Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

ÁLEX

Claudia firma el contrato a las cinco y cuarenta y siete de la tarde del día siguiente.

Trece minutos antes de que expire la oferta.

No hace ninguna entrada dramática. No aparece corriendo por el vestíbulo con un bolígrafo en la mano ni anuncia que ha cambiado de opinión. Entra en la biblioteca pequeña, se sienta frente a Sara y coloca sobre la mesa una versión del documento cubierta de anotaciones.

—Estas son mis modificaciones —dice.

Sara observa el grosor de la carpeta.

—Son muchas.

—La versión que enviasteis también lo era.

Yo estoy sentado al otro extremo de la mesa. He aprendido que acercarme demasiado a Claudia cuando negocia solo sirve para que sospeche que intento influir en ella.

Inés participa por videollamada desde el portátil. Esta vez no lleva una mascarilla verde, pero su expresión resulta igual de intimidante.

Durante las últimas veinticuatro horas, Claudia ha interrogado al electricista, al contable, a Lucía, a dos proveedores y a mí. Sobre todo a mí.

Ha revisado cada cifra de los últimos dieciocho meses.

Ha encontrado tres errores menores, una factura duplicada y un pago que yo había clasificado en la categoría equivocada.

También ha desarrollado un plan provisional para mantener el hotel abierto si la campaña fracasa, aunque ella misma ha reconocido que apenas nos daría unas semanas.

No ha dormido.

La conozco lo suficiente para saberlo por la forma en que se frota el lateral del pulgar con la uña. Lo hace cuando está cansada y no quiere que nadie lo note.

Sara pasa las páginas.

—No podemos aceptar una aprobación previa para cada fotografía.

—No la estoy pidiendo —responde Claudia—. Solo para las que se utilicen fuera de la campaña pactada o incluyan contenido sobre nuestro matrimonio.

—La historia del matrimonio es la campaña.

—La parte pública de la historia. No la privada.

—La frontera puede ser difícil de establecer.

—Por eso la hemos establecido por escrito.

Sara levanta la mirada hacia mí, como si esperara que intervenga.

No lo hago.

Ayer me habría preocupado que Claudia dificultara el acuerdo hasta volverlo imposible. Hoy entiendo que estas condiciones son la única forma de que permanezca aquí sin sentir que vuelve a ceder una parte de sí misma.

—También exigís que se retire la penalización si uno de vosotros abandona por una vulneración de intimidad —dice Sara.

—Sí.

—Es un concepto muy amplio.

Inés se inclina hacia la cámara.

—En la cláusula decimocuarta encontrará una definición bastante específica.

Sara revisa la página.

—Ya la he leído.

—Entonces estamos de acuerdo en que no es amplia.

Lucía, sentada junto a la ventana, baja la cabeza para ocultar una sonrisa.

Sara cierra la carpeta.

—Aceptaremos la mayoría de las modificaciones. La empresa necesita conservar el control del calendario promocional y la aprobación final del material.

—Siempre que no contradiga las limitaciones acordadas —dice Claudia.

—Siempre que no contradiga las limitaciones acordadas.

—Y el primer pago debe realizarse en cuarenta y ocho horas.

—Setenta y dos.

—Cuarenta y ocho.

Sara mira su reloj.

—Cincuenta y seis.

Claudia se toma unos segundos.

—Aceptado.

Yo habría aceptado setenta y dos.

Probablemente también noventa y seis.

Claudia siempre fue mejor negociando que yo. Durante los primeros años del hotel, los proveedores aprendieron a llamar cuando sabían que ella estaba fuera. Yo entendía el valor de las cosas. Claudia comprendía el miedo de la persona que intentaba venderlas.

Sara extiende la mano.

—Entonces tenemos un acuerdo.

Claudia no la estrecha.

—Falta una cuestión.

—¿Cuál?

—La forma exacta en que se presentará nuestra relación.

Sara abre de nuevo la carpeta.

—Como una pareja que atravesó una crisis y está reconstruyéndose.

—Eso puede interpretarse de demasiadas maneras.

