Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

ÁLEX

No estoy esperando a que Claudia baje.

Estoy sentado en el vestíbulo porque Lucía ha decidido revisar las reservas de la próxima semana y necesita que confirme varios cambios. También porque Mateo ha tenido que traer a su hija al hotel y la niña está construyendo una ciudad con sobres de azúcar sobre una de las mesas.

Nada de eso tiene relación con el hecho de que Claudia vaya a salir a cenar con Daniel.

—Esa torre está torcida —le digo a Paula.

La hija de Mateo levanta la vista.

Tiene ocho años, dos trenzas desiguales y una expresión que demuestra que considera incompetentes a la mayoría de los adultos.

—Es un hotel moderno.

—Parece que está a punto de caerse.

—Eso también es moderno.

Mateo aparece desde la cocina con un plato de croquetas.

—No critiques su arquitectura. Lleva veinte minutos trabajando.

—Necesita refuerzos.

—Necesita cenar.

Deja el plato frente a ella.

Paula retira varias casas de azúcar para hacer espacio.

—Mamá dice que no puedo comer fritos entre semana.

—Tu madre también ha decidido dejarte conmigo sin avisar porque tiene una reunión —responde Mateo—. Esta noche vivimos al margen de la ley.

La niña coge una croqueta.

—Voy a contárselo.

—Lo sé. Por eso he puesto cinco.

Mateo se sienta frente a mí.

—¿Tú no tienes trabajo?

—Estoy trabajando.

Mira el libro de reservas cerrado delante de mí.

—Intensamente.

—Lucía ha ido a buscar unos contratos.

—Hace quince minutos.

—Habrá muchos.

Mateo dirige la mirada hacia la escalera.

—Claro.

—No estoy esperando a nadie.

—No he dicho nada.

—Estabas mirando.

—Tengo ojos.

Paula levanta una mano.

—Yo también.

—Come —dice su padre.

En ese momento, Claudia aparece en lo alto de la escalera.

El vestido azul no resulta menos peligroso desde esta distancia.

Desciende despacio mientras se coloca un pendiente. Lleva el pelo suelto y una chaqueta ligera sobre el brazo. Durante unos segundos no me ve.

Eso me permite mirarla sin que tenga que fingir que no lo hago.

Paula sigue mi mirada.

—Es Claudia.

—Sí.

—Papá dice que estabais casados.

Mateo se atraganta con una croqueta.

—Paula.

—¿Qué? Es verdad.

Claudia llega al vestíbulo.

—Hola, Paula.

La niña se levanta para abrazarla.

Claudia se agacha sin preocuparse por el vestido y le coloca bien una de las trenzas.

—Estás enorme.

—Tengo ocho años.

—Eso explica muchas cosas.

—Papá me ha dado croquetas aunque mamá dice que no puedo.

Mateo cierra los ojos.

—La lealtad no existe.

—Solo una —miente Paula.

Hay tres mordidas en el plato.

Claudia sonríe.

Después levanta la vista hacia mí.

—¿Qué hacéis aquí?

—Trabajar —respondo.

Mateo me mira.

—Algunos más que otros.

Daniel entra desde la terraza con una chaqueta sobre el hombro. También se ha cambiado. Lleva otra camisa blanca.

Empiezo a creer que ha comprado varias iguales para evitar tener que tomar decisiones.

—¿Lista? —pregunta.

—Sí.

Daniel saluda a Mateo y a Paula. Después me mira.

—Prometo devolverla antes de que cierre el hotel.

—El hotel no cierra.

—Entonces tenemos margen.

Sonríe.

No parece mala persona.

Eso resulta inconveniente.

—No tienes que devolverme a ninguna parte —dice Claudia.

—Era una forma de hablar.

—Una bastante anticuada.

—Retiro la frase.

—Mejor.

Paula tira suavemente del vestido de Claudia.

—¿Vais a una cita?

—No —respondemos Claudia y yo al mismo tiempo.

Todos me miran.

Incluso yo me preguntaría por qué he respondido.

—Es una cena de trabajo —aclara Claudia.

—Ah —dice Paula.

La vocal suena exactamente igual que cuando la utiliza Mateo.

—No hagas eso —le dice él.

—¿Qué?

—Nada.

Daniel abre la puerta.

—Tenemos la reserva a las nueve.

Claudia asiente.

Antes de salir, vuelve la mirada hacia mí.

—No hace falta que esperes despierto.

—No pensaba hacerlo.

La frase suena peor la segunda vez.

Sus ojos permanecen un instante en los míos.

Después se marcha con Daniel.

Los veo cruzar el patio a través de los ventanales. Él coloca una mano en la espalda de Claudia para indicarle el camino. No es un gesto íntimo.

Yo también lo habría hecho.

Quizá por eso me molesta.

—Podrías cerrar la boca —dice Mateo.

Lo miro.

—La tengo cerrada.

—No del todo.

Paula vuelve a sentarse.

—Álex está celoso.

—Paula —dice su padre.

—¿Qué? Tú lo dijiste en la cocina.

Mateo se pasa una mano por la cara.

