CAPÍTULO 18 #2
—Además, cualquier conversación con el banco sobre nueva financiación tendrá que incluirnos a los dos.
—Sí.
—Aunque yo participe por videollamada.
—Sí.
Claudia me observa.
—Puedes discutir alguna condición.
—No quiero.
—Eso también es sospechoso.
—Estoy de acuerdo.
—Peor todavía.
Sonríe ligeramente.
La tensión empieza a aflojarse.
Creo un usuario nuevo y giro el portátil hacia ella.
—Escribe la contraseña.
—No hace falta hacerlo ahora.
—No. Pero podemos.
Duda.
Después se sienta.
Escribe su correo, introduce una contraseña y marca la opción de administración completa.
Aparto la vista.
—Puedes mirar —dice.
—Es tu contraseña.
—Es una cuenta empresarial.
—Aun así.
—Antes entrabas en el baño mientras me duchaba.
—Estábamos casados.
—Anoche dormiste abrazado a mí.
—Eso no me autoriza a leer tus contraseñas.
Sus dedos se detienen sobre el teclado.
—Estás resultando muy correcto.
—No quiero arruinar mis posibilidades de dormir en la cama.
Claudia me mira.
—Eso parecía una estrategia.
—Era sinceridad.
—No sé cuál es peor.
Termina el registro.
El programa muestra su nombre junto al mío.
ALEJANDRO VIDAL — ADMINISTRADOR.
CLAUDIA FERRER — ADMINISTRADORA.
Dos nombres.
El mismo nivel.
Algo que debería haber sido normal desde el principio.
—Listo —digo.
Claudia no aparta los ojos de la pantalla.
—No quiero que esto desaparezca si decidimos que no funciona.
—No desaparecerá.
—Ni si no volvemos.
La frase duele.
—Tampoco.
—¿Lo prometes?
—Sí.
Me mira.
No sé si está comprobando la respuesta o recordando todas las promesas que no supimos cumplir.
—Bien.
Cierra el portátil.
—Ahora necesito cenar.
—Puedo preparar algo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque llevamos toda la tarde hablando de repartir responsabilidades y tu respuesta inmediata es cocinar para mí.
—Tenía hambre.
—Mentira.
—Un poco.
Claudia abre la nevera.
—Cocinaremos juntos.
—No sabes hacer pescado.
—Sé hacerlo.
—Lo secas.
—Es una opinión.
—Es una textura.
Saca varias verduras.
Yo busco una sartén.
Trabajamos en silencio durante unos minutos.
No el silencio antiguo, cargado de cosas que ninguno piensa pronunciar.
Este es distinto.
El de dos personas que han hablado demasiado y necesitan dejar que las palabras encuentren su sitio.
Claudia corta los tomates.
Yo preparo el pescado.
—¿Qué ocurrió con el cuaderno después de que te fueras? —pregunto.
No se detiene.
—Me lo llevé a Madrid.
—¿Continuaste trabajando en las ideas?
—Algunas.
—¿Por qué lo has traído?
—Pensaba utilizar varias para demostrar que el hotel podía tener alternativas.
—No para volver.
—No.
—Bien.
La respuesta sale demasiado rápido.
Claudia deja el cuchillo.
—No parece que esté bien.
—No lo está.
La honestidad cambia el aire.
—Pero prefiero saber por qué lo trajiste a imaginar otra cosa —añado.
Ella asiente.
—Yo tampoco sé por qué sigo escribiendo sobre el Miramar.
—Porque también es tuyo.
—Quizá.
—No solo legalmente.
Claudia vuelve a cortar.
—No conviertas el cuaderno en una señal.
—Lo intento.
—¿De qué?
—De que todavía quieres una vida aquí.
—Podría querer el proyecto sin querer la vida.
—Lo sé.
—Y podría querer parte de la vida sin querer vivir aquí siempre.
—También.
Me mira.
—Eso ha sido mejor.
—Estoy aprendiendo.
—A una velocidad preocupantemente lenta.
Cenamos en la mesa todavía cubierta de papeles.
Claudia me explica las primeras previsiones. Yo le señalo gastos que no ha incluido. Discutimos sobre calefacción, personal y si alguien pagaría por encerrarse una semana en el hotel para escribir.
—La gente paga por encerrarse en barcos —dice.
—Los barcos se mueven.
—Eso dificulta escribir.
—También ahogarse.
—Tu visión comercial es muy limitada.
La conversación continúa hasta que las cifras empiezan a perder sentido.
A medianoche, Claudia cierra el cuaderno.
—No puedo pensar más.
—Deberíamos dormir.
Los dos miramos hacia el pasillo.
—No voy a preguntarte —digo.
—¿Por qué?
—No quiero presionarte.
—Podrías preguntarme qué quiero.
La lección de esta mañana.
Respiro.
—¿Dónde quieres dormir?
Claudia recoge el cuaderno.
—En la cama.
Intento no sonreír demasiado.
—Bien.
—Solo dormir.
—Sí.
—Y no porque me hayas dado acceso a las cuentas.
—Eso habría sido una estrategia de seducción bastante extraña.
—Con contables podría funcionar.
Entramos en el dormitorio.
Claudia coloca el cuaderno sobre la cómoda, justo encima de la marca rectangular que dejó la fotografía de boda.
Se queda mirándolo.
—La foto continúa en el despacho —digo.
—Lo sé.
—Puedo guardarla.
—No hace falta.
—¿Quieres que vuelva a ponerla?
Claudia tarda en contestar.
—Todavía no.
—De acuerdo.
Nos metemos en la cama.
Esta vez no dejamos espacio entre los dos.
Ella se gira de espaldas y toma mi mano para colocarla sobre su cintura.
—¿Así? —pregunto.
—Así.
Apago la luz.
Pasan varios minutos.
—Álex.
—¿Sí?
—El cuaderno no era una salida al principio.
—Lo sé.
—Era una forma de imaginar que también podía existir dentro del hotel.
Aprieto suavemente los dedos alrededor de los suyos.
—Debería haber existido.
—Sí.
—Ahora puede.
Claudia no responde.
No le pido que lo haga.
Me quedo abrazado a ella, comprendiendo por fin que darle un lugar no significa construirlo y esperar que lo ocupe.
Significa dejar espacio.
Y aceptar que sea ella quien decida qué quiere hacer con él.