CAPÍTULO 18
ÁLEX
Claudia ocupa toda la mesa del salón.
No solo la superficie.
También las dos sillas libres, el sofá, parte del suelo y el alféizar de la ventana, donde ha colocado tres carpetas abiertas para distinguirlas, según ella, por la inclinación de las páginas.
Yo llevo más de una hora intentando trabajar en la cocina.
Intentando.
En realidad, he revisado dos veces la misma factura y llevo diez minutos observando cómo se recoge el pelo con un bolígrafo mientras escribe con otro.
—Vas a quedarte sin circulación en la pierna —digo.
Claudia está sentada en el suelo, apoyada contra el sofá, con el portátil sobre una caja.
—Estoy bien.
—Llevas cuarenta minutos en la misma postura.
—¿Me estás cronometrando?
—El reloj está delante.
—Podrías mirar tus cuentas.
—Las cuentas no están sentadas de una forma médicamente preocupante.
Levanta la cabeza.
—¿Desde cuándo te interesa la ergonomía?
—Desde que te quejaste durante seis meses de la silla del despacho.
—Porque tenía una barra atravesándome la espalda.
—Era decorativa.
—Las hernias también.
Deja el portátil sobre la mesa y estira la pierna.
La camiseta gris que lleva —mi camiseta— se le ha deslizado sobre un hombro. Dice que no ha tenido tiempo de subir a buscar ropa. Sospecho que sabe que sigo mirándola cada vez que aparece con ella.
También sospecho que por eso no se la ha quitado.
—Necesito los gastos de personal de los últimos tres inviernos —dice.
—Están en la carpeta verde.
Mira las siete carpetas que la rodean.
—Aquí hay tres verdes.
—Verde oscuro.
—Dos.
—La que tiene la etiqueta.
—Ninguna tiene etiqueta.
Me levanto.
—La habrá quitado Lucía.
—Claro. La famosa banda criminal que entra en los despachos para despegar etiquetas.
Me acerco y encuentro la carpeta debajo de uno de sus cuadernos.
—Esta.
—Eso es azul.
—Es verde.
—Es turquesa.
—El turquesa es azul.
Claudia me mira con decepción.
—No sé cómo he podido quererte.
—Pensabas que podía aprender.
—Era joven.
Le entrego la carpeta.
Al levantar el cuaderno que la cubría, varias hojas caen al suelo.
Me agacho para recogerlas.
Hay dibujos del hotel.
No planos técnicos, sino esquemas trazados a mano: la distribución de las habitaciones, el patio convertido en espacio de trabajo, la antigua caseta del jardín reformada como estudio creativo.
En una esquina aparece una fecha.
Hace cinco años.
—Esto no es de ahora —digo.
Claudia deja de escribir.
—No.
Recojo otra hoja.
Una propuesta para organizar retiros gastronómicos fuera de temporada. Debajo, una lista de posibles productores locales. Algunos continúan trabajando con el hotel.
—¿Cuándo hiciste esto?
—No importa.
—Está fechado cinco años antes de que te fueras.
—Sé leer fechas.
Intento entregarle las hojas.
Claudia extiende la mano, pero al mover el cuaderno aparecen más páginas.
Muchas más.
—¿Todo esto estaba dentro?
—Dámelo.
No lo hace con enfado.
Lo hace rápido.
Demasiado.
Cierra el cuaderno y lo deja debajo del portátil.
—Son ideas antiguas.
—Se parecen mucho a la propuesta de esta mañana.
—Porque los problemas del hotel tampoco son nuevos.
Regreso a la cocina con la carpeta.
Debería continuar trabajando.
No lo hago.
—¿Por qué nunca me lo enseñaste?
Claudia pulsa varias teclas sin mirar la pantalla.
—Te enseñé algunas cosas.
—No esto.
—No estaba terminado.
—Había un plan de tres años.
—Uno malo.
—También presupuestos.
—Optimistas.
—Y posibles clientes.
—Álex.
—¿Qué?
—No quiero hablar del cuaderno.
Me apoyo en el borde de la mesa.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que voy a darte.
La frase me molesta.
No por el cuaderno.
Porque se parece demasiado a las conversaciones antiguas: Claudia cerrando una puerta y yo intentando forzarla hasta que ambos acabábamos defendiendo cosas que ni siquiera habíamos pensado al empezar.
Miro las facturas abiertas delante de mí.
—De acuerdo.
Ella levanta la vista, sorprendida.
—¿De acuerdo?
—No quieres hablar.
—No.
—Entonces no hablamos.
Regreso a la silla.
Intento concentrarme.
No funciona.
Tampoco para ella.
Durante varios minutos solo se oye el teclado y el roce de las hojas. Claudia deja de escribir, vuelve a empezar y termina cerrando el ordenador.
—Había notas —dice.
No levanto la cabeza inmediatamente.
—¿En el cuaderno?
—Sí.
—No las he leído.
—Ya.
—Solo he visto las hojas que han caído.
Claudia se sienta en el sofá.
Sostiene el cuaderno sobre las rodillas.
—Al principio eran ideas para cuando el hotel estuviera más estable.
Dejo el bolígrafo.
—¿Cuándo era eso?
—Después de las obras. Después del primer préstamo. Después de contratar más personal.
Enumera cada etapa sin ironía.
Como si fueran estaciones de una línea de tren que nunca llegó a su destino.
—Cada año pensaba que el siguiente tendría más tiempo —continúa—. Pero siempre aparecía algo.
—Podías haberme dicho que querías desarrollar una línea propia.
—Lo hice.
Busco el recuerdo.
No aparece.
Claudia observa mi cara.
—Exacto.
—No digo que no lo hicieras. Intento recordarlo.
