Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

CLAUDIA

A las once y veinte de la mañana del sábado, la novia desaparece.

No es una forma de hablar.

Un minuto antes, Vera está en la suite nupcial mientras la maquilladora intenta convencerla de que llorar no arruinará su base resistente al agua.

Al siguiente, solo quedan el vestido colgado frente a la ventana, un ramo sin terminar y cuatro damas de honor mirándose como si alguna hubiera extraviado deliberadamente a la protagonista de la boda.

—¿Dónde está? —pregunto.

La hermana de Vera señala la puerta del baño.

—Ha dicho que necesitaba respirar.

Abro.

El baño está vacío.

La ventana también.

—¿Ha salido por aquí?

—Estamos en una segunda planta —responde una de las amigas.

—No sería la primera novia que intenta escapar por una bajante.

Las cuatro se acercan a la ventana.

No hay ninguna novia descendiendo por la fachada. Eso es positivo.

—¿Alguien tiene su teléfono? —pregunto.

La hermana levanta un móvil con una funda cubierta de pequeñas perlas.

—Lo dejó aquí.

—Bien. Vosotras quedaos con el vestido. Nadie informa todavía al novio, a su madre ni a Sara.

—¿Y si no vuelve? —pregunta la maquilladora.

—Volverá.

No lo sé.

Pero en una boda existe una regla básica: la persona que parece saber qué ocurrirá a continuación termina teniendo razón, aunque solo sea porque todos los demás deciden obedecerla.

Salgo al pasillo y encuentro a Lucía subiendo con una caja de prendidos.

—Hemos perdido a la novia.

—¿Perdido como metáfora emocional o como problema de geolocalización?

—Lo segundo.

—¿Cuánto hace?

—Tres minutos.

—Todavía no cuenta como desaparición.

—Busca en la terraza inferior y en la cala. Yo revisaré el jardín y el embarcadero.

—¿Aviso a Álex?

—Solo si la encuentras antes que yo.

—¿Y si no?

—Entonces avísale para que llame a la Guardia Civil y empiece a preparar una explicación para ciento dieciséis invitados.

Bajo las escaleras sin correr.

Correr alarma a los huéspedes y provoca que el personal crea que algo va mal. En los eventos, el pánico debe desplazarse siempre a una velocidad elegante.

Atravieso el vestíbulo, el patio y la terraza principal. Los camareros colocan las últimas copas. Mateo supervisa las estaciones de comida. Sara camina entre las mesas hablando por dos teléfonos a la vez.

Todo parece controlado.

Por supuesto, no lo está.

Álex aparece junto a la piscina con una caja de faroles.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Mira mi cara.

—¿Qué ocurre?

—Vera no está en su habitación.

Deja la caja en el suelo.

—¿Desde cuándo?

—Cinco minutos.

—¿Dónde la has buscado?

—Voy hacia el embarcadero.

—Iré a la cala.

—Lucía está allí.

—Entonces te acompaño.

—No hace falta.

Ya camina a mi lado.

—¿Se ha llevado algo?

—No. Ni teléfono, ni zapatos, ni vestido.

—Eso limita la distancia.

—También aumenta la posibilidad de que alguien la haya visto cruzando el hotel descalza y esté a punto de contárselo a Nora.

Los dos miramos hacia el patio.

Nora conversa con Amalia y Julián, los huéspedes que celebrarán su aniversario la próxima semana. Tiene la libreta abierta.

—No parece saberlo —dice Álex.

—Todavía.

Bajamos hacia el embarcadero.

La música de la ceremonia suena a lo lejos durante la prueba de sonido. Las primeras notas de una versión instrumental demasiado lenta de una canción pop flotan sobre el agua.

—¿Ha pasado algo con el novio? —pregunta Álex.

—Ayer discutieron por la distribución de las mesas.

—Eso no parece motivo para huir.

—La mayoría de las cosas que hacen huir a una novia tampoco lo parecen hasta que lleva meses acumulándolas.

Álex me mira brevemente.

No respondo al mensaje implícito.

Revisamos el embarcadero. Vacío.

