Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

CLAUDIA

La primera vez que entré en este apartamento no había suelo en la cocina.

Tampoco puertas, instalación eléctrica ni una pared completa entre el dormitorio y el salón. Álex caminaba sobre dos tablones colocados encima de las vigas mientras yo permanecía junto a la entrada, intentando decidir si debía llamar a un arquitecto o a los servicios de emergencia.

—Aquí viviremos nosotros —dijo.

—Aquí no puede vivir ni una rata con tendencias suicidas.

Seis meses después dormimos en un colchón sobre el suelo porque habíamos gastado todo el presupuesto en terminar las habitaciones de los huéspedes.

Durante nueve años, este lugar fue nuestra casa.

Ahora permanezco en el recibidor mientras Álex deja mi maleta junto al sofá y siento que he irrumpido en la vida de otra persona.

No ha cambiado demasiado.

El sofá sigue frente a los ventanales. La mesa baja continúa llena de pequeñas marcas porque Álex nunca utilizó posavasos hasta que le expliqué que el agua también podía estropear muebles restaurados en el siglo XXI.

Las estanterías conservan los libros que compramos juntos, aunque hay huecos donde antes estaban los míos.

No hay zapatos junto a la puerta.

Ni chaquetas femeninas en el perchero.

Ni una segunda taza abandonada en la mesa.

No debería estar comprobándolo.

—Puedes quedarte en el dormitorio —dice Álex.

—No.

—El sofá cama es incómodo.

—Entonces me alegro de que vayas a dormir en él.

Me mira.

—Eso es lo que proponía.

—No has dicho eso.

—He dicho que podías quedarte en el dormitorio.

—Podías referirte a que tú también ibas a quedarte.

—Claudia, no pienso meterte en mi cama por una avería eléctrica.

—No es tu cama.

La frase sale antes de que pueda detenerla.

Álex guarda silencio.

Durante años fue nuestra cama. Yo elegí el colchón. Él insistió en que necesitábamos uno más firme y después pasó seis meses quejándose de dolor de espalda hasta que aceptó cambiarlo.

Ahora es su cama.

No debería importarme la diferencia.

—Tienes razón —dice—. Es la cama del dormitorio.

—Eso tampoco mejora la frase.

—No sé cómo quieres que la llame.

—No quiero que la llames de ninguna manera.

Cojo la maleta.

Álex no intenta impedírmelo esta vez.

Camino hacia la habitación que antes utilizábamos como despacho. El sofá cama está abierto y cubierto con unas sábanas limpias. Alguien ha colocado una almohada, una manta ligera y una lámpara sobre la mesa.

—¿Cuándo has preparado esto?

—Esta mañana.

Me vuelvo.

—Esta mañana no sabíamos que tendría que mudarme.

—Pensaba utilizarlo si llegaba algún huésped de última hora.

—Claro.

—O si Lucía bebía demasiado durante la boda y no quería conducir.

—Por supuesto.

—No lo he preparado para ti.

—No he dicho que lo hicieras.

Lo ha preparado para mí.

No sé cuándo. Tal vez mientras yo hablaba con la novia. Quizá llamó a alguien para que subiera las sábanas después de conocer la avería.

El resultado es el mismo: Álex anticipó lo que podía necesitar y se ocupó de ello sin preguntarme.

Antes ese tipo de gesto me hacía sentir querida.

Después empezó a parecerme una forma de evitar las conversaciones importantes.

—Dormiré aquí —digo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque yo mido uno ochenta y siete y tú uno sesenta y seis.

—Uno sesenta y ocho.

—No.

—Sí.

—Te he medido.

—Eso suena inquietante fuera de contexto.

—Compramos una bicicleta para ti. Necesitaba saber tu altura.

—Y desde entonces he crecido.

Álex apoya una mano en el marco de la puerta.

—Tenías veintiocho años.

—La ciencia no lo sabe todo.

Su boca se curva.

Yo debería mantenerme seria.

No lo consigo.

La sonrisa aparece antes de que pueda impedirlo y desaparece casi de inmediato, pero él la ha visto.

—Dormirás en el dormitorio —dice.

—No puedes echarme del sofá cama.

—Puedo desmontarlo.

