Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

CLAUDIA

Sara pronuncia la frase con tanta serenidad que durante un instante parece que cambiar la historia de nuestro matrimonio es una modificación menor. Como sustituir las peonías por hortensias o desplazar una ceremonia al interior por riesgo de lluvia.

—¿Qué historia? —pregunto.

Ella apoya los antebrazos sobre las rodillas.

—Una crisis superada.

Miro a Álex.

Él no reacciona. Mantiene los ojos en Sara, aunque noto cómo se tensa a mi lado.

—No hemos superado ninguna crisis —digo—. Nos divorciamos.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo qué propones.

Sara inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera valorando cuánto debe simplificar la explicación.

—No necesitamos afirmar que nunca os separasteis. Necesitamos presentaros como dos personas que atravesaron una etapa difícil, se tomaron un tiempo y decidieron reconstruir su relación.

—Eso se llama mentir.

—Se llama construir un relato.

—En mi experiencia, cuando un relato incluye hechos que no han ocurrido, suele llamarse mentira.

El silencio del asistente detrás de Sara se vuelve incómodo.

Ella, en cambio, no se inmuta.

—Toda campaña selecciona una parte de la realidad.

—Esta seleccionaría una parte que no existe.

—El hotel existe. Vuestro matrimonio existió. La historia de cómo lo construisteis es real.

—Y el divorcio también.

—Precisamente.

Sara se incorpora en el sillón.

—Las historias perfectas ya no interesan. La gente desconfía de ellas. Una pareja que admite haber atravesado una crisis resulta más cercana, más creíble y, comercialmente, mucho más valiosa.

—Qué alivio saber que nuestro fracaso conserva valor de mercado.

Álex se mueve a mi lado.

—Claudia.

—¿Qué?

—Déjala terminar.

Me vuelvo hacia él.

—¿Quieres escuchar la parte en la que monetizamos el peor año de nuestra vida?

—Quiero saber exactamente qué propone antes de rechazarlo.

—Yo ya lo sé.

—No, todavía no.

Su tono no es autoritario. Eso lo empeora.

Durante nuestro matrimonio, Álex nunca necesitó elevar la voz para hacerme sentir que él estaba siendo razonable y yo reaccionaba demasiado pronto. Bastaba con que hablara despacio, mantuviera la calma y esperara a que mi enfado pareciera desproporcionado.

Sara observa el intercambio con un interés que no me gusta.

—Esto es exactamente lo que necesitamos —dice.

—¿Perdona?

—La tensión.

Álex la mira.

—No estamos aquí para hacer una prueba de cámara.

—No, pero acabáis de demostrar que existe una historia entre vosotros. No sois dos desconocidos obligados a fingir una relación. Hay afecto, resentimiento, intimidad. Eso no se puede fabricar.

—Tampoco se puede alquilar durante doce semanas —respondo.

—Todo puede negociarse durante doce semanas.

Cojo mi bolso.

—La reunión ha terminado.

—Claudia.

Esta vez es Sara quien me detiene.

No me levanto, pero retiro la mano de la correa.

—El contrato asciende a setecientos veinte mil euros.

La cifra permanece en el aire.

Miro a Álex.

Él baja la vista durante una fracción de segundo.

Eso basta.

—¿Cuánto sabías? —pregunto.

—La cifra aproximada.

—¿Y no pensabas mencionarla?

—Pensaba hacerlo.

—¿En qué momento? ¿Después de que aceptara vender mi divorcio por fascículos?

—No sabía cuál iba a ser la nueva propuesta.

—Pero sí sabías cuánto dinero había sobre la mesa.

Sara interviene antes de que Álex responda.

—El primer pago se realizaría al firmar. Cubriría la reforma eléctrica y permitiría regularizar las facturas más urgentes. El resto se abonaría en tres plazos vinculados a la temporada.

—¿Y qué tendríamos que hacer exactamente? —pregunta Álex.

Lo miro.

—¿Estás considerando esto?

—Estoy haciendo una pregunta.