La lancha está amarrada. Los cojines permanecen apilados. No hay ninguna mujer descalza escondida detrás de las mesas bajas.

—Voy a comprobar el almacén exterior —digo.

—Yo miraré en la caseta.

Nos separamos.

Encuentro a Vera dos minutos después, sentada entre cajas de velas y rollos de tela, con la espalda apoyada en una estantería.

Lleva una bata de seda, el maquillaje terminado en un ojo y una zapatilla de hotel en el pie derecho. El izquierdo está desnudo.

No llora.

Eso suele ser peor.

—Hola —digo.

Vera levanta la cabeza.

—No se lo digas a nadie.

—Depende.

—No puedo casarme.

Cierro la puerta del almacén detrás de mí.

—De acuerdo.

Su expresión muestra decepción.

—¿No vas a decirme que son nervios?

—Todavía no sé qué son.

Me siento en una caja frente a ella.

—¿No quieres casarte con Marcos?

Vera mira sus manos.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Él te trata bien?

—Sí.

—¿Puedes imaginar una vida sin él?

La respuesta tarda.

—Puedo imaginarla. Pero no quiero vivirla.

—Entonces ¿qué ocurre?

Vera respira lentamente.

—Todo el mundo está tan contento.

—Suele pasar en las bodas.

—Mis padres han pagado una fortuna. Su familia ha viajado desde Inglaterra. Sara dice que la campaña depende de que el primer evento sea perfecto. Hay fotógrafos, una periodista y gente que no conozco colocando flores porque alguien decidió que mi boda tiene que representar el amor verdadero.

—Tu boda no representa nada.

Me mira.

—Eso no es lo que dicen.

—Tu boda es una fiesta muy cara en la que vas a casarte con una persona concreta. No tienes la obligación de demostrar que el amor existe, salvar una campaña ni justificar el viaje de los invitados.

—¿Y si sale mal?

—Algo saldrá mal.

Abre más los ojos.

—No deberías decirme eso.

—Es verdad. Puede llover. Alguien derramará vino. Tu suegra encontrará un problema con el postre aunque le encante. Un niño gritará durante la ceremonia y probablemente una copa acabará en la piscina.

—No hay niños.

—Entonces será un adulto. Pero algo ocurrirá.

Vera se abraza las rodillas.

—Todo el mundo dice que tiene que ser el día más feliz de mi vida.

—Eso sería una noticia bastante triste.

—¿Qué?

—Te quedan muchas décadas. Sería terrible que lo mejor terminara hoy antes de la cena.

La comisura de su boca se mueve.

—No siento lo que se supone que debería sentir.

—¿Qué se supone que deberías sentir?

—Seguridad. Felicidad. Esa cosa que aparece en las películas cuando la novia sabe que está haciendo lo correcto.

—¿Música?

Vera suelta una risa breve.

—Algo así.

—Yo estaba aterrorizada el día de mi boda.

Se queda inmóvil.

No pretendía hablar de eso.

—¿Y sabías que querías casarte? —pregunta.

Pienso en la terraza. En Álex esperándome al final de un pasillo entre sillas que habíamos alquilado porque todavía no podíamos comprarlas. En el viento levantando mi velo. En la certeza y el miedo ocupando exactamente el mismo espacio.

—Sí.

—Pero os divorciasteis.

Ahí está.

La pregunta que todo el mundo evita delante de nosotros mientras construye una campaña alrededor de nuestra segunda oportunidad.

—Sí.

—Entonces quizá el miedo significaba algo.

—Significaba que estaba a punto de tomar una decisión importante. No que fuera incorrecta.

Vera baja la mirada.

—¿Te arrepientes?

De casarme.

La respuesta debería ser sencilla.

No lo es.

Me arrepiento de muchos silencios. De esperar a estar rota para explicar que algo me dolía. De convertir una oferta de trabajo en una prueba que Álex no sabía que debía superar. De firmar el divorcio convencida de que su quietud significaba indiferencia.

Pero no me arrepiento de la terraza.

Ni de aquellos años.

Ni de la vida que construimos antes de dejar de saber cómo compartirla.

—No —respondo—. No me arrepiento de haberlo querido.