—No te atreverías.

—Lo monté yo.

—Eso explica por qué está inclinado.

Álex mira el sofá.

—No está inclinado.

—El lado izquierdo está más bajo.

—Es el suelo.

—El suelo lo colocaste tú.

—Con ayuda.

—De un albañil que dejó el trabajo después de dos días.

—Tenía otro proyecto.

—Dijo que no quería morir aplastado por un techo.

—Era dramático.

—Se llamaba Prudencio. Tenía setenta años. Se había ganado el derecho.

Álex se ríe.

El sonido me atraviesa con una facilidad injusta.

Hace mucho tiempo que no lo escucho reír así. Sin ironía. Sin educación. La risa grave y breve que termina con una inspiración como si le sorprendiera haberla dejado escapar.

Por un instante, la habitación vuelve a ser nuestro despacho. Hay facturas sobre la mesa, polvo en el suelo y una botella de vino barato esperando a que terminemos de trabajar.

Me giro hacia la maleta.

—Me quedo aquí.

—Claudia.

—Es una semana.

—Como mínimo.

—Gracias por recordármelo.

—No pretendía…

—Ya sé lo que pretendías.

Abro la cremallera con más fuerza de la necesaria.

Álex permanece en la puerta.

—El baño está libre de siete a siete y media —digo.

—¿Has decidido un horario?

—Necesitamos uno.

—Yo suelo ducharme a las siete.

—Entonces tendrás que levantarte antes.

—Vivo aquí.

—Y yo estoy intentando no invadir tu intimidad.

—Puedes ducharte cuando quieras.

—No quiero entrar mientras tú estás desnudo.

Álex inclina la cabeza.

—Podría cerrar la puerta.

—La cerradura no funciona.

—Sí funciona.

—Nunca ha funcionado.

—La arreglé.

Lo miro.

—¿Cuándo?

—Hace tiempo.

—¿También reparaste el grifo?

—Sí.

—¿Y la puerta del armario que se descolgaba?

—Sí.

—¿Queda algo roto en esta casa?

Su expresión cambia.

—Algunas cosas.

El silencio llega antes de que pueda evitarlo.

Dejo una camiseta dentro del cajón con más cuidado del necesario.

—De siete a siete y media —repito.

—De acuerdo.

—Y no entres en el baño.

—Hay una puerta.

—Con cerradura recién descubierta. Lo sé.

Álex se aparta del marco.

—Voy a preparar la cena.

—No tengo hambre.

—Has comido medio canapé desde el desayuno.

—¿Me estás vigilando?

—Trabajabas delante de mí.

—No significa que tengas que llevar un registro.

—No llevo ningún registro.

—Sabes exactamente lo que he comido.

—Siempre lo sé.

Se marcha antes de que pueda responder.

Me quedo sola en la habitación.

Siempre lo sé.

Eso era parte del problema.

Álex sabía cuándo necesitaba café, cuándo tenía frío y cuánto tardaba en empezar a dolerme la cabeza si no comía a tiempo.

Pero no supo que estaba desapareciendo.

O lo supo y pensó que bastaba con dejarme un plato preparado.

* * *

La cena consiste en lubina, verduras asadas y una ensalada que Álex ha preparado con las hojas pequeñas porque sabe que odio encontrar trozos de lechuga del tamaño de un mantel.

No comento el detalle.

Él tampoco.

Nos sentamos en extremos opuestos de la mesa de la cocina, aunque cabrían seis personas entre nosotros si la mesa no estuviera diseñada para cuatro.

—Mateo ha enviado la planificación del menú —dice.

—La he visto.

—Necesita confirmar mañana el número de camareros.

—Lucía ha conseguido cuatro más.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Me lo ha dicho.

—¿Cuándo?

—Hace diez minutos.

Miro su teléfono.

Está boca abajo junto al plato.

—No has recibido ningún mensaje.

—Ha entrado mientras tú deshacías la maleta.

—No la he oído.

—Estabas discutiendo con un cajón.

—No cerraba.

—Hay que levantarlo un poco.

—Podrías haberlo arreglado.

—No sabía que ibas a mudarte.

—No me he mudado.

—Te estás quedando.

