Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

ÁLEX

No estoy celoso de Daniel.

Esa es la conclusión a la que llego después de pasar cuarenta minutos buscando información sobre él en internet.

Director creativo. Treinta y ocho años. Vive en Madrid. Corre medias maratones. Ha concedido una entrevista en la que afirma que su mayor virtud profesional es saber detectar el talento antes que los demás.

Tiene una fotografía delante de un edificio en Copenhague, otra sosteniendo una copa en una azotea y demasiadas camisas blancas para alguien que no dirige una secta.

Cierro la página.

No estoy celoso.

Solo necesito saber quién pretende contratar a Claudia. Es una cuestión profesional. Si va a dirigir proyectos importantes, conviene comprobar que la empresa es solvente y que su futuro jefe no utiliza frases como «crear experiencias que transformen el alma de las marcas».

Las utiliza.

—¿Estás investigando al novio de Claudia?

Cierro el portátil de golpe.

Mateo permanece apoyado en el marco de la puerta con una caja de verduras en los brazos.

—No es su novio.

—Entonces ya has investigado bastante.

—Estoy trabajando.

—Claro.

Entra en el despacho y deja la caja sobre una silla.

—Cuando yo trabajo, suelo tener abiertos documentos de proveedores. Tú estabas mirando una fotografía de un hombre en bicicleta.

—Es el director creativo de una empresa con la que podríamos colaborar.

Mateo inclina la cabeza.

—¿Podríamos?

—Claudia podría.

—Ah.

Ese sonido contiene demasiado.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Has dicho «ah».

—Era una vocal. No sabía que podía iniciar una discusión.

Abro el portátil otra vez. La cara de Daniel continúa ocupando la pantalla.

Lo cierro de nuevo.

—¿Necesitas algo?

—Sí. Que vengas a la cocina.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos un pequeño problema.

Mateo nunca utiliza la palabra pequeño cuando el problema lo es.

Me levanto.

—¿Qué ha pasado?

—La empresa de catering del evento del sábado acaba de cancelar.

—¿Por qué?

—Una intoxicación.

—¿De los clientes?

—De la mitad de su plantilla.

Me detengo.

—No sé si eso es mejor.

—Para nosotros, sí. Para ellos, probablemente no.

El sábado se celebra la primera boda de la campaña. Ciento dieciséis invitados, cena en la terraza y un menú cerrado desde hace cuatro meses. El catering se ocupa del personal de sala, parte de la vajilla y dos cocineros adicionales.

—¿Pueden enviar a otro equipo?

—No.

—¿Y las empresas de la zona?

—He llamado a tres. Todas tienen eventos.

—Llama a Valencia.

—Ya lo he hecho.

—Alicante.

—También.

—¿Y Sara?

—Está en el patio explicándole a un técnico que las luces cálidas no son suficientemente cálidas.

—Por supuesto.

Salgo del despacho.

Mateo me sigue.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La novia está aquí.

—Llegaba esta tarde.

—Ha adelantado el viaje.

—¿Sabe lo del catering?

—Todavía no.

—Bien. Que siga así.

—Ha pedido probar otra vez el postre.

—¿Por qué?

—Anoche soñó que a su suegra no le gustaba.

Lo miro.

—¿Y eso cambia algo?

—En las bodas, los sueños de las novias tienen más fuerza legal que los contratos.

Atravesamos el vestíbulo.

Claudia está junto al mostrador de recepción hablando con Nora. Lleva el pelo recogido, una carpeta contra el pecho y la expresión concentrada que siempre aparece cuando alguien le plantea un problema.

Durante años pensé que lo que más me gustaba de ella era su capacidad para resolverlos.

Después comprendí que era la manera en que conseguía que todo el mundo creyera que podía resolverlos.

Incluso cuando no tenía la menor idea.

Lucía se acerca y le susurra algo.

Claudia levanta la vista hacia mí.

Ya lo sabe.

—Despacho —dice.

No pregunta.

Se dirige hacia allí y los demás la seguimos.

