CAPÍTULO 16
ÁLEX
Claudia me besa como si estuviera enfadada conmigo.
No es una novedad.
Durante nuestro matrimonio, muchas de nuestras discusiones terminaron así: una frase demasiado afilada, una mirada sostenida durante más tiempo del prudente y la sensación de que el deseo podía resolver durante unas horas lo que no sabíamos solucionar de otra manera.
Pero esto no es igual.
Antes existía la seguridad de una vida compartida. Podíamos discutir, besarnos y despertar al día siguiente en la misma casa, rodeados por las mismas facturas y las mismas decisiones pendientes.
Ahora cada movimiento puede ser el último.
La sujeto por la cintura mientras sus dedos se cierran alrededor de mi camisa. La encimera queda detrás de ella. Mi cuerpo, delante.
No hay espacio para fingir que esto está ocurriendo por accidente.
Claudia se aparta lo justo para respirar.
Sus ojos permanecen cerrados.
—No hemos pensado esto bien —murmura.
—No.
—Deberíamos parar.
—Sí.
Ninguno se mueve.
Su respiración roza mi boca. Mantengo las manos en su cintura, sin apretar, esperando a que decida si quiere que me aleje.
Claudia abre los ojos.
—No parece que vayas a parar.
—Tampoco tú.
—Yo lo he dicho primero.
—Eso no cuenta como hacerlo.
—Siempre tienes que discutir los detalles.
—Me ayuda a no pensar en otras cosas.
Su mirada baja hacia mi boca.
—¿Qué cosas?
—En que sigues agarrándome de la camisa.
Afloja los dedos.
Durante un segundo creo que va a apartarse.
En lugar de eso, desliza las manos por mi pecho hasta alcanzar los hombros.
—Podrías soltarme tú.
—Podría.
—Pero no lo haces.
—No me lo has pedido.
Claudia deja escapar una risa nerviosa.
—Odio estas normas.
—Tú las escribiste.
—No esperaba tener que utilizarlas tanto.
—Yo tampoco.
—Mentira.
—Un poco.
Me golpea el hombro.
No le doy tiempo a retirar la mano. Inclino la cabeza y vuelvo a besarla.
Esta vez no hay prudencia.
Claudia responde inmediatamente, abriendo la boca bajo la mía. El sonido que deja escapar despierta algo que llevo dos años intentando ignorar. Mis manos recorren su espalda, reconociendo la forma de un cuerpo que conozco y, al mismo tiempo, ha dejado de pertenecerme.
El pensamiento debería detenerme.
Consigue lo contrario.
La levanto ligeramente para sentarla sobre la encimera. Claudia se agarra a mis hombros.
—¿Puedo? —pregunto contra su cuello.
—Ya lo has hecho.
—Puedo bajarte.
—No te atrevas.
Sonrío sobre su piel.
—Eso no es una respuesta clara.
—Sí.
La palabra sale sin dudas.
Mis labios bajan por su garganta.
Claudia inclina la cabeza, ofreciéndome más espacio, y sus dedos se introducen en mi pelo. Sé qué lugares la hacen contener la respiración. Sé dónde besarla para que deje de pensar.
O lo sabía.
Me detengo antes de confiar demasiado en recuerdos que quizá ya no sirvan.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—No sé si sigue gustándote.
—¿El qué?
Rozo con los labios el punto bajo su oreja.
Su cuerpo responde antes que ella.
—Eso —digo.
—Parece que sí.
—Quería asegurarme.
—Álex.
—¿Qué?
—Si vas a preguntarme por cada centímetro, amanecerá antes de que terminemos.
La frase me atraviesa.
—¿Terminemos qué?
Claudia se queda inmóvil.
Yo también.
Hasta este momento, el beso podía seguir siendo solo un beso. Intenso, imprudente, cargado de todo lo que no sabemos nombrar.
Esa palabra abre una puerta distinta.
Claudia baja las manos desde mi pelo hasta mis hombros.
—No lo sé.
La respuesta devuelve el aire frío a la cocina.
Me aparto unos centímetros.
—No tenemos que hacer nada más.
—Ya.
—Puedo soltarte.
—No he dicho eso.
—Claudia, necesito que seas clara.
—¿Ahora?
—Sobre esto, sí.
Su expresión cambia. La frustración cede espacio a algo más vulnerable.
—Quiero que me beses.
