Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Eso se aleja mucho del posicionamiento romántico.

—El hotel no puede vivir únicamente de una historia de amor.

La frase sale antes de que pueda evitarla.

Nadie habla.

Álex me mira.

No hay reproche.

Solo atención.

—Continúa —dice.

Dibujo un esquema.

Cuatro líneas de negocio.

Eventos íntimos.

Residencias.

Gastronomía.

Diseño y coordinación de celebraciones fuera del hotel bajo la marca Miramar.

—La última parte no requiere que los clientes vengan aquí —explico—. Podemos diseñar eventos en otras localizaciones y mantener un equipo creativo durante todo el año.

—¿Desde el hotel? —pregunta Lucía.

—Desde aquí o en remoto.

Álex deja la carpeta de Sara.

—Eso permitiría que alguien dirigiera la división sin residir permanentemente en Puerto Escondido.

Sé que está hablando de mí.

No lo miro.

—Sí.

Sara cruza los brazos.

—Todo esto necesita un plan financiero.

—Lo prepararé.

—¿Cuándo?

—Dame una semana.

—Tenemos una grabación en tres días.

—Entonces grabad el hotel. No una empresa que todavía no existe.

Sara no parece satisfecha, pero recoge sus documentos.

—Quiero un borrador en cuarenta y ocho horas.

—He dicho una semana.

—La campaña no puede esperar.

—El plan de negocio tampoco puede construirse para que encaje en un calendario de redes.

Álex interviene.

—Una semana.

Sara lo mira.

—Necesitamos decisiones rápidas.

—Necesitamos decisiones buenas.

Durante unos segundos, ninguno cede.

Finalmente, Sara se levanta.

—Una semana.

Sale acompañada por su equipo.

Mateo silba.

—He sentido miedo y no era por ella.

—Tú tienes que preparar el almuerzo —dice Lucía.

—Por eso me voy.

Los dos abandonan la biblioteca.

Me quedo recogiendo las hojas.

Álex continúa sentado.

—La idea es buena —dice.

—Todavía no es una idea. Son flechas en un papel.

—Tus flechas suelen terminar costando mucho dinero.

—También suelen recuperarlo.

—Eso intento decir.

Guardo el bolígrafo.

—No hace falta que me felicites por cada cosa.

—No lo hago.

—Desde que regresé, parece que intentas compensar todos los elogios que no me diste durante el matrimonio.

Álex baja la mirada hacia el esquema.

—Quizá.

La sinceridad elimina mi siguiente respuesta.

—Pero también creo que es buena —añade—. Y que deberías dirigirla.

Me quedo quieta.

—No.

—¿No quieres?

—No he dicho eso.

—Entonces ¿qué?

—No puedes ofrecerme un puesto en una empresa que también es mía.

—No te ofrezco un puesto.

—Acabas de decir que debería dirigirla.

—Como socia.

La palabra tiene peso.

Más del que debería.

—No sabemos si funcionará.

—Por eso hay que estudiarlo.

—Ni si seguiré vinculada al hotel después del verano.

El rostro de Álex cambia apenas.

—Lo sé.

—Podría vender mi parte.

—Sí.

—O aceptar el trabajo de Madrid y no tener tiempo para esto.

—También.

—Entonces no diseñes un futuro suponiendo que voy a estar.

Álex se levanta.

Da la vuelta a la mesa, pero se detiene a una distancia prudente.

—No estoy suponiéndolo.

—Lo parece.

—Estoy dejando de diseñarlo suponiendo que no estarás.

La frase me obliga a mirar hacia él.

—Hay una diferencia —continúa—. Si no quieres participar, buscaremos otra persona. Si vendes, la propuesta se adaptará. Pero no voy a volver a construir un plan en el que tu única función sea marcharte para que yo no tenga que preguntarte qué quieres.

Aprieto las hojas entre los dedos.

—No sé qué quiero.

—Puedes averiguarlo mientras haces el plan.

—Eso suena a una forma de conseguir que trabaje gratis.

Álex sonríe.

—Negociaremos tu tarifa.

—Es alta.

—Lo recuerdo.

—Nunca la pagaste.

La sonrisa desaparece.

—También lo recuerdo.

El silencio no resulta cómodo.

Pero ya no parece un lugar en el que ninguno pueda respirar.

Álex señala las hojas.

—Preséntalo tú a Sara.

—Lo iba a hacer.

—Como socia. No como parte de la pareja del Miramar.

—¿Y si no quiero que Eterno Verano participe?

—Entonces buscaremos financiación fuera.

—¿Aunque resulte más difícil?

—Sí.

Lo observo.

—Estás aceptando demasiadas cosas.

—No he aceptado todavía el presupuesto.

—Ni siquiera existe.

—Ya me preocupa.

Sonrío.

Álex también.

—Necesitaré todas las cuentas —digo.

—Las tienes.

—No los informes que me enviaste. Acceso directo.

—De acuerdo.

—Contratos, deuda, previsiones y nóminas.

—Sí.

—Y quiero hablar con el banco.

—Organizaré una reunión.

—La organizaremos.

Álex asiente.

—La organizaremos.

Recojo el esquema y camino hacia la puerta.

—Claudia.

Me vuelvo.

—¿Esta noche dormirás en el despacho?

La pregunta no tiene nada que ver con el hotel.

Mi cuerpo lo sabe.

—No lo he decidido.

—Bien.

—¿Bien?

—Estoy intentando no presionarte.

—Lo haces fatal.

—¿Qué debería haber dicho?

Pienso la respuesta.

Podría decirle que quiero dormir con él.

Que no quiero sexo, decisiones ni definiciones. Solo su brazo alrededor de mi cintura y la posibilidad de despertar sin preguntarme inmediatamente cómo escapar.

—Podrías haber preguntado qué quiero —digo.

Álex sostiene mi mirada.

—¿Qué quieres?

La pregunta llega limpia.

Sin una solución escondida.

Sin una respuesta que él ya haya decidido.

Respiro.

—Quiero trabajar esta tarde en el apartamento porque necesito una mesa grande.

—De acuerdo.

—Quiero cenar temprano.

—Sí.

—Y quiero dormir en la cama.

Su expresión cambia.

—Solo dormir —añado.

—Solo dormir.

—No significa que vayamos a hacerlo cada noche.

—Lo sé.

—Ni que estemos juntos.

—Lo sé.

—Y deja de decir que lo sabes.

Álex sonríe.

—Lo intentaré.

Salgo de la biblioteca con las hojas contra el pecho.

No he decidido si quiero regresar al hotel.

Ni si quiero volver con Álex.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, he pedido algo antes de obligarme a renunciar a ello.

Esta noche quiero dormir a su lado.

Por ahora, será suficiente.