Vera me observa.

—Eso no responde del todo.

—Las respuestas completas suelen llegar demasiado tarde para utilizarlas en una boda.

Vuelve a sonreír.

—¿Qué hago?

—Primero, dime qué quieres que ocurra cuando salgas de aquí.

—Quiero ver a Marcos.

—Bien.

—Pero no quiero que me vea antes de la ceremonia.

—Eso complica el plan.

—Ya.

—Podemos hacer que os coloquéis a cada lado de una puerta. Hablaréis sin veros. Si después sigues sin querer casarte, detendremos la boda.

—¿Puedes hacer eso?

—Puedo detener casi cualquier boda. Lo difícil es conseguir que empiece a tiempo.

Vera se pone en pie.

Le ofrezco la mano.

—Falta una zapatilla —dice.

—La encontraremos.

—Mi madre va a matarme.

—No puede hacerlo antes de las fotografías. Ha pagado demasiado.

Cuando salimos del almacén, Álex está junto a la puerta.

No sé cuánto ha escuchado.

Su expresión no revela nada.

—Lucía ha encontrado la otra zapatilla —dice.

Vera se lleva una mano al pecho.

—¿Saben que estoy aquí?

—Solo Lucía. He dicho a los demás que estabas repasando los votos.

—No he escrito votos.

—Eso no lo saben.

Mira hacia mí.

—Marcos está en la biblioteca. Puedo llevarlo hasta la puerta lateral sin que os veáis.

Vera asiente.

Álex le ofrece el brazo para que camine sobre la grava sin hacerse daño en el pie desnudo.

Ella lo acepta.

Yo los sigo.

Cuando llegamos al corredor de servicio, Lucía conduce a Vera de regreso a la suite. Álex va a buscar al novio.

Antes de marcharse, se detiene frente a mí.

—Has estado bien.

—No he hecho nada.

—La has encontrado.

—Estaba en el primer lugar donde una novia puede esconderse sin abandonar el recinto.

—No me refería a eso.

No quiero que hable de lo que ha escuchado.

—Tenemos una boda que organizar.

—Claudia.

—Álex.

Sostiene mi mirada.

—Yo tampoco me arrepiento.

El pasillo parece quedarse sin aire.

No dice de qué.

No hace falta.

—Ve a buscar al novio —respondo.

Esta vez no me molesta que obedezca.

* * *

Vera y Marcos hablan durante diez minutos a cada lado de una puerta.

No escucho la conversación.

Permanezco al final del pasillo con Álex, vigilando que ningún familiar aparezca y arruine el momento.

Marcos sale primero.

Tiene los ojos húmedos y una sonrisa que no necesita ninguna campaña.

—Vamos a casarnos —dice.

—Excelente decisión logística —respondo.

Se ríe.

Álex le da una palmada en el hombro y lo acompaña hacia la terraza.

Cuando Vera regresa a la suite, la maquinaria de la boda vuelve a ponerse en marcha.

Vestido.

Flores.

Fotografías.

Familiares.

Música.

Ciento dieciséis personas convencidas de que todo sucede exactamente según lo previsto.

La ceremonia empieza con solo doce minutos de retraso, lo que, desde un punto de vista profesional, equivale a una puntualidad impecable.

Vera camina hacia Marcos.

Él llora antes de que ella llegue a la mitad del pasillo.

Nora observa desde una de las últimas filas. Cuando me ve junto a la entrada, escribe algo en su libreta.

Intento ignorarla.

Álex está al otro lado de la terraza, pendiente del personal.

Nuestros ojos se encuentran por encima de los invitados.

Él inclina ligeramente la cabeza.

Yo hago lo mismo.

Un gesto diminuto.

La clase de comunicación que nunca nos faltó cuando trabajábamos.

Quizá por eso tardamos tanto en comprender que no servía para todo lo demás.

* * *

El nuevo formato de la cena funciona.

Los invitados recorren el hotel sin saber que el plan nació de una intoxicación alimentaria y una ausencia absoluta de personal. Las estaciones del patio quedan vacías en el momento exacto. Mateo sirve el plato principal sin retrasos. Nadie cae a la piscina.

