CAPÍTULO 5
CLAUDIA
A las cinco y cincuenta y cuatro, Álex y yo estamos sentados en el sofá del apartamento fingiendo que conversamos.
No es una metáfora.
Sara ha enviado un mensaje con instrucciones precisas:
Nora debe encontraros juntos, en una situación cotidiana y relajada. Nada preparado.
Para conseguirlo, Lucía ha preparado una tabla de quesos, Mateo ha abierto una botella de vino que cuesta demasiado para un martes y Álex ha colocado una revista sobre la mesa con una naturalidad tan estudiada que parece que estamos esperando una inspección policial.
—Estás sujetando el libro al revés —le digo.
Álex baja la mirada.
—No lo estoy leyendo.
—Eso ya se nota.
Gira el libro.
—Ahora sí está al revés.
Lo cierra y lo deja sobre la mesa.
—¿Por qué hay un libro de arquitectura japonesa en el salón?
—Lo compraste tú.
—No.
—Está subrayado.
—Tú subrayas libros.
—Tú doblas las esquinas.
Observamos el libro.
Varias páginas tienen las esquinas dobladas.
—Bien —dice—. Es mío.
—Esta conversación está resultando muy natural.
—Podrías dejar de analizarlo todo.
—Podrías dejar de parecer un secuestrador que intenta demostrar que su rehén vive cómodamente.
Álex me mira.
—Esa comparación te convierte en la rehén.
—Lo sé.
—Y a mí en un criminal.
—También.
—No parece una buena imagen para la campaña.
La puerta del apartamento se abre.
Lucía asoma la cabeza.
—Ya está aquí.
—¿No llamas? —pregunto.
—Quería comprobar que llevabais ropa.
—¿Por qué no íbamos a llevarla?
Mi excuñada dirige una mirada hacia Álex.
—No sé qué nivel de compromiso estáis dispuestos a asumir para salvar el hotel.
—Sal de aquí —dice él.
Lucía sonríe y desaparece.
Me levanto.
—¿Adónde vas?
—A recibirla.
—Se supone que debe encontrarnos en una situación cotidiana.
—Álex, no recibimos periodistas en el sofá comiendo queso como si hubiéramos pasado la tarde hablando de nuestros sentimientos.
—Podemos decir que es lo que hacemos siempre.
—Esa mentira es menos creíble que la del matrimonio.
Oímos voces en el pasillo.
Antes de que pueda moverme, Nora Beltrán aparece en la puerta acompañada por Lucía.
La reconozco por las fotografías de sus artículos.
Tendrá unos treinta y cinco años. Lleva un pantalón ancho color crema, sandalias planas y una cámara pequeña colgada del hombro.
No parece impresionada por el hotel, la terraza ni la pareja falsamente reconciliada que la espera junto a una tabla de quesos.
Eso me preocupa.
Las personas que se impresionan son fáciles de dirigir. Las que observan en silencio suelen encontrar justo lo que intentas esconder.
—Nora —dice Lucía—, ellos son Claudia y Álex.
—Nos conocemos de internet —responde ella.
Nos estrecha la mano.
Su mirada se detiene en el vino, el queso, el libro y la distancia exacta que existe entre los dos extremos del sofá.
—Espero no interrumpir.
—En absoluto —digo.
—Estábamos descansando —añade Álex.
Nora mira el libro de arquitectura japonesa.
—¿Lo leéis juntos?
—No —respondemos al mismo tiempo.
Ella sonríe.
—Bien. Habría resultado demasiado perfecto.
Lucía nos deja solos después de explicarle que su habitación está preparada. Nora no se sienta hasta que se lo ofrecemos y rechaza el vino.
—Prefiero observar el hotel antes de instalarme —explica—. Mañana podemos empezar con las entrevistas.
—Pensaba que venías a cubrir los eventos —digo.
—También.
—Sara nos habló de una pieza sobre la campaña.
—La idea ha cambiado un poco.
Por supuesto.
—¿En qué sentido? —pregunta Álex.
Nora saca una libreta.
—Eterno Verano quiere una serie de artículos sobre el Miramar, los eventos y vuestra historia. No solo sobre lo que hacéis, sino sobre cómo convivís, cómo trabajáis juntos y qué supone dar una segunda oportunidad a una relación.
—Todavía no hemos dicho que se la estemos dando —respondo.
—Sara dice que estáis reconstruyéndoos.
—Sara utiliza verbos muy creativos.
Nora me observa un segundo más de lo necesario.
—¿Cuál utilizarías tú?
—Colaborar.
—Eso sirve para una empresa. No para una historia de amor.
—Tal vez el problema es que intentáis convertir una empresa en una historia de amor.
Álex se inclina hacia delante.
—La campaña se basa en las dos cosas.
Lo miro.
No parece estar contradiciéndome, sino intentando evitar que la conversación descarrile durante los primeros tres minutos.
Nora anota algo.
—¿Cuánto tiempo lleváis separados?
El silencio cae con tanta rapidez que casi puede oírse.
—Esa pregunta no forma parte de la entrevista de hoy —digo.
—Hoy no hay entrevista.
—Entonces tampoco hace falta responder.
Nora cierra la libreta.
—Sara me ha dado la versión oficial. Atravesasteis una crisis, os distanciasteis y ahora estáis explorando una posible reconciliación. Puedo escribir eso sin hacer preguntas o puedo intentar comprender qué ocurrió realmente.
—Existe una tercera posibilidad —responde Álex—. Que escribas sobre los límites que hemos establecido.
Nora gira la cabeza hacia él.
—¿Tienes miedo de lo que Claudia pueda contarme?
