CAPÍTULO 12
ÁLEX
Lucía golpea la puerta por segunda vez.
—¡Mantenimiento está buscando una palanca!
—Dile que no rompan el marco —respondo.
Claudia gira la cabeza hacia mí en la oscuridad.
—Estamos encerrados, hay una tormenta y el evento empieza tarde, pero te preocupa el marco.
—Es madera original.
—Por supuesto.
La pantalla de mi teléfono ilumina apenas su rostro. La batería marca un ocho por ciento.
La de la linterna murió en el peor momento posible.
O en el mejor.
No estoy seguro.
Hace menos de un minuto, Claudia estaba tan cerca que podía sentir su respiración contra mi boca. No habría tenido que moverme más de unos centímetros para besarla.
No lo hice.
Tampoco sé si ella habría retrocedido.
—¡Tardaremos unos minutos! —avisa Lucía desde el otro lado.
—Estamos bien —dice Claudia.
Su voz suena demasiado firme.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No os habéis matado?
Claudia me mira.
—Todavía no.
Escuchamos cómo Lucía se aleja.
Vuelven la lluvia y la oscuridad.
Me aparto un paso para dejar más espacio entre nosotros. Claudia recoge una de las telas y empieza a doblarla, aunque no puede distinguir los bordes.
—No necesitas hacer eso ahora.
—Necesito hacer algo.
—Podemos seguir hablando.
—Eso cuenta como hacer algo.
—No para ti.
Sus manos se detienen.
—¿Qué significa?
—Que hablar solo te parece útil cuando conduce a una solución.
—No es verdad.
—¿Cuándo fue la última vez que mantuviste una conversación sin intentar organizarla?
—Estoy hablando contigo ahora.
—Has doblado una tela mientras lo hacías.
Claudia la deja sobre la mesa.
—¿Mejor?
—Un poco.
La luz del teléfono se apaga para ahorrar batería.
No la enciendo de nuevo.
En la oscuridad resulta más fácil decir cosas que no podría pronunciar mientras veo su expresión.
—Pensaba que eras feliz —digo.
Claudia no responde inmediatamente.
—¿Cuándo?
—Antes de Madrid.
—A veces lo era.
—No parecía que estuvieras esperando una oportunidad para marcharte.
—Porque no la estaba esperando.
—Aceptaste la oferta muy rápido.
—Después de rechazar tres.
—Eso lo sé ahora.
—Y yo sé ahora que no entendiste lo que intentaba decirte.
Su voz llega desde algún punto delante de mí.
—No lo entendí —admito.
—No querías entenderlo.
—Eso no es justo.
—Tú también utilizas esa frase mucho.
—Porque a veces lo que dices no lo es.
—¿Qué parte?
—Que elegí el hotel por encima de ti.
—Lo hiciste.
—Pensaba que estaba eligiendo nuestra vida.
—Nuestra vida no podía ser únicamente el hotel.
—Para mí no lo era.
—Álex, trabajábamos allí, vivíamos allí, comíamos allí y hablábamos de allí. Incluso cuando conseguíamos salir, tú estabas pendiente del teléfono.
—Era una empresa nueva.
—Durante ocho años.
—Siempre había algo.
—Exacto.
Escucho cómo cambia el peso de un pie al otro.
—Yo creía que era temporal —continúa—. Que, cuando termináramos las obras, tendríamos tiempo. Después sería cuando pagáramos el préstamo. Después, cuando contratáramos más personal. Después, al terminar la temporada.
—Intentaba que funcionara.
—Yo también.
—Pero para ti nunca era suficiente.
El silencio que sigue me hace saber que he elegido mal las palabras.
—No he dicho eso —añado.
—Lo acabas de decir.
—Quería decir que cada vez que alcanzábamos algo, tú necesitabas otra cosa.
—Una vida, Álex. Necesitaba otra cosa en mi vida.
—Lo tenías.
—¿Qué?
No respondo.
Amigos. Trabajo. El hotel. Yo.
La lista suena suficiente hasta que intento imaginarla desde su lado.
Sus amigos estaban en Madrid y Valencia. El trabajo que hacía llevaba mi apellido en todas las entrevistas. El hotel pertenecía a mi familia antes de que fuera de los dos.
Y yo estaba físicamente presente casi cada día.
No sé si eso significa que estaba con ella.