Todavía.

Estoy comprobando el montaje del embarcadero cuando Álex aparece con dos copas de agua.

Me ofrece una.

—Gracias.

—Sara dice que la cena está siendo un éxito.

—Sara también ha dicho que el recorrido gastronómico era el concepto central de la campaña.

—Mateo ha sugerido tirarla al mar.

—La corriente la devolvería.

Bebo agua.

Álex se apoya en la barandilla.

La música llega desde la terraza principal. Los invitados terminan el postre y, dentro de pocos minutos, regresarán al patio para el baile.

—El hotel no organizaba un evento así desde que te fuiste —dice.

Mantengo los ojos en el mar.

—Habéis hecho bodas.

—No iguales.

—Eso depende del presupuesto.

—No hablo del presupuesto.

—Entonces ¿de qué hablas?

—De esto.

Señala las mesas, los faroles y el camino iluminado hasta la terraza.

—De que todo parezca inevitable después de que algo salga mal. De que nadie se dé cuenta de cuánto trabajo hay detrás.

—Mateo y Lucía también han trabajado.

—Lo sé.

—Y tú.

—También.

—Entonces no entiendo qué intentas decir.

Sí lo entiendo.

Por eso sigo obligándolo a explicarlo.

—Que el Miramar perdió algo cuando te marchaste.

La frase llega tarde.

Dos años tarde.

Quizá más.

—El hotel siguió funcionando.

—Sí.

—Los clientes siguieron viniendo.

—Algunos.

—Y tú seguiste tomando decisiones.

—Demasiadas, por lo que parece.

Lo miro.

—No conviertas esto en una broma.

—No lo hago.

Álex deja la copa sobre la barandilla.

—Pensaba que podía sustituir lo que hacías. Contraté coordinadores. Externalicé eventos. Reduje el número de bodas. Todo funcionaba.

—Entonces sí pudiste.

—Funcionaba. No era lo mismo.

La satisfacción que debería provocarme el reconocimiento no aparece.

Solo una tristeza cansada.

—Habría preferido que te dieras cuenta cuando todavía estaba aquí.

Álex baja la mirada.

—Yo también.

—No basta con decirlo ahora.

—Lo sé.

—Y no quiero que utilices estas doce semanas para demostrarme cuánto me necesitaba el hotel.

—No intento demostrarte nada.

—Acabas de decir que todo fue peor cuando me marché.

—He dicho que no era lo mismo.

—La diferencia es mínima.

—Para mí no.

Antes de que pueda responder, Lucía aparece por el camino.

—Los novios van a abrir el baile.

—Voy —digo.

—Hay un cambio.

Por supuesto.

—¿Cuál?

—Vera quiere que vosotros inauguréis la pista antes que ellos.

La miro.

—No.

—Dice que fuisteis quienes salvaron la boda.

—La boda no necesitaba ser salvada.

—Ella piensa que sí.

Álex se incorpora.

—Podemos negarnos.

—Sara ya lo ha anunciado —añade Lucía.

Cierro los ojos.

Desde la terraza llega la voz del maestro de ceremonias:

—Y antes de recibir a los recién casados, queremos invitar a la pista a la pareja que convirtió este lugar en una historia de amor.

Los invitados aplauden.

—Voy a matar a Sara —digo.

—Después del baile —responde Lucía—. Ahora hay ciento dieciséis personas mirando hacia aquí.

Álex me ofrece la mano.

No me toca.

Espera.

—¿Puedo? —pregunta.

Miro su palma abierta.

Después el patio iluminado.

La música empieza a sonar.

Una canción lenta que conozco demasiado bien.

La que bailamos el día de nuestra boda.

—Esto no estaba acordado —murmuro.

—Lo sé.

—No significa nada.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes.

Álex mantiene la mano extendida.

—Entonces dime qué quieres que diga.

Los aplausos continúan.

Coloco mi mano sobre la suya.

—Di que terminemos rápido.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos.

—Eso puedo intentarlo.

Pero cuando empezamos a caminar hacia la pista, los dos sabemos que bailar juntos nunca fue algo que se nos diera bien hacer deprisa.