Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

CLAUDIA

Marina Ortega llega a las ocho menos tres con unas botas llenas de polvo, una carpeta roja y la capacidad de considerar que cualquier edificio tiene más sentido que sus propietarios.

Trabajé con ella en Madrid. Convirtió un granero abandonado en un espacio para bodas sin fingir que nunca había sido un granero.

Por eso la he llamado.

—Así que este es el famoso Miramar —dice al bajar del coche.

—¿Famoso?

—Llevas años hablando de él.

Miro a Álex.

—No constantemente.

—Solo cuando algo te recordaba por qué lo amabas o por qué querías prenderle fuego.

Álex extiende la mano.

—Álex Vidal.

—Sé quién eres.

Marina se la estrecha.

—También has hablado de él.

—Vamos a ver la caseta.

Álex oculta una sonrisa.

Atravesamos el jardín. Marina fotografía muros, revisa desagües y toma medidas mientras nosotros apartamos sillas, cajas de mantelería y una colección de sombrillas que deberían haber sido jubiladas hace una década.

La caseta huele a madera húmeda, polvo y sal. En una esquina continúa la mesa plegable sobre la que dibujé las primeras propuestas del Miramar. Álex la utilizó después para guardar facturas y, más tarde, para apilar manteles que nadie quiso tirar.

Marina levanta una tabla del suelo con la punta de la bota.

—Aquí hay humedad antigua y una reparación reciente hecha por alguien que creía demasiado en la silicona.

Álex levanta la mano.

—Funcionó durante dos inviernos.

—Eso no la convierte en una solución. La convierte en una tregua.

La palabra podría aplicarse a más cosas.

Abro una de las contraventanas. La luz entra sobre el muro donde todavía se ven marcas de lápiz: medidas, cuentas y una lista de nombres que descartamos para el hotel. Miramar aparece rodeado tres veces.

—Quiero conservar esto —digo.

Marina fotografía la pared.

—Entonces no la pintaremos hasta documentarla.

Álex pasa los dedos por una de las cifras.

—Aquí calculamos que abriríamos en dieciocho meses.

—Éramos optimistas.

—Éramos idiotas.

—Las dos cosas pueden coexistir.

Marina sigue midiendo mientras nosotros permanecemos frente a la pared. La caseta no solo contiene un proyecto futuro. Guarda una versión de nosotros anterior al hotel terminado, cuando todavía podíamos admitir que no sabíamos cómo hacer algo sin interpretar la duda como una amenaza.

—La estructura está mejor de lo que esperaba —dice—. La cubierta no.

—¿Cuánto? —pregunto.

—Todavía no he terminado de decepcionarte.

Le explico el proyecto: una sala flexible, un pequeño despacho, baño accesible y un porche que pueda utilizarse antes de completar la reforma interior.

Álex espera a que yo termine.

No añade una distribución alternativa ni corrige el aforo hasta que Marina se lo pregunta.

Lo noto.

—Primera fase —dice ella—: cubierta, humedades, instalaciones, baño y porche. Entre setenta y cinco y noventa mil euros.

—Setenta y cinco —respondo.

—He dicho entre.

—Yo he elegido.

—No funciona así.

—Con ella nunca —dice Álex.

Marina consulta el plano de segregación de Costa Serena.

—Quieren más terreno del que necesitan para construir.

—¿Qué significa? —pregunto.

Señala la franja junto a la cala.

—Las villas podrían tener acceso desde la carretera superior. Esta parte aumenta su valor comercial, pero no es imprescindible.

Álex se inclina sobre el plano.

—La oferta está condicionada a incluir el camino.

—Porque quieren vender acceso privado al mar.

La indignación me resulta casi útil. Convierte el miedo en algo concreto.

—Necesito un presupuesto preliminar en dos días —digo.

—Necesitas dormir.

—¿Puedes hacerlo?

—Sí.

—Entonces no es imposible.

Marina guarda el metro.

—Ahora recuerdo por qué dejé de trabajar contigo.

—Porque pagué a tiempo.

—Eso también.

Antes de marcharse, me detiene junto a su coche.

—¿Vas a quedarte?

—No lo sé.

—El proyecto parece tuyo.

—También es de Álex.

