CAPÍTULO 10
ÁLEX
Claudia coloca la mano sobre mi hombro como si estuviera comprobando la temperatura de una superficie.
Ligera.
Precisa.
Preparada para retirarla en cualquier momento.
Yo apoyo la palma en su cintura después de que asienta casi imperceptiblemente. La pista de baile está rodeada de invitados, teléfonos y velas. La música que escogimos para nuestra boda llena el patio con una versión lenta y demasiado limpia de un recuerdo que nunca lo fue.
El día que bailamos esta canción por primera vez hacía viento.
Claudia tropezó con el bajo del vestido. Yo pisé dos veces sus zapatos. La banda se equivocó en el segundo estribillo y Mateo lanzó pétalos desde una terraza porque olvidó bajar a tiempo.
Fue imperfecto.
Por eso lo recuerdo entero.
—Estás muy rígido —murmura Claudia.
—Tú estás contando los pasos.
—Porque sigues bailando igual de mal.
—Pensaba que querías terminar rápido.
—No significa que quiera caerme delante de ciento dieciséis personas.
—No vas a caerte.
—Eso dijiste el día de nuestra boda.
—No te caíste.
—Porque me sujetó Lucía.
—Yo te estaba sujetando.
—Tú estabas pisando mi vestido.
La comisura de su boca se mueve.
Los invitados aplauden cuando giro con ella. No sé si la ovación forma parte de la campaña o si las personas simplemente disfrutan viendo bailar a dos desconocidos a los que han decidido atribuir una vida feliz.
Vera y Marcos esperan junto a la pista.
La novia nos observa con una gratitud que hace más difícil detener la farsa.
—Mírame —dice Claudia.
—Te estoy mirando.
—No. Estás mirando por encima de mi hombro.
Tiene razón.
He estado comprobando las cámaras, la posición de Sara y la distancia que nos separa del borde de la pista.
Todo menos a ella.
Bajo la mirada.
Claudia está tan cerca que puedo distinguir las pequeñas pecas sobre su nariz. Lleva el pelo recogido y varios mechones se han soltado alrededor de su cara. La luz de las guirnaldas se refleja en sus ojos.
—Mejor —murmura.
—Esto hará que parezca más real.
—Es lo que quieren.
—No he preguntado qué quieren ellos.
Su mano se tensa sobre mi hombro.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
—Contigo nunca se sabe hasta que ya ha empezado.
La canción continúa.
Al otro lado del patio, Nora nos observa sin escribir. Vega tiene la cámara levantada. Sara sonríe como si hubiera organizado cada segundo de la noche, incluida la desaparición de la novia.
—Gracias por lo de esta mañana —digo.
—Ya me has dado las gracias.
—No por encontrar a Vera.
Claudia aparta la mirada.
—No quiero hablar de eso aquí.
—Solo quería que lo supieras.
—Lo sé.
No puedo evitar sonreír.
—Ahora eres tú.
—¿Yo qué?
—La que dice que lo sabe.
—No tiene gracia.
—Un poco.
Me pisa.
No con fuerza suficiente para que parezca un accidente.
—Sigues utilizando la violencia para evitar conversaciones difíciles.
—Y tú sigues intentando mantenerlas en los peores momentos.
—Estamos bailando nuestra canción de boda delante de una periodista que investiga nuestra relación. No creo que exista un buen momento.
Claudia vuelve a mirarme.
—Entonces espera a que termine.
Asiento.
Debería hacerle caso.
En vez de eso, mi pulgar se mueve sobre su cintura antes de que pueda pensarlo.
El gesto es antiguo. Automático. La manera en que solía tranquilizarla cuando estábamos rodeados de gente y sabía que necesitaba salir durante unos minutos.
Claudia contiene el aire.
—Perdón —digo.
—No pasa nada.
Pero no se aparta.
Durante el resto de la canción dejamos de hablar.
No porque no haya nada que decir.
Porque hay demasiado.
Cuando suena la última nota, los invitados aplauden. Vera y Marcos entran en la pista y yo libero la cintura de Claudia.
Ella retira la mano de mi hombro.
La pérdida del contacto resulta inmediata.
Visible.
Al menos para mí.
—Ya está —dice.
—Sí.
Sara se acerca antes de que podamos alejarnos.
—Ha sido perfecto.
Claudia gira la cabeza.
—No vuelvas a hacer algo así sin avisar.
—Ha surgido de manera natural.
—Lo has anunciado por megafonía.
—La novia lo pidió.
—Y tú podías haber dicho que no.
Sara baja la voz.
—La campaña necesita momentos espontáneos.
—Los momentos espontáneos no se anuncian.
—El resultado ha funcionado.
