CAPÍTULO 8
ÁLEX
Claudia continúa en medio del pasillo con la fotografía apretada contra el pecho.
No responde.
Tampoco se vuelve.
Durante nueve años aprendí a distinguir sus silencios. El que utiliza para ordenar una idea. El que precede a una discusión. El que significa que está cansada y solo necesita cinco minutos antes de volver a ser capaz de hablar con el mundo.
Este no lo conozco.
—No tienes que decir nada —añado.
Error.
Claudia gira la cabeza.
—¿Por qué haces eso?
—¿Qué?
—Decidir cuándo tengo que hablar.
—Acabo de decir que no tienes que hacerlo.
—Exacto.
No entiendo la diferencia y ella lo ve en mi cara.
—No importa.
Entra en el despacho y deja la fotografía sobre la mesa.
—Buenas noches.
—Claudia.
Cierra la puerta.
Escucho el sonido de la cerradura.
Funciona.
Algo que, dadas las circunstancias, no me produce la satisfacción que esperaba cuando la reparé.
Me quedo varios segundos en el pasillo. Después entro en el dormitorio.
La marca clara sobre la cómoda continúa allí, recordándome el lugar que ocupó el marco hasta ayer.
Claudia tenía razón. Podía haberlo guardado.
Lo intenté.
La primera semana después de que se marchara retiré sus libros, vacié parte del armario y metí en cajas todo lo que parecía pertenecerle exclusivamente. Dejé la fotografía sobre la cómoda porque no era suya ni mía.
Era nuestra.
Después firmamos el divorcio y la palabra dejó de servir.
Aun así, no la moví.
No porque esperara que Claudia regresara. Esperar implica creer que algo puede ocurrir. Yo sabía que no lo haría.
La conservé porque retirarla habría significado decidir que aquella felicidad ya no me pertenecía.
Y porque cada mañana, al verla, recordaba que durante un tiempo fui capaz de hacerla reír de esa manera.
No sé si eso es romanticismo o una forma poco eficiente de castigo.
Me tumbo vestido sobre la cama.
Al otro lado de la pared, el sofá cama cruje.
Después se oye un golpe.
—¿Estás bien? —pregunto.
Silencio.
—Claudia.
—Estoy perfectamente.
El sofá vuelve a crujir.
—La pata izquierda se pliega si te mueves demasiado.
—Información que habría sido útil hace media hora.
Me levanto y camino hasta la puerta del despacho.
—Puedo arreglarla.
—No.
—Solo necesito una llave.
—He dicho que no.
—Te vas a caer.
—Me arriesgaré.
—Claudia.
La puerta se abre.
Lleva el pelo recogido, los brazos cruzados y una marca roja en la rodilla.
—¿Qué?
—Te has hecho daño.
Mira la marca.
—He tropezado con la maleta.
—¿Puedo entrar?
Sus ojos se estrechan.
—¿Para qué?
—Para arreglar el sofá.
—Está bien.
La estructura se inclina visiblemente hacia un lado detrás de ella.
—Está intentando cerrarse sobre sí misma.
—No seas dramático.
—Hay una manta atrapada en el mecanismo.
Claudia mira por encima del hombro.
La manta sobresale entre dos barras metálicas.
—Cinco minutos —dice.
Entra y se aparta.
Busco la caja de herramientas debajo del escritorio. Continúa en el mismo lugar porque Claudia la colocó allí cuando reformamos el apartamento y yo nunca encontré una razón suficiente para moverla.
Me arrodillo junto al sofá.
Una de las bisagras se ha soltado. No es difícil repararla, pero Claudia permanece de pie detrás de mí con los brazos cruzados, lo que convierte cada movimiento en una prueba de competencia.
—¿La fotografía sigue en la mesa? —pregunto.
—Sí.
—Puedes devolverla al dormitorio.
—No es asunto mío.
Aprieto el tornillo.
—La sacaste tú.
—Porque estaba buscando una linterna.
—La linterna está en el primer cajón.
—Ahora lo sé.
—Podrías haber preguntado.
