Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

ÁLEX

Claudia no suelta mi mano.

Eso es lo único que me permite seguir respirando con normalidad.

He pronunciado en voz alta la razón que llevo dos años disfrazando de respeto, madurez y resignación. La verdad es mucho menos digna: no luché por nuestro matrimonio porque tenía miedo de perder incluso la posibilidad de creer que ella todavía podía haberme elegido.

Claudia mira hacia el mar.

La música de la fiesta llega amortiguada desde el hotel. En la terraza, los invitados continúan celebrando cincuenta años de matrimonio mientras nosotros intentamos comprender cómo destruimos el nuestro.

—Yo quería que hicieras algo —dice finalmente.

—Lo sé ahora.

—No necesitaba que te negaras a firmar ni que me encerraras en el hotel.

—Eso habría resultado complicado legalmente.

Me mira.

—No bromees.

—Lo siento.

—Necesitaba que me preguntaras si existía otra forma. Que propusieras viajar, contratar a alguien, probar seis meses… Cualquier cosa que demostrara que perderme también era un problema que querías solucionar.

Cada posibilidad que enumera parece evidente.

Ahora.

Entonces solo veía el hotel, las facturas y el miedo a que el año en Madrid se convirtiera en una vida en la que yo ya no tuviera sitio.

—Creí que ya habías tomado la decisión —digo.

—Había aceptado un trabajo. No había decidido dejar de quererte.

—Para mí era lo mismo.

—Ese fue el problema.

Asiento.

No necesito defenderme. No hay una versión de aquellos meses en la que alguno de los dos salga ileso.

—Cuando aceptaste el divorcio —continúa—, pensé que por fin tenía la respuesta.

—¿Qué respuesta?

—Que yo llevaba años esperando que me eligieras y tú estabas deseando que dejara de pedirte cosas que no podías darme.

—Nunca deseé que dejaras de pedírmelas.

—No parecía que quisieras escucharlas.

—No sabía hacerlo.

—Eso no me hacía necesitarlas menos.

El agua nos cubre los tobillos. Una ola más alta moja el bajo de su vestido.

Claudia ni siquiera parece notarlo.

—¿Habrías firmado? —pregunto—. Si hubiera luchado.

Su mirada baja hacia nuestras manos.

—No lo sé.

La respuesta duele, aunque era la única honesta.

—Puede que sí —añade—. Estaba muy cansada. Y necesitaba descubrir quién era fuera de aquí.

—Entonces quizá no habría cambiado el final.

—Habría cambiado la forma en que terminó.

—Lo dijiste en el almacén.

—Porque es verdad.

Claudia levanta los ojos.

—Me marché pensando que el hotel te importaba más que yo. Tú te quedaste pensando que nunca habías sido suficiente para que quisiera esta vida. Convertimos nuestros miedos en la versión oficial porque ninguno soportaba preguntar si era cierta.

—¿Y lo era?

—¿Cuál?

—Que no era suficiente.

Da un paso hacia mí.

—Tú sí.

La respuesta apenas se oye por encima del mar.

—La vida que teníamos dejó de serlo.

No debería aliviarme.

Lo hace.

Durante dos años he confundido las dos cosas. Pensaba que rechazar el Miramar significaba rechazarme a mí, porque había construido tanto de mi identidad alrededor de este lugar que ya no sabía dónde terminaba el hotel y empezaba yo.

—No sabía separarlo —digo.

—Yo tampoco. Por eso sentía que, para tener una vida propia, tenía que salir completamente de la tuya.

Claudia se acerca un poco más.

—No quiero volver a hacerlo así.

Mi corazón golpea con fuerza.

—¿El qué?

—Marcharme.

No significa que vaya a quedarse.

No es una promesa.

Aun así, la palabra abre una posibilidad.

—Y yo no quiero volver a fingir que dejarte marchar no me destruye —respondo.

Claudia me observa durante unos segundos.

La luz del hotel apenas alcanza su rostro, pero distingo el brillo de sus ojos.

—¿Puedo besarte? —pregunto.

No quiero convertir cada conversación difícil en deseo.

Eso fue parte del problema: nuestros cuerpos resolvían durante unas horas lo que nuestras palabras dejaban intacto.

Pero ahora hemos hablado.

No está todo resuelto. Probablemente no lo estará nunca.

Esta vez el beso no sería una forma de escapar de la conversación.

Sería una respuesta.

Claudia asiente.

—Sí.

La atraigo despacio.

No hay prisa.

Su mano sube hasta mi nuca y mi boca encuentra la suya. El beso sabe a champán, sal y una tristeza que empieza a transformarse en algo que todavía no me atrevo a llamar esperanza.

Claudia se pega a mí.

La abrazo por la cintura, sintiendo el vestido húmedo bajo mis dedos. Cuando profundiza el beso, toda la prudencia que he intentado conservar durante la conversación empieza a desaparecer.

