Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

CLAUDIA

La tormenta llega el lunes a las cuatro y diecisiete de la tarde.

No figura en ninguna previsión.

A las cuatro, el cielo está despejado y treinta parejas esperan en la terraza para embarcar en una excursión privada por la costa. A las cuatro y diez, el viento levanta tres sombrillas, vuelca una bandeja de limonada y hace que Sara pregunte por qué nadie ha previsto una alternativa.

A las cuatro y diecisiete, empieza a llover como si el Mediterráneo hubiera decidido caer del cielo.

—Todos dentro —ordeno.

Los empleados conducen a los huéspedes hacia el salón. Álex y Mateo corren hasta el embarcadero para asegurar las embarcaciones. Lucía rescata los cojines de la terraza mientras un asistente de Eterno Verano intenta proteger una cámara con su propio cuerpo.

El trueno llega tan cerca que varias personas gritan.

—¿Esto estaba previsto? —pregunta Sara.

Tiene el pelo pegado a la cara y sostiene una carpeta sobre la cabeza.

—Sí —respondo—. Hemos contratado una tormenta para mejorar el contenido.

—No tiene gracia.

—Entonces deja de hacer preguntas que tampoco la tienen.

Otro relámpago ilumina el patio.

Los huéspedes se acumulan frente a la entrada del salón. Algunos se ríen. Otros miran sus teléfonos. Una mujer con un vestido blanco se queja de que la excursión era la parte principal del retiro.

—Necesitamos reprogramar —dice Sara.

—No podemos embarcar con este tiempo.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo llames reprogramar. Llámalo cancelar.

Sara baja la carpeta.

—La experiencia no puede cancelarse.

—El mar no ha leído el contrato.

Nora aparece detrás de ella, empapada y con la cámara protegida bajo la chaqueta.

—¿Qué vais a hacer?

—Lo que hacemos siempre —respondo—. Fingir que esto era parte del plan.

Álex entra en el vestíbulo con la camisa pegada al cuerpo.

No debería fijarme.

Me fijo.

El agua le cae por el pelo y recorre la línea de su cuello. Lleva las mangas remangadas y una pequeña mancha de grasa en la muñeca.

—Las barcas están aseguradas —dice—. La tormenta puede durar varias horas.

—¿Se puede utilizar la terraza cubierta?

—El viento entra por el lado este.

—¿El salón de celebraciones?

—Está desmontado después de la boda.

—Podemos montarlo.

—Necesitaríamos dos horas.

—Tenemos veinte minutos antes de que empiecen a exigir una devolución.

Sara se acerca.

—No podemos ofrecerles simplemente una merienda.

—No pensaba hacerlo.

Miro a los huéspedes.

Treinta parejas. Edades distintas. Algunos han venido a celebrar aniversarios. Otros participan en el retiro porque su relación atraviesa una crisis. La excursión incluía una cena en una cala, música y una actividad en la que debían escribir algo que todavía no hubieran dicho a su pareja.

Una idea de Sara.

Lo sé porque utiliza sobres de papel artesanal que cuestan más de tres euros cada uno.

—Convertiremos el hotel en el recorrido —digo.

Álex me mira.

—¿Cómo?

—La cala no es importante. Lo importante es aislarlos del resto, cambiar de espacio y conseguir que la noche parezca distinta a cualquier otra.

—El salón está vacío —dice Lucía.

—Mejor. Bajamos todas las luces, colocamos velas y proyectamos imágenes del mar en las paredes.

—El proyector está en el almacén exterior —responde Álex.

—También las telas azules de la fiesta del año pasado.

—Están al fondo.

—Podemos montar estaciones en las habitaciones comunes —añado—. Una cata en la biblioteca, música en el patio cubierto y la cena en el salón. Mantendremos la actividad de los sobres, pero cada pareja tendrá que encontrar el suyo siguiendo pistas por el hotel.

Nora levanta las cejas.

—¿Una búsqueda del tesoro romántica?

—No lo llames así.

—¿Por qué?