—Podrías haber tirado el sofá.
—No está tan mal.
La estructura se cierra de golpe y casi me atrapa los dedos.
Claudia levanta una ceja.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Tu cara sí.
La oigo sonreír.
No la veo, pero conozco el cambio de su voz.
Vuelvo a abrir la estructura y encajo la bisagra.
—Ya está.
Me siento sobre el colchón para comprobarlo.
El lado izquierdo desciende varios centímetros.
—El suelo —digo.
—Claro.
—Es el suelo.
—Álex.
—¿Qué?
—Vete a dormir.
Me levanto.
—Puedes utilizar el dormitorio.
—No vamos a volver a discutirlo.
—No te estoy pidiendo que duermas conmigo.
—Sé lo que me estás pidiendo.
—Entonces sabes que tiene sentido.
—Lo lógico no siempre es lo correcto.
—También decías eso cuando compramos el hotel.
—Y mira cómo ha terminado.
La frase cae entre nosotros.
Claudia aparta la mirada inmediatamente, como si no hubiera querido pronunciarla.
Yo recojo la llave inglesa.
—Buenas noches.
—Álex…
—No pasa nada.
—Sí pasa.
La miro.
—Pero no tenemos que hablar de ello, ¿verdad?
Su expresión se endurece.
No espero una respuesta.
Salgo y cierro la puerta sin hacer ruido.
* * *
A las ocho y cuarto de la mañana encuentro a Nora sentada en el vestíbulo con un café y tres páginas llenas de preguntas.
Pensaba que los periodistas necesitaban observar durante días antes de empezar a convertirte en un problema.
Nora parece trabajar más rápido.
—Buenos días —dice.
—La entrevista era a las nueve.
—He bajado antes a desayunar.
Miro su libreta.
—¿Con preguntas?
—Siempre desayuno con preguntas.
—Debe de ser agotador para la gente que vive contigo.
—Vivo sola.
—Tiene sentido.
Sonríe y cierra la libreta.
—¿Dónde está Claudia?
—Preparándose.
—¿En el apartamento?
—Sí.
—Entonces convivís.
—Temporalmente.
—Por la avería.
—Exacto.
—¿Y dormís en habitaciones separadas?
La miro.
—Eso no forma parte de la entrevista.
—Todavía.
Lucía aparece detrás del mostrador con una bandeja de llaves.
—¿Necesitas algo, Nora?
—Confirmar si queda alguna habitación libre en el hotel.
Mi hermana me mira.
—No.
—Ninguna.
—Tenemos ocupación completa a partir de mañana y las libres están afectadas por la reparación.
Nora asiente.
—Así que Claudia no tiene más remedio que vivir con Álex.
—Tiene un sofá cama —dice Lucía.
—Inclinado —añado.
Mi hermana me observa.
—Pensaba que lo habías arreglado.
—El suelo está desnivelado.
—El suelo lo pusiste tú.
Nora abre la libreta.
—No escribas eso —digo.
—Todavía no he escrito nada.
—Tienes el bolígrafo en la mano.
—También desayuno con bolígrafo.
Claudia aparece en la escalera.
Lleva un vestido blanco de lino, sandalias y el pelo recogido en una coleta baja. Parece haber dormido bien.
Sé que no lo ha hecho porque tiene una pequeña línea entre las cejas y porque ha utilizado corrector debajo de los ojos. Antes me pedía que comprobara si se notaba.
Ahora aparto la vista antes de que parezca que la observo demasiado.
—¿Empezamos? —pregunta.
Nora mira alternativamente a los dos.
—En la terraza. Hay mejor luz.
—No es una sesión fotográfica —dice Claudia.
—No. Pero prefiero veros bien cuando mentís.
Lucía tose para disimular una risa.
* * *
Nos sentamos en la mesa más alejada del comedor.
Nora coloca una grabadora entre nosotros.
Claudia la mira como si pudiera explotar.
—No publicarás ninguna cita sin contexto —dice.
—Lo acordamos.
—Y podremos revisar los datos personales.