—La ambigüedad es útil.

—Para vosotros.

—Para todos. No diremos que nunca os divorciasteis. Tampoco afirmaremos que habéis vuelto a casaros. Hablaremos de una segunda oportunidad y dejaremos que el público saque sus propias conclusiones.

—No quiero preguntas sobre por qué terminó el matrimonio.

—Las habrá.

—Entonces necesitaremos respuestas acordadas.

—Podemos prepararlas.

Claudia gira la cabeza hacia mí.

Es la primera vez que me mira desde que empezó la reunión.

—¿Tú qué piensas?

La pregunta me sorprende.

No porque no me haya pedido opinión durante los últimos dos días. Lo ha hecho continuamente, aunque casi siempre para señalar que mis decisiones financieras parecen tomadas por un hombre que considera los números una forma de ficción contemporánea.

Pero esto es distinto.

Está preguntando qué parte de nuestra historia estoy dispuesto a exponer.

—Que podemos hablar de que dejamos de comunicarnos —respondo—. Del trabajo. De que queríamos cosas distintas.

Claudia mantiene la mirada fija en mí.

—¿Queríamos cosas distintas?

—En aquel momento lo parecía.

—Parecía.

Sara interviene.

—Ese tipo de matiz funciona muy bien ante una cámara.

Claudia se vuelve hacia ella.

—No estamos actuando ahora.

—Lo sé.

No creo que sea verdad.

Sara nos observa incluso cuando cree que no la vemos. Estudia las pausas, las miradas y el modo en que evitamos tocarnos. Para ella todo es material.

Claudia toma el bolígrafo.

—Doce semanas —dice.

—Doce semanas —confirma Sara.

—Cuando termine el contrato, podremos hacer pública la separación definitiva sin que la empresa intervenga.

—Sí.

Separación definitiva.

La expresión no debería afectarme.

Estamos divorciados. No existe nada más definitivo que una sentencia firmada por un juez.

Aun así, escuchar a Claudia preparar públicamente el final de algo que ni siquiera ha empezado me produce una sensación difícil de colocar.

—Firmaré —dice.

Estampa su firma al final del documento.

Después me entrega el bolígrafo.

Nuestros dedos no se tocan.

Firmo debajo de su nombre.

Sara sonríe.

—Bienvenidos a Eterno Verano.

Claudia mira las dos firmas.

—Ese nombre empieza a sonar a amenaza.

* * *

La primera discusión después de firmar dura veintidós minutos.

No porque la mida.

Porque Lucía entra en el despacho cuando llevamos cinco y mira el reloj antes de salir otra vez.

—Necesitamos normas —dice Claudia.

Está de pie junto a la mesa, con una libreta abierta. Yo permanezco sentado porque, si me levanto, empezaremos a caminar por la habitación como hacíamos durante el matrimonio. Ella alrededor de los muebles. Yo detrás, intentando que se detenga el tiempo suficiente para escucharme.

—Ya hemos añadido normas al contrato.

—Esas son para la empresa. Estas son para nosotros.

—De acuerdo.

Escribe un número uno.

—Dormiremos en habitaciones separadas.

—Ya lo dijiste ayer.

—Y tú aceptaste con demasiada rapidez.

La miro.

—¿Preferías que discutiera?

—No.

—Entonces no entiendo el problema.

—No hay ningún problema. Solo estoy dejando constancia.

Escribe la primera norma.

—Nada de contacto físico sin avisar.

—¿Cómo se avisa?

—Se pregunta.

—¿Cada vez?

—Sí.

—¿Delante de una cámara?

—Sobre todo delante de una cámara.

—Puede resultar extraño.

—Más extraño resultará que intentes besarme porque una fotógrafa lo sugiera.

—No pensaba hacerlo.

—Perfecto.

Lo apunta.

—No hablaremos del divorcio fuera de lo necesario para la campaña.

—Eso va a ser difícil.

—¿Por qué?

—Porque todo lo que nos ocurre ahora está relacionado con el divorcio.