—Tengo miedo de que conviertan una historia personal en algo que no reconocemos.
—Ya habéis firmado para convertirla en una campaña.
Álex sostiene su mirada.
—No para renunciar a decidir qué partes siguen siendo nuestras.
No debería sentir alivio.
Tampoco gratitud.
Solo está defendiendo una cláusula que ambos negociamos.
Aun así, algo dentro de mí se relaja.
Nora asiente.
—Me parece razonable. Empezaremos despacio.
Guarda la libreta.
—Mañana asistiré a la sesión fotográfica. Después recorreré el hotel y hablaré con el personal. No publicaré nada sobre vuestra separación sin contrastarlo antes con vosotros.
—Gracias —digo.
—No significa que no vaya a preguntar.
—Eso ya lo había entendido.
Nora se levanta.
Antes de salir, vuelve a mirar la tabla de quesos.
—Por cierto, no hace falta que preparéis escenas para recibirme.
—No hemos preparado nada —dice Álex.
Nora señala la botella.
—Es un albariño de cuarenta euros abierto a las seis de la tarde, hay tres tipos de queso cortados en triángulos idénticos y ninguno de los dos ha tocado la comida.
Miro a Álex.
Él mira el plato.
—Lucía corta muy bien el queso —dice.
Nora sonríe.
—Nos vemos mañana.
Cuando la puerta se cierra, dejo caer la espalda contra el sofá.
—Estamos acabados.
Álex toma un trozo de queso.
—No ha ido tan mal.
—Ha descubierto que estábamos fingiendo una situación cotidiana antes de sentarse.
—Porque Lucía ha colocado membrillo en un plato de pizarra. Nadie come así en su casa.
—Tú dejaste el libro.
—No tenía membrillo.
—No sé cómo sobreviviste dos años sin mí.
Álex mastica despacio.
—Con menos queso.
* * *
La sesión fotográfica comienza a las nueve de la mañana en el patio del hotel.
Sara llega antes que el equipo y revisa cada detalle como si fuera responsable de la luz solar.
Ha contratado a una fotógrafa llamada Vega, dos asistentes, una maquilladora y un estilista que contempla mi vestido con una decepción que parece personal.
—Esto no estaba en el calendario —digo cuando intenta colocarme un cinturón.
—Es contenido de presentación —responde Sara—. Necesitamos imágenes antes de anunciar la campaña.
—La anunciaron ayer.
—Necesitamos imágenes mejores después de anunciarla.
Álex aparece con una camisa azul clara y los pantalones remangados. Alguien le ha peinado de forma que parezca que nadie lo ha peinado.
Lo observo durante medio segundo.
Tal vez uno entero.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Intentaba averiguar qué te han hecho en el pelo.
Se toca la cabeza.
—El estilista ha dicho que necesitaba movimiento.
—Pareces recién levantado.
—Creo que esa era la idea.
—Te ha llevado cuarenta minutos parecer una persona que no se ha peinado.
—El mundo de los eventos es extraño.
—Llevas doce años trabajando para levantar y dirigir un hotel para bodas.
—Y continúa pareciéndome extraño.
Vega nos llama hacia la fachada lateral, donde han colocado varias herramientas antiguas, botes de pintura vacíos y una escalera de madera.
Reconozco la fotografía que quieren reproducir antes de que Sara muestre la referencia.
Álex y yo frente al edificio durante el primer año de obras.
Yo llevaba una camiseta manchada de pintura. Él tenía polvo en el pelo. No habíamos dormido bien en semanas y acabábamos de descubrir que una pared que creíamos estructural no lo era, lo que en aquel momento nos pareció una noticia maravillosa.
—Queremos recuperar esa energía —explica Sara—. La sensación de que estáis construyendo algo juntos.
—¿También vais a provocar una fuga de agua? —pregunto.
—No será necesario.
—Aporta autenticidad.
Vega coloca a Álex junto a la escalera y me pide que me acerque.
Obedezco.
—Más —dice.
Doy otro paso.
Mi brazo roza el suyo.
Me aparto por reflejo.
—Así no funciona —dice Vega—. En la foto original estáis pegados.
—Éramos más jóvenes —respondo—. Teníamos menos necesidad de espacio personal.
Sara no sonríe.
Álex baja la voz.
—¿Puedo tocarte?
La pregunta me sorprende.
Las normas.
Durante un segundo, la escena preparada, las cámaras y las personas que nos rodean desaparecen. Solo escucho la manera cuidadosa en que lo ha preguntado.
—Sí.
Coloca una mano en mi cintura.
El contacto es ligero. Correcto. Casi impersonal.
Mi cuerpo no está de acuerdo.
Reconoce el peso de su palma, el calor a través de la tela y la forma exacta en que sus dedos se curvan sobre mi costado.
—Claudia —dice Vega—, míralo.
Lo hago.
Error.
Los ojos de Álex están más cerca de lo que esperaba. Grises, aunque junto al mar siempre parecen azules. Tiene una pequeña línea blanca junto a la ceja izquierda, recuerdo de una caída durante las obras.
Yo estaba allí.
Sostuve una bolsa de hielo contra su frente mientras él insistía en que podía seguir trabajando.
Sé demasiadas cosas sobre su cara.
—No sonrías todavía —indica Vega—. Solo míralo.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
—Hasta que olvides que estoy aquí.
Eso no va a ocurrir.
Vega toma varias fotografías.
—Álex, acércate un poco.
Él inclina el rostro.
Su pulgar se mueve sobre mi cintura.
Un gesto mínimo.
Tal vez involuntario.
Mi respiración cambia.
—Eso —dice Vega—. No os mováis.
La cámara dispara una vez.
Otra.