Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

CLAUDIA

Despierto con una mano apoyada sobre mi cintura y la certeza de que he cometido un error.

No sé todavía cuál.

Podría ser haber besado a mi exmarido en la cocina.

Haber aceptado dormir en su cama. Haberme acomodado contra su cuerpo durante la noche como si los últimos dos años fueran una interrupción breve y no un divorcio con abogados, cajas y una firma que todavía recuerdo haber estampado sin ser capaz de mirar a Álex.

También podría ser fingir que no quiero quedarme exactamente donde estoy.

La habitación permanece en penumbra. Las cortinas dejan entrar una franja de luz dorada que atraviesa el suelo y termina junto a la cómoda. El hotel todavía está en silencio. No se oyen maletas, puertas ni carros de limpieza.

Álex respira detrás de mí.

Despacio.

Su pecho roza mi espalda con cada inspiración. Tiene una pierna entre las mías y el brazo rodeándome el estómago. En algún momento de la noche hemos abandonado la distancia prudente con la que nos tumbamos.

No recuerdo cuándo.

Mi cuerpo sí.

Permanezco inmóvil, observando sus dedos sobre mi camiseta. Son los mismos que conozco. La pequeña cicatriz junto al nudillo. La uña del pulgar algo más corta porque continúa mordiéndosela cuando está preocupado. La alianza ya no está, pero todavía queda una línea más clara alrededor del dedo.

O quizá la estoy imaginando.

Podría levantarle el brazo, salir de la cama y regresar al despacho antes de que despierte. Cuando nos encontráramos en la cocina, fingiríamos que compartir colchón fue una solución práctica a un sofá inclinado.

No fingiremos que no ha ocurrido el beso, dijimos.

Dormir abrazados no entraba en el acuerdo.

Intento moverme.

La mano de Álex se cierra ligeramente sobre mi cintura.

—No te vayas —murmura.

Me quedo quieta.

Su voz suena dormida, baja y áspera. No sé si sabe que está hablando conmigo o si responde a un sueño.

—Tengo que levantarme.

—Todavía no.

Cierro los ojos.

Durante nuestro matrimonio, Álex siempre pedía cinco minutos más. A veces eran diez. Otras terminaba levantándome sola, preparando café y regresando para descubrir que se había quedado dormido con una mano extendida sobre mi lado vacío.

—Son casi las ocho —digo.

—Eso no es una emergencia.

—En un hotel sí.

—Lucía abre recepción.

—Mateo prepara los desayunos.

—Y el edificio no se ha incendiado.

—Que sepamos.

Álex abre los ojos.

Lo noto antes de verlo porque su respiración cambia y su cuerpo se pone ligeramente rígido detrás de mí. Durante un segundo ninguno habla.

Después retira la mano.

La ausencia de contacto es inmediata.

Me giro hasta quedar frente a él.

Tiene el pelo aplastado en un lado y una marca de la almohada sobre la mejilla. No parece el hombre que ayer discutió conmigo en la cocina ni el que me besó como si llevara dos años esperando permiso.

Parece Álex por la mañana.

Eso resulta mucho más peligroso.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

Mira el espacio inexistente entre nosotros.

—Nos hemos movido.

—Tú ocupas demasiado.

—Estabas encima de mi brazo.

—Intentaba evitar que invadieras mi lado.

—Has invadido tú el mío.

—No existe tu lado. Esta cama la compramos juntos.

Su expresión cambia apenas.

—Tienes razón.

La respuesta me recuerda que ya no estamos discutiendo como un matrimonio. Hasta las bromas tropiezan con la realidad.

Me incorporo y recojo el pelo con las manos.

—¿Te arrepientes? —pregunta.

Lo miro.

Álex continúa tumbado, pero sus ojos están completamente despiertos.

—¿De qué parte?

—Elige tú.

Pienso en el beso.

En sus manos sobre mi cuerpo.

En la forma en que se apartó cuando se lo pedí, aunque cada músculo demostraba que no quería hacerlo.

En dormir entre sus brazos y descansar mejor que durante muchas noches en Madrid.

—No —respondo.

Álex deja escapar el aire.

No sabía que lo estaba conteniendo.

—Yo tampoco.

—Eso no significa nada.

—No he dicho que lo signifique.

—Pero lo has pensado.

—Estoy intentando no decidir lo que significa antes de que desayunemos.

—Un cambio revolucionario.

—Mateo estaría orgulloso.

Sonrío.

Él también.

Durante unos segundos, la mañana parece sencilla.

Entonces su mirada baja hacia mi boca.

La mía hace lo mismo.

Álex se incorpora, pero no se acerca.

—¿Puedo besarte?

La pregunta provoca una reacción inmediata y poco razonable.

—No.

Él asiente.

—Bien.

—No porque no quiera.

Su expresión cambia.

No sé por qué he añadido eso.

Tal vez porque estoy cansada de utilizar el silencio como una forma de control.

—Entonces ¿por qué? —pregunta.

—Porque si empezamos así, no saldremos de esta habitación en todo el día.

—Eso no parece una tragedia.

—Tenemos un hotel.

—Lucía abre recepción.

Le lanzo una almohada.

Álex la atrapa.

—Además —añado—, necesito pensar.

—¿Sobre nosotros?

—No utilices todavía esa palabra.

—¿Cuál?

—Nosotros.

La sonrisa desaparece.

—De acuerdo.

Me levanto de la cama.

—Voy a ducharme.

—La cerradura funciona.

—Empiezo a sospechar que arreglaste toda la casa después de que me marchara solo para demostrar que el problema era yo.

—No toda.

—¿Qué queda roto?

Álex me observa.