—Una vez, durante una cena, te hablé de utilizar la caseta como estudio creativo. Dijiste que primero necesitábamos convertirla en almacén.
Recuerdo la conversación.
No la cena.
Sí la caseta llena de sillas rotas y cajas de mantelería.
—No entendí que fuera importante.
—Otra vez, te propuse organizar eventos fuera del hotel. Dijiste que no podíamos distraernos cuando todavía necesitábamos aumentar la ocupación.
También lo recuerdo.
Frases razonables.
Decisiones prácticas.
Cada una cerrando una puerta que yo ni siquiera vi.
—Pensaba que hablábamos de posibilidades —digo.
—Yo también. Hasta que todas las posibilidades terminaban igual.
—Más adelante.
Claudia asiente.
—Más adelante.
Abre el cuaderno.
No me lo entrega.
Pasa varias páginas.
—Aquí escribí: “Hablar con Álex cuando termine la temporada”.
La fecha es de seis años atrás.
Avanza.
—“Esperar a que paguemos la reforma”.
Otra página.
—“No es el momento”.
Después otra.
—“Quizá el próximo invierno”.
Su voz se vuelve más baja.
—Y después dejé de escribir notas.
—¿Por qué?
—Porque ya sabía la respuesta.
No sé qué duele más.
Que creyera conocer mi respuesta o que probablemente tuviera razón.
—Podías haber insistido.
Claudia cierra el cuaderno de golpe.
—Sabía que dirías eso.
—No te estoy culpando.
—Parece que sí.
—Intento entenderlo.
—Entonces entiende que no quería pasarme la vida convenciendo a mi marido de que mis planes merecían un espacio junto a los suyos.
—El hotel también era tu plan.
—Sí. Y ese fue el problema. Como lo construimos juntos, cualquier cosa que yo quisiera fuera de él parecía una distracción. El Miramar se convirtió en tu proyecto y en mi obligación natural.
—Nunca pensé que fuera solo mío.
—Pero tú eras el director. Tú hablabas con los bancos, los proveedores y los inversores. Yo hacía que el hotel funcionara y pareciera hermoso, pero en los documentos siempre eras tú quien tomaba las decisiones.
—Eras propietaria de la mitad.
—En las escrituras.
La precisión me obliga a callar.
Claudia coloca el cuaderno sobre la mesa.
—No necesito que vuelvas a pedirme perdón.
—No iba a hacerlo.
—Sí.
—Probablemente.
—Y no quiero que conviertas esto en otra razón para ofrecerme ahora todo lo que no me diste entonces.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada.
—Eso no es posible.
—Claro que lo es.
—No después de saberlo.
Claudia se levanta.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Necesitas hacer algo para sentir que lo has arreglado.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que algunas cosas no pueden arreglarse con una acción inmediata.
—Entonces dime qué necesitas.
—Tiempo.
La respuesta llega sin dudar.
—Y que, si decido participar en el plan, no sea porque tú me has colocado de repente en un cargo como forma de compensación.
—No pensaba hacerlo.
Arquea una ceja.
—Esta mañana dijiste que debería dirigirlo antes de preguntarme si quería.
—Tienes razón.
—Lo sé.
Coge el ordenador.
—Voy a trabajar en mi habitación.
—Pensaba que cenaríamos aquí.
—También dijiste que querías que tuviera espacio.
—Has sido tú quien lo ha dicho.
—Pues estoy de acuerdo contigo.
Camina hacia la puerta.
No quiero que se marche.
Pero pedirle que se quede ahora convertiría toda la conversación en otra exigencia.
—Claudia.
Se detiene.
—El acceso a las cuentas no puede seguir como está.
Se vuelve lentamente.
—¿Qué significa?
—Que te envío informes cuando los pides y, si no sabes que existe algo, no puedes pedirlo.
—Eso ya lo sé.
—Quiero cambiarlo.
—Acabamos de hablar de que no debes compensar…
—No es compensación.
—Parece bastante inmediata.
—Es una responsabilidad empresarial. Eres propietaria de la mitad y no tienes acceso directo a toda la información financiera.
—Porque tú lo gestionas.
—Y eso ha permitido que refinanciara una deuda sin que comprendieras lo que estaba haciendo.
Claudia deja el ordenador.
—Lo comprendí cuando leí el documento.
—Ciento cuarenta páginas.
—Ciento veintiséis.
—No es gracioso cuando lo haces tú.
—Un poco.
Me acerco al portátil de la cocina.
—No voy a darte acceso sin preguntarte. Te estoy preguntando si lo quieres.
La observo.
—¿Acceso a qué?
—Cuentas bancarias, programa contable, contratos, previsiones, nóminas y deuda.
—¿Total?
—Sí.
—Eso implica cambiar permisos.
—Sí.
—¿Ya has llamado al banco?
—No.
La respuesta parece tranquilizarla.
—Bien.
—Estuve a punto.
—Eso resulta más creíble.
Abro el programa de gestión, pero no escribo nada.
—Tú decides qué nivel de acceso necesitas.
Claudia regresa a la mesa.
—No quiero depender de que me informes.
—De acuerdo.
—Pero tampoco quiero que todas las decisiones tengan que aprobarse entre nosotros. El hotel no puede paralizarse si estoy en Madrid o tú no estás disponible.
—Podemos fijar cantidades.
—Los gastos ordinarios corresponden a dirección. Los extraordinarios, inversiones y deuda necesitan dos autorizaciones.
—Sí.
—Lucía debe tener capacidad operativa.
—De acuerdo.
—Y quiero recibir un informe mensual aunque venda mi parte.
La última condición me afecta.
Intento que no se note.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que la venta sea efectiva.
—Claro.