CAPÍTULO 19
CLAUDIA
Amalia y Julián empiezan a discutir siete minutos antes de cortar la tarta de su quincuagésimo aniversario.
No se trata de uno de esos desacuerdos tiernos que pueden utilizarse en un vídeo sobre matrimonios duraderos. No hay sonrisas cómplices, bromas ensayadas ni una frase graciosa sobre quién deja los calcetines en el suelo.
Amalia sostiene el cuchillo de la tarta con una mano y el teléfono de su marido con la otra.
—¿Quién es Maribel?
Los cuarenta invitados guardan silencio.
Julián, que hasta hace unos segundos estaba agradeciendo a sus hijos la organización de la fiesta, se queda inmóvil frente a ella.
—¿Qué Maribel?
—La que te escribe corazones.
Sara, situada junto al fotógrafo, pierde todo el color de la cara.
Yo cierro los ojos un instante.
No porque no sepa cómo gestionar una crisis en un evento. Porque esta es la primera celebración organizada después de que Sara vendiera a la prensa el concepto de «cincuenta años eligiéndose cada día».
Ahora mismo, Amalia parece estar eligiendo dónde clavar el cuchillo.
—No son corazones —responde Julián—. Es un símbolo de agradecimiento.
—Tiene forma de corazón.
—Porque la aplicación no incluye un símbolo específico para agradecer que alguien encuentre fotografías de 1974.
Amalia deja el teléfono sobre la mesa.
—Llevas tres meses escribiéndote con una mujer y no me has dicho nada.
—Porque estaba preparando una sorpresa.
—Las sorpresas son mentiras con un lazo.
Varias invitadas asienten.
Sara se acerca a mí.
—Haz algo.
—¿Qué quieres que haga?
—Detenerlos.
—Llevan cincuenta años casados. No creo que acepten mediación de una organizadora de eventos.
—Están discutiendo delante del logotipo.
Miro la estructura colocada detrás de la tarta:
ETERNO VERANO: EL AMOR QUE PERMANECE.
—Podemos retirar el logotipo.
—Claudia.
—¿Prefieres que retiremos al matrimonio?
Al otro lado del patio, Álex se aproxima con dos copas de champán. Observa a Amalia, a Julián y el cuchillo.
—¿Qué ha pasado?
—Maribel —respondo.
—¿Quién es?
—Una mujer de ochenta y dos años que envía corazones a Julián.
Álex contempla al homenajeado.
—Julián tiene setenta y seis.
—La diferencia de edad no parece el problema principal —dice Sara.
—Maribel es amiga de mi hermana —se defiende Julián—. Me estaba ayudando con el vídeo.
—Podías habérmelo contado —responde Amalia.
—Entonces no habría sido una sorpresa.
—Podías haberme dicho que estabas preparando una sorpresa sin explicarme cuál.
—Eso habría arruinado la sorpresa.
—No. Habría evitado que pensara que llevas meses organizando una fuga con una octogenaria.
Uno de sus nietos se tapa la boca para no reírse.
El resto de la familia empieza a relajarse. Amalia no parece destrozada. Parece furiosa.
Después de cincuenta años, probablemente Julián conoce la diferencia.
—¿Me permites que te enseñe el vídeo? —pregunta él.
—¿Sale Maribel?
—Dos segundos.
—Uno.
—Uno y medio.
Amalia lo piensa.
—¿Y los corazones?
—Ella los envió. Yo respondí con el pulgar.
Amalia revisa el teléfono.
—Dos veces utilizaste una cara sonriente.
—Me pareció educado.
—No abuses de la cortesía.
Julián asiente con gravedad.
—No volverá a ocurrir.
—Y la próxima vez me dices que estás planeando algo.
—¿Aunque sea una sorpresa?
—Sobre todo si es una sorpresa.
Él se acerca.
No intenta besarla inmediatamente. Espera.
Amalia suspira, le permite tomarle la mano y termina apoyando la frente contra la suya.
Los invitados aplauden.
Sara vuelve a respirar.
—Ha sido perfecto —dice.
La miro.
—Hace un minuto pensabas que iba a apuñalarlo.
—Pero no lo ha hecho. El amor ha vencido.
—El miedo a manchar el vestido también puede haber influido.
Álex me entrega una copa.
—¿Crees que deberíamos retirar el cuchillo?
—Después de cortar la tarta.
—Práctico.
—Siempre.
Nuestros dedos se rozan al coger la copa.
No es un contacto preparado ni necesita permiso. Desde que duermo con él, algunos gestos han dejado de convertirse en una negociación.
No sé si eso es bueno.
Tampoco quiero que termine.
* * *
El vídeo de Julián empieza con una fotografía de Amalia a los diecinueve años, sentada sobre el capó de un coche y mirando a la cámara como si ya supiera que el mundo necesitaría instrucciones.
Después aparecen imágenes de viajes, cumpleaños, hijos, mudanzas y una colección sorprendentemente amplia de cortes de pelo discutibles.
En una fotografía, Julián lleva un bigote que debería haber sido motivo de divorcio.
