CAPÍTULO 22
ÁLEX
Claudia ocupa el otro lado del escritorio con una libreta abierta y la expresión de alguien que está preparando una autopsia.
No levanta la voz.
Preferiría que lo hiciera.
—Deuda total —dice.
—Un millón cuatrocientos ochenta mil euros.
Escribe la cifra.
—Oferta por la parcela.
—Cuatrocientos sesenta mil.
—¿Cuánto exige el banco que se amortice?
—Cuatrocientos mil.
—Así que perderíamos el jardín, la caseta y el acceso a la cala para quedarnos sin apenas liquidez.
—Sí.
No intento presentar la operación como algo mejor de lo que es.
—¿Quién compra?
—Costa Serena Desarrollos.
Claudia deja de escribir.
—Los de los apartamentos de la entrada del pueblo.
—Sí.
—Prometieron baja densidad y construyeron seis bloques.
—Lo sé.
—¿Qué quieren hacer aquí?
—Tres villas. Al menos según el proyecto inicial.
—¿Has visto planos?
—Una propuesta preliminar.
—Quiero verla.
Abro el correo.
Claudia lee en silencio. Revisa la tasación, la carta de intenciones y las condiciones de segregación. No necesita que le explique nada. Durante años confundí no verla en las reuniones con que no quisiera participar en ellas.
—Mercedes te recomendó informarme hace seis meses —dice.
Ha llegado al correo que esperaba evitar durante toda la tarde.
—Sí.
—Y respondiste que lo harías cuando existiera una propuesta que mereciera la pena.
—Sí.
—¿Cuándo iba a merecerla? ¿Cuando ya no pudiéramos rechazarla?
No contesto.
Claudia vuelve a abrir la cronología de correos.
—Aquí rechazaste una primera oferta de trescientos ochenta mil.
—Era demasiado baja.
—Y aquí otra de cuatrocientos veinte.
—También.
—¿Porque querías proteger el hotel o porque querías sentir que controlabas la decisión?
No sé responder de inmediato.
—Las dos cosas.
—Eso es lo que me preocupa. Incluso cuando haces lo correcto, lo haces solo.
—Pensaba que, si conseguía una cifra suficiente, podría presentarte una opción real en lugar de arrastrarte a meses de incertidumbre.
—La incertidumbre también era mía.
—Sí.
—Y quizá yo hubiera dicho que no desde el principio.
—Eso también me daba miedo.
Claudia apoya el bolígrafo.
—No por el hotel.
—No solo.
—Porque si rechazaba la venta significaba que todavía me importaba. Y si la aceptaba, significaba que podía soltar este lugar.
La precisión me obliga a mirarla.
—No sabía qué respuesta me dolería más —admito.
—Por eso elegiste no escuchar ninguna.
—Sí.
La verdad no mejora lo ocurrido, pero al menos deja de obligarnos a discutir contra una versión incompleta.
—Eso pensaba.
Cierra el documento.
—No ibas a pedirme que participara en una decisión. Ibas a presentarme una emergencia.
—Sí.
La palabra duele más que cualquier defensa.
—¿Por qué?
—Porque apenas hablábamos. Porque querías vender tu participación. Porque cada conversación terminaba mal.
—Seguía siendo propietaria.
—Lo sé.
—No. Lo sabes ahora.
Tiene razón.
La frase se ha convertido en una forma demasiado cómoda de reconocer tarde lo que debí comprender antes.
—Pensé que involucrarte sería obligarte a regresar a algo de lo que intentabas salir —digo—. Y también tuve miedo de que la venta fuera la conversación que terminara de separarte del hotel.
—Así que ocultaste la posibilidad de que perdiera una parte de él.
—Sí.
Claudia cierra la libreta.
—Mañana no hablarás en mi nombre.
—No lo haré.
—Y no presentarás la venta como la única salida.
—No lo es.
—¿Cuál es la otra?
Miro los dibujos que dejó sobre la mesa. La caseta convertida en estudio. Programas de invierno. Actividades fuera de temporada.
—Tu plan.
—Todavía no es un plan.
—Entonces tendremos que conseguir tiempo para convertirlo en uno.
* * *
Mercedes Roldán nos espera en la biblioteca junto a Beatriz Duarte, directora regional de riesgos.
Mercedes vino a nuestra boda. Hoy no menciona el regalo ni pregunta por la campaña.