—A veces empiezas haciendo preguntas y terminas hipotecando un edificio.

—Eso ocurrió una vez.

—Una vez más de las necesarias.

Sara desliza una carpeta sobre la mesa.

—La campaña se desarrollaría durante doce semanas. Vosotros apareceríais como anfitriones de los eventos principales. Participaríais en varias sesiones fotográficas, dos entrevistas, contenido para redes y una pieza documental sobre la historia del hotel.

—¿Y nuestra supuesta reconciliación? —pregunto.

—No tendríais que anunciar que habéis vuelto formalmente. Bastaría con hablar de una segunda oportunidad, de una etapa de reconstrucción.

—¿Compartiríamos apariciones públicas?

—Sí.

—¿Tendríamos que fingir afecto?

Sara sonríe por primera vez desde que regresó a la sala.

—No contrataríamos una campaña romántica para que os estrecharais la mano como socios de una asesoría fiscal.

—Eso no responde.

—Fotografías juntos. Bailes inaugurales. Entrevistas. Gestos naturales de una pareja que está intentando reconstruir su relación.

—No somos una pareja.

—Durante la campaña, el público deberá creer que podríais volver a serlo.

La frase me provoca una sensación desagradable.

No porque resulte absurda.

Porque no lo resulta lo suficiente.

Álex continúa sentado a mi lado, tan cerca que podría rozar su rodilla si moviera la pierna unos centímetros.

Huelo su colonia. La misma de siempre o una demasiado parecida.

Conozco el modo en que sostiene la mandíbula cuando está haciendo cálculos.

Sé que empezará a frotarse el pulgar contra el índice si algo le preocupa.

Lo hace ahora.

Sara no necesita inventar intimidad.

La habitación está llena de ella.

—No —digo.

Álex gira la cabeza.

—Tenemos que revisarlo.

—Tú puedes revisarlo. Yo no voy a hacerlo.

—El hotel también es tuyo.

—Precisamente por eso no pienso vincularlo a una mentira que puede estallar en cualquier momento.

—Podemos establecer límites.

—¿Límites? ¿Como cuáles? ¿No besarnos salvo que haya un fotógrafo? ¿No discutir delante de los huéspedes? ¿Usar nuestra boda como material promocional únicamente los martes?

Sara abre la carpeta.

—Podemos concretarlos en el contrato.

La miro.

—Era sarcasmo.

—Lo sé.

No parece que le importe.

Me pongo de pie.

Esta vez nadie intenta detenerme.

—Necesito hablar con mi abogado.

—Por supuesto —dice Sara—. La oferta se mantendrá abierta hasta mañana a las seis.

—Veinticuatro horas.

—Menos.

—Qué generoso.

—La temporada empieza en dos semanas. Si rechazáis el acuerdo, necesitamos encontrar otra localización.

—Entonces buscadla.

Camino hacia la puerta.

—Claudia —dice Álex.

Me vuelvo.

Hay algo en su expresión que odio reconocer. No desesperación. Álex nunca muestra desesperación hasta que se queda solo.

Es cansancio.

Un cansancio profundo, acumulado, que no estaba la última vez que lo vi.

—Solo revisa el contrato —dice—. Después puedes decir que no.

—Ya he dicho que no.

—Dilo cuando conozcas todas las condiciones.

—¿Por qué? ¿Para que puedas convencerte de que la decisión ha sido conjunta?

Su rostro se endurece.

Sé que he acertado porque no responde.

Salgo de la biblioteca.

* * *

Inés contesta a la videollamada con una mascarilla verde sobre la cara y una copa de vino en la mano.

—Espero que alguien haya muerto —dice—. Estoy en pleno proceso de regeneración celular.

—Necesito que revises un contrato.

—Entonces espero que alguien vaya a morir.

Apoyo el portátil sobre el escritorio de mi habitación. A través de la ventana abierta entra el sonido del mar y las voces de varios huéspedes que regresan de la playa.

Inés entrecierra los ojos.

—¿Eso es el Miramar?