—Los datos, no el enfoque.
—Eso sigue sin gustarme.
—No tiene que gustarte.
Claudia se vuelve hacia mí.
—Recuérdame por qué hacemos esto.
—Setecientos veinte mil euros.
—Gracias.
Nora enciende la grabadora.
—Empecemos por algo sencillo. ¿Cómo os conocisteis?
Claudia y yo respondemos al mismo tiempo.
—En una boda —dice ella.
—En un funeral —digo yo.
Nora levanta las cejas.
Claudia me mira.
—No fue un funeral.
—Técnicamente sí.
—Era un homenaje.
—Había un ataúd.
—Vacío.
—Eso no lo hacía menos funerario.
Nora apoya los brazos sobre la mesa.
—Creo que vamos a necesitar la historia completa.
Claudia suspira.
—Una amiga de mi madre organizó una ceremonia para despedirse simbólicamente de su matrimonio.
—El marido seguía vivo —aclaro.
—Y estaba invitado.
—Llegó con su nueva novia.
—Que llevaba un vestido blanco.
—No sabía que era una ceremonia de divorcio.
Claudia me mira.
—Todo el mundo sabía que era una ceremonia de divorcio.
—Yo no.
—Tú habías ido a entregar el vino.
—Exacto. Pensaba que era un funeral.
Nora sonríe.
—¿Y Claudia?
—Yo organizaba el evento —responde ella—. Era uno de mis primeros trabajos.
—Había un ataúd rosa en medio de una finca —digo.
—La clienta quería enterrar simbólicamente su matrimonio.
—También quería lanzar las alianzas a un estanque.
—Hasta que tú señalaste que podían comérselas los patos.
—Era una preocupación razonable.
Claudia intenta mantener una expresión seria.
—Dijiste que los patos se divorciarían.
—Era una broma.
—No lo parecía.
—Estaba nervioso.
Nora mira de uno a otro.
—¿Por qué?
Claudia se adelanta.
—Porque derramó vino sobre la clienta.
—Fue el exmarido.
—Tú le entregaste la botella abierta.
—Él la movió.
—Porque vio a su nueva novia abrazando al instructor de yoga.
—La ceremonia era complicada.
—La ceremonia era perfecta hasta que llegaste.
—Y, aun así, me diste tu teléfono.
Claudia se queda callada.
La sonrisa desaparece, pero no del todo.
—Me pediste el presupuesto de una reforma —dice.
—Necesitaba ayuda con el hotel.
—No sabías que yo organizaba espacios.
—Vi lo que habías hecho con aquella finca.
—Había un ataúd rosa.
—Pero todo funcionaba.
Nora no interviene.
Por primera vez desde que empezó la entrevista, no parece estar buscando una grieta. Solo escucha.
—¿Cuándo os enamorasteis? —pregunta.
Claudia baja la mirada hacia la mesa.
—Eso no es sencillo.
—Nunca lo es.
—Yo lo sé —digo.
Ella gira la cabeza.
No había pensado decirlo.
Ahora no puedo retirarlo.
—¿Cuándo? —pregunta Nora.
Miro a Claudia.
—La noche que se cayó parte del techo del comedor.
—Eso ocurrió seis meses después de conocernos.
—Sí.
—Ya estábamos juntos.
—No he dicho cuándo empezamos a salir.
—Ha preguntado cuándo te enamoraste.
—Y he respondido.
Claudia deja las manos sobre el regazo.
—¿Por qué esa noche?
La pregunta la hace ella, no Nora.
Durante años supuse que lo sabía.
—Porque pensé que ibas a marcharte.
Claudia frunce el ceño.
—¿Por el techo?
—Habíamos gastado casi todo el dinero. Llevábamos cuatro meses de retraso y el arquitecto dijo que reparar la estructura podía costar otros treinta mil euros.
—Veintisiete mil.
—No es importante.
—En ese momento sí.
—Te encontré sentada en el suelo, debajo del agujero, haciendo una lista.
—Intentaba calcular qué podíamos vender.