—Porque suena a despedida de soltera.

Sara observa a los huéspedes.

—¿Cuánto necesitas?

—Una hora.

—Has dicho que empezarían a protestar en veinte minutos.

—Por eso tú vas a explicarles que la tormenta nos permite ofrecerles una experiencia que normalmente no está disponible.

—No existe esa experiencia.

—Existirá dentro de una hora.

—¿Y qué hacemos mientras tanto?

—Mateo puede improvisar una cata de aperitivos en el bar. Lucía organizará una degustación de cócteles. Nora puede entrevistar a algunas parejas sobre por qué han venido.

Nora niega con la cabeza.

—No voy a distraer a huéspedes enfadados para ayudarte.

—No te lo he pedido para ayudarme. Te estoy ofreciendo una oportunidad de observar el retiro.

—Eso ha sonado exactamente como algo que diría Sara.

—Retiro la propuesta.

—Acepto.

Sara ya está caminando hacia los huéspedes.

—Una hora —dice.

—Cincuenta minutos —responde Álex.

Lo miro.

—¿Por qué?

—Porque si dices una hora, intentarás hacerlo en cuarenta.

—¿Y eso es malo?

—Quiero reservar diez minutos para que respires.

—Puedo respirar mientras trabajo.

—No lo haces.

Sara se vuelve.

—¿Cincuenta minutos?

—Sesenta —respondo.

Álex sonríe.

—Sabía que dirías eso.

* * *

Montamos el salón en cincuenta y cuatro minutos.

No porque Álex tuviera razón.

Porque el generador auxiliar tarda cuatro minutos en arrancar después de que la primera caída de tensión deje el ala oeste a oscuras.

Los empleados colocan mesas bajas y cojines sobre el suelo. Mateo cambia el menú por platos que pueden prepararse sin utilizar todos los hornos. Lucía reparte las pistas por el hotel y asegura que ninguna conduzca a una habitación ocupada.

Álex y yo trabajamos sin discutir.

Eso debería preocuparme.

Él entiende lo que necesito antes de que lo pida. Si señalo una pared, sabe que quiero cubrirla. Si miro una mesa, calcula cuántas personas caben. Cuando descubro que faltan velas, ya ha enviado a un empleado al almacén.

No tenemos que hablar.

Durante años consideramos que esa coordinación demostraba que estábamos hechos el uno para el otro.

Ahora sé que solo demuestra que somos buenos trabajando juntos.

No es lo mismo.

Aunque a veces se parezca demasiado.

—Las telas están mojadas —dice Álex desde la puerta del salón.

—¿Todas?

—Las dos primeras cajas. Quedan más en el almacén exterior.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—No sabes cuáles quiero.

—Son azules.

—Hay siete tonos.

—Todos son azules.

—Esa frase explica muchas decisiones decorativas del hotel.

Coge dos linternas.

—Vamos.

Atravesamos el patio bajo un paraguas que no sirve para los dos. El viento empuja la lluvia de lado y, cuando llegamos al camino exterior, ya tengo las sandalias empapadas.

—Podías haber traído uno más grande —digo.

—Es el más grande que había.

—Lo compraste tú.

—Pensaba que sería para una persona.

—Ese es siempre tu problema.

Me mira de reojo.

—¿Los paraguas individuales?

—Diseñar las cosas pensando que solo tendrás que utilizarlas tú.

—Este paraguas estaba en recepción.

—No estoy hablando del paraguas.

—Ya lo sé.

La facilidad con que lo admite elimina parte del placer de la acusación.

Llegamos al almacén.

Álex abre la puerta y enciende la luz. Parpadea dos veces antes de estabilizarse.

El espacio huele a madera, humedad y cera. Hay cajas apiladas hasta el techo, muebles antiguos, decoraciones de temporadas anteriores y objetos que ninguno ha tenido valor para tirar.

—Las telas están al fondo —dice.

—¿Detrás de qué?

—De las mesas de Navidad.

—Celebramos una Navidad en doce años.

—Por eso siguen guardadas.