Beatriz tiene una carpeta tan fina que resulta evidente que no necesita consultarla.
—La suspensión de pagos no es una posibilidad inmediata —empieza—, pero la deuda limita la viabilidad del negocio.
—El hotel ha pagado todas las cuotas —dice Claudia.
—Con dos retrasos.
—De seis y nueve días.
—Son incumplimientos.
—Son tensiones de tesorería.
Beatriz me mira.
—El señor Vidal comprende la gravedad.
Hace una semana habría respondido solo.
—La señora Ferrer también —digo—. Y cualquier decisión sobre la parcela será conjunta.
Claudia no me mira, pero sus hombros se relajan apenas.
Beatriz abre la tasación.
—La oferta de Costa Serena reduciría el riesgo de forma inmediata.
—Y eliminaría la zona con mayor capacidad de generar nuevos ingresos —responde Claudia.
Extiende un plano sobre la mesa.
Explica el proyecto de invierno: retiros creativos, jornadas gastronómicas, formación empresarial y una división de eventos externos bajo la marca Miramar. La caseta permitiría separar esas actividades de los huéspedes.
Beatriz escucha sin interrumpir.
—No hay proyecto aprobado —dice al terminar.
—Todavía no.
—Ni financiación.
—Todavía no.
—Ni clientes.
—Tampoco. Por eso necesitamos tiempo.
—El banco lleva casi un año esperándolo.
—Yo no conocía el problema hace un año —responde Claudia—. Ahora sí.
La frase no intenta protegerme.
Me coloca exactamente donde debo estar.
—¿Qué proponen? —pregunta Mercedes.
—Veinticinco días sin avanzar en la venta —dice Claudia—. En una semana presentaremos el plan, previsiones conservadoras y cartas de interés. En ese plazo definiremos una aportación de los propietarios.
Beatriz niega.
—No puedo recomendar veinticinco días basándome en una idea.
—Puede basarse en el contrato de Eterno Verano. El segundo pago está previsto dentro de cinco semanas.
—Sujeto a objetivos.
—Los superamos en un dieciocho por ciento.
Beatriz revisa las cifras.
—El contrato también aumenta su exposición reputacional.
Beatriz extrae otra hoja.
—Además, sus previsiones parten de una ocupación invernal que el Miramar nunca ha alcanzado.
—Porque nunca hemos ofrecido un producto de invierno —responde Claudia.
—Eso no demuestra demanda.
—Tampoco la contradice.
Mercedes interviene antes de que la conversación se convierta en una discusión semántica.
—Necesitamos indicadores que puedan verificarse. No intenciones.
Claudia abre una tabla que preparó durante la noche. Ha separado cada programa por aforo, coste variable, margen mínimo y fecha límite de contratación. No presenta el mejor escenario. Presenta el que sobreviviría aunque una cuarta parte de las plazas quedara vacía.
—No les pido que crean que llenaremos el hotel —dice—. Les pido que nos permitan demostrar que podemos generar ingresos fuera de los cuatro meses que sostienen toda la deuda.
Beatriz señala la columna de inversión inicial.
—Faltan al menos setenta y cinco mil euros para la primera fase.
—Podemos dividirla —responde Claudia—. Cubierta, instalaciones y porche primero. El interior cuando existan reservas firmes.
—¿Y la aportación de los propietarios?
Claudia me mira. No para pedirme que responda, sino para comprobar que no volveré a hacerlo por los dos.
—La definiremos después de revisar nuestra liquidez personal y la compensación pendiente de la campaña —dice.
—Necesito una cifra.
—Necesita una cifra que podamos cumplir, no una promesa hecha para salir de esta habitación.
Beatriz no parece satisfecha. Tampoco ofendida. Anota algo en el margen y continúa escuchando.
—La deuda existe con o sin campaña —responde Claudia—. La diferencia es que ahora tenemos una oportunidad de construir ingresos que no dependan solo de bodas de verano.
Mercedes interviene.
—Quince días.
—Treinta —dice Claudia.
—Veinte.
—Veinticinco y ningún contacto con Costa Serena sin informar a ambos propietarios.
Beatriz la observa.
—Veinticinco días. Tendrán que acreditar demanda real, financiación inicial y una previsión de caja con margen suficiente sobre las cuotas.