—No hablo de la propiedad.

Miro hacia la caseta.

—Puedo querer que exista sin vivir aquí.

—Claro.

—Y puedo participar sin volver a desaparecer dentro del hotel.

—Eso tendrás que demostrarte tú, no a él.

Marina se marcha antes de que pueda responder.

Álex se queda junto a la caseta, observando los límites marcados en el plano.

—Cuando tus dibujos aparecieron ayer pensé que eran una salida —dice.

—Lo eran al final.

—¿Y al principio?

—Un lugar dentro del hotel que no dependiera de organizar bodas ni de que yo estuviera disponible para todo.

—Debería haberlo entendido.

—Deberías haberme preguntado.

—Sí.

Se agacha para recoger una vieja placa de madera caída junto al porche. Aún se lee el nombre de su abuelo, pintado hace décadas.

—Para mí cada habitación tenía algo de mi familia —dice—. Creo que por eso cualquier cambio me parecía una amenaza aunque fueras tú quien lo proponía.

—Y para mí cada habitación terminó siendo una tarea.

Álex limpia el polvo de la placa.

—No quiero que el estudio sea una compensación.

—No lo será. Si existe, será porque funciona.

—Y porque tú lo quieres.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Lo miro como si esa idea todavía fuera nueva: que una decisión empresarial también pueda reservar espacio a un deseo sin convertirse por ello en un capricho.

* * *

A media mañana, Daniel llama.

Me encierro en el patio interior.

—He leído la oferta —digo.

—¿Y?

—Quiero el puesto.

Pronunciarlo produce vértigo y alivio.

—Bien. Enviaré la aceptación.

—Con condiciones.

Daniel suspira.

—Claudia.

—Empezaré el uno de septiembre, pero trabajaré en remoto hasta el quince. Después quiero dos días flexibles por semana cuando la agenda lo permita.

—Los directores están en la oficina.

—Algunos.

—El consejo puede interpretarlo como falta de compromiso.

—Entonces explícales que cumplir una obligación previa durante dos semanas demuestra exactamente lo contrario.

Se queda callado.

—También quiero aclarar una cosa —añado—. Lo que ocurrió durante la cena no puede volver a ocurrir.

El silencio cambia.

Daniel intentó besarme. Me aparté antes de que sus labios llegaran a tocar los míos, pero la incomodidad no desapareció con el gesto.

—Lo sé —dice—. Me equivoqué.

—Eres quien ha defendido mi candidatura. Necesito tener la certeza de que una cosa no está vinculada con la otra.

—No lo está. Y siento haberte puesto en esa posición.

No es una absolución.

Es la conversación que debimos tener antes.

—Bien.

—Hablaré con el consejo. No puedo prometer que acepten.

—No te lo estoy pidiendo.

Cuelgo.

Antes de entrar, envío cuatro correos desde el teléfono.

A Elena Montalbán, preguntándole si sigue buscando un lugar para organizar retiros gastronómicos.

A una agencia de formación con la que trabajé el año anterior.

A una escritora que celebró un retiro en Portugal.

Y a Marina, pidiéndole que incluya en el presupuesto una fase mínima capaz de abrir el porche antes del invierno.

El resto de la mañana lo paso preparando una presentación de seis páginas. No utilizo fotografías de Álex y mías ni frases sobre segundas oportunidades. Solo habitaciones, calendario, capacidad, costes y una vista del jardín en noviembre.

La primera respuesta negativa llega antes de terminarla. Una empresa tecnológica considera que el hotel está demasiado lejos del aeropuerto. La segunda pide un descuento que eliminaría todo el margen. La tercera no responde.

Durante años organicé eventos después de que alguien hubiera decidido celebrarlos. Ahora tengo que convencer a personas que todavía no saben que necesitan este lugar.

Llamo a Elena. No contesta. Le envío un mensaje con tres fechas y un presupuesto preliminar.

Después contacto con la agencia de formación. La responsable recuerda una boda que organicé para uno de sus directivos y acepta una videollamada, aunque advierte que están comparando cinco espacios.

—Cuatro después de que vean el Miramar —dice Álex desde la puerta.

—No escuches mis llamadas.

—Has puesto el altavoz.

Miro el teléfono. Tiene razón.