Paso junto a una figura de reno de madera.

—¿Quién compró esto?

—Tú.

—No.

—Lo pintaste de blanco.

—Eso no significa que lo comprara.

—Dijiste que el marrón parecía triste.

—Lo parece.

Álex mueve una caja y me permite pasar.

La luz vuelve a parpadear.

—Deberíamos darnos prisa.

—No me presiones.

—No te estoy presionando. Estoy diciendo que la instalación eléctrica está fallando durante una tormenta.

—Eso es una forma elaborada de presionar.

Encuentro las telas en una estantería.

Azul oscuro, turquesa y gris azulado.

—Estas tres.

Álex toma dos cajas.

—Yo llevo una.

—Puedo con las tres.

—No es una competición.

—Contigo todo acaba siéndolo.

—Solo porque te molesta perder.

Cojo la caja turquesa.

—No pierdo.

—Una vez perdiste al parchís.

—Hiciste trampas.

—Tenías treinta y dos años y tiraste el tablero.

—Porque celebraste cada ficha como si hubieras ganado una guerra.

—Fue una victoria importante.

Sonrío antes de poder impedirlo.

Álex también.

Durante un segundo estamos solos en un almacén, rodeados de decoraciones absurdas y hablando de una noche que terminó con fichas de parchís debajo del sofá.

No hay contrato.

No hay divorcio.

Solo memoria.

Un trueno hace vibrar las ventanas.

La luz se apaga.

Quedamos completamente a oscuras.

—No te muevas —dice Álex.

—Tengo una caja en las manos.

—Por eso.

Escucho cómo deja las suyas en el suelo.

Después se enciende una linterna.

Su rostro aparece iluminado desde abajo.

—Pareces a punto de contar una historia de terror —digo.

—Estamos encerrados en un almacén durante una tormenta.

—No estamos encerrados.

Álex prueba el interruptor.

Nada.

Se acerca a la puerta y baja el pomo.

No se abre.

—Álex.

—Se habrá hinchado la madera.

—Abre la puerta.

—Eso intento.

Empuja con el hombro.

La puerta no se mueve.

—No tiene gracia.

—No estoy riéndome.

—Tu cara parece estar considerando hacerlo.

—Mi cara no controla bien las situaciones de emergencia.

—No es una emergencia.

Otro trueno sacude el almacén.

La luz de la linterna parpadea.

—¿Tiene batería? —pregunto.

—Más o menos.

—¿Qué significa más o menos?

—Que olvidé cargarla.

—Diriges un hotel.

—Normalmente el hotel tiene electricidad.

Saco el teléfono.

Sin cobertura.

—Perfecto.

Álex comprueba el suyo.

—Nada.

—Lucía notará que no volvemos.

—Dentro de unos minutos.

—El evento empieza en seis.

—Entonces nos buscarán pronto.

—Sara me matará.

—Primero tendrá que encontrarte.

Dejo la caja sobre una mesa.

La oscuridad parece reducir el espacio. El almacén no es pequeño, pero la tormenta golpea el tejado con tanta fuerza que todo lo demás desaparece.

Álex coloca la linterna sobre una estantería.

La luz apenas alcanza unos metros.

—Podemos intentar la ventana —dice.

—Está demasiado alta.

—Hay una escalera.

—La última vez que utilizaste una escalera terminaste con una cicatriz en la ceja.

—Eso fue hace doce años.

—La gravedad no ha cambiado.

—Tú tampoco.

La frase suena distinta a lo que probablemente pretendía.

—Claro que he cambiado.

Álex me mira desde el otro lado del haz de luz.

—Sí.

—Entonces no digas lo contrario.

—No quería decir que fueras igual.

—¿Qué querías decir?

Tarda demasiado en responder.

La lluvia golpea el techo.

—Que sigues intentando resolverlo todo antes de que alguien pueda ayudarte.

Me cruzo de brazos.

—Y tú sigues confundiendo ayudar con decidir por los demás.

—No he decidido nada.

