CAPÍTULO 13
CLAUDIA
La experiencia romántica improvisada empieza con diecisiete minutos de retraso.
Sara lo llama «una pausa diseñada para aumentar la expectación».
Yo lo llamo estar encerrada en un almacén a punto de besar a mi exmarido.
Por suerte, nadie me pide que explique la diferencia.
Los huéspedes recorren el hotel siguiendo pistas, prueban vinos en la biblioteca, escuchan música bajo el patio cubierto y terminan cenando en un salón transformado con telas azules, velas y proyecciones del mar.
Funciona.
No solo porque conseguimos salvar la actividad, sino porque la tormenta convierte el hotel en una isla. Afuera, la lluvia golpea los ventanales. Dentro, las parejas hablan en voz baja, abren sobres y se dicen cosas que probablemente llevan demasiado tiempo evitando.
Una mujer llora mientras su marido le sujeta la mano.
Otra pareja empieza a discutir junto a la mesa de postres y termina abrazada diez minutos después.
Nora se mueve entre ellos con discreción, haciendo preguntas y anotando respuestas.
Yo intento no mirar a Álex.
Es difícil.
Está en todas partes.
Comprueba el generador, ayuda a servir la cena, habla con los huéspedes y aparece junto a mí cada vez que algo necesita resolverse. No menciona el almacén.
Tampoco yo.
Nos tratamos con una cortesía tan perfecta que Lucía me observa como si estuviera esperando que uno de los dos explote.
—¿Necesitas algo? —me pregunta cuando me encuentra reorganizando por tercera vez una mesa que ya está bien.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Ha pasado algo en el almacén?
Coloco una vela medio centímetro a la derecha.
—La puerta se atascó.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Cuando la abrimos, estabais a tres segundos de hacer algo que me obligaría a lavarme los ojos.
—No íbamos a hacer nada.
—La mano de Álex estaba en tu cara.
—Cerca de mi cara.
—Y tú le estabas tocando el pecho.
—Comprobaba si seguía vivo.
Lucía cruza los brazos.
—¿Por qué no iba a seguir vivo?
—La falta de oxígeno.
—Era un almacén, no una cámara frigorífica.
—No soy médica.
Mi excuñada me observa durante varios segundos.
—No voy a intentar reuniros.
—Bien.
—Pero tampoco voy a fingir que no veo lo que está pasando.
—No está pasando nada.
—Claudia.
—Lucía.
—Conozco a mi hermano.
—Yo también lo conocía.
Su expresión cambia.
No era mi intención hacerle daño.
—Lo siento —digo.
—No tienes que pedirme perdón a mí.
—No quiero hablar de esto.
—Eso ya lo hacíais cuando estabais casados.
Aprieto los labios.
—¿Habéis creado un grupo para repetirme esa frase?
—Sí. Se llama Personas Cansadas de Veros Arruinarlo Todo.
—¿Quién está?
—Mateo, yo y probablemente Nora, aunque todavía no lo sabe.
—Muy maduro.
—Tenemos una foto de perfil preciosa.
Se marcha antes de que pueda responder.
Vuelvo a mover la vela.
Esta vez hacia la izquierda.
* * *
La tormenta desaparece durante la madrugada, pero deja el hotel cubierto de ramas, pétalos y pequeños charcos.
A las ocho de la mañana, el cielo vuelve a estar despejado.
A las ocho y media, Sara anuncia que la actividad de la noche anterior ha generado más interacciones en redes que la boda.
A las nueve, me pide que diseñe una versión permanente de la experiencia.
A las nueve y cinco, le explico que una tormenta no es una estrategia replicable.
A las nueve y diez, responde que Eterno Verano puede «trabajar el concepto de refugio emocional».
A las nueve y cuarto, considero seriamente regresar al almacén y cerrar la puerta desde dentro.
—Tu café.
Álex deja la taza amarilla junto a mi ordenador.
Levanto la vista.
—No te lo he pedido.
—Ya lo había preparado.
—¿Con más leche?
—Sí.
Lo miro.
Él permanece de pie al otro lado de la mesa, con una carpeta bajo el brazo y la expresión neutral.
Demasiado neutral.
—Gracias.
—De nada.
Se dispone a marcharse.
—Álex.
Se detiene.
No sé qué voy a decir hasta que ya he pronunciado su nombre.