—Temporalmente.

—Eso es lo que significa quedarse.

—No cuando tú lo dices.

Álex corta un trozo de pescado.

—¿Quieres vino?

—No.

—¿Agua?

—Ya tengo.

—¿Pan?

—Álex.

Levanta la vista.

—¿Qué?

—No necesitas atenderme.

—Estamos cenando.

—Actúas como si fuera una huésped.

—Si fueras una huésped, no te habría dejado escoger el horario del baño.

—No lo he escogido. Lo he establecido.

—Eso es escoger con más autoridad.

Intento no sonreír.

Esta vez lo consigo.

Durante unos minutos solo se oye el sonido de los cubiertos y el mar al otro lado de los ventanales.

No resulta incómodo.

Eso es lo incómodo.

Pensaba que compartir espacio con él después de dos años sería como llevar unos zapatos que ya no me corresponden: reconocibles, pero dolorosos.

En cambio, mi cuerpo recuerda dónde están las cosas.

He abierto el cajón de los cubiertos sin mirar. He encontrado la sal detrás del aceite. Cuando Álex se ha levantado para sacar agua de la nevera, he recogido las piernas antes de que pasara, igual que hacía cada noche.

La convivencia no ha desaparecido.

Solo estaba esperando.

—Daniel te ha enviado la hora de la entrevista —dice Álex.

Dejo el tenedor.

—¿Cómo lo sabes?

—Tu teléfono se ha iluminado.

Miro la encimera. La pantalla muestra una notificación de correo.

—No deberías leer mis mensajes.

—No lo he leído. Aparecía su nombre y el asunto.

—Eso es leer una parte.

—No sabía que mirar una pantalla encendida exigiera consentimiento.

—Ahora lo sabes.

—De acuerdo.

Su tono es tranquilo.

Demasiado.

—¿Vas a ir a Madrid? —pregunta.

—Sí.

—¿Cuándo?

—El jueves.

—Tenemos la prueba completa del evento.

—Volveré por la tarde.

—Puedes quedarte una noche si lo necesitas.

—No lo necesito.

—No tienes que regresar deprisa por la campaña.

—No voy a hacerlo por la campaña.

Álex asiente.

No pregunta por qué lo haré.

Tampoco si Daniel estará allí.

Me molesta tanto que pregunte como que no lo haga.

—¿Tú has estado con alguien? —pregunto.

La frase aparece sin permiso.

Álex deja los cubiertos.

—¿Desde el divorcio?

—No me refería a esta tarde.

—No.

Su respuesta es rápida.

—¿No qué?

—No he tenido ninguna relación.

—No he preguntado si has tenido una relación.

—Ya.

El calor me sube por el cuello.

—No hace falta que respondas.

—He salido con alguna persona.

El pescado deja de tener sabor.

—Entiendo.

—Pero no ha habido nada serio.

—No te he pedido detalles.

—Has preguntado.

—Ha sido un error.

—Claudia.

—No necesito saber con quién te acuestas.

—No me he acostado con nadie en esta casa.

Lo miro.

—Eso tampoco lo he preguntado.

—Pero lo estabas pensando.

Lo estaba.

Quería saber si otra mujer había dormido en nuestro dormitorio. Si había utilizado el baño que acabamos de repartir por turnos. Si había bebido café en la taza amarilla.

La pregunta me parece humillante.

—Puedes hacer lo que quieras —digo.

—Lo sé.

—Estamos divorciados.

—También lo sé.

—Entonces no hay ningún problema.

—No he dicho que lo haya.

—Bien.

—Bien.

Volvemos a comer.

La palabra se queda sobre la mesa entre los dos, demostrando exactamente lo contrario.

* * *

Después de cenar, Álex baja al vestíbulo para revisar una llegada tardía.

Yo me ducho, me pongo un pantalón corto y una camiseta vieja y decido comprobar los correos antes de dormir.

El sofá cama está realmente inclinado.

Intento corregirlo, pero una de las patas se pliega y la estructura amenaza con cerrarse sobre mí.

—Perfecto —murmuro.

Busco una linterna en el cajón del escritorio y encuentro una caja de fotografías.

No debería abrirla.

La abro.