—Eso puedo hacerlo.
—Y quiero dejar de pensar durante cinco minutos.
—También puedo intentarlo.
—Pero no quiero despertarme mañana y descubrir que hemos convertido todo lo que hablamos en una excusa para acostarnos.
No respondo inmediatamente.
Porque también tengo miedo.
No de acostarme con ella.
De lo que ocurrirá después.
De abrir los ojos y encontrarla arrepentida. De que vuelva a levantar todas las barreras que ha bajado esta noche. De que decida que el beso fue una prueba más de que acercarnos solo sirve para repetir errores.
—No quiero utilizarte para evitar la conversación —digo.
—Ya la hemos tenido.
—Una parte.
—Siempre va a quedar otra parte.
—Entonces no hace falta resolverla esta noche.
Claudia me observa.
—¿De verdad puedes decir eso?
—No estoy seguro.
—Tú siempre querías cerrar las discusiones antes de dormir.
—Y tú fingías que estabas dormida para no responderme.
—No fingía siempre.
—Roncabas de una manera sospechosamente consciente.
—Yo no ronco.
—Hacías un sonido.
—Respiraba.
—Con mucha personalidad.
Claudia sonríe.
La tensión no desaparece, pero cambia.
Apoya la frente contra la mía.
—No sé hacer esto contigo a medias.
—Yo tampoco.
—Entonces deberíamos parar.
La palabra duele.
Aun así, asiento.
—De acuerdo.
Doy un paso atrás.
Claudia continúa sentada sobre la encimera. Mi cuerpo protesta por la distancia. Mi cabeza sabe que es lo correcto.
—¿Eso es todo? —pregunta.
La miro.
—Has dicho que paremos.
—Sí.
—Estoy parando.
—Ya veo.
—¿Te molesta?
—No.
—Parece que sí.
—Solo esperaba que te costara un poco más.
No puedo evitar reírme.
—Claudia, llevo dos años queriendo volver a besarte y acabo de separarme de ti porque me lo has pedido. Me está costando bastante.
Sus ojos bajan.
—Bien.
—¿Bien?
—No bien. Pero…
—¿Pero?
—No sé. Me tranquiliza.
Me acerco otra vez, aunque no llego a tocarla.
—No tienes que comprobar constantemente si me importas.
—Tampoco tú.
La respuesta encuentra su objetivo.
—Tienes razón.
Claudia extiende una mano.
La tomo.
No para atraerla hacia mí, sino para ayudarla a bajar de la encimera.
Cuando sus pies tocan el suelo, no la suelto.
Ella tampoco retira la mano.
—Voy a dormir —dice.
—Bien.
—En el despacho.
—El sofá sigue inclinado.
—Sobreviviré.
—Puedes dormir en la cama.
—Ya hemos hablado de eso.
—Tú en la cama. Yo en el sofá.
—No quiero echarte de tu dormitorio.
—No me echas.
—Y no quiero que duermas en ese sofá después de lo que acaba de ocurrir.
—¿Por qué?
—Porque parecerá que te estoy castigando.
—Podemos compartir la cama.
Las palabras salen antes de que pueda analizarlas.
Claudia levanta la vista.
—Eso parece una idea terrible.
—Probablemente.
—Acabamos de decidir que no vamos a acostarnos.
—Compartir una cama no es necesariamente acostarse.
—Esa frase funciona mejor en personas que no se estaban besando contra una encimera hace treinta segundos.
—Han sido más de treinta.
—No mejora nada.
—Podemos establecer otra norma.
—No quiero escribir más normas.
—Entonces no la escribimos.
Claudia guarda silencio.
—Solo dormir —digo—. No voy a intentar nada.
—¿Puedes prometerlo?
—Sí.
Esta vez no dudo.
—¿Y si intento algo yo?
La pregunta cambia mi respiración.
—Te recordaré que has dicho que querías parar.
—Eso sería irritante.
—Tengo práctica.
Claudia mira hacia el pasillo.
Después hacia la puerta del despacho.
Finalmente, vuelve a mirarme.
—Solo dormir.
—Solo dormir.
—Y mañana no fingiremos que no ha ocurrido el beso.
—No.
—Tampoco decidiremos que estamos juntos otra vez.
—No.
—Ni que esto cambia el contrato.
—Claudia.
—¿Qué?
—Empiezas a crear normas otra vez.
Cierra la boca.