—Entonces hablaremos de logística, no del matrimonio.

—Claudia…

—Regla número tres.

—No creo que podamos pasar doce semanas fingiendo una reconciliación sin hablar de lo que salió mal.

Su bolígrafo se detiene.

—Eso es exactamente lo que hicimos durante los últimos seis meses de casados.

No encuentro una respuesta que no suene defensiva.

Ella continúa escribiendo.

—Nada de entrar en la habitación del otro sin permiso.

—Nunca hago eso.

Claudia levanta la vista.

—Entrabas continuamente mientras me duchaba.

—Estábamos casados.

—Por eso establecemos normas nuevas.

—De acuerdo.

—Nada de utilizar recuerdos privados durante las entrevistas sin comentarlo antes.

—De acuerdo.

—Si una situación de la campaña nos incomoda, podemos detenerla.

—Sí.

—Y cuando termine el contrato, termina esto.

—Ya lo sé.

—Quiero que lo digas.

—¿Qué?

—Que entiendes que esto no significa que estemos intentando volver.

La observo.

Tiene la espalda recta y el bolígrafo apretado entre los dedos. Parece segura. Preparada. Casi indiferente.

Pero la conozco.

Está conteniendo la respiración.

—Lo entiendo —digo.

Claudia asiente y escribe algo que no alcanzo a leer.

—También conservarás la libertad para aceptar el puesto de Madrid —añado.

Esta vez no estaba en su lista.

Su mirada sube hasta la mía.

—Sí.

—No intentaré interferir.

—Bien.

—Aunque el contrato siga activo.

—Puedo trabajar en remoto.

—Lo sé.

—Y viajar cuando sea necesario.

—Lo sé.

Se produce un silencio.

No estoy seguro de por qué lo he mencionado. Tal vez porque quiero demostrarle que he entendido la lección. Que no volveré a pedirle que elija el hotel por encima de su carrera.

Tal vez porque necesito pronunciarlo antes de que mi miedo vuelva a convertirme en alguien que calla hasta que ya no queda nada que salvar.

Claudia cierra la libreta.

—Una última cosa.

—Dime.

—No quiero que Lucía ni nadie del hotel intente reunirnos.

—Hablaré con ella.

—Y con Mateo.

—Mateo no intentará reunirnos.

—Mateo organizó una cena a oscuras durante nuestro primer aniversario porque creyó que sería romántico.

—Se fue la luz.

—Escondió las velas antes de que llegáramos.

—Le pareció una oportunidad.

—Habla con él.

—Hablaré con él.

Claudia se dirige a la puerta.

—¿Eso es todo? —pregunto.

Se detiene.

—¿Te parece poco?

—Me parece que has preparado un reglamento para evitar cualquier situación espontánea.

—Las situaciones espontáneas son las que nos han traído hasta aquí.

—No. Nos trajo hasta aquí no decir lo que pensábamos.

Se vuelve lentamente.

Sé que debería dejarlo.

Acabamos de firmar el contrato. Ha aceptado quedarse. El hotel dispone de una oportunidad que ayer parecía imposible.

Pero estoy cansado de aceptar el silencio como una forma de paz.

—No fue solo culpa mía —digo.

La expresión de Claudia se enfría.

—No he dicho que lo fuera.

—Lo piensas.

—Pienso que tomaste decisiones que nos afectaban a los dos sin contar conmigo.

—Y tú tomaste la decisión de irte sin darme una alternativa real.

—Te pedí que vinieras a Madrid.

—Me pediste que abandonara el hotel durante un año.

—Te pedí que buscáramos una forma.

—Ya habías aceptado el trabajo.

—Porque llevaba años esperando.

—A que adivinara lo que querías.

La frase queda entre nosotros.

Claudia aprieta la libreta contra el pecho.

—Por eso no vamos a hablar del divorcio.

Abre la puerta.

—Porque no sabes hacerlo sin convertirlo en una acusación.

Sale antes de que pueda responder.

La discusión termina a los veintidós minutos.

No he conseguido hacerla escucharme.