—Sí.

—¿Estás en el hotel?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Esta mañana.

—¿Y por qué me entero ahora?

—Porque si te lo hubiera contado ayer, habrías intentado detenerme.

—Correcto. Eso es exactamente lo que hace una buena amiga cuando alguien decide regresar al lugar donde le rompieron el corazón.

—No me rompieron el corazón.

Inés bebe un sorbo.

—Claro. Firmaste el divorcio porque estabas aburrida.

—No he llamado para hablar de Álex.

—Has llamado desde su hotel para revisar un contrato que, supongo, está relacionado con él. Pero adelante. Finjamos que esto es una consulta mercantil.

Le envío el documento.

Mientras lo abre, me levanto y camino por la habitación.

La taza amarilla sigue sobre la mesita.

No debería estar aquí.

Yo se la regalé a Álex durante nuestro primer invierno en el hotel porque se quejaba de que todas las tazas parecían sacadas de una casa de huéspedes triste. Él dijo que era la más fea que había visto en su vida y la utilizó cada mañana durante nueve años.

Cuando me fui, pensé que la había tirado.

—Setecientos veinte mil euros —dice Inés.

—Ya.

—Doce semanas.

—Ya.

—Obligación de participar en actividades promocionales, entrevistas, grabaciones y eventos.

—Lo sé.

—Cláusula de moralidad.

—¿Qué significa en este caso?

—Que no podéis hacer nada que perjudique la imagen de la campaña.

—Estamos divorciados y vamos a fingir que intentamos reconciliarnos. Diría que el perjuicio viene incluido de serie.

—Si se descubre que la historia se ha manipulado, podrían reclamar parte del dinero. También hay penalizaciones si abandonas antes de tiempo sin causa justificada.

—¿Cuánto?

Inés se queda en silencio.

—Inés.

—Doscientos mil euros.

Me dejo caer en la silla.

—Eso es una barbaridad.

—Está diseñado para evitar que uno de los protagonistas decida marcharse a mitad de temporada porque se ha acostado con el otro y después descubre que sigue odiándolo.

—Gracias por la precisión jurídica.

—Es mi especialidad.

Sigue leyendo durante unos minutos.

—Hay algo más.

—Por supuesto.

—Debéis residir en el hotel durante toda la campaña.

—Eso ya lo sabía.

—Y garantizar disponibilidad conjunta para grabaciones no programadas con cuarenta y ocho horas de antelación.

—¿Conjunta?

—Sí.

—¿Qué pasa con mi trabajo en Madrid?

—El contrato permite desplazamientos de hasta cuarenta y ocho horas si no interfieren con el calendario. Pero, en la práctica, tendrías que trabajar en remoto casi todo el verano.

Miro hacia la ventana.

Doce semanas.

El hotel.

Álex.

La vida que abandoné comprimida en un trimestre contractual.

—Voy a rechazarlo.

Inés no responde.

—¿No vas a decirme que es lo correcto?

—Estoy esperando a que me expliques qué ocurre si lo rechazas.

—El hotel podría cerrar.

—¿Podría o cerrará?

—Lucía cree que no llegará al final del año.

—¿Y tú qué crees después de ver las cuentas?

No quiero contestar.

Inés retira la copa y se limpia una parte de la mascarilla con el dedo.

—Claudia.

—Que podría aguantar unos meses.

—Eso no es una respuesta.

—Que sin inversión o sin vender parte del negocio, no es viable.

—¿Y cuánto perderías tú?

—No se trata solo de dinero.

—No he dicho que lo sea.

Cierro los ojos.

Perdería mis ahorros. La inversión de años. El dinero que puse cuando todavía no ganábamos suficiente para pagar dos sueldos. Pero eso sería soportable.

Lucía perdería su trabajo.

Mateo.

Los camareros que continúan aquí desde la primera temporada.

La familia de Álex perdería la casa que conservó durante tres generaciones.

Y yo perdería el hotel.

Aunque lleve dos años fingiendo que ya lo hice.