—¿La oferta queda paralizada? —pregunto.
—El banco no exigirá que se firme durante ese plazo.
No es una victoria.
Es tiempo.
Ahora mismo vale casi lo mismo.
* * *
Cuando se marchan, Claudia continúa sentada.
—No tenemos cartas de interés —digo.
—Las tendremos.
—Has prometido una aportación de propietarios.
—¿De dónde?
—Elena Montalbán lleva años buscando un lugar para organizar retiros de cocina. Una agencia con la que trabajé necesita espacios para formación. También conozco a dos autores que han organizado residencias fuera de España.
—Eso son contactos.
—Las empresas empiezan con contactos antes de convertirse en facturas.
—Y con presupuesto.
—Por eso necesito trabajar con las cuentas completas, no con estimaciones.
Asiento. No convierto su seguridad en optimismo ni le recuerdo que el tiempo es escaso.
—La caseta también necesitará licencia —dice.
—Marina lo comprobará.
—¿Marina es la arquitecta?
—Sí.
—¿Es buena?
—Me dijo que mi último presupuesto era una fantasía y después consiguió terminar la obra por menos.
—Entonces me cae bien.
—No después de que vea cómo has mantenido la cubierta.
Por primera vez desde la tarde anterior, nos reímos sin que la risa intente borrar el problema.
Pasamos el resto de la mañana convirtiendo los veinticinco días en tareas. Claudia abre una hoja nueva y escribe tres columnas: demanda, obra y financiación.
—Yo contactaré con clientes y prepararé las propuestas —dice.
—Yo revisaré proveedores, licencias y costes operativos.
—Lucía debe validar los turnos. No podemos vender un invierno que dependa de que el personal trabaje el doble.
—De acuerdo.
—Mateo calculará el coste real de cada programa gastronómico.
—Protestará.
—Eso no altera las matemáticas.
Anotamos responsables y plazos. Cada vez que estoy a punto de decir que algo será más rápido si lo hago yo, Claudia espera. No me corrige. Me permite escuchar la frase antes de pronunciarla.
—Podría llamar ahora mismo a Costa Serena y pedir una ampliación de la oferta —digo.
—¿Para qué?
—Para que no la retiren mientras trabajamos.
—Eso también sería avanzar en la venta.
La reacción automática es explicar que solo intento conservar opciones. Me detengo.
—Entonces no llamaré sin que lo decidamos.
—Bien.
La palabra no premia mi conducta. Solo confirma que esta vez la decisión ha ocurrido delante de los dos.
—La definiremos.
—No sé cuánto puedo aportar.
—Por eso he dicho que la definiremos.
Recoge los planos.
—Conozco una arquitecta —añade—. Vendrá mañana.
—Puedo llamar a alguien de la zona.
—Ya la he llamado.
Sonrío sin querer.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara sí.
—Estaba pensando que también preparas soluciones antes de avisar.
—La diferencia es que no he contratado la obra.
—Es una diferencia importante.
—Apréndela.
Asiento.
Abro el portátil. Claudia inicia sesión con el perfil de administradora que configuramos días atrás y accede a las cuentas, los contratos y la deuda sin pedirme que le envíe ningún archivo.
Revisamos la tesorería y los pagos previstos. Ella crea una carpeta compartida para el plan de invierno y añade una columna con la persona responsable de cada decisión.
Por primera vez, no soy yo quien decide qué información aparece sobre la mesa.
Cuando terminamos, Claudia cierra el portátil.
—Dormiré en la habitación pequeña esta noche.
El alivio de los últimos minutos desaparece.
—¿Por la parcela?
—Porque necesito distinguir sentirme bien contigo de confiar en ti.
No hay una respuesta capaz de acelerar eso.
—De acuerdo.
—No me voy del apartamento.
—Lo sé.
—Ni digo que lo de anoche fuera un error.
—Bien.
Camina hacia la puerta.
—Claudia.
Se vuelve.
—No quiero que te marches.
—No me estoy marchando.
—Ya. Solo necesitaba decirlo antes de volver a fingir que respetar tu espacio significa no expresar lo que siento.
Su expresión se suaviza.
—Eso ha estado mejor.
Sale.
Me quedo solo con el acceso compartido, los planos y veinticinco días para demostrar que todavía podemos salvar una parte del hotel sin volver a perdernos dentro.