—Sobre ayer…
—No pasó nada.
La rapidez de la respuesta me molesta.
—Eso iba a decir.
—Bien.
—Bien.
No se mueve.
Yo tampoco.
—Aunque casi pasó —añado.
Álex baja la carpeta.
—Sí.
—Y no debería volver a ocurrir.
—De acuerdo.
Otra vez.
La aceptación inmediata.
—¿No tienes nada más que decir?
—Acabas de decir que no debe repetirse.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo qué respuesta esperas.
—Ninguna.
—Claudia…
—No quiero que confundamos una conversación emocional con otra cosa.
—No la confundo.
—Estábamos encerrados, a oscuras y hablando del divorcio.
—Lo recuerdo.
—Fue una situación extraña.
—También lo recuerdo.
—Y habría sido un error.
Su mandíbula se tensa.
—Eso no lo sé.
—Yo sí.
—Entonces no volverá a ocurrir.
Recoge la carpeta.
—Daniel llega a las doce.
Parpadeo.
—¿Cómo lo sabes?
—Lucía me ha enseñado la reserva.
—Viene por el evento corporativo.
—Sí.
—Y para valorar mi candidatura.
—También.
Su voz sigue siendo correcta.
Profesional.
—No sabía que iba a quedarse en el hotel —digo.
—Ha reservado dos noches.
—¿Has mirado su reserva?
—Dirijo el hotel.
—Podías no saber exactamente cuántas noches.
—También sé que ha pedido una habitación con escritorio y vistas al mar. No significa que esté investigándolo.
—Ya lo hiciste.
—Una vez.
—Durante cuarenta minutos.
Mateo habla demasiado.
—Tengo trabajo —dice Álex.
—Claro.
Se aleja.
Bebo el café.
Está exactamente como me gusta.
Lo odio.
* * *
Daniel llega a las doce y siete con una maleta pequeña, gafas de sol y la clase de camisa blanca que permanece impecable incluso después de cuatro horas de viaje.
Álex tenía razón sobre las camisas.
No pienso decírselo.
Daniel me abraza cuando nos encontramos en el vestíbulo.
No es un abrazo romántico. Nos conocemos desde hace varios años, hemos coincidido en eventos y compartido clientes. Pero cuando sus manos se apoyan en mis brazos y me besa en las dos mejillas, noto que alguien nos observa.
Álex está detrás del mostrador, entregando una llave a una pareja.
No mira en nuestra dirección.
Por supuesto.
—Este sitio es increíble —dice Daniel.
—Espera a que descubras que la mitad de la instalación eléctrica está abierta.
—Eso no aparece en las fotografías.
—Tenemos un equipo de comunicación excelente.
—He visto la campaña.
Su sonrisa cambia.
—No sabía que tú y Álex estabais intentando volver.
—No estamos intentando volver.
Daniel mira por encima de mi hombro.
—La página de Eterno Verano deja bastante espacio a la interpretación.
—Esa es su especialidad.
—Entonces ¿qué está pasando?
—El hotel necesita el contrato. Nosotros aparecemos en la campaña. Fin de la historia.
—¿Y vivís juntos?
Me vuelvo lentamente hacia él.
—¿Cómo sabes eso?
—Nora Beltrán publicó esta mañana un avance del artículo.
Saca el teléfono.
En la pantalla aparece una fotografía de Álex y mía durante la entrevista en la terraza. Yo estoy riéndome. Él me mira.
Debajo, una frase:
A veces regresar no significa volver al mismo lugar, sino descubrir qué queda esperándonos en él.
No recuerdo haber autorizado eso.
—Voy a matar a alguien.
—La fotografía es buena.
—Ese no es el problema.
—¿Cuál es?
No respondo.
El problema es que parece real.
Demasiado.
—No vivimos juntos —digo—. Mi habitación está en obras y duermo en el despacho del apartamento.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ese sonido.
—Solo era una vocal.
Álex aparece junto a nosotros.
—Daniel Rivas.
Daniel se vuelve y le ofrece la mano.
—Álex. Por fin nos conocemos.
—Bienvenido al Miramar.
Se estrechan la mano.
La escena es completamente cordial.
También parece el comienzo de una competición organizada por hombres que insisten en que no están compitiendo.
—La habitación está preparada —dice Álex—. Segunda planta, al final del pasillo.
—Gracias.