Amalia se ríe hasta llorar.
Cuando el vídeo termina, él le entrega una caja pequeña. Dentro hay dos billetes de tren para regresar al pueblo donde se conocieron.
—¿Lo sabías? —pregunta ella.
—Maribel encontró el nombre de la pensión.
—Entonces quizá pueda seguir enviándote pulgares.
—Solo pulgares.
Se besan.
Esta vez nadie teme por la integridad de Julián.
La música empieza y los invitados llenan la pista.
Amalia se acerca a mí mientras Álex ayuda al técnico a retirar la pantalla.
—Siento el espectáculo —dice.
—He visto cosas peores delante de una tarta.
—¿Alguien llegó a utilizar el cuchillo?
—Una vez. Pero solo para cortar la corbata del novio.
—Merecida, supongo.
—Llevaba pequeños flamencos rosas.
Amalia contempla a su marido.
—Julián cree que organizar algo en secreto lo hace más romántico.
—Álex cree que solucionar algo sin contármelo evita que me preocupe.
—Parece la misma enfermedad.
—Con distinta presentación.
Amalia toma una copa de una bandeja.
—¿Habéis vuelto?
La pregunta llega sin preparación.
—No.
—Dormís juntos.
Casi derramo el champán.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo setenta años, no cataratas.
—Setenta y dos —corrige Julián desde la pista.
—Nadie te ha preguntado.
Él levanta las manos y continúa bailando con una de sus nietas.
—No hemos vuelto —repito.
—¿Pero quieres hacerlo?
Miro hacia Álex.
Está hablando con el técnico. Al notar mis ojos, levanta la cabeza.
No sonríe.
Solo me mira como si necesitara comprobar que estoy bien.
—No sé si querer basta —respondo.
—Nunca basta.
La seguridad de Amalia me sorprende.
—No parece una frase apropiada para un aniversario.
—El amor sirve para empezar. Después hacen falta paciencia, negociación y saber cuándo la otra persona necesita que dejes de organizarle sorpresas.
—También hacen falta cincuenta años.
—Los cincuenta años son el resultado, no el método.
Bebe un sorbo.
—La gente nos pregunta cómo hemos durado tanto. Esperan que responda que nunca nos acostamos enfadados o que siempre nos decimos la verdad.
—¿No es así?
—Una vez pasé cuatro días sin dirigirle la palabra porque compró un sofá sin preguntarme.
—Eso me parece razonable.
—Era horrible.
—Más razonable todavía.
Amalia sonríe.
—No seguimos juntos porque no nos hiciéramos daño. Seguimos porque aprendimos qué daño no queríamos volver a causar.
La frase me obliga a mirar de nuevo hacia Álex.
Él ya no está junto a la pantalla.
Se acerca.
—Julián dice que tengo que sacarte a bailar.
—Julián sigue intentando recuperar puntos —responde Amalia—. No utilices su estrategia.
—No pensaba hacerlo.
Álex me ofrece la mano.
No la toma.
Espera.
—¿Quieres bailar?
Amalia se aleja antes de que pueda contestar.
—Ha sido una emboscada —digo.
—Llevan cincuenta años perfeccionándolas.
Miro su mano.
—Solo una canción.
—No sé si puedo prometer bailar tan poco.
—Sigues haciéndolo fatal.
—He mejorado.
—¿Con quién has practicado?
—Mateo.
—Eso elimina cualquier posibilidad.
Aun así, acepto.
* * *
La música no es lenta.
Agradezco que no hayan elegido nuestra canción de boda ni otra pieza cargada de significado. Es una canción antigua, alegre y lo bastante rápida para que Álex tenga que concentrarse en no pisarme.
—Estás contando —le digo.
—Intento seguir el ritmo.
—Llevas los labios moviéndose.
—Es una técnica.
—Parece que rezas.
—También.
Me hace girar.
Casi choco con Julián, que baila con más energía que cualquiera de sus invitados.
—¡Mueve los pies! —le grita a Álex.
—Eso intento.
—¡Los dos!
—Los dos se mueven.
—¡En direcciones compatibles!
Me río.
Álex utiliza la distracción para acercarme cuando regreso del giro.
Su mano queda sobre mi cintura.
Esta vez no siento la mirada de las cámaras.
Vega ya se ha marchado y Nora está hablando con los hijos de Amalia.
Podemos bailar sin que nadie convierta el gesto en una campaña.
—Estás diferente —dice Álex.
—¿Por el champán?
—No.
—Entonces no sé qué quieres decir.
—Te ríes más.
—Eso es porque Julián te está humillando.
—También te reías esta mañana.
Recuerdo la factura utilizada como nota.
No es una declaración de amor.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Su pulgar se mueve sobre mi cintura.
Un gesto mínimo.
Mi cuerpo lo reconoce.
Álex lo nota y se detiene.
—¿Está bien?
—Sí.
Vuelve a moverlo.
Despacio.
No parece un intento de provocar nada, pero lo provoca.
—Amalia me ha preguntado si hemos vuelto —digo.