—Ese no es el único criterio.
Sara sonríe como si Claudia fuera una empleada brillante pero difícil.
—Hablaremos mañana.
—No. Hablamos ahora.
Intervengo antes de que la discusión atraiga a los invitados.
—Sara, cualquier aparición que implique contacto físico debe comunicarse antes. Está en el acuerdo.
—No había tiempo.
—Entonces no se hace.
Sara me mira.
—La novia quería agradeceros que salvarais su boda.
—Podía hacerlo con un discurso.
—Eso no habría generado las mismas imágenes.
—Precisamente.
Su expresión cambia.
No mucho. Lo suficiente.
—No olvidéis que esas imágenes están pagando la reforma del hotel.
Claudia se queda inmóvil a mi lado.
—No lo olvidamos —respondo—. Pero tampoco olvides que existe un contrato.
Sara observa primero a Claudia y luego a mí.
—Entendido.
Se marcha hacia la pista.
Claudia sigue mirando en su dirección.
—No necesitaba que hablaras por mí.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo has hecho?
—Porque estaba de acuerdo contigo.
—Podías haber esperado.
—También podías aceptar que alguien te apoye sin pensar que intenta quitarte la voz.
La frase sale antes de que pueda detenerla.
Claudia se vuelve hacia mí.
—Eso no es lo que he dicho.
—Es lo que haces.
—No ahora.
—¿Cuándo?
—Estamos trabajando.
—Siempre estábamos trabajando.
Su expresión se endurece.
—No voy a tener esta conversación aquí.
—Bien.
—Bien.
Se aleja.
La observo cruzar el patio hasta que Lucía la detiene junto a las mesas.
Mateo aparece a mi lado con una copa.
—Ha ido bien.
—¿El baile o la discusión?
—La boda.
—Eso no responde.
—No era mi intención.
Me entrega la copa. Es agua.
—Podrías haber puesto vino.
—Llevas toda la noche resolviendo problemas. El vino te vuelve sincero.
—No siempre.
—Con Claudia, sí.
Miro la pista.
Vera y Marcos bailan abrazados mientras sus familias hacen fotografías.
—No sé cómo hablar con ella sin empeorarlo.
—Podrías empezar por escuchar la respuesta antes de preparar la siguiente frase.
—La escucho.
—Escuchas las palabras. Después las organizas para defenderte.
—Gracias.
—De nada.
Mateo bebe de su propia copa.
—Por cierto, lo del baile ha sido intenso.
—Había cámaras.
—No me refiero a las cámaras.
—No empieces tú también.
—No he empezado nada. Llevo doce años viendo cómo os miráis. La diferencia es que antes ninguno fingía que no significaba nada.
—Estamos divorciados.
—Eso es un estado civil, no una lobotomía.
—Qué poético.
—Me inspiran los postres.
Se marcha antes de que pueda responder.
* * *
La boda termina a las tres y cuarto de la madrugada.
A las cuatro, el último invitado ha subido a su habitación, Mateo ha cerrado la cocina y el personal empieza a desmontar las mesas del patio.
Encuentro a Claudia descalza junto al embarcadero.
Lleva los zapatos en una mano y sostiene con la otra una caja de velas apagadas.
—Eso puede esperar hasta mañana —digo.
—Mañana hay que preparar el desayuno.
Le quito la caja.
—Puedo llevarla.
—Ya lo sé.
No protesta.
Caminamos hacia el almacén exterior. El silencio entre nosotros no resulta cómodo, pero tampoco hostil.
Estamos demasiado cansados para mantener una guerra completa.
Dejo la caja sobre una estantería.
Claudia coloca los zapatos encima.
—No es el lugar de los zapatos.
—Mañana los buscaré.
—Luego dirás que alguien los ha movido.
—Entonces déjalos donde están.
Cierro la puerta del almacén.
El camino hasta el hotel está iluminado por los faroles que ella eligió. Algunos siguen encendidos junto al agua.
—La cena ha salido bien —digo.
—Sí.
—Mejor de lo que esperaba.
—Esperabas que saliera mal.
—Esperaba más problemas.
—Los hubo.
—Pero los resolviste.
Claudia suspira.
—No vuelvas a decir que el hotel perdió algo cuando me fui.
—¿Por qué?
—Porque no sirve de nada.
—Es verdad.
—Las verdades también pueden llegar tarde.
—¿Eso hace que dejen de ser verdad?
—Hace que suenen convenientes.
Nos detenemos junto a la barandilla.
El hotel queda a nuestra espalda. Desde aquí solo vemos el mar oscuro y las luces lejanas de algunas embarcaciones.
—No lo digo para convencerte de que te quedes —respondo.