—Claudia puede enseñarte el hotel cuando esté libre.
—En realidad, hemos quedado para trabajar ahora —responde Daniel.
Álex me mira.
—No sabía que tenías una reunión.
—Está en mi calendario.
—No he mirado tu calendario.
—Bien.
Daniel observa el intercambio.
—Podemos aplazarla si estás ocupada.
—No. Vamos.
Cojo su maleta antes de que Álex pueda hacerlo.
Él me la quita.
—Puedo llevarla.
—No es necesario.
—Es mi trabajo.
—Diriges el hotel, no eres botones.
—Ahora mismo también soy botones.
Daniel sonríe.
—Déjale. Si no, tendremos que discutir sobre la maleta durante media hora.
Álex me mira.
—¿Hacéis eso a menudo?
—¿Qué?
—Discutir sobre objetos que cualquiera de los dos podría transportar.
—Solo desde que regresé.
—Antes discutíamos sobre cosas más importantes —añado.
El silencio que sigue dura demasiado.
Daniel deja de sonreír.
Álex sostiene mi mirada.
—La habitación —dice finalmente.
Camina hacia las escaleras con la maleta.
Daniel se inclina hacia mí.
—Esto va a ser más interesante de lo que esperaba.
—No has venido a divertirte.
—Eso nunca ha detenido a nadie.
* * *
Trabajamos durante la tarde en la biblioteca.
El evento corporativo de Daniel pertenece a una marca de cosmética que quiere presentar una nueva línea en el hotel. Necesitan una cena, una sesión de fotografías y una experiencia para treinta invitados.
Normalmente podría diseñarlo en unas horas.
Hoy me cuesta mantener la concentración.
Álex entra tres veces.
La primera para preguntar si necesitamos café.
La segunda para comprobar el aire acondicionado.
La tercera para dejar unos documentos que nadie ha pedido.
—¿Siempre es tan atento? —pregunta Daniel cuando vuelve a cerrarse la puerta.
—Dirige un hotel.
—No lo he visto entrar en ninguna otra reunión.
—La biblioteca tiene problemas de ventilación.
—Estamos a veintidós grados.
—Álex es muy cuidadoso.
Daniel apoya el lápiz sobre la mesa.
—¿Seguro que no estáis volviendo?
—Completamente.
—¿Y tú quieres volver?
—No.
La respuesta es inmediata.
—Bien.
—¿Por qué bien?
—Porque necesito saber si vas a desaparecer en septiembre después de aceptar el trabajo.
—Todavía no me lo han ofrecido.
—Te lo ofrecerán.
—Hablas como si dependiera de ti.
—Mi recomendación pesa.
Me apoyo en la silla.
—¿Has venido a supervisar un evento o a entrevistarme?
—Las dos cosas.
—Podías haberlo dicho.
—Pensaba hacerlo durante la cena.
—¿Qué cena?
Daniel sonríe.
—La que estoy a punto de invitarte a compartir conmigo.
—Eso suena poco profesional.
—Es una cena de trabajo.
—No parecía.
—Puedo formularlo peor.
—No hace falta.
Cierra la carpeta.
—Quiero hablar del puesto, de tu visión para el departamento y de lo que necesitarías para aceptarlo. Sin interrupciones relacionadas con el aire acondicionado.
Miro la puerta.
Álex no está allí.
Eso no significa que no vaya a entrar en cualquier momento con un termómetro.
—De acuerdo —digo—. Cenamos.
—Esta noche.
—Sí.
—Fuera del hotel.
Lo observo.
—¿Es necesario?
—Necesitas salir de aquí unas horas.
—No necesito nada.
—Llevas quince minutos utilizando el mismo lápiz sin darte cuenta de que no tiene punta.
Miro mi mano.
Tiene razón.
—Es decorativo.
—Claro.
—¿Adónde quieres ir?
—He reservado en Casa Marina.
Conozco el restaurante. Está en el puerto, a veinte minutos. Íntimo, caro y con mesas frente al mar.
El tipo de lugar al que se lleva a una candidata.
También a una cita.
—A las nueve —dice.
—Bien.
La puerta se abre.
Álex entra con una bandeja.
Daniel mira la hora.
—Vas mejorando. Han pasado veintisiete minutos.
Álex deja dos cafés sobre la mesa.
—Pensaba que podíais necesitarlos.
