Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Álex no aparta la mirada.

Yo tampoco.

Durante una fracción de segundo, entiendo lo que Nora dijo ayer. No hace falta inventar una historia. Basta con colocar una cámara delante de dos personas que aún no saben qué hacer con todo lo que no terminó cuando firmaron el divorcio.

—Perfecto —dice Vega—. Ahora sonreíd.

Los dos rompemos el contacto al mismo tiempo.

Doy un paso atrás.

—Necesito agua.

Me alejo antes de que alguien pueda detenerme.

Nora está junto a una columna, observando.

No lleva la libreta.

Eso no significa que no esté tomando notas.

* * *

La sesión continúa durante casi tres horas.

Nos fotografían en la terraza, junto a la piscina y caminando por el embarcadero. Álex pregunta antes de tocarme cada vez.

Al principio agradezco la distancia que crea el gesto.

Después empieza a ponerme nerviosa.

¿Puedo cogerte de la mano?

¿Puedo acercarme?

¿Te importa que coloque el brazo aquí?

Cada pregunta subraya que ya no tiene derecho a hacer nada de forma natural.

Y cada vez que respondo que sí, una parte de mí recuerda que antes no necesitaba pedir permiso.

Al final de la sesión, Vega quiere una última fotografía frente al mar.

—Mirad hacia la cámara —dice.

Lo hacemos.

—Demasiado formal. Miraos entre vosotros.

—Ya tenemos muchas así —respondo.

—Esta será distinta.

Álex se vuelve hacia mí.

Yo mantengo los ojos en Vega.

—Claudia.

Es él quien dice mi nombre.

Lo miro.

—¿Qué?

—Nada.

Sonríe.

No la sonrisa preparada que ha utilizado durante toda la mañana. Una más pequeña, inclinada, la que aparecía cuando yo llevaba demasiado tiempo enfadada y él intentaba hacerme reír sin reconocerlo.

—No hagas eso —murmuro.

—¿Qué?

—Ya sabes qué.

—No estoy haciendo nada.

—Exacto. Esa era siempre tu especialidad.

Su sonrisa desaparece.

La cámara sigue disparando.

—Ya está —dice Vega—. Esa es.

—¿Cuál? —pregunto.

—La fotografía de la campaña.

Sara se acerca a la pantalla.

No quiero verla.

Por supuesto, la veo.

En la imagen, Álex me observa con una mezcla de paciencia y tristeza. Yo lo miro como si acabara de recordar algo que no quería.

No parecemos una pareja feliz.

Parecemos algo peor.

Dos personas que todavía importan demasiado la una a la otra.

—Es perfecta —dice Sara.

—No —respondo—. Es peligrosa.

Nadie pregunta qué quiero decir.

Mi teléfono empieza a sonar.

El nombre de Daniel aparece en la pantalla.

Me aparto del equipo antes de responder.

—Hola.

—Espero no interrumpir.

—En absoluto. Acabamos de terminar una sesión.

—¿Una boda?

Miro por encima del hombro. Álex sigue junto a Sara y Vega, aunque no parece estar mirando la pantalla.

—Algo parecido.

Daniel ríe.

—¿Cómo va todo por la costa?

—Complicado.

—Eso suele significar interesante.

—En este caso significa complicado.

Camino hacia el extremo del embarcadero.

—He hablado con dirección —dice—. Quieren hacer la entrevista final la semana que viene.

Me detengo.

—¿La entrevista final?

—Sigues siendo la candidata principal.

El mar golpea suavemente contra la madera.

Durante meses he esperado esta llamada. La dirección creativa. Un equipo propio. Presupuesto. Libertad para elegir proyectos. Todo lo que quise mientras trabajaba en el Miramar sintiendo que mi carrera era una extensión invisible del negocio de Álex.

—Pensaba que todavía quedaban varias personas.

—Quedan. Pero ninguna tiene tu experiencia.

—Estoy fuera de Madrid durante unas semanas.

—Podemos hacerla por videollamada. Aunque preferiría que vinieras. Quieren conocerte en persona antes de cerrar la decisión.

Miro el hotel.

—Puedo organizarlo.

—Bien. Claudia…

Su tono cambia.

—¿Sí?

—El puesto exigiría incorporación a principios de septiembre.

El contrato termina el quince de septiembre.

—Tendría que compatibilizarlo durante dos semanas, pero puedo organizarlo.

—¿Seguro?

—Sí.

La respuesta sale rápida.

Demasiado.

—Entonces te envío los detalles —dice Daniel—. Y, cuando vuelvas, celebramos que por fin voy a poder robarte para mi equipo.

—Todavía no me han contratado.

—Yo ya he votado.

Sonrío.

—Gracias.

Cuelgo y me quedo mirando la pantalla.

Cuando levanto la cabeza, Álex está a pocos metros.

No sé cuánto ha escuchado.

Su expresión no revela nada.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí.

—¿Era Daniel?

El hecho de que recuerde su nombre me molesta más de lo necesario.

—Sí.

—¿Por el trabajo?

—La entrevista final es la semana que viene.

Álex asiente.

—Enhorabuena.

—Todavía no me lo han dado.

—Te lo darán.

Lo dice sin duda. Sin amargura. Sin ninguna señal de que la posibilidad de que mi vida vuelva a alejarse del hotel le afecte.

Exactamente como quiero.

—Tendré que ir a Madrid un día —digo.

—Lo organizaremos.

—Sara no puede impedirlo.

—No he dicho que pueda.

—Y el contrato permite el desplazamiento.

—Claudia, no estoy discutiendo contigo.

—Ya lo sé.

Álex guarda silencio.

El viento mueve su camisa. Detrás de él, el equipo empieza a recoger las cámaras.

—Pareces decepcionada —dice.

—No lo estoy.

—Bien.

—¿Por qué iba a estarlo?

—No lo sé.

Se vuelve hacia el hotel.

—Hablaré con Sara para que reserve ese día.

Lo observo alejarse.

Debería sentirme aliviada porque no intenta retenerme.

Porque ha entendido que mi carrera no es negociable.

Porque esta vez no habrá silencios, reproches ni un hombre inmóvil frente a la puerta mientras yo meto mi vida en una maleta.

En cambio, lo único que pienso es que Álex ha vuelto a dejarme marchar antes incluso de que me haya ido.