Sara tarda menos de dos minutos en aparecer, acompañada por dos asistentes y una nube de perfume caro.

—No podemos cambiar la fecha —anuncia antes de cerrar la puerta.

—Nadie ha propuesto cambiarla —dice Claudia.

—La pareja ha viajado desde Londres. Hay invitados que ya están volando.

—Lo sabemos.

—Y el primer evento debe ser impecable.

—También lo sabemos.

Sara mira a Mateo.

—¿Puede asumir la cocina?

—La cocina, sí. El servicio completo, no.

—Contrataremos camareros.

—No hay suficientes disponibles —responde Claudia—. He llamado a nueve empresas.

La miro.

—¿Cuándo?

—Mientras tú venías.

—Han sido cuatro minutos.

—Por eso solo he llamado a nueve.

Mateo sonríe.

Sara empieza a caminar por la habitación.

—Necesitamos una solución.

—Podemos modificar el formato —dice Claudia.

—El formato está aprobado.

—El formato dependía de recursos que ya no existen.

—La novia ha contratado una cena formal.

—La novia ha contratado una experiencia que todavía podemos ofrecerle. Lo que no podemos hacer es fingir que nada ha cambiado y esperar que treinta personas trabajen como sesenta.

Sara se detiene.

—¿Qué propones?

Claudia abre la carpeta.

—Convertir la cena en un recorrido por distintos espacios del hotel. Cóctel en el patio, entrantes en la terraza inferior, plato principal en mesas largas junto a la piscina y postre en el embarcadero.

—Eso requiere más movimientos de invitados.

—Pero menos personal simultáneo. Cada espacio se monta antes y el mismo equipo se desplaza. Eliminamos el servicio individual de dos platos, mantenemos el principal y convertimos los entrantes en estaciones atendidas por cocina.

Mateo se acerca a la mesa.

—Podría funcionar.

—Necesitaríamos reducir el menú —digo.

—No reducirlo. Reestructurarlo —corrige Claudia—. Los sabores se mantienen. Cambia la presentación.

Sara frunce el ceño.

—La campaña se ha vendido como lujo.

—El lujo no consiste en tener a alguien detrás de cada silla. Consiste en que el invitado crea que todo ha sido diseñado exactamente para él.

Claudia coloca varias hojas sobre la mesa.

Ha dibujado un esquema del recorrido. Flechas, horarios, necesidades de cada espacio.

—El patio ya está iluminado. Podemos trasladar las flores de la ceremonia después de las fotografías.

La terraza inferior no necesita montaje adicional porque las mesas de apoyo están guardadas en el almacén.

La piscina se cierra después del cóctel y utilizamos el personal del bar para el servicio del principal.

—¿Y el embarcadero? —pregunto.

—Faroles, cojines y las mesas bajas que usamos en el aniversario de la familia Soler.

La recuerdo.

Fue uno de los últimos eventos que organizamos juntos.

—Siguen en el almacén exterior —digo.

Claudia asiente.

—Lo sé.

Sara estudia el esquema.

—Tendríamos que explicárselo a la novia.

—Se lo explicaré yo.

—Está nerviosa.

—Las novias nerviosas son mi especialidad.

—Creía que eran las flores espontáneas y simétricas —digo.

Claudia me mira.

—También.

Durante un instante, la sala deja de parecer una reunión de crisis.

Mateo disimula una sonrisa.

Sara no.

—Necesito un presupuesto en una hora —dice.

—Cuarenta minutos —responde Claudia—. Si esperamos una hora, perderemos a dos de los camareros que he localizado.

—¿Ya has localizado camareros?

—Seis. Necesitamos ocho más, pero podemos cubrir dos puestos con personal de recepción durante el cóctel.

Lucía levanta una mano.

—Me ofrezco voluntaria antes de que alguien decida por mí.

Claudia continúa.

—Mateo, necesito que ajustes el menú. Álex, comprueba el mobiliario y llama a mantenimiento. Lucía, localiza a todos los empleados que hayan trabajado en eventos. Sara, necesito que no informes a la pareja hasta que tengamos la propuesta cerrada.