—No lo sé —digo.
—Esa es la primera respuesta sincera que das sobre este tema.
—Todas mis respuestas son sinceras.
—No. Muchas son correctas. No es lo mismo.
La lluvia golpea las ventanas con menos fuerza.
Mis ojos empiezan a adaptarse. Distingo la silueta de Claudia junto a la mesa.
—Cuando me pediste que fuera a Madrid —digo—, pensé que ya habías decidido marcharte.
—Había aceptado el trabajo.
—Sin hablar conmigo.
—Había intentado hablar contigo durante años.
—No de esa oferta.
—Porque sabía lo que ibas a decir.
—No podías saberlo.
—Dijiste exactamente lo que esperaba.
Recuerdo la conversación.
El despacho.
Una tarde de agosto.
Claudia estaba sentada frente a mí con una hoja impresa. Me explicó el puesto, el salario y que la empresa quería que se incorporara en octubre.
Yo pregunté cuánto duraría.
Un año, dijo.
Respondí que era imposible.
No pregunté si lo quería.
No pregunté qué alternativa imaginaba.
Solo enumeré todo lo que no podía hacerse sin mí.
—Tenía miedo —digo.
Claudia guarda silencio.
—¿De qué?
—De marcharme.
—No te pedí que vendiéramos el hotel.
—Me pediste que lo dejara en manos de otra persona.
—Durante un año.
—No confiaba en nadie.
—Tampoco confiabas en mí.
—Sí confiaba en ti.
—No lo suficiente para pensar que podía tener una carrera propia sin abandonarte.
—No era eso.
—¿Entonces qué era?
La respuesta lleva dos años esperando.
—Mi padre se marchó cuando yo tenía nueve años.
Claudia no se mueve.
Conoce la historia. O parte de ella.
—Dijo que volvería los fines de semana —continúo—. Después cada quince días. Luego cuando pudiera. Mi madre pasó años diciendo que estaba ocupado, que el trabajo era difícil, que debíamos darle tiempo.
—Álex…
—No estoy comparándote con él.
—Parece que sí.
—Estoy intentando explicarte lo que pensé.
Respiro despacio.
—Cuando dijiste que vivirías en Madrid y volverías algunos fines de semana, escuché exactamente las mismas palabras.
Sabía que no eras él. Sabía que el matrimonio no tenía nada que ver.
Pero no pude dejar de pensar que primero sería un año, luego otro y al final el hotel solo sería un lugar al que regresarías cuando no tuvieras nada mejor.
Claudia se acerca un poco.
La distingo mejor.
—Nunca me dijiste eso.
—No.
—Solo dijiste que el hotel te necesitaba.
—Era más fácil.
—¿Más fácil que decirme que tenías miedo?
—Sí.
—Para ti.
No hay crueldad en su voz.
Eso hace que duela más.
—Pensé que si te pedía que te quedaras, terminarías odiándome —digo.
—Y decidiste por mí.
—Sí.
—Después, cuando pedí el divorcio, tampoco dijiste nada.
—Pensé que ya habías elegido.
—Te pregunté si estabas seguro.
—Creí que me preguntabas si aceptaba las condiciones.
Claudia deja escapar una risa breve y rota.
—Te estaba dando una última oportunidad para decir que no querías perderme.
Cierro los ojos, aunque la oscuridad no cambia.
—No lo entendí.
—No.
—¿Tú querías que me negara?
—Quería que hicieras algo.
—Podía haberte pedido que no firmaras.
—Sí.
—¿Habrías aceptado?
La pausa es larga.
—No lo sé.
—Entonces quizá no habría cambiado nada.
—Habría cambiado cómo terminó.
La frase me golpea con más fuerza que cualquier acusación.
Dos años creyendo que la dejé marchar porque respetaba su decisión.
Ahora descubro que, para ella, mi silencio fue la confirmación de que no valía la pena luchar.
—Lo siento —digo.
Claudia respira hondo.
—No digas eso si lo haces para que te perdone.
—No espero que me perdones.
—Entonces ¿para qué?
—Porque lo siento.
La lluvia empieza a disminuir.
Al otro lado de la puerta se oyen voces, herramientas y a Lucía dando instrucciones contradictorias.
Claudia se sienta sobre una caja.
—Yo tampoco lo hice bien —dice.
No respondo.