—Entonces ¿para qué?
No tengo preparada una respuesta.
Por una vez, intento no buscarla demasiado rápido.
—Porque durante mucho tiempo pensé que reconocerlo significaba admitir que no podía mantener el hotel sin ti.
—Y ahora estás a punto de perderlo.
—Ahora entiendo que no es lo mismo necesitarte que valorar lo que hacías.
Claudia baja la vista hacia el agua.
—Podías haberlo valorado cuando estaba aquí.
—Lo valoraba.
—No de una forma que yo pudiera sentir.
Asiento.
—No.
Su rostro se tensa, como cada vez que acepto una parte de responsabilidad sin discutir.
—No hagas eso.
—¿Otra vez?
—Sí.
—No sé qué respuesta quieres.
—Una que no llegue dos años después.
—No puedo cambiar cuándo la digo.
—Exacto.
Intenta marcharse.
—Claudia.
Se detiene, pero no se vuelve.
—Ayer dijiste que rechazaste tres ofertas antes de aceptar la de Madrid.
Ahora sí se gira.
—No quiero hablar de eso.
—Yo no lo sabía.
—Ese era el problema.
—¿Por qué no me lo dijiste?
La pregunta sale más dura de lo que pretendía.
Claudia se ríe sin humor.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Porque la primera vez que recibí una propuesta, te encontré en la cocina intentando decidir qué empleado despedir para pagar la reparación del tejado.
Recuerdo aquella noche.
No la oferta.
—La segunda llegó cuando tu madre estaba enferma y tú dormías cuatro horas.
—Podías habérmelo contado.
—¿Para qué? ¿Para añadir otra cosa a la lista de problemas?
—No eras un problema.
—Mis necesidades sí empezaron a serlo.
—Eso no es justo.
—No, Álex. No fue justo.
Su voz no sube.
No lo necesita.
—La tercera oferta era para dirigir una campaña durante seis meses en Barcelona. Te lo mencioné.
Intento recordarlo.
Una conversación en el despacho. Claudia hablando de un cliente. Yo revisando una factura.
—Dijiste que era un proyecto posible.
—Te dije que querían contratarme.
—No entendí que estuvieras planteándote aceptarlo.
—Porque no levantaste la vista del ordenador.
La memoria llega completa.
Ella de pie junto a la mesa.
Yo respondiendo que aquel verano sería imposible reorganizar los turnos.
No pregunté cuánto le importaba.
Solo calculé qué supondría para el hotel.
—No sabía que ya habías rechazado las otras —digo.
—No. No lo sabías.
—Pero esperabas que entendiera lo que significaba la tercera.
—Esperaba que me preguntaras qué quería.
—Podías haberlo dicho.
—Sí.
La rapidez con que lo admite me deja sin la defensa que estaba preparando.
—Podía haberlo dicho —continúa—. Podía haberte explicado que estaba cansada de hacer un trabajo que todo el mundo consideraba una extensión natural de ser tu esposa. Podía haber exigido un sueldo distinto, una posición real o tiempo para mis propios proyectos.
—Te habría escuchado.
—No lo sé.
—Yo sí.
—Ahora.
La palabra cae con precisión.
—Ahora sabes que me fui. Ahora el hotel está a punto de cerrar. Ahora resulta fácil imaginar que habrías reaccionado de otra manera.
—No me parece fácil.
—A mí tampoco.
Claudia se cruza de brazos.
—La oferta de Madrid no apareció de la nada. Fue la primera que acepté después de años diciendo que no.
—Y yo pensé que estabas abandonando lo que habíamos construido.
—Porque nunca viste todo lo que había abandonado para construirlo.
No puedo responder.
La frase no es una acusación nueva.
Es una verdad que no sabía que existía.
Claudia respira lentamente.
—No quiero convertirte en el único culpable. Yo también callé. Acumulé cada renuncia como si un día fueras a descubrirlas y compensarlas sin que tuviera que pedirlo.
—Pero no lo hice.
—No.
—Y cuando por fin pediste algo, yo dije que no.
—Dijiste que el hotel no podía sobrevivir sin ti.
—Era verdad.
—Yo escuché que tú no podías sobrevivir lejos del hotel, pero sí lejos de mí.
Cierra los ojos un instante.
Cuando los abre, ya no parece enfadada.
Solo cansada.
—Tengo que dormir.
Camina hacia el hotel.
Esta vez no intento detenerla.
Me quedo junto al mar pensando en las tres ofertas que Claudia rechazó.
Tres vidas posibles que nunca llegué a conocer porque ella creyó que no había espacio para ellas en la nuestra.
Y porque yo nunca pregunté cuánto estaba costándole quedarse.