Sara arquea una ceja.

—¿Me estás dando instrucciones?

—Sí.

El silencio dura un segundo.

—Bien —responde Sara—. Tienes cuarenta minutos.

Sale de la sala.

Mateo recoge las hojas.

—He echado de menos esto.

Claudia lo mira.

—¿Una cancelación a tres días de una boda?

—Que alguien sepa qué demonios estamos haciendo.

Ella sonríe.

Yo no digo nada.

Porque también lo he echado de menos.

Y porque admitirlo delante de todos sería más peligroso de lo que debería.

* * *

Dos horas después, la novia abraza a Claudia en medio del patio.

No se limita a aceptar el nuevo formato. Dice que es mucho más especial que la cena original y pregunta si podrán mantenerlo en secreto para sorprender a los invitados.

Sara se atribuye la idea delante de ella.

Claudia no la contradice.

Espera hasta que la pareja se marcha y se vuelve hacia mí.

—Si vuelve a decir «nuestro concepto» cuando habla de mi trabajo, voy a lanzarla a la piscina.

—Es poco profunda.

—Entonces tendrá tiempo de reflexionar.

Estamos junto a las puertas de la terraza. Los empleados transportan mesas mientras Mateo prueba una versión reducida del menú.

—Ha sido una buena solución —digo.

—Ha sido la única.

—Eso no la hace menos buena.

Claudia baja la vista hacia su carpeta.

Nunca ha sabido aceptar elogios cuando le importan.

Con los clientes sonríe y da las gracias. Conmigo busca una forma de discutirlos.

—Todavía puede salir mal —responde.

—También podía salir mal el plan original.

—Qué tranquilizador.

—No intentaba tranquilizarte.

—Se nota.

El viento levanta una hoja de la carpeta. La atrapo antes de que caiga al jardín y se la entrego.

Nuestros dedos se rozan.

Claudia retira la mano.

No de manera brusca.

Aun así, lo noto.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo.

—Depende.

—¿Eres feliz en Madrid?

Su expresión cambia.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque nunca te lo he preguntado.

—Han pasado dos años.

—Lo sé.

—Y decides hacerlo después de escuchar que podría conseguir un trabajo nuevo.

—No tiene que ver con Daniel.

—Yo no he mencionado a Daniel.

—Pero lo estabas pensando.

Claudia cruza los brazos.

—¿Has buscado información sobre él?

No respondo lo bastante rápido.

—Dios mío.

—Solo he mirado su perfil profesional.

—¿Por qué?

—Quería saber quién era.

—Podías preguntarme.

—Te estoy preguntando ahora.

—No. Me has preguntado si soy feliz en Madrid.

—¿Lo eres?

Mira hacia el mar.

—A veces.

—Eso no parece mucho.

—Es más de lo que era aquí al final.

La frase hace lo que pretende.

Me obliga a callar.

Claudia aprieta la carpeta contra el cuerpo.

—Madrid es mío —continúa—. Mi casa. Mi trabajo. Mis amigos. Allí no soy la mujer de Álex ni la copropietaria del hotel de su familia. Soy Claudia.

—Aquí también lo eras.

—Aquí tardaste mucho en darte cuenta.

Asiento.

Podría decirle que sí me daba cuenta. Que siempre supe que era la persona más capaz del hotel. Que cada rincón llevaba su firma aunque ningún documento la mencionara.

Pero saberlo y demostrarlo no son lo mismo.

—Tienes razón —digo.

Claudia me observa con cansancio.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué?

—Darme la razón después de dos años. Resulta agotador.

—No sé qué prefieres que haga.

—Yo tampoco.

Se aleja hacia el patio.

La veo detenerse junto a Nora, que ha presenciado parte de la conversación desde una distancia prudente.

No sé cuánto ha escuchado.

Sospecho que suficiente.

* * *

A las siete de la tarde, el electricista me llama desde la segunda planta.

Subo esperando otro presupuesto.