—Gracias —responde Daniel—. Aunque Claudia y yo vamos a salir a cenar, así que no debería tomar demasiada cafeína.
Álex no cambia de expresión.
—¿Una cena de trabajo?
—Entre otras cosas.
Daniel lo dice con una sonrisa.
No sé si está provocándolo.
Sospecho que sí.
—Casa Marina —añado—. Volveré pronto.
Álex me mira.
—No tienes que volver pronto.
La frase me irrita de inmediato.
—Ya lo sé.
—Solo quería decir que no tenemos ninguna actividad programada esta noche.
—Lo he entendido.
—Bien.
—Bien.
Daniel toma el café.
—Esta conversación me resulta extrañamente familiar y llevo aquí cuatro horas.
Álex se vuelve hacia él.
—Claudia y yo trabajamos juntos mucho tiempo.
—Se nota.
—También discutimos mucho.
—Eso se nota más.
Recojo las hojas.
—Hemos terminado por hoy.
Daniel me mira.
—Todavía no.
—Ahora sí.
Se ríe y empieza a guardar sus cosas.
Álex sale de la biblioteca.
No vuelve a mirar hacia mí.
* * *
A las ocho y cuarenta y cinco estoy delante del espejo del dormitorio.
No sé por qué he entrado aquí.
Mi ropa continúa en el despacho y el baño tiene un espejo perfectamente funcional. Pero el vestido azul que quiero ponerme está colgado en el armario del dormitorio porque el otro no tiene espacio.
No significa nada.
El vestido tampoco.
Es sencillo, de tirantes, ajustado lo justo para una cena profesional. Lo he llevado a dos reuniones en Madrid y a una entrega de premios.
No es un vestido para provocar celos.
No quiero provocar celos.
Ni siquiera sé si Álex los siente.
La puerta se abre detrás de mí.
Me vuelvo.
Álex se detiene al verme.
Lleva una camiseta oscura y el pelo todavía húmedo de la ducha. Sus ojos recorren el vestido antes de regresar a mi cara.
—Perdón —dice—. Pensaba que estabas en el despacho.
—Necesitaba coger esto.
—Ya.
No se mueve.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Intentaba averiguar si necesitabas el dormitorio.
—Solo el espejo.
—Hay uno en el baño.
—Estabas duchándote.
—Podías haber llamado.
—No quería interrumpirte.
—No lo habrías hecho.
Nos quedamos en silencio.
Álex se acerca al armario y saca una camisa.
—¿A qué hora volverás?
—No lo sé.
—Bien.
—¿Por qué preguntas?
—Por cerrar la puerta.
—Tengo llave.
—Lo sé.
—Entonces no hace falta que esperes despierto.
Sus manos se detienen sobre los botones de la camisa.
—No pensaba hacerlo.
La decepción llega tan rápido que me enfada sentirla.
—Perfecto.
—Claudia.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de decir nada cuando claramente hay algo.
Álex deja la camisa sobre la cama.
—¿Quieres que te diga que no vayas?
Mi respiración se detiene.
—No.
—Entonces no sé qué quieres.
—Yo tampoco.
La respuesta nos sorprende a los dos.
Álex me mira durante unos segundos.
—Estás muy guapa —dice.
No lo pronuncia como una obligación.
Tampoco como una estrategia.
Lo dice bajo, casi con cuidado.
—Gracias.
—Daniel tendrá suerte.
—No es una cita.
—Claro.
—De verdad.
—No he dicho lo contrario.
—Tu tono sí.
—Mi tono no controla bien estas situaciones.
Reconozco la frase.
La utilizó en el almacén.
Una sonrisa amenaza con aparecer.
No la dejo.
—Tengo que irme.
Camino hacia la puerta.
Álex se aparta para dejarme pasar.
Cuando estoy a su lado, su mano se mueve ligeramente.
No llega a tocarme.
Tal vez ni siquiera pretendía hacerlo.
—Que lo pases bien —dice.
—Lo intentaré.
Salgo del dormitorio.
Mientras bajo las escaleras, me repito que esta noche es importante por el trabajo.
Por Madrid.
Por la vida que elegí cuando abandoné el Miramar.
No tiene nada que ver con Álex.
Pero, cuando encuentro a Daniel esperándome en el vestíbulo, lo primero que hago es mirar hacia la escalera para comprobar si mi exmarido ha decidido seguirme.