—Julián también.
—¿Qué has respondido?
—Que no.
La rapidez de la respuesta me duele, aunque es exactamente la misma que he dado yo.
—Bien.
—Después me ha preguntado si quiero que volvamos.
—¿Y qué has dicho?
Álex me mira.
—Que sí.
Pierdo un paso.
Él me sujeta antes de que tropiece.
—Podías haber empezado por ahí.
—No me lo habías preguntado.
—¿Y ahora vas respondiendo a desconocidos?
—Julián me ha enseñado fotografías suyas en bañador de 1983. Ya no somos desconocidos.
Intento bromear.
No puedo.
—Álex…
—No te estoy pidiendo que decidas nada esta noche.
—Pero quieres volver.
—Quiero intentar construir una relación contigo. No recuperar el matrimonio exactamente como era.
—No sabes si podemos.
—No.
—Podríamos repetirlo todo.
—Sí.
—Estás aceptando unas posibilidades bastante malas.
—También existe la posibilidad de hacerlo mejor.
La canción termina.
Los invitados aplauden, pero Álex no me suelta inmediatamente.
—¿Quieres salir un momento? —pregunta.
—¿Del hotel?
—A la cala.
—Todavía estamos trabajando.
—La tarta está cortada, Julián sigue vivo y Mateo controla la cena.
Miro hacia la pista.
Sara baila con uno de los patrocinadores. Lucía está ayudando a una invitada. Nadie parece necesitarnos.
—Cinco minutos.
Álex sonríe.
—Eso suele significar media hora.
—Depende de lo rápido que camines.
* * *
La arena está fría bajo mis pies.
He dejado las sandalias junto a las escaleras y camino con el vestido recogido para evitar que el agua lo alcance.
Álex lleva los zapatos en una mano.
Con la otra roza la mía de vez en cuando.
No llega a cogerla.
No sé si espera permiso o si teme que el gesto parezca demasiado.
Termino enlazando mis dedos con los suyos.
Él me mira.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Tu cara sí.
Caminamos hasta el extremo de la cala, donde las luces del hotel apenas alcanzan.
—Amalia dice que el amor no basta —comento.
—Julián dice que nunca hay que utilizar corazones con una mujer que no sea tu esposa.
—Los dos parecen haber aprendido cosas distintas esta noche.
—Él también ha dicho que dejar que alguien se marche puede ser una forma de cobardía.
Me detengo.
Álex da un paso más antes de notar que ya no lo sigo.
Se vuelve.
—¿Te ha dicho eso?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque le pregunté cómo supo cuándo debía luchar por Amalia.
El mar rompe suavemente detrás de él.
—¿Y qué respondió?
—Que la primera vez que ella quiso marcharse, la dejó hacer porque pensó que respetaba su decisión. Tardaron ocho años en volver a encontrarse.
—Nosotros hemos tardado dos.
—Todavía no nos hemos encontrado.
Álex aprieta ligeramente mi mano.
—No.
Miro el agua.
La pregunta lleva varios días esperando.
Quizá dos años.
—¿Por qué no intentaste detener el divorcio?
Álex guarda silencio.
—Ya me dijiste que pensabas que luchar sería retenerme —añado—. Pero no es toda la verdad.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque te conozco.
Su expresión se vuelve triste.
—Creía que ya no.
—Hay cosas que todavía conozco.
—¿Como cuáles?
—La forma en que eliges una explicación razonable para esconder la que te da miedo admitir.
Álex baja la vista hacia nuestras manos unidas.
No la retira.
—Entonces dime cuál crees que es.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansada de adivinar lo que sientes y enfadarme cuando no acierto.
La frase parece sorprenderlo.
A mí también.
Me acerco un poco.
—Quiero que me lo digas tú.
Álex mira hacia el hotel.
Después el mar.
Finalmente, vuelve a mirarme.
—No intenté detener el divorcio porque tenía miedo de que, incluso si te pedía que te quedaras, volvieras a elegir marcharte.
La respuesta abre algo dentro de mí.
—Ya me estaba marchando.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué podías perder?
Su sonrisa es breve y dolorosa.
—La posibilidad de seguir creyendo que no había hecho nada porque respetaba tu decisión.
Aprieto sus dedos.
—No lo entiendo.
—Si te hubiera pedido que no firmaras y aun así lo hubieras hecho, habría tenido que aceptar que me estabas eligiendo fuera de tu vida.
Su voz baja.
—Preferí pensar que no tenía derecho a intentarlo antes que arriesgarme a escuchar que no me querías suficiente para quedarte.
El agua vuelve a rozar mis pies.
No me muevo.
—Álex…
—Fui un cobarde.
Esta vez no utiliza una explicación más razonable.
No se protege.
Solo espera frente a mí, todavía sujetándome la mano.
Y comprendo que la respuesta que llevo dos años exigiéndole puede ser más difícil de soportar que el silencio.
Porque significa que yo no era la única que esperaba que el otro luchara.
Los dos estábamos aterrados de descubrir que podíamos hacerlo y perder de todas formas.