Encuentro a dos operarios frente a la habitación de Claudia. Han retirado una parte del zócalo y colocado herramientas en el pasillo.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

El responsable señala el interior.

—La humedad ha afectado al cableado de esta zona. Tendremos que abrir parte de la pared.

—¿Cuánto tardará?

—Una semana como mínimo.

—No puede ser.

—Podemos cerrar la corriente solo en esta habitación, pero habrá polvo, ruido y no debería dormir nadie aquí.

—¿Y las habitaciones contiguas?

—Mañana comprobaremos si están afectadas. De momento, yo vaciaría todo este tramo.

El hotel está completo a partir del viernes.

Las únicas habitaciones libres son las dos del ala privada.

Una está ocupada por Claudia.

La otra se utiliza como almacén desde que una tubería dañó el techo.

—¿Hay alguna alternativa?

—Repararlo antes de que arda algo.

—Me refería a una alternativa menos dramática.

—El fuego suele ser bastante dramático.

Claudia aparece al final del pasillo.

Mira las herramientas. Después la pared abierta.

—No.

—Todavía no he dicho nada —respondo.

—No hace falta.

Entra en la habitación y observa el polvo que cubre parte del suelo.

—¿Cuánto?

—Una semana.

El electricista carraspea.

—Como mínimo.

Claudia cierra los ojos.

—Buscaré una habitación en otro hotel.

—No puedes —digo.

—Claro que puedo.

—El contrato exige que residas aquí.

—Residiré aquí durante el día.

—Nora preguntará.

—Nora no controla dónde duermo.

El electricista nos mira con demasiado interés.

—Podemos hablarlo en otro sitio —propongo.

Claudia recoge su maleta de encima del armario.

—No hay nada que hablar.

—El hotel está lleno.

—Dormiré en el despacho.

—No hay ducha.

—Usaré la de una habitación.

—Eso no es viable durante una semana.

Se vuelve hacia mí.

Sabe cuál es la única solución.

Yo también.

—El apartamento tiene dos dormitorios —digo.

—Uno es el tuyo.

—El otro está vacío.

—El otro es un despacho.

—Hay un sofá cama.

—Que mide un metro y medio.

—Dormiré yo allí.

Claudia abre la boca.

La cierra.

—No.

—¿No qué?

—No vas a dejarme tu habitación.

—Entonces duerme tú en el despacho.

—Tampoco.

—Nos estamos quedando sin opciones.

—Buscaré otra.

—Claudia.

—No.

Levanto las manos.

—No te estoy pidiendo que compartamos cama.

El electricista vuelve a carraspear.

Claudia lo mira.

—¿Necesita algo?

—No. Estoy esperando para cortar la corriente.

—Córtela.

—La maleta sigue dentro.

Claudia la arrastra hacia el pasillo.

Después me observa con la expresión de quien acaba de descubrir que todas las salidas conducen al mismo lugar.

—Solo hasta que reparen la habitación —dice.

—Por supuesto.

—Dormitorios separados.

—Sí.

—Baños separados.

—Solo hay uno.

Su mirada podría cortar la corriente sin ayuda del electricista.

—Estableceremos horarios.

—De acuerdo.

—Y nada cambia.

—Nada cambia.

Claudia aprieta el asa de la maleta.

—Deja de parecer satisfecho.

—No lo estoy.

—Te conozco.

Eso es lo peor.

Que todavía lo haga.

Cojo la maleta antes de que pueda impedírmelo y comienzo a caminar hacia el apartamento.

Claudia me sigue.

—No necesito que la lleves.

—Ya lo sé.

—Puedo hacerlo sola.

—También lo sé.

—Entonces suéltala.

—No.

—Álex.

—Está llena de carpetas. Pesa más que tú.

—Eso es porque alguien ha gestionado el hotel como si los documentos digitales fueran una moda pasajera.

Sonrío antes de poder evitarlo.

—No tiene gracia —dice.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Continuamos por el pasillo.

Por primera vez desde que regresó, Claudia camina detrás de mí hacia el lugar que durante nueve años llamamos casa.