CAPÍTULO 21
CLAUDIA
Despierto con la mejilla apoyada sobre el pecho de Álex y una certeza poco útil: no me arrepiento.
Eso no significa que sepa qué hemos hecho.
Su brazo me rodea la cintura. La sábana apenas nos cubre y mi vestido continúa en el suelo, junto a una camisa a la que le faltan dos botones. Durante unos segundos permanezco inmóvil, escuchando su respiración.
Podría fingir que sigue dormido.
Podría levantarme, ducharme y convertir la noche en un paréntesis del que no tenemos que hablar hasta que exista una emergencia más cómoda.
Álex abre los ojos.
—Buenos días.
—No sonrías así.
—¿Cómo?
—Como si hubieras ganado algo.
—No sabía que estuviéramos compitiendo.
—Siempre compites.
—Anoche no parecía molestarte.
Busco la almohada para lanzársela. Él me sujeta la muñeca y me atrae hasta que vuelvo a quedar sobre su pecho.
—¿Estás bien? —pregunta.
La broma desaparece.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí. ¿Tú?
—También.
No pregunta qué significa. Yo tampoco.
Por ahora, eso basta.
Permanezco unos segundos más junto a él.
El cuerpo conserva una memoria menos prudente que la cabeza: reconoce el hueco de su hombro, la temperatura de su piel y la forma exacta en que su mano descansa sobre mi espalda.
Todo resulta familiar y, al mismo tiempo, distinto.
Antes la familiaridad me servía para no preguntar.
Ahora convierte cada pregunta en algo imposible de ignorar.
—¿En qué piensas? —pregunta.
—En que sé cómo duermes y no sé cómo vamos a estar juntos mañana.
Álex no responde enseguida.
—Podemos empezar por no fingir que saber una cosa garantiza la otra.
—Eso ha sonado preparado.
—Llevo dos años teniendo conversaciones contigo cuando no estabas.
La confesión podría parecer romántica. También revela cuánto tiempo continuamos hablando sin escucharnos.
—Yo también —admito.
No le pregunto qué decía mi versión imaginaria ni le cuento cuántas veces gané discusiones enteras en la ducha. Basta con saber que los dos llenamos el silencio con respuestas que nunca tuvo oportunidad de dar la otra persona.
—Esta vez no quiero ensayar solo —dice.
Asiento. Es una promesa pequeña y difícil: permitir que el otro responda antes de decidir lo que significa su silencio.
Su teléfono vibra sobre la mesilla. Después el mío.
—No existen las emergencias antes de las nueve —murmura Álex.
—Diriges un hotel.
—Precisamente por eso deberían organizarse.
Miro la pantalla.
Tres llamadas de Sara.
Dos de Lucía.
Y un mensaje de Daniel:
Necesito hablar contigo hoy. Es importante.
La calma dura exactamente cuatro segundos.
—Sara nos espera abajo —digo.
—Podemos no bajar.
—La campaña paga la reforma eléctrica.
—Siempre arruinas mis mejores planes con información financiera.
Me levanto.
Álex observa cómo recojo la ropa.
—No tienes que irte a tu habitación —dice.
—Necesito ducharme.
—Hay una ducha aquí.
—Y ropa limpia arriba.
—También tienes ropa en el armario.
Me detengo.
En el lado izquierdo siguen colgadas dos camisas y un vestido que olvidé cuando me marché. No los había visto.
—No los dejé para que volvieras —añade—. Solo no sabía qué hacer con ellos.
—Podías haberlos metido en una caja.
—Ya había demasiadas.
La frase podría doler.
Esta mañana no quiero permitírselo.
Mientras me visto, Álex permanece sentado en la cama con la sábana alrededor de la cintura. No mira el teléfono. No intenta convertir los minutos anteriores a la grabación en una conversación sobre el futuro.
—¿Dormirás aquí esta noche? —pregunta finalmente.
—No lo sé.
—Bien.
—¿Bien?
—Estoy intentando no interpretar cada respuesta como una decisión definitiva.
—Eso parece agotador.
—Lo es.
Recojo del suelo uno de los botones de su camisa.
—Te faltan dos.
—Responsabilidad compartida.
—La camisa era tuya.
—Las manos, no todas.
Le lanzo el botón. Lo atrapa y lo deja sobre la mesilla.
—No quiero que anoche se convierta en otra cosa que utilizamos para evitar hablar —digo.
—Tampoco yo.