Me aparto lo suficiente para respirar.

—Podemos parar.

—No quiero.

—Has bebido.

—Tres copas durante toda la noche.

—Pensaba que eran dos.

—La tercera fue culpa de Amalia.

—Una mujer peligrosa.

Claudia sonríe contra mi boca.

—Estoy segura.

La beso otra vez.

Esta vez hay deseo.

No el impulso desesperado de la cocina, cuando los dos parecíamos luchar contra dos años de distancia. Es más lento y quizá por eso resulta más intenso.

Mis manos recorren su espalda.

Claudia se estremece.

—Tenemos que volver al hotel —murmuro.

—¿Quieres volver?

—Ahora mismo quiero olvidar que existe.

—Eso suena poco profesional.

—Me estás distrayendo.

—Tú me has traído a la cala.

—Pensaba que íbamos a hablar.

—Hemos hablado.

—Mucho.

—¿Te arrepientes?

—No.

No dudo.

Claudia apoya la frente contra la mía.

—Yo tampoco.

La forma en que lo dice me hace querer besarla hasta que deje de existir cualquier parte de la noche que no sea ella.

Pero las luces siguen encendidas en la terraza y todavía somos responsables de una fiesta.

—Terminemos el evento —digo—. Después…

Me detengo.

No quiero asumir.

Claudia levanta una ceja.

—¿Después?

—Tú decides.

—Eso es mucha responsabilidad.

—Estoy intentando no diseñar el resto de la noche sin consultarte.

—Muy maduro.

—Está siendo horrible.

Ella ríe.

Entrelaza nuestros dedos y empieza a caminar hacia la escalera.

—Después quiero volver al apartamento contigo.

La miro.

—¿Solo a dormir?

Claudia no responde.

Su sonrisa es suficiente.

* * *

La fiesta termina cerca de las dos.

Las dos horas siguientes se convierten en el ejercicio de autocontrol más largo de mi vida.

Claudia y yo apenas nos tocamos.

No porque no queramos.

Porque cada contacto parece capaz de hacer evidente para todo el hotel lo que ocurrirá cuando subamos.

La observo despedir a los invitados, revisar la recogida y ayudar a Amalia a encontrar su bolso.

Ella me mira mientras cierro la terraza, hablo con el personal y acompaño a Julián hasta el ascensor.

Mateo aparece a mi lado cuando los últimos familiares se retiran.

—Puedes irte —dice.

—Queda trabajo.

—Lucía y yo podemos terminar.

—No quiero dejaros…

—Álex.

Lo miro.

Después mira a Claudia.

Está al otro lado del patio hablando con Amalia. Cuando siente mis ojos, se vuelve.

—Ah —dice Mateo.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Estabas a punto.

—Solo iba a señalar que llevas media hora limpiando la misma mesa.

Miro el paño en mi mano.

La mesa está completamente seca.

—Puedo terminar esto.

—También podrías subir antes de que a alguno de los dos se le ocurra volver a pensar demasiado.

—No sé de qué hablas.

Mateo me quita el paño.

—Yo tampoco.

Claudia se acerca unos minutos después.

—Amalia y Julián ya están en su habitación.

—Bien.

—Lucía dice que puede cerrar.

—Mateo también.

Nos miramos.

Ninguno parece saber cómo empezar el camino hacia el apartamento sin que resulte obvio.

—Estoy cansada —dice Claudia.

—Yo también.

—Deberíamos subir.

—Sí.

Mateo, que permanece a dos metros, resopla.

—Por favor.

Claudia se vuelve.

—¿Qué?

—Nada. Que descanséis.

La sonrisa que intenta ocultar confirma que mañana todo el hotel sabrá que hemos subido juntos.

No me importa.

Eso sí es nuevo.

* * *

Entramos en el apartamento sin encender todas las luces.

Claudia deja las sandalias junto a la puerta. Yo coloco las llaves sobre la mesa.

Durante el trayecto desde la terraza, el deseo parecía empujarnos hacia aquí.

Ahora que estamos solos, aparece algo más.

Nervios.

Resulta absurdo.

Estuvimos casados nueve años. Conozco su cuerpo mejor que cualquier habitación del hotel.

Pero aquella intimidad pertenecía a otras versiones de nosotros.

—No tenemos que hacer nada —digo.

Claudia me mira.

—¿Has cambiado de opinión?

—No.

—Entonces no empieces a protegerme de algo que quiero.

—No intento protegerte.

—Un poco.

—Quiero asegurarme.

Se acerca.

—Estoy segura de que quiero acostarme contigo.

La franqueza cambia mi respiración.

—No estoy segura de qué significará mañana —añade—. Ni de si esto nos convierte en una pareja. Pero no quiero que el miedo a repetir un error me impida tomar cualquier decisión que no pueda garantizar.

—Eso suena muy poco propio de ti.