Tampoco he escuchado yo.

* * *

A la mañana siguiente, encuentro la lista de normas pegada en la puerta de la nevera del apartamento.

Claudia la ha escrito a mano.

Debajo ha añadido:

7. No dejar tazas vacías en el fregadero.

Arranco el papel, lavo la taza que dejé anoche y vuelvo a colocarlo.

Después preparo café.

No sé si Claudia bajará. Durmió en la habitación de la segunda planta y ayer dejó claro que la avería eléctrica del ala privada no la obligará a instalarse aquí mientras exista cualquier otra cama disponible.

Aun así, preparo dos.

Ella aparece cuando estoy cortando fruta.

Lleva pantalones cortos, una camiseta blanca y el pelo recogido de cualquier manera. Se detiene al verme.

—Pensaba que desayunabas abajo.

—Normalmente.

—¿Por qué estás aquí?

—Vivo aquí.

Mira las dos tazas.

—Eso no es una respuesta.

—He preparado demasiado café.

—Has preparado exactamente dos tazas.

—He calculado mal.

Claudia se acerca y toma la amarilla.

No comenta que siga aquí.

Bebe un sorbo.

—Está demasiado fuerte.

—Lo tomabas así.

—Hace dos años.

—¿Ahora cómo lo tomas?

—Con un poco más de leche.

Abro la nevera.

—Puedo añadirla.

—Ya lo hago yo.

Se sirve leche mientras yo coloco la fruta en un plato. Durante unos minutos, la cocina se llena de gestos que recuerdo demasiado bien.

Claudia abre el cajón correcto para buscar una cuchara.

Yo aparto el cuchillo antes de que ella apoye la mano junto a la tabla.

Nos movemos sin estorbarnos.

Como si el cuerpo no supiera que ya no vivimos juntos.

—Sara ha enviado el calendario provisional —dice.

—Lo he visto.

—La primera sesión fotográfica es mañana.

—Sí.

—Y quiere publicar hoy el anuncio de la campaña.

—También lo he visto.

Claudia deja la cuchara sobre la encimera.

—No me gusta el texto.

—¿Qué parte?

—“El amor siempre encuentra el camino de vuelta”.

—Es un poco evidente.

—Es falso.

—Podemos pedir que lo cambien.

—Ya le he enviado tres alternativas.

Por supuesto.

—¿Cuál prefieres?

—“Hay lugares a los que merece la pena regresar”.

La frase me golpea de una forma que ella no parece notar.

—Es buena.

—Lo sé.

Sigue bebiendo café.

La miro por encima de mi taza.

—¿Vas a quedarte en la habitación de arriba durante las doce semanas?

—Esa era la idea.

—El ala necesita una intervención dentro de unos días.

—Buscaré otra habitación.

—El hotel estará prácticamente lleno.

—Siempre queda alguna.

—No durante la campaña.

Claudia me observa.

—No voy a mudarme aquí.

—No te lo he pedido.

—Estabas a punto.

—Solo estaba explicando la situación.

—Busca una solución distinta.

—Lo haré.

La puerta se abre antes de que podamos continuar.

Lucía entra sin llamar.

—Tenemos un problema.

Claudia deja la taza.

—¿El pago?

—Ha llegado.

—¿La instalación?

—El electricista empieza el lunes.

—¿Entonces?

Lucía levanta el teléfono.

—La periodista.

—¿Qué periodista? —pregunto.

—Nora Beltrán. La que va a documentar la campaña.

—Llegaba dentro de tres semanas —dice Claudia.

—Ya no.

—¿Cuándo llega?

Lucía mira la pantalla.

—Esta tarde.

Claudia cierra los ojos.

—Estupendo.

—Hay más —añade mi hermana.

—Siempre hay más —digo.

—Quiere instalarse en el hotel durante varias semanas para observar vuestra vida cotidiana.

Claudia abre los ojos.

—No existe una vida cotidiana.

Lucía baja el teléfono.

—Pues parece que tenemos hasta las seis para inventarla.