza la presentación y después se retira para dejarme dirigir la reunión.

—Claudia coordinará el nuevo departamento desde hoy —dice—. Durante las dos primeras semanas trabajará en remoto por un compromiso profesional previo.

No menciona el hotel.

Tampoco la campaña.

Se lo agradezco.

Durante dos horas hablamos de clientes, presupuestos y proyectos que no tienen ninguna relación con Puerto Escondido. Al principio siento que interpreto otra versión de mí misma: la mujer que tiene un equipo, un cargo nuevo y respuestas preparadas.

Después una de las coordinadoras presenta un problema de producción y dejo de pensar en dónde estoy.

Trabajo.

Decido.

Escucho.

No necesito demostrar que pertenezco a Madrid alejándome del Miramar.

La segunda parte de la reunión es menos amable.

Uno de los proyectos heredados acumula tres semanas de retraso y dos coordinadores creen que la responsabilidad pertenece al departamento anterior.

Podría aplazar la decisión hasta estar físicamente en Madrid.

También podría dejar que Daniel interviniera, porque conoce al cliente y todavía aparece como referencia en todos los correos.

En lugar de hacerlo, comparto una tabla vacía.

—No vamos a utilizar la reunión para decidir quién recibió primero una información incompleta —digo—. Necesito saber qué falta, quién puede resolverlo y qué fecha podemos defender ante el cliente.

Al principio nadie habla. Después Marta, la coordinadora más joven, reconoce que espera desde hace cuatro días una aprobación.

Otro miembro del equipo admite que no había leído el último cambio de alcance.

En veinte minutos tenemos un calendario, un responsable por tarea y una llamada preparada para esa tarde.

No es una victoria espectacular. Nadie aplaude. El proyecto continúa retrasado.

Pero cuando cierro esa parte de la reunión, el equipo ya no me mira como a la persona que se conecta desde un hotel por un compromiso extraño. Me mira como a la directora que acaba de impedir que el miedo a quedar mal consuma otra semana.

Daniel me escribe por privado: «Buen enfoque». No añade nada personal. Yo respondo con un «gracias» y regreso a la agenda.

La siguiente llamada es con el cliente retrasado. Esperaba que Daniel la dirigiera; cuando aparezco yo, pregunta si estaré disponible de forma permanente o si la conexión desde el hotel es una solución temporal.

—Estaré en Madrid a partir del quince —respondo—. Hasta entonces, el proyecto tendrá la misma dirección y los mismos horarios de respuesta.

—Preferimos reuniones presenciales.

—Yo también prefiero presupuestos que no cambien después de aprobarse. Trabajaremos con lo que tenemos.

Marta apaga el micrófono para ocultar una sonrisa.

Negociamos un nuevo calendario y una reducción de entregables. Cuando termina la llamada, el cliente no parece encantado. Parece convencido de que las fechas pueden cumplirse.

—¿Siempre eres así? —pregunta uno de los coordinadores.

—Solo cuando alguien intenta convertir un retraso compartido en una obligación unilateral.

El equipo se ríe. La tensión disminuye lo suficiente para que empiecen a hacer preguntas reales sobre cómo quiero trabajar.

Durante la última media hora definimos reuniones breves, responsables visibles y una regla que debería haber aplicado hace años en el Miramar: ningún problema permanece oculto hasta que quien lo detecta tenga también una solución.

Al cerrar el portátil, sé que no he empezado el puesto desde una sala prestada. He empezado a construir un equipo desde el primer día.

El límite no necesita repetirse cada día si se respeta.

Cuando termina la reunión, Álex espera fuera con un café.

—El cartel decía no interrumpir —digo.

—He esperado a que cerraras el portátil.

—¿Cómo sabías que había terminado?

—Has dejado de hablar con las manos.

Me entrega la taza.

Más leche.

—¿Qué tal? —pregunta.

—Bien.

—Eso no es información.