—Ni en una promesa.
—No.
—Pero no fue un error.
Álex sostiene mi mirada.
—No.
La seguridad de la respuesta me alcanza en un lugar que todavía no sé proteger.
—Esta noche hablaremos —añado—. Aunque el hotel intente incendiarse.
—La instalación eléctrica está casi terminada.
—El hotel es creativo.
—Entonces apagaré el fuego y volveré.
No es una gran declaración. Es mejor: una intención concreta.
—Hablaremos después —digo.
—¿De anoche?
—De todo.
Álex asiente.
No intenta fijar una hora ni convertir la conversación en una promesa.
Empiezo a pensar que está aprendiendo.
* * *
Sara nos espera en la terraza con dos cámaras, una maquilladora y una mesa de desayuno que parece haber sido preparada por alguien que no ha comido nunca.
Hay tres frambuesas, una tostada sin miga y una taza de café vacía.
—Queremos una mañana espontánea —explica.
—Con iluminación, vestuario y nueve personas mirando —respondo.
—La espontaneidad necesita planificación.
Álex se sienta frente a mí.
—Eso explica muchas cosas de nuestra campaña.
Sara no aprecia la observación.
Durante una hora repetimos gestos cotidianos que jamás hemos realizado de esa manera.
Sara hace retirar la tostada porque tiene una esquina rota. La maquilladora me seca una gota de zumo de la muñeca. Un asistente pide a Álex que vuelva a inclinarse hacia mí, pero “como si no supiera que lo está haciendo”.
—No sé hacer algo sin saber que lo hago —responde.
—Piensa en una mañana normal —dice Sara.
—En una mañana normal Claudia lee correos y yo intento impedir que responda antes de tomar café.
—No me lo impides.
—Lo intento con la mirada.
—Tu mirada no tiene permisos de administración.
La cámara continúa grabando.
Sara levanta un dedo, satisfecha.
—Seguid.
—Eso no era contenido —digo.
—Ahora lo es.
La frase me hace entender que, mientras dure el contrato, cualquier gesto puede dejar de pertenecernos en el momento en que alguien lo considere útil.
Álex me sirve zumo sin beber. Yo finjo revisar una agenda que contiene páginas en blanco.
La cámara se acerca cada vez que nuestras manos coinciden sobre la mesa.
—Más natural —pide Sara.
—¿Quieres que discutamos por quién ha dejado una taza en el fregadero? —pregunta Álex.
—No.
—Eso sería muy natural.
—Quiero conexión.
Lo miro.
Él me mira.
La conexión aparece sola.
Sara sonríe detrás del monitor.
—Eso.
Aparto la vista.
El problema de fingir después de que algo se vuelva real es que ya no sabes qué parte te están robando.
Sara pide una última toma. Quiere que comentemos nuestros planes para el final del verano mientras la cámara recorre la mesa.
—No hablaremos del final del verano —digo.
—Solo necesito una frase ligera. Algo sobre seguir construyendo juntos.
—Eso todavía no lo sabemos.
Sara mira a Álex, esperando que convierta mi negativa en una respuesta utilizable.
Él aparta la taza.
—Entonces grabad que todavía no lo sabemos.
—La incertidumbre no vende una segunda oportunidad.
—Es lo único honesto que tenemos ahora —responde.
El equipo queda inmóvil. Sara hace una señal para detener la grabación y se acerca sin bajar la voz.
—La campaña necesita continuidad. No podéis presentar cada avance como una duda.
—La relación no es un calendario editorial —digo.
—Durante doce semanas también es parte de uno.
La frase se instala entre nosotros. Miro la tostada perfecta, el zumo que nadie ha bebido y las marcas de cinta en el suelo que indican dónde debemos colocar las sillas. Anoche no había ninguna. Nadie nos pidió repetir un beso porque la luz no fuera adecuada.
Álex recoge su teléfono.
—La toma ha terminado.
Sara podría recordarnos el contrato. No lo hace. Quizá porque sabe que tendría que explicar delante de todo el equipo qué cláusula permite exigirnos planes que todavía no hemos decidido.
Mientras los técnicos desmontan una de las cámaras, comprendo que proteger lo que está naciendo entre nosotros no consistirá en ocultarlo todo. Consistirá en decidir juntos qué parte puede mostrarse y cuál debe seguir existiendo aunque nadie la vea.
Cuando termina la grabación, Daniel vuelve a llamar.
Me alejo hasta el patio interior.
