CAPÍTULO 15
CLAUDIA
Porque sabía que estarías despierto.
La frase permanece entre nosotros con una claridad que me impide fingir que no la he pronunciado.
Álex está al otro lado de la mesa, inmóvil, mirándome como si cualquier movimiento pudiera asustarme. La cocina parece demasiado pequeña. O quizá somos nosotros quienes hemos ocupado de repente más espacio del permitido.
—No sabía que ibas a decírmelo —murmura.
—Yo tampoco.
—Podías haber subido directamente.
—Podías haberte acostado.
—Ya te he dicho que no podía dormir.
—Y yo ya he dicho que sabía que estarías despierto.
Seguimos repitiendo las mismas frases, como si pronunciarlas suficientes veces pudiera convertirlas en algo menos peligroso.
Álex apoya una mano en el respaldo de la silla.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Convertirte de pronto en la persona que exige respuestas.
—Me has pedido que dijera la verdad.
—La tuya.
—Ahora necesito entender la tuya.
—No tienes derecho a necesitar nada de mí.
La expresión de Álex se endurece.
—Lo sé.
—Entonces no me interrogues.
—No te estoy interrogando. Estoy intentando comprender por qué regresaste pensando en mí después de salir con otro hombre y, aun así, sigues hablando como si todo esto solo me estuviera ocurriendo a mí.
Sus palabras me golpean porque son ciertas.
Y porque no quiero que lo sean.
—No he salido con Daniel.
—Has cenado con él.
—Por trabajo.
—Ha intentado besarte.
—Y me he apartado antes.
—Porque estabas pensando en mí.
—Ya sé lo que he dicho.
—Entonces deja de actuar como si no significara nada.
Doy un paso atrás.
—No significa que quiera volver contigo.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando muchas cosas.
—Ese no es mi problema.
—No, Claudia. Ese ha sido siempre nuestro problema. Los dos pensamos cosas, ninguno las dice y después castigamos al otro por no haberlas entendido.
La frase me deja callada.
Álex se separa de la silla.
No avanza hacia mí. Solo se coloca de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa, como si necesitara sujetarse a algo.
—No voy a pedirte que rechaces Madrid —dice—. Ni que dejes el trabajo. Ni que te quedes aquí cuando termine el contrato.
—Bien.
—Pero tampoco pienso volver a fingir que todo eso me da igual para demostrar que he aprendido a respetar tus decisiones.
—No te he pedido que finjas.
—Cada vez que muestro algo, retrocedes.
—Porque llegas tarde.
—Lo sé.
—No puedes borrar dos años solo porque ahora hayas decidido hablar.
—No intento borrarlos.
—Entonces ¿qué intentas?
Álex guarda silencio.
Una parte de mí espera que retroceda. Que diga que no lo sabe, que es tarde, que deberíamos dormir y continuar mañana cuando estemos más tranquilos.
La parte más cobarde.
La que todavía se siente segura cuando él calla porque así puedo seguir culpándolo sin tener que decidir qué hacer con todo lo demás.
—Intento que no volvamos a separarnos por cosas que ninguno se atreve a decir —responde.
Mi respiración se corta.
—Ya estamos separados.
—Lo sé.
—Divorciados.
—También.
—Entonces no existe un nosotros que pueda volver a separarse.
—Mírame y dime que no.
Lo miro.
Ese es el error.
Álex no parece enfadado. Tampoco seguro. Hay miedo en sus ojos, el mismo que reconocí en el almacén cuando habló de su padre.
Pero ahora no hay oscuridad que lo proteja.
—No somos una pareja —digo.
—No.
—No hemos vuelto.
—No.
—Esto es un contrato.
—Sí.
—Y dentro de unas semanas regresaré a Madrid.
Su mandíbula se tensa.
—Sí.
—Entonces ¿qué quieres de mí?
—La verdad.
—Ya te la he dicho.
—Una parte.
—Es lo único que tengo.
—No te creo.
La respuesta me enfurece.
—No puedes pedirme que sea honesta y después decidir que mi respuesta no sirve.
—No sirve porque has vuelto al hotel, estás viviendo conmigo, casi me besas en un almacén, piensas en mí cuando otro hombre te besa y has regresado antes porque sabías que estaría esperando. Después me dices que nada de eso significa nada.
—No he dicho que no signifique nada.
—Has dicho que no sabes qué significa.
—Porque no lo sé.
—Entonces empieza por ahí.
—¿Por dónde?
—Por admitir que no soy el único confundido.
Me cruzo de brazos.
—No estoy confundida.
Álex deja escapar una risa sin humor.
—Claro.
—Sé exactamente por qué me divorcié.
—No estamos hablando de por qué te divorciaste.
—Todo está relacionado.
—Eso te permite utilizar el pasado para no hablar de lo que está ocurriendo ahora.