—La cafetera hace un ruido extraño.

—Cobarde.

Entro en el baño antes de que pueda contestar.

Cierro la puerta.

Y utilizo la cerradura.

* * *

Cuando salgo, Álex ya no está en el dormitorio.

Sobre la cama ha dejado doblada la ropa que anoche abandonamos en la cocina y una nota escrita en el reverso de una factura:

He bajado. Tu café está en la cocina. Más leche. No es una declaración de amor.

Debajo ha añadido:

La factura ya está pagada.

Me río.

Odio hacerlo.

Me visto y encuentro el café junto a una tostada con tomate. Todavía está caliente.

Podría interpretar el gesto de muchas formas.

Cuidado.

Costumbre.

Culpa.

Una estrategia para recordarme todo lo bien que nos conocíamos.

Decido beberlo sin convertirlo en una prueba.

También es revolucionario.

Al bajar al vestíbulo, encuentro a Nora sentada junto a los ventanales con el ordenador abierto. Levanta la vista cuando me ve.

Sus ojos recorren mi ropa, mi pelo todavía húmedo y la dirección desde la que he aparecido.

—Buenos días.

—No preguntes.

—No iba a hacerlo.

—Eso es peor.

—Solo iba a decir que pareces haber dormido bien.

—Tengo un buen corrector.

—Y una camiseta de Álex.

Miro hacia abajo.

No es mía.

La cogí anoche del respaldo de una silla, convencida de que era una de las camisetas viejas que todavía guardaba en la habitación.

Gris.

Demasiado grande.

Con el logotipo de una carrera popular en la que Álex participó hace siete años.

—Mi ropa estaba en el despacho —digo.

—Claro.

—No significa nada.

Nora cierra el ordenador.

—No he dicho que significara algo.

—Deja de utilizar esa frase.

—La utilizas tú más.

Me dispongo a marcharme.

—Claudia.

Me detengo.

Nora ya no sonríe.

—No voy a escribir sobre lo que ocurra dentro del apartamento.

—Bien.

—A menos que vosotros decidáis convertirlo en parte de la campaña.

—No lo haremos.

—Entonces seguirá siendo vuestro.

La respuesta me sorprende.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. Sigo haciendo preguntas.

—Eso sí lo esperaba.

Cruzo el vestíbulo.

Álex está en la terraza hablando con un proveedor. Lleva una camisa blanca y una carpeta bajo el brazo. Cuando me ve, se interrumpe durante medio segundo.

Mira la camiseta.

Después mi cara.

La comisura de su boca se levanta.

No hace ningún comentario.

Eso me decepciona.

También me alivia.

* * *

La mañana se llena de pequeños problemas.

Un huésped afirma que el aire acondicionado hace demasiado ruido.

Una pareja quiere cambiar la fecha de su ceremonia porque una astróloga les ha dicho que Mercurio no favorece los compromisos.

Sara envía cinco propuestas nuevas para grabar contenido cotidiano.

Rechazo cuatro.

La quinta consiste en mostrarnos trabajando juntos durante la preparación de los eventos de invierno.

Esa parte no es terrible.

Lo terrible es que todavía no existen eventos de invierno.

—Podemos crearlos —dice Sara durante la reunión.

Estamos en la biblioteca. Álex, Lucía, Mateo y yo ocupamos un lado de la mesa. Sara y dos miembros de su equipo, el otro.

—No en dos semanas —respondo.

—No necesitamos venderlos todavía. Solo presentar el concepto.

—¿Qué concepto?

—Escapadas románticas fuera de temporada.

—Puerto Escondido pierde conexiones en invierno, muchos restaurantes cierran y la mitad de las habitaciones necesita mejorar el aislamiento.

Sara me mira como si acabara de mostrar una falta de imaginación.

—Eso son obstáculos operativos.

—También conocidos como realidad.

—Podemos centrarnos en la idea de refugio.

Mateo levanta la mano.

—En enero, refugio significa que no entra agua por la ventana.

Lucía le da un golpe con el codo.

—¿Qué? Es verdad.

Sara desliza una carpeta hacia nosotros.

—Retiros de pareja, aniversarios, pedidas de mano. Experiencias íntimas frente al mar.

Reviso las cifras.

Son optimistas hasta resultar ofensivas.

—Esto no sostiene el hotel —digo—. Puede generar reservas puntuales, pero no compensa mantener abierta toda la estructura.

—La campaña atraerá visibilidad.

—La visibilidad no paga la calefacción.

Álex toma la carpeta.

—¿Qué propondrías tú?

La pregunta parece normal.

No lo es.

Antes me habría pedido que mejorara el plan existente. No que planteara otro.

Miro los datos.

—No vendería fines de semana —respondo—. Vendería estancias más largas.

Sara frunce el ceño.

—¿Para parejas?

—No necesariamente.

—La identidad de la campaña es romántica.

—La identidad de la campaña. No la del hotel.

Cojo una hoja en blanco.

—En invierno no podemos competir por volumen. Necesitamos ocupar menos habitaciones durante más tiempo y reducir la dependencia de eventos grandes.

Empiezo a escribir.

—Residencias creativas. Retiros gastronómicos con productores de la zona. Jornadas de escritura, fotografía o diseño. Equipos pequeños que utilicen el hotel como espacio de trabajo.

Mateo se inclina hacia mí.

—Podría organizar talleres de cocina.

—Y cenas abiertas al pueblo durante los fines de semana.

Lucía añade:

—Podríamos mantener solo dos plantas operativas.

—Exacto. Reducimos personal por turnos, cerramos algunas zonas y concentramos los servicios.

Sara observa la hoja.