—Cállate antes de que cambie de opinión.

La beso.

Claudia se aferra a mi camisa y tira de mí hacia el dormitorio.

Tropezamos con una de sus sandalias.

—Eso ha sido culpa tuya —dice.

—Tú la has dejado ahí.

—Tú estabas caminando.

—Los dos.

—No conviertas esto en una metáfora.

Me río contra su boca.

La ropa queda repartida entre el pasillo y la habitación.

Esta vez no nos movemos guiados únicamente por la memoria. Pregunto. Ella responde. Claudia también me pregunta qué quiero, qué ha cambiado, qué sigue gustándome.

Hay torpeza.

No mucha.

La suficiente para recordar que han pasado dos años.

Cuando nos tumbamos, la luz de la terraza dibuja su silueta. Recorro con los dedos su costado, despacio, descubriendo las pequeñas diferencias que el tiempo ha dejado sobre ella.

—Sigues mirándome como si estuvieras estudiando un plano —murmura.

—Quiero recordarlo.

—Ya me conoces.

—Te conocía.

Claudia sostiene mi cara entre sus manos.

—Sigo siendo yo.

—Lo sé.

—Entonces ven aquí.

La beso.

El deseo aumenta hasta dejar poco espacio para pensar, pero no desaparece la emoción que lo sostiene. Claudia pronuncia mi nombre contra mi cuello. Yo escondo el rostro en su hombro y durante unos minutos no existe el hotel, el divorcio ni el futuro.

Solo ella.

Solo nosotros, aunque todavía no sepamos si tenemos derecho a utilizar la palabra.

Después permanece tumbada sobre mi pecho.

Ninguno habla durante un rato.

Sus dedos recorren la cicatriz junto a mis costillas, recuerdo de una caída durante las obras.

—Sigue aquí —dice.

—Las cicatrices suelen quedarse.

—No todas.

—Las importantes sí.

Claudia levanta la cabeza.

—Eso ha sonado preparado.

—No tengo capacidad para preparar frases ahora mismo.

—Bien.

Vuelve a apoyar la mejilla sobre mí.

—No quiero que esta noche se convierta en una promesa.

—No lo hará.

—Ni que mañana actuemos como si hubiéramos vuelto oficialmente.

—No.

—Pero tampoco quiero que digamos que ha sido un error.

—No lo ha sido.

Claudia cierra los ojos.

—Entonces ¿qué ha sido?

Pienso antes de responder.

—Algo que queríamos.

—Eso es poco romántico.

—Pensaba que no querías promesas.

—No las quiero. Pero puedes esforzarte un poco.

La abrazo con más fuerza.

—Ha sido la primera vez en mucho tiempo que no he sentido que intentábamos regresar al pasado.

Su respiración se detiene un instante.

—Yo tampoco.

—Ha sido nuevo.

—Sí.

—Y bastante mejor en algunas cosas.

—¿Solo algunas?

Claudia sonríe.

—No te pongas arrogante.

Nos quedamos en silencio.

—Daniel me ha dicho que el puesto es prácticamente mío —dice.

La noticia abre una pequeña grieta en la calma.

No intento esconderlo.

—Te lo mereces.

—Eso no responde a cómo te sientes.

La frase demuestra que también está aprendiendo.

Respiro.

—Me alegra.

—¿Y?

—Y tengo miedo.

Claudia levanta la cabeza.

—¿De que acepte?

—De que Madrid vuelva a convertirse en una puerta que se cierre detrás de ti.

No retiro las palabras.

—No porque piense que vayas a abandonarme —añado—. Ni porque tengamos algo definido que puedas abandonar. Pero sé cómo es volver a la vida en la que ya no estás.

Claudia me observa.

—Gracias por decirlo.

—No quiero que influya en tu decisión.

—Influirá.

El miedo regresa.

Ella apoya una mano sobre mi pecho.

—Todo influye, Álex. El trabajo, el hotel, tú, lo que quiero ser. El problema no es tenerlo en cuenta. El problema sería esperar que decidieras por mí cuál de esas cosas debe importar más.

Asiento.

—Entonces decide tú.

—Lo haré.

Vuelve a acomodarse contra mí.

—Y después te lo diré antes de poner a prueba si eres capaz de adivinarlo.

—Eso ayudaría.

—No prometo que sea siempre tan madura.

—Sería inquietante.

Claudia bosteza.

—Mañana no vamos a resolver nuestra vida.

—No.

—Pero tampoco vas a dormir en el sofá.

—Eso sí puedo prometerlo.

—Solo esa promesa.

—Solo esa.

La abrazo.

Esta vez, cuando se queda dormida sobre mi pecho, no pienso que ha regresado.

Pienso que está aquí.

Y empiezo a comprender que quizá el amor no consiste en conseguir que alguien se quede para siempre.

Consiste en construir un lugar donde pueda elegir quedarse mañana.