—Has dicho que llevarías todas las cajas.

—Pesaban.

—Puedo cargar peso.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo haces?

—Porque no quiero que tengas que hacerlo si puedo evitarlo.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Decides que evitarme un esfuerzo es automáticamente lo que necesito.

Álex se queda quieto.

—Era una caja, Claudia.

—Nunca es solo una caja.

—No. Contigo nunca lo es.

Su tono cambia.

No es agresivo.

Es cansado.

—¿Qué significa eso?

—Que cada gesto se ha convertido en una prueba sobre nuestro matrimonio. Si preparo café, intento evitar una conversación. Si llevo una maleta, no respeto tu independencia. Si te felicito por tu trabajo, llego dos años tarde.

—Porque llegas dos años tarde.

—Lo sé.

—Entonces no te quejes de que lo señale.

—No me quejo. Solo intento averiguar si existe algo que pueda hacer ahora sin que lo conviertas en otro error.

La pregunta me deja en silencio.

Álex baja la mirada.

—Olvídalo.

Se dirige hacia la escalera.

—No.

Se detiene.

—¿No qué?

—No lo olvides después de decirlo.

—Tú has dejado claro que no quieres hablar de esto.

—No quería hacerlo delante de Nora, de Sara ni de ciento dieciséis invitados.

—Estamos solos.

Miro la puerta cerrada.

—Aparentemente.

La linterna vuelve a parpadear.

Álex se apoya en una caja.

—Entonces habla.

La frase debería molestarme.

No lo hace.

Porque no suena a orden.

Suena a alguien que, por primera vez, no tiene preparada una defensa.

—No sé qué puedes hacer ahora —digo.

—Bien.

—Eso no significa que no haya nada.

Levanta la vista.

—¿Qué significa?

Respiro lentamente.

—Que todavía estoy enfadada. Y que a veces, cuando haces algo bien, me enfada más.

—Eso no parece muy justo.

—No lo es.

Álex guarda silencio.

—Esperaba que discutieras —añado.

—Estoy intentando escuchar la respuesta antes de preparar la siguiente frase.

Reconozco las palabras de Mateo.

—¿Te lo ha dicho él?

—Sí.

—Tiene razón.

—No se lo digas.

Una sonrisa aparece sin permiso.

Desaparece cuando la linterna se apaga.

La oscuridad nos cubre por completo.

Escucho a Álex moverse.

—No te acerques sin avisar.

—Estoy buscando el teléfono.

—Está en tu mano.

—El tuyo.

—En mi bolsillo.

Su cuerpo roza el mío.

Solo un instante.

La falta de luz amplifica el contacto: su brazo contra mi hombro, el calor de su pecho demasiado cerca, su respiración a pocos centímetros.

Ninguno se mueve.

—¿Puedo encender la pantalla? —pregunta.

—No necesitas permiso para eso.

La luz del teléfono ilumina su cara.

Está más cerca de lo que imaginaba.

Sus ojos bajan hacia mi boca.

O quizá soy yo quien necesita creer que lo hacen.

—Claudia —dice.

Un golpe suena al otro lado de la puerta.

—¡¿Estáis ahí?! —grita Lucía.

Los dos nos apartamos.

—¡Sí! —respondo.

Álex levanta la voz.

—¡La puerta está atascada!

—¡Mantenimiento viene de camino!

Apoyo una mano sobre la mesa para recuperar el equilibrio.

La luz del teléfono continúa entre nosotros.

—Tenemos que llevar las telas —digo.

—Sí.

—El evento empezará tarde.

—Podemos compensarlo.

—Sara estará furiosa.

—Sobreviviremos.

Todo vuelve a ser práctico.

Cajas.

Horarios.

Una puerta hinchada por la lluvia.

Pero mientras esperamos a que nos saquen, no puedo dejar de pensar en el segundo anterior al golpe.

En la oscuridad.

En la forma en que Álex dijo mi nombre.

Y en que, por primera vez desde que regresé, no sé si me alegró o me decepcionó que alguien abriera la puerta.