—Por fin —dice al responder.
—Estaba trabajando.
—He visto un vídeo vuestro desayunando.
—No era un desayuno.
—Internet es una mentira.
—En eso estamos de acuerdo.
Se ríe, pero enseguida cambia de tono.
—El consejo ha aprobado tu incorporación.
Apoyo una mano contra la pared.
—¿En serio?
—Directora de nuevos proyectos. Equipo propio, presupuesto independiente y acceso al comité a partir del segundo año.
Es el puesto que quería.
El que demuestra que la vida que construí en Madrid no era una sala de espera.
—Hay una condición —añade.
Claro.
—Necesitan que empieces el uno de septiembre.
—La campaña termina el quince.
—Puedes trabajar esas dos semanas en remoto si el consejo lo aprueba, pero quieren una respuesta en cuarenta y ocho horas.
—Eso no es tiempo.
—Es el que tengo.
Miro hacia la terraza. Álex habla con Lucía junto a las cámaras.
—Envíame la propuesta.
—Ya está enviada.
—La leeré.
—Claudia, no dejes que el hotel vuelva a decidir por ti.
La advertencia me irrita porque se parece demasiado a mi propio miedo.
—El hotel no decide nada.
—Entonces demuéstralo.
Cuelgo antes de contestar algo que pueda afectar a mi carrera.
Álex me espera cuando regreso.
—¿Buenas noticias?
—Me han ofrecido el puesto.
Su cara se ilumina primero.
Después recuerda la fecha que todavía no conoce.
—Enhorabuena.
—Empiezo el uno de septiembre.
La alegría se mezcla con otra cosa.
No la oculta.
—La campaña termina dos semanas después.
—Daniel cree que puedo empezar en remoto.
—El contrato lo permite.
Lo miro.
—¿Lo has comprobado?
—Cuando mencionaste la posibilidad.
—¿Y no pensabas decírmelo?
Álex abre la boca.
La cierra.
—Debería habértelo dicho.
—Sí.
—Solo quería saber si tendrías opciones.
—Pregúntame antes de prepararlas.
—De acuerdo.
—No quiero que la única forma en que demuestres que apoyas mi trabajo sea organizando mi marcha.
Su expresión cambia.
—No quiero que te marches.
La respuesta llega sin cálculo.
—Quiero que aceptes si es lo que deseas. Y también quiero que encontremos una forma de que Madrid no vuelva a convertirse en el lugar donde desapareces de mi vida.
El miedo se me instala bajo las costillas.
—No sé qué quiero todavía.
—Entonces averígualo. Yo no decidiré por ti.
—Pero dime cómo te afecta.
Álex respira.
—Me alegra. Estoy orgulloso de ti. Y odio que la fecha esté tan cerca.
Eso es todo lo que necesitaba.
No una solución.
La verdad.
Estoy a punto de besarlo cuando Lucía aparece en el patio.
—El banco ha adelantado la reunión.
—¿A cuándo? —pregunta Álex.
—Mañana a las nueve. Viene la directora regional de riesgos.
Su tono elimina cualquier resto de la mañana.
—¿Por qué? —pregunto.
Lucía mira a su hermano.
Álex permanece inmóvil.
—Hay algo que no sabes —dice.
—No empieces así.
—El banco lleva meses proponiendo que vendamos una parte del terreno.
—¿Qué parte?
No responde inmediatamente.
Ya sé cuál.
—La parcela este —dice—. El jardín, la caseta y el acceso lateral a la cala.
Siento que el suelo se desplaza.
La caseta donde guardé durante años mis ideas.
El jardín que sostiene el único proyecto del hotel que siento realmente mío.
—¿Existe una oferta?
Álex baja la mirada.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Cuatro meses.
La noche anterior, el café, el puesto de Madrid y todas las conversaciones sobre empezar de otra manera se vuelven frágiles.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Antes de la reunión.
—Porque ya no podías evitarlo.
—Porque estaba esperando tener toda la información.
—No.
Mi voz suena más tranquila de lo que me siento.
—Estabas esperando tener una solución.
Álex no se defiende.
Eso no evita el daño.
—Esta tarde me enseñarás cada correo, cada valoración y cada conversación —digo—. Mañana entraremos juntos en esa reunión.
—Sí.
—Y después decidiré si puedo construir algo contigo cuando todavía descubro puertas que mantuviste cerradas.
Me marcho antes de que intente abrir una de ellas con palabras.