—Eso no te autoriza a intervenir.

—No he intervenido.

—Has hecho una campaña de confianza desde el marco de la puerta.

—Era apoyo silencioso.

—Ha tenido sonido.

Álex levanta las manos y se marcha. Dos minutos después vuelve a dejar, sin entrar, una carpeta con los datos técnicos de las salas. No ha decidido qué necesito. Me ha dado información que puedo utilizar o ignorar.

La diferencia no aumenta las reservas. Aumenta mi capacidad de seguir trabajando sin sentir que vuelvo a hacerlo sola.

No tengo clientes, licencias ni financiación.

Tengo contactos y una idea que lleva demasiado tiempo esperando.

Elena responde primero:

Llevo años queriendo hacer algo así. Llámame mañana.

No es una reserva.

Aun así, guardo el mensaje como si fuera una pequeña prueba de que el futuro del Miramar puede apoyarse en algo que no seamos Álex y yo delante de una cámara.

Cuando regreso al salón, Álex trabaja en la mesa.

—Quiero el puesto —le digo.

Su expresión se ilumina y se ensombrece casi al mismo tiempo.

—Entonces espero que acepten tus condiciones.

—¿No vas a preguntar cuáles son?

—Sí. Pero después de decirte que me alegro.

Se las explico.

—Dos días flexibles —dice—. Eso te permitiría venir.

—Si quisiera.

—Claro.

No intenta apropiarse del calendario.

—También podrías ir tú a Madrid —añado.

—Lo haré.

—No todas las semanas.

—No.

—Y no quiero conducir cinco horas cada vez que necesitemos demostrar que esto funciona.

—Tampoco yo.

Se acerca.

—Quiero intentarlo de verdad, Claudia. Aunque vivamos en dos ciudades y aunque todavía no confíes completamente en mí.

—No sé cómo será.

—Lo decidiremos mientras ocurre.

—Eso suena peligrosamente espontáneo.

—Podemos redactar normas.

Sonrío.

—No abuses.

Lo beso.

Es breve, suave y nuestro.

Al separarnos, mi teléfono vibra.

Nora.

Necesito hablar contigo. A solas, si es posible.

Debajo aparece un segundo mensaje.

Alguien me ha enviado una copia de vuestra sentencia de divorcio. La fecha no coincide con la historia de Eterno Verano.

El calor del beso desaparece.

Álex lee por encima de mi hombro.

—Fuera de nosotros, solo se la hemos entregado a nuestros abogados y a Eterno Verano —dice.

—Y la propuesta de la campaña solo la empresa y nosotros.

Llega un tercer mensaje.

Alguien me ha enviado también una copia de la primera propuesta comercial. Eterno Verano sabía que estabais divorciados antes de firmar.

Nora pide que no avisemos todavía a Sara. Quiere saber si la empresa intentará modificar el archivo o preparar una versión antes de que podamos revisar las propiedades del documento.

—No me gusta ocultarle información a alguien con quien tenemos un contrato —dice Álex.

—Ella ocultó la versión que utilizó para vender la campaña —respondo.

—No significa que debamos hacer lo mismo.

La observación me irrita precisamente porque tiene sentido.

—Le daremos una hora —decido—. Primero veremos el archivo completo. Después la llamamos los dos.

Álex asiente.

No llama a Sara a mis espaldas.

No porque la tentación no exista. Su teléfono permanece en su mano varios segundos antes de guardarlo.

Esa pequeña espera me dice más que otra promesa.

Nos miramos.

—¿Quién tiene esos documentos? —pregunto.

—La sentencia la hemos entregado a nuestros abogados y a Eterno Verano. La propuesta la tienen Sara, su equipo y nosotros.

—Y quizá el banco, al menos la propuesta.

Nora añade una fotografía del documento. En el margen aparece un comentario de Sara Montes:

Evitar “divorcio”. Usar “separación” y presentar la segunda oportunidad como una decisión anterior a la campaña.

Álex deja escapar el aire.

—Eso no fue lo que acordamos.

—No.

El contrato, la parcela y Madrid dejan de ser los únicos problemas.

Alguien ha decidido demostrar que la historia sobre la que se sostiene el verano nunca fue real.