—Lo que está ocurriendo ahora solo existe porque necesitamos dinero.
La frase queda suspendida.
Álex aparta la mirada.
Sé que le he hecho daño antes de que responda.
—Bien —dice.
Su voz ha cambiado.
Más baja.
Más distante.
—¿Bien?
—Si eso es lo que piensas, no hay nada más que hablar.
Rodea la mesa.
Esta vez es él quien intenta marcharse.
La sensación de pérdida llega tan rápido que no puedo pensar.
—Álex.
Se detiene.
—¿Qué?
—No he dicho que sea lo único.
—Has dicho que todo esto existe por el contrato.
—Existiría de otra manera.
Se vuelve despacio.
—¿Qué manera?
No tengo preparada la respuesta.
No puedo refugiarme en cifras, normas ni recuerdos. Solo estamos él y yo, de madrugada, en la cocina donde aprendimos a convivir y dejamos de saber hablar.
—No habría vuelto —digo.
Álex no se mueve.
—Si Lucía no hubiera llamado, no habría regresado. Si el hotel no necesitara ayuda, seguiría en Madrid y tú seguirías aquí. Probablemente habríamos pasado otro año sin vernos.
—Eso no responde.
—Estoy intentando hacerlo.
—Entonces sigue.
Respiro hondo.
—El contrato nos ha obligado a estar juntos. Eso es verdad. Pero no ha inventado lo que ocurre cuando lo estamos.
Sus ojos permanecen fijos en los míos.
—¿Y qué ocurre?
—No hagas que lo diga todo yo.
—Ya te he dicho lo que siento.
—Has dicho que estás celoso.
—También que verte marchar me destroza.
La palabra vuelve a entrar en mí.
Destroza.
Excesiva.
Honesta.
—No deberías decir cosas así —murmuro.
—¿Por qué?
—Porque me haces recordar lo que habría necesitado escuchar entonces.
—No puedo volver atrás.
—Ya lo sé.
—Pero puedo decirlo ahora.
—Ese es el problema.
Álex da un paso hacia mí.
Se detiene dejando más de un metro entre los dos.
—¿Que lo diga?
—Que una parte de mí quiera escucharlo.
La confesión sale tan baja que casi espero que no la haya oído.
La ha oído.
—Claudia.
—No.
Levanto una mano.
—No te acerques.
Se queda quieto.
—No iba a hacerlo sin preguntarte.
Las normas.
El contacto físico.
El cuidado constante que al principio me tranquilizaba y ahora me obliga a reconocer cada decisión.
—Gracias.
—¿Quieres que me vaya?
Miro hacia el pasillo.
Podría decir que sí.
Entraría en el dormitorio. Yo cerraría la puerta del despacho. Mañana volveríamos a trabajar, discutiríamos sobre horarios y fingiríamos delante de Nora que estamos aprendiendo a querernos mientras evitamos cualquier cosa que pudiera convertir la mentira en verdad.
—No —respondo.
Álex deja caer lentamente la mano.
—Entonces me quedo.
No avanza.
Tampoco habla.
Espera.
Lo odio un poco por hacerme responsable del siguiente movimiento.
—¿Por qué no has estado con nadie? —pregunto.
Su expresión cambia.
—Te dije que he salido con algunas personas.
—No es lo que he preguntado.
—Porque no quería.
—¿Nunca?
—No de verdad.
—Eso no tiene sentido.
—¿Por qué?
—Han pasado dos años.
—Lo sé.
—Y estabas solo.
—También estaba casado contigo durante mucho tiempo. No se olvida de repente cómo huele alguien, cómo duerme o dónde coloca los pies cuando tiene frío.
El calor me sube hasta el rostro.
—No digas eso.
—Me has preguntado.
—Podías responder de otra manera.
—Podía. Pero me has pedido que no mienta.
—No te he pedido detalles.
—No te he dado ninguno.
La mirada de Álex baja un instante hacia mis piernas desnudas bajo el vestido. Vuelve a mi cara inmediatamente.
El gesto es suficiente.
—¿Y tú? —pregunta.
—¿Yo qué?
—¿Has estado con alguien?
Podría negarme.
No tengo obligación de contarle nada.
—Sí.
La palabra le afecta.
Lo noto en el modo en que aprieta los labios.
—¿Una relación?
—No.
—¿Daniel?
—No.
Álex asiente.
—¿Quieres saber quién?
—No.
—Estás mintiendo.
—Claro que quiero saberlo. También quiero retroceder en el tiempo y borrar la posibilidad de que alguien te haya tocado después de mí. Pero no tengo ningún derecho a preguntarlo.
—No.
—Y, aunque lo tuviera, probablemente no querría escuchar la respuesta.
—No significó nada.
La frase sale antes de que pueda decidir si debería decirla.
Álex levanta la vista.
—No tienes que explicármelo.