—Voy a empezar a pagar un colegio más caro para que aprendas la importancia de la discreción.

—Mamá dice que ya pagáis uno muy caro.

—Come otra croqueta.

La niña obedece.

—No estoy celoso —digo.

—Claro —responde Mateo.

—¿Por qué nadie me cree?

—Porque llevas veinte minutos fingiendo que revisas un libro cerrado.

Miro el libro.

—Estaba pensando.

—En la ocupación de agosto.

—Exacto.

—Mientras observabas cómo tu exmujer salía con otro hombre.

—Es una cena de trabajo.

—Entonces no hay ningún problema.

—No lo hay.

—Perfecto.

Mateo toma una croqueta.

—Deja de responder así.

—¿Cómo?

—Como si supieras algo que yo no.

—Sé muchas cosas que tú no. Por ejemplo, que Claudia ha pasado los últimos días esperando que hagas algo distinto a dejarla marchar con una sonrisa educada.

Me inclino hacia él.

—No voy a pedirle que rechace un trabajo por mí.

—No he dicho eso.

—Ni voy a impedir que salga con Daniel.

—Tampoco.

—Entonces ¿qué se supone que debo hacer?

Mateo mira a su hija.

—Paula, ve a recepción y pídele a Lucía hojas para dibujar.

—¿Por qué?

—Porque los adultos van a hablar de cosas aburridas.

—Quiero escuchar.

—Si te vas ahora, puedes coger dos caramelos del cuenco.

La niña se levanta inmediatamente.

—Tres.

—Dos.

—Dos y medio.

—No se pueden partir.

—Entonces tres.

Mateo suspira.

—Tres.

Paula corre hacia recepción.

—Te manipula —digo.

—Tiene ocho años. Es su única fuente de ingresos.

Espera a que se aleje antes de continuar.

—No tienes que decirle a Claudia qué trabajo debe aceptar ni con quién puede cenar. Solo tienes que dejar de actuar como si no te importara.

—Le he dicho que me importa.

—En un almacén a oscuras.

—¿Cómo sabes eso?

—Lucía.

—Por supuesto.

—También le has dicho que lamentas lo que ocurrió.

—Sí.

—Pero cada vez que Claudia menciona Madrid, tú das un paso atrás para demostrarle que has aprendido la lección.

—Porque la he aprendido.

—No. Has aprendido que no puedes decidir por ella. Eso no significa que debas convertirte en una estatua cada vez que tenga que elegir algo.

Apoyo las manos sobre la mesa.

—Cuando pidió el divorcio, pensé que luchar significaba obligarla a quedarse.

—Y te equivocaste.

—Lo sé.

—Ahora vuelve a aparecer una oportunidad de construir algo con ella y estás haciendo exactamente lo mismo.

—No estamos construyendo nada.

Mateo me observa.

—¿De verdad te crees eso?

No respondo.

—Dejar marchar a alguien puede ser generoso —continúa—. Pero también puede ser una forma elegante de no arriesgarte a escuchar que no te elige.

La frase se parece demasiado a algo que ya he pensado.

—No quiero presionarla.

—Entonces no la presiones. Habla.

—Hablar también puede ser presión.

—Solo si utilizas tus sentimientos como una deuda. Decir la verdad no obliga a nadie a pagarte.

Paula regresa con varias hojas, rotuladores y cuatro caramelos.

Mateo la mira.

—Habíamos dicho tres.

—Lucía me ha dado uno.

Mi hermana levanta la mano desde recepción.

—No me impliques.

Paula empieza a dibujar.

Mateo baja la voz.

—No confundas respetar su decisión con esconderte detrás de ella.

—¿Y qué le digo?

—Eso tendrás que decidirlo tú.

—Muy útil.

—Soy cocinero, no terapeuta.

—Hablas demasiado para no serlo.

—Tú hablas demasiado poco. Entre los dos podríamos formar una persona funcional.

* * *

A las diez y media, Paula duerme sobre dos sillones unidos en el despacho.

Mateo termina de cerrar la cocina y la cubre con su chaqueta antes de sentarse frente a mí.

—Puedes irte a dormir —dice.

—Estoy terminando unas cuentas.

—Llevas diez minutos en la misma página.

—Es una página complicada.

—Tiene cuatro cifras.

—Grandes.

Mateo mira el reloj.

—La cena de Casa Marina suele durar unas dos horas.

—No estoy calculándolo.

—Por supuesto.

—¿Por qué sigues aquí?

—Porque mi hija duerme en tu despacho.

—Llévala a casa.

—Tengo que esperar a que termine la limpieza de la cocina.

—Puedo esperar yo con ella.

Mateo sonríe.

—¿Para qué? ¿Para que parezca casual que sigues despierto cuando vuelva Claudia?

—Vete.

—Eso haré.

Se levanta y entra en el despacho.

Mientras recoge a Paula, la niña abre los ojos.

—¿Ha vuelto Claudia?

—No —responde Mateo.

Paula mira hacia mí desde el hombro de su padre.

—Entonces sí que está celoso.