Me da miedo interrumpirla.
—Esperaba que lo adivinaras todo. Cada oferta que rechazaba, cada vez que me quedaba hasta la madrugada, cada proyecto que aceptaba por menos dinero porque encajaba con el hotel. Nunca te decía cuánto me costaba. Solo lo guardaba.
—¿Por qué?
—Porque, si tenía que pedirte que lo valoraras, pensaba que ya no contaba.
—Eso no tiene sentido.
—Ya lo sé.
—Podía haber hecho algo.
—También yo.
Su voz se vuelve más baja.
—Cuando acepté Madrid, no buscaba solo un trabajo. Quería comprobar si me elegirías.
—No sabía que era una prueba.
—Nadie sabe cuándo le están poniendo una. Por eso son una forma horrible de relacionarse.
Doy un paso hacia ella.
—Claudia.
—¿Qué?
—Te habría elegido.
No responde.
—No de la forma que necesitabas —añado—. Pero te habría elegido.
—No puedes saberlo.
—Sí.
—Ahora es fácil decirlo.
—No es fácil.
Estoy tan cerca que distingo el contorno de su cara.
—Perdí el hotel durante meses intentando no perderlo —digo—. Refinancié deudas, dormí cuatro horas y dejé de pagarme un sueldo. Y nada de eso fue tan difícil como entrar cada noche en el apartamento y recordar que tú ya no estabas.
Claudia levanta la cabeza.
—No me digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué hacer con ello.
—No tienes que hacer nada.
—Otra vez.
—No intento decidir por ti.
—Entonces no me entregues algo así y esperes que no cambie nada.
—No espero eso.
—¿Qué esperas?
La pregunta queda entre nosotros.
No tengo una respuesta segura.
Que comprenda.
Que deje de creer que no la quise lo suficiente.
Que me mire como antes.
Que se quede.
—Que sepas la verdad —digo.
—La verdad también puede ser peligrosa.
—Más que lo que imaginamos el uno del otro, no.
Claudia se levanta.
Estamos demasiado cerca.
No sé si ha sido ella quien ha avanzado o yo.
Puedo sentir el calor de su cuerpo.
—¿Puedo tocarte? —pregunto.
Su respiración cambia.
—¿Para qué?
—No lo sé.
La respuesta parece sorprenderla.
También a mí.
No quiero besarla como parte de una campaña.
Ni porque estemos encerrados.
Ni porque la oscuridad convierta todo en algo que mañana podamos negar.
Quiero tocarla para comprobar que esta conversación ha ocurrido. Que estamos aquí y no hace dos años, cada uno esperando que el otro diga una frase que nunca llegó.
Claudia levanta una mano.
Sus dedos encuentran mi camisa.
No me toca del todo.
Solo se quedan apoyados sobre la tela, a la altura del pecho.
—Tu corazón va muy rápido —murmura.
—Estamos encerrados.
—Claro.
Coloco la mano junto a su cara sin llegar a rozarla.
—Claudia.
—No sé si deberíamos.
—Yo tampoco.
—Eso antes no te detenía.
—Antes creía que sabía qué hacer.
La puerta tiembla cuando alguien introduce una herramienta en el marco.
Claudia no se aparta.
Mis dedos rozan un mechón de su pelo.
Ella levanta el rostro.
La distancia entre nuestras bocas desaparece lentamente.
No hay cámaras.
No hay invitados.
No hay nadie que pueda confundirlo con una actuación.
La luz del almacén se enciende de golpe.
Claudia parpadea.
Los dos nos quedamos inmóviles, expuestos bajo el fluorescente.
La puerta se abre con un crujido.
Lucía aparece acompañada por dos empleados de mantenimiento.
Mira mi mano junto al rostro de Claudia.
Después los dedos de ella sobre mi pecho.
—Vaya —dice.
Claudia se aparta inmediatamente.
—La puerta estaba atascada.
—Sí —responde Lucía—. Eso veo.
—Necesitamos las telas —añade Claudia.
Recoge una caja sin mirar a nadie y sale al pasillo.
Lucía espera hasta que desaparece.
—¿Interrumpo algo?
—No.
—Parecía algo.
—No lo era.
Mi hermana mira hacia la puerta por la que se ha marchado Claudia.
—¿Estás seguro?
Recojo las otras dos cajas.
—No tengo la menor idea.