—No lo hago por ti.
—¿Por quién?
—Por mí.
Me acerco a la mesa para apoyar la botella de agua. Necesito ocupar las manos.
—Pensaba que ya estaba preparada —continúo—. Que si me acostaba con alguien y no sentía nada, significaría que había superado el matrimonio.
—¿Funcionó?
—No.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—No por eso.
Sé a qué se refiere.
Por todos los momentos en que el matrimonio siguió ocupando espacio incluso después de terminar.
—Daniel ha intentado besarme esta noche —digo— y he pensado en el almacén.
Álex traga saliva.
—Yo llevo pensando en el almacén desde que salimos.
—Casi cometimos un error.
—Sigues llamándolo así.
—Porque lo habría sido.
—¿Por qué?
—Porque un beso no resolvería nada.
—No necesito que lo resuelva.
—Yo sí.
—Ese también era nuestro problema.
—¿Qué?
—Que no permitías que nada existiera si no podías controlar adónde conducía.
Me vuelvo hacia él.
—Y tú dejabas que las cosas ocurrieran sin decidir nunca qué significaban.
—Entonces decidámoslo.
—¿El qué?
—Qué significaría besarnos.
Mi corazón empieza a latir con demasiada fuerza.
—No vamos a hacerlo.
—No he dicho que vayamos a hacerlo.
—Acabas de plantearlo.
—He preguntado qué significaría.
—Una recaída.
—¿Solo eso?
—Deseo.
—¿Solo eso?
—Confusión.
—¿Solo eso?
—Deja de preguntar.
—Entonces dame una respuesta que te creas.
No puedo.
Álex da otro paso.
Esta vez no le digo que se detenga.
—Para mí significaría que sigo queriéndote —dice.
Cierro los ojos.
—No.
—Es verdad.
—No puedes seguir queriéndome como si estos dos años no hubieran ocurrido.
—No te quiero como entonces.
Abro los ojos.
La frase duele.
Álex lo ve.
—No quería decir…
—Lo has dicho.
—Quería decir que ahora sé cosas que antes no sabía. Sé que puedes marcharte. Sé que amar a alguien no sirve si no consigues que se sienta visto. Sé que no puedo esperar que adaptes tu vida a la mía y llamarlo un proyecto común.
Se acerca un poco más.
—Te quiero sabiendo todo lo que salió mal.
Mi espalda toca la encimera.
No recuerdo haber retrocedido.
Álex se detiene frente a mí.
No llega a rozarme.
—Eso es peor —murmuro.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco te quiero como antes.
Su mirada cambia.
—¿No?
—Antes pensaba que eras el lugar seguro al que siempre podía volver. Después convertí eso en una acusación porque dejé de sentir que hubiera espacio para mí dentro.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé si eres un lugar seguro.
La herida aparece en su rostro.
Levanto una mano antes de que se aparte.
No llego a tocarlo.
—Pero sigo queriendo volver.
La distancia entre nosotros se llena de respiraciones contenidas.
Álex mira mi mano suspendida entre los dos.
—¿Puedo tocarte?
La pregunta es casi un susurro.
Sé que debería decir que no.
Debería recordarle las normas, el contrato, Madrid y todas las razones por las que esto puede terminar peor que la primera vez.
En cambio, asiento.
Álex levanta una mano y la coloca sobre mi mejilla.
Despacio.
Con tanto cuidado que la ternura resulta más difícil de soportar que el deseo.
Cierro los ojos un instante.
Su pulgar roza mi piel.
—Claudia.
—No digas nada.
—Esta vez me lo estás pidiendo tú.
—Sí.
Abro los ojos.
Está demasiado cerca.
—¿Puedo besarte? —pregunta.
Mi cuerpo ya ha respondido.
Mi cabeza todavía intenta encontrar una salida.
—Solo una vez —digo.
Álex no sonríe.
—No sé si puedo prometer eso.
—Entonces no prometas nada.
Lo agarro de la camisa y tiro de él.
Su boca encuentra la mía.
El primer contacto es suave, casi prudente. Un beso que todavía permite arrepentirse.
Después Álex pronuncia mi nombre contra mis labios y toda la prudencia desaparece.
Lo beso como si llevara dos años conteniendo la respiración.
Como si Daniel, Madrid, el hotel y cada una de nuestras normas se hubieran quedado al otro lado de una puerta que ninguno piensa abrir.
Álex me sujeta por la cintura y me atrae hacia él.
No pide permiso esta vez.
Yo ya se lo he dado con las manos, con la boca y con la forma en que me aferro a sus hombros.
El beso sabe a café frío, celos y todo lo que llegamos demasiado tarde a decir.
Y cuando su cuerpo se pega al mío, comprendo que no es una recaída.
Una recaída te devuelve a un lugar conocido.
Esto no se parece a nada que hayamos hecho antes.