—Duérmete.

—Estoy dormida.

Mateo se marcha con ella.

El hotel queda en silencio.

Podría subir al apartamento.

Debería.

En vez de eso, cierro el libro de cuentas, apago las luces del despacho y me siento en uno de los sillones del vestíbulo con un libro que no leo.

A las once menos cuarto, entra una pareja.

A las once, un huésped baja a pedir hielo.

A las once y doce, Lucía termina su turno y me encuentra todavía sentado.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—Claro.

—No empieces.

—No voy a hacerlo. Mateo ya me ha informado de que hoy te ha tocado terapia.

—Voy a despedirlo.

—No puedes. Cocina demasiado bien.

Se pone la chaqueta.

—La cena era de trabajo.

—Lo sé.

—Daniel parece agradable.

—También.

—Eso complica las cosas.

—No hay cosas que complicar.

Lucía se acerca.

—No sé qué va a pasar entre vosotros. Pero Claudia se fue creyendo que no habías intentado detenerla porque el hotel te importaba más.

—Ya hemos hablado de eso.

—Entonces procura que no termine este verano pensando lo mismo.

Sale antes de que responda.

A las once y media, subo al apartamento.

No porque haya dejado de esperar.

Porque hacerlo en el vestíbulo empieza a resultar humillante.

Enciendo la luz de la cocina, preparo café y me siento a la mesa. Abro el libro de arquitectura japonesa que utilicé para recibir a Nora.

Esta vez está en la posición correcta.

No entiendo una sola frase.

A las once y cuarenta y ocho, escucho la puerta.

Claudia entra despacio, con los zapatos en una mano.

Se detiene al verme.

—Pensaba que no ibas a esperar despierto.

—No estaba esperando.

Mira la taza, el libro y el reloj.

—Claro.

—No podía dormir.

—¿Por la arquitectura japonesa?

—Es compleja.

Deja los zapatos junto a la puerta.

—La estás leyendo al revés.

Miro el libro.

Tiene razón.

Lo cierro.

—¿Cómo ha ido la cena?

—Bien.

—¿Solo bien?

—¿Quieres un informe?

—No.

Claudia camina hacia la cocina y abre la nevera.

—¿Has cenado? —pregunto.

—Sí.

—Hay tarta de limón.

—He cenado.

—También puede comerse después de cenar.

—Eso suele ser lo que significa postre.

Saca una botella de agua y se apoya en la encimera.

—He vuelto pronto.

—No era necesario.

—La conversación terminó.

—¿Sobre el trabajo?

—Principalmente.

La palabra queda suspendida.

—¿Y el resto?

Claudia bebe agua sin apartar la mirada.

—Daniel ha intentado besarme.

El estómago se me cierra.

No sé qué expresión aparece en mi cara, pero ella la observa con atención.

—Entiendo —digo.

—No parece.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Otra vez.

—Te estoy contando lo que ha ocurrido.

—¿Por qué?

Claudia deja la botella sobre la encimera.

—Porque estoy cansada de que los dos decidamos qué información puede soportar el otro.

La miro.

—¿Ha llegado a besarte?

Su respiración cambia.

—No.

El alivio es inmediato.

Demasiado visible.

—Me he apartado antes —continúa—. Le he dicho que no podía.

—¿Por la campaña?

—No.

No me atrevo a preguntar.

Claudia sí se atreve a responder.

—Porque, cuando se ha acercado, estaba pensando en ti.

El silencio llena la cocina.

Me levanto despacio.

—Claudia…

Ella levanta una mano.

—No sé qué significa.

—De acuerdo.

—Y no quiero que conviertas esto en una decisión.

—No lo haré.

—Pero tampoco quiero que vuelvas a fingir que te da igual.

Me detengo al otro lado de la mesa.

—No me da igual.

—Entonces dilo.

La miro.

Sin cámaras.

Sin tormenta.

Sin una puerta cerrada que nos obligue a quedarnos.

—He pasado toda la noche imaginando que te besaba —digo—. Y he odiado cada segundo.

Claudia deja escapar el aire.

—Eso no es exactamente lo que esperaba.

—Me has pedido la verdad.

—Sí.

—Estoy celoso. No tengo derecho a estarlo, pero lo estoy. Quiero que consigas el trabajo y, al mismo tiempo, odio que Daniel forme parte de esa vida en la que yo no estoy. No quiero pedirte que te quedes, pero tampoco quiero seguir actuando como si verte marchar no me destrozara.

Sus ojos brillan.

—Álex…

—No necesitas responder.

Su expresión cambia.

—No.

Rodea la mesa hasta quedar frente a mí.

—Esta vez no vas a decidir tú cuándo termina la conversación.

Estamos tan cerca que puedo sentir el olor del restaurante en su vestido, mezclado con su perfume y el aire salado que ha entrado con ella.

—Entonces termínala tú —digo.

Claudia sostiene mi mirada.

—No he vuelto pronto porque la cena terminara.

—¿Por qué has vuelto?

Baja los ojos hacia mi boca.

—Porque sabía que estarías despierto.