—Vamos a dormir —dice.
* * *
Claudia entra primero en el dormitorio.
Se detiene junto a la cama y observa la marca clara de la fotografía sobre la cómoda.
La imagen continúa en el despacho.
No dice nada.
Yo saco una camiseta y un pantalón del armario.
—Voy a cambiarme en el baño.
—No hace falta.
Me vuelvo.
Claudia se ha cruzado de brazos, aunque no parece incómoda.
—Me has visto cambiarme miles de veces.
—Antes estábamos casados.
—También acabas de meter la lengua en mi boca.
—Eso no me concede derechos sobre el resto.
Su expresión se suaviza.
—No he dicho que te los conceda. He dicho que no me importa.
Dudo.
Después me quito la camisa.
Claudia mantiene los ojos en mi cara durante exactamente dos segundos.
Luego bajan.
No intenta disimularlo.
El deseo reaparece con una fuerza que vuelve absurda toda esta idea.
—Esto es una mala decisión —dice.
—Todavía puedes ir al despacho.
—No hablaba de dormir.
Me pongo la camiseta demasiado rápido.
—Cámbiate tú.
—Ahora ¿te da vergüenza?
—No.
—Parece que sí.
—Estoy intentando cumplir la promesa.
Claudia sonríe y recoge su ropa.
—Me cambiaré en el baño.
—Gracias.
—Cobarde.
Cuando sale, me siento en el borde de la cama y respiro varias veces.
No ayuda.
Claudia regresa con una camiseta larga y pantalones cortos. Se ha limpiado el maquillaje y lleva el pelo suelto.
Es peor que el vestido.
El vestido pertenecía a una cena, a Daniel y a la mujer que Claudia se convirtió lejos de mí.
Esta es la versión que recuerdo.
La que caminaba descalza por la casa, robaba mis camisetas y se quejaba de que yo ocupaba demasiado espacio en la cama.
—¿Qué lado quieres? —pregunta.
—El que prefieras.
—Antes dormía a la izquierda.
—Sigue libre.
—¿No has cambiado?
—No.
La respuesta se refiere a demasiadas cosas.
Nos metemos bajo las sábanas dejando una distancia absurda en el centro.
Claudia apaga la lámpara.
La oscuridad no resulta igual que la del almacén. Aquí conozco cada mueble, cada sonido y cada respiración.
Pasan varios minutos.
—¿Estás despierto? —pregunta.
—Sí.
—Estás muy lejos.
Miro el espacio entre nosotros, aunque apenas puedo verlo.
—Pensaba que era lo mejor.
—No puedo dormir si siento que hay una frontera en medio de la cama.
—Podemos colocar almohadas.
—Eso sería literalmente construir una frontera.
—Entonces ¿qué propones?
Claudia se mueve.
Su cuerpo se acerca al mío hasta que su espalda toca mi pecho. La reacción física es inmediata y completamente incompatible con la promesa que acabo de hacer.
Ella también la nota.
—Lo siento —murmuro.
—No puedes controlar eso.
—Puedo apartarme.
—No.
La palabra es suave.
Coloco un brazo alrededor de su cintura con cuidado.
—¿Así?
Claudia cubre mi mano con la suya.
—Así.
Permanezco inmóvil.
Su pelo me roza la cara. Huele a su champú, al mismo que utilizaba antes, o a uno lo bastante parecido para engañar a mi memoria.
—Álex.
—¿Sí?
—Gracias por parar.
Aprieto ligeramente los dedos alrededor de los suyos.
—Gracias por volver.
Su cuerpo se tensa.
—No he vuelto.
—Esta noche sí.
Claudia guarda silencio.
Creo que he vuelto a decir algo incorrecto.
Después se gira dentro de mis brazos.
Su rostro queda frente al mío, visible bajo la luz tenue que entra desde la terraza.
—Solo esta noche —dice.
—Solo esta noche.
Apoya la cabeza contra mi pecho.
Yo cierro los ojos.
No hacemos nada más.
No nos besamos.
No intentamos decidir qué significa.
Nos quedamos abrazados en la cama que un día fue nuestra, escuchando la respiración del otro hasta que deja de parecer algo que debamos controlar.
Por primera vez desde que Claudia regresó, no necesito saber qué ocurrirá mañana.
Esta noche está aquí.
Y, por ahora, eso tiene que ser suficiente.