—Me he sentido aterrada durante los primeros diez minutos. Después alguien ha cometido un error con un presupuesto y he vuelto a ser yo.

—Los errores de otros siempre te tranquilizan.

—Me ofrecen propósito.

Álex sonríe.

—Estoy orgulloso de ti.

No añade que preferiría que el trabajo estuviera aquí.

No pregunta cuántos días vendré.

Solo lo dice.

—Gracias.

Álex se apoya en el marco de la puerta.

—¿Quieres comer abajo o aquí?

—Aquí. Tengo otra reunión en cuarenta minutos.

—Puedo pedir que suban algo.

—No necesito que organices mi almuerzo.

—No lo estaba organizando. Estaba preguntando.

La corrección me obliga a detenerme.

—Aquí —repito—. Y algo que pueda comerse mientras leo.

—Eso sí puedo organizarlo.

—Preguntarlo.

—Preguntaré a Mateo qué puede preparar.

Se marcha antes de que convierta la diferencia en otra discusión.

Diez minutos después, Mateo aparece con una bandeja y una nota:

Álex ha preguntado. Yo he decidido. Come.

Sonrío.

No todo cuidado es una forma de control. A veces solo tengo que aprender a reconocer cuándo me han dejado espacio para decir que no.

—¿Puedo besarte o eso infringiría la política de reuniones?

—La política es flexible.

Lo beso en el pasillo.

Un camarero gira al fondo antes de que podamos separarnos.

—No he visto nada —dice.

—Todo el hotel ha visto demasiado —respondo.

Álex apoya la frente contra la mía.

—Nos quedan dos semanas.

—No hagas una cuenta atrás.

—No la hago.

—Tu cara sí.

—Estoy aprendiendo a controlar muchas cosas. La cara llevará más tiempo.

* * *

Por la tarde, Inés se conecta para hablar del contrato de Eterno Verano.

La cláusula de intimidad nos permite suspender la participación sin penalización mientras se investiga la fotografía.

La empresa propone cancelar de mutuo acuerdo, permitirnos conservar el primer pago, liberar la parte proporcional del segundo correspondiente a los servicios ya prestados y añadir una compensación separada por el uso no autorizado de la imagen.

A cambio, ambas partes renunciarían a reclamaciones posteriores, pero no a explicar públicamente lo ocurrido.

—¿A cambio de confidencialidad? —pregunto.

—Lo han intentado —responde Inés—. He dicho que no.

—¿Y la fotografía?

—Reconocerán que se captó fuera del calendario autorizado y exigirán su retirada de los medios que la reproduzcan.

—No desaparecerá de internet.

—No.

La respuesta duele por su sencillez.

Álex permanece sentado a mi lado.

—¿Podemos explicar públicamente lo ocurrido? —pregunta.

—Sí. Sin revelar cifras ni comunicaciones protegidas.

—Entonces negociemos.

Inés nos mira desde la pantalla.

—¿Los dos estáis de acuerdo?

Álex espera.

—Sí —respondo—. Pero el dinero no se utilizará para fingir que la campaña salvó el hotel.

—Se destinará a reducir deuda —dice él—. Y lo decidiremos cuando conozcamos la cifra final.

—Juntos.

—Juntos.

Inés toma nota.

—También quiero que la declaración pública deje claro que la cancelación no se debe a que nuestra relación haya fracasado —añado—. No pienso permitir que conviertan otra vez lo que ocurre entre nosotros en el cierre de su campaña.

—Podemos exigir una formulación neutra —dice Inés—. La empresa reconocerá que el acuerdo termina por discrepancias sobre el uso de información personal y por la publicación de material no autorizado.

Álex mira el documento.

—¿Y la palabra divorcio?

—Figurará que lo conocían antes de firmar.

Eso importa más que cualquier indemnización. No porque repare la mentira, sino porque impide que la empresa nos deje como únicos responsables de una historia que construimos entre todos.

La palabra ya no parece una promesa romántica.

Parece una forma concreta de trabajar.