Hay imágenes de las obras, facturas antiguas, postales y varias fotografías que reconozco. La inauguración. El primer equipo del hotel. Lucía con un uniforme dos tallas más grande. Mateo sosteniendo una tarta hundida.

Debajo aparece una fotografía de nuestra boda.

No una copia promocional.

La original que teníamos en el dormitorio.

Álex y yo estamos en la terraza, frente al mar. Yo llevo un vestido sencillo y él me sujeta por la cintura. No miramos a la cámara. Estamos riéndonos porque, justo antes de la fotografía, una gaviota intentó robar una de las flores del arco.

Pensaba que Álex la había guardado con mis cosas.

Salgo de la habitación con la fotografía en la mano.

El dormitorio está vacío.

En la cómoda hay una marca rectangular, más clara que el resto de la madera.

El tamaño exacto del marco.

No guardó la fotografía al divorciarnos.

La retiró ayer.

O esta mañana.

La ha escondido en el despacho antes de que yo me instalara.

Escucho la puerta del apartamento.

Álex entra y me encuentra en el pasillo con la fotografía entre los dedos.

Se detiene.

—Estaba en un cajón —digo.

—Ya.

—Pensaba que la habías quitado hace años.

No responde.

—¿Cuándo la retiraste?

—Ayer.

La sinceridad duele más de lo que debería.

—¿Por qué?

Álex deja las llaves sobre la mesa.

—Porque ibas a dormir en el dormitorio.

—Entonces seguía ahí.

—Sí.

—Durante dos años.

—Sí.

No sé qué hacer con la respuesta.

Miro la imagen. La versión de nosotros que todavía no sabía que el amor podía permanecer y, aun así, no ser suficiente.

—Podías haberla guardado —digo.

—Podía.

—Pero no lo hiciste.

—No.

—¿Por qué?

Álex sostiene mi mirada.

—Porque seguía siendo mi boda.

La frase me deja inmóvil.

No dice nuestro matrimonio.

Ni nuestra historia.

Su boda.

Una parte de su vida que no desapareció cuando yo me marché.

La puerta del apartamento se abre sin llamar.

Álex y yo nos volvemos al mismo tiempo.

Nora aparece con una libreta en una mano y el teléfono en la otra.

Sus ojos bajan hacia mi camiseta, mis piernas desnudas y la fotografía de boda que sostengo.

Después mira a Álex, que sigue vestido, aunque sin zapatos y con los dos primeros botones de la camisa abiertos.

—Perdón —dice.

No parece arrepentida.

—Lucía me dijo que podía subir para confirmar el horario de mañana.

Miro el reloj de la pared.

Son casi las once.

—Podías haber llamado —respondo.

—Lo hice.

Mi teléfono está sobre el sofá del despacho.

Álex se acerca a la puerta.

—Mañana a las nueve.

Nora no se mueve.

—¿Vivís juntos en el apartamento?

—Temporalmente —digo.

—Por una avería —añade Álex.

Nora mira la fotografía.

—Claro.

Cierro los dedos alrededor del marco.

—No significa nada.

Nora sonríe con una amabilidad peligrosa.

—Yo no he dicho que significara algo.

Álex abre más la puerta.

—Buenas noches, Nora.

—Buenas noches.

Sale al pasillo.

Antes de que Álex cierre, se vuelve hacia nosotros.

—Por cierto, mañana me gustaría empezar la entrevista hablando de vuestra boda.

La puerta se cierra.

Álex y yo nos quedamos en silencio.

Miro la fotografía que todavía sostengo.

—No voy a hacerlo.

—Lo sé.

—Y esto no cambia nada.

—También lo sé.

Odio que vuelva a responder así.

Camino hacia el despacho, pero Álex pronuncia mi nombre.

—Claudia.

Me detengo sin girarme.

—La fotografía no estaba ahí porque esperara que volvieras.

No sé si la aclaración me alivia o me decepciona.

—Entonces ¿por qué?

Su respuesta tarda.

—Porque todavía no sabía qué hacer con todo lo que quedó cuando te fuiste.

Aprieto el marco contra mi pecho.

Esta vez no encuentro ninguna norma que me diga qué debería contestar.