—Habías incluido mi coche.
—Tenías una furgoneta.
—Era de mi abuelo.
—Y consumía veinte litros cada cien kilómetros.
—El caso es que no estabas llorando ni haciendo la maleta. Estabas buscando una solución.
Claudia guarda silencio.
El mar suena detrás de nosotros.
—Eso no explica por qué te enamoraste —dice.
—Me preguntaste si todavía quería hacerlo.
—¿El hotel?
—Todo.
Recuerdo aquella noche con una claridad que no esperaba. El polvo suspendido en el aire. La luz de una bombilla portátil. Claudia sentada sobre una manta, con el pelo lleno de yeso y una calculadora en la mano.
Yo estaba convencido de que iba a decir que habíamos cometido un error.
Ella me preguntó si seguía queriendo construir el hotel con ella.
No para ella.
Con ella.
—Dije que sí —continúo—. Y tú respondiste que entonces ya encontraríamos una forma.
Claudia me mira como si hubiera olvidado que yo también conservaba aquel recuerdo.
—Después comimos aceitunas —dice.
—Era lo único que quedaba.
—También había atún.
—Estaba caducado.
—Tú te lo comiste.
—Tenía hambre.
—Pasaste toda la noche convencido de que ibas a morir.
—Ponía una fecha.
—De hacía tres meses.
—Las fechas significan algo.
Claudia se ríe.
No la sonrisa breve y controlada que ha permitido durante los últimos días.
Se ríe de verdad.
Inclina la cabeza y se lleva una mano a la boca. Yo empiezo a reír también porque recuerdo que pasé seis horas preguntándole si tenía la piel amarilla mientras ella intentaba calcular cómo reparar el techo.
—Me despertaste a las cuatro de la mañana —dice— para preguntarme si el atún podía provocar alucinaciones.
—La sombra de la lámpara se movía.
—Porque había una polilla.
—Muy grande.
—Medía dos centímetros.
—Eso es grande para una polilla.
Claudia vuelve a reír.
Durante unos segundos no existe la grabadora.
Ni Nora.
Ni el contrato.
Solo Claudia delante de mí, riéndose de algo que ocurrió cuando todavía creíamos que cualquier desastre podía arreglarse si lo afrontábamos juntos.
Cuando levanto la vista, Nora nos observa en silencio.
La risa de Claudia se apaga.
Mira la grabadora.
Después me mira a mí.
Algo cambia en su expresión.
No vergüenza.
Miedo.
Porque durante unos minutos los dos hemos olvidado que se suponía que estábamos fingiendo.
Nora apaga la grabadora.
—Creo que ya tengo suficiente para hoy.
Claudia se levanta inmediatamente.
—Necesito revisar el montaje de la boda.
—Por supuesto.
Recoge su teléfono y se aleja hacia el interior.
No la sigo.
Nora guarda la grabadora.
—Esa historia no estaba preparada —dice.
—No.
—Tampoco la forma en que la mirabas.
—No escribas eso.
—No necesito escribirlo.
Se pone en pie.
—Las fotografías lo mostrarán solas.
—No había cámaras.
Nora señala discretamente la puerta del comedor.
Vega está al otro lado del cristal, revisando su equipo con una de las asistentes.
No sé cuánto tiempo lleva allí.
—Sara quería imágenes de la entrevista —explica Nora—. Pensaba que lo sabíais.
Miro hacia el vestíbulo.
Claudia ya ha desaparecido.
—No —respondo—. No lo sabíamos.
Nora recoge su taza.
—Entonces quizá esta sea la primera fotografía realmente útil de la campaña.
—¿Por qué?
—Porque es la primera en la que ninguno de los dos recuerda que está trabajando.
Se marcha.
Me quedo solo frente al mar.
Sobre la mesa, la taza de Claudia conserva una marca de carmín en el borde.
Durante años pensé que nuestro matrimonio terminó porque ella dejó de elegir esta vida.
Ahora empiezo a preguntarme cuántas veces siguió eligiéndola sin que yo me diera cuenta.