—No quiero volver —digo.

Inés guarda silencio.

—Lo sé.

—No quiero que parezca que todo aquello que ocurrió no importa.

—También lo sé.

—Y no pienso renunciar a Madrid.

—El contrato no te obliga a hacerlo.

—Me obliga a poner mi vida en pausa.

—Doce semanas no son una vida.

—A veces son suficientes para arruinarla.

Inés me observa desde la pantalla.

La mascarilla hace que parezca menos seria de lo que está.

—No voy a decirte que firmes —dice—. Pero tampoco voy a fingir que solo estás decidiendo sobre una campaña. Una parte de ti sigue considerando ese hotel suyo.

—Soy propietaria.

—No hablo de las escrituras.

Miro la taza.

—Revisa las cláusulas. Todas.

—Claudia…

—Solo revísalas.

—Bien.

Cuelgo.

* * *

Salgo de la habitación casi una hora después.

No busco a Álex.

Eso me digo mientras bajo al vestíbulo, atravieso el patio y pregunto a Lucía dónde está.

—En la terraza —responde.

—No lo estaba buscando.

—Claro.

—Necesito información.

—Por supuesto.

—Deja de sonreír.

—No estoy sonriendo.

Lo está.

Encuentro a Álex junto a la barandilla de la terraza, hablando por teléfono. El sol empieza a caer y el mar refleja una franja de luz naranja.

Espero a que termine.

—¿Has revisado el contrato? —pregunta.

—Inés lo está haciendo.

Asiente.

—Bien.

—La penalización por abandonar es de doscientos mil euros.

—Lo sé.

—Hay muchas cosas que sabes y no mencionas hasta que alguien las descubre.

—No quería abrumarte antes de que lo leyeras.

—Eso es exactamente lo que hacías cuando estábamos casados.

Álex mira el mar.

—Sí.

Su respuesta me descoloca otra vez.

No se defiende.

No explica que intentaba protegerme.

No dice que yo también oculté cosas.

Solo acepta el golpe.

—¿Cuánto tiempo queda realmente? —pregunto.

—¿Para qué?

—Para que el hotel deje de poder pagar nóminas.

Su mandíbula se tensa.

—Dos meses.

—Lucía dijo final de año.

—Lucía no conoce todas las cifras.

—¿Y yo sí?

—Ahora sí.

—¿Hay alguna otra deuda?

—No.

—¿Algún problema legal?

—No.

—¿Alguna sorpresa que vaya a aparecer en la página ciento veintiséis de otra carpeta?

—No.

Lo observo.

—Promételo.

Álex se vuelve hacia mí.

La luz del atardecer marca las líneas de cansancio alrededor de sus ojos.

—Te lo prometo.

No debería confiar en esa frase.

Una promesa no arregla nada.

Pero tampoco parece estar pronunciándola para convencerme.

Parece estar entregándome algo que sabe que puede perder.

—Si aceptara —digo—, habría condiciones.

Álex no se mueve.

—Las que necesites.

—No digas eso antes de escucharlas.

—Está bien.

—Habitaciones separadas.

—Sí.

—Nada de improvisar muestras de afecto.

—Sí.

—No hablas en mi nombre durante entrevistas.

—De acuerdo.

—No utilizamos detalles privados del matrimonio sin consentimiento de los dos.

—De acuerdo.

—Y esto termina cuando acaba el contrato. No significa que estemos intentando volver.

La pausa es mínima.

Casi inexistente.

Aun así, la noto.

—De acuerdo —dice.

La facilidad con la que acepta debería aliviarme.

En cambio, duele.

—Todavía no he dicho que vaya a firmar.

—Lo sé.

—Solo estoy estableciendo condiciones para valorar la propuesta.

—Lo sé, Claudia.

—Y conservaré la libertad de aceptar el puesto de Madrid.

Esta vez tarda un poco más.

—Sí.

Lo dice sin apartar la mirada.

Exactamente como aceptó el divorcio.

Sin luchar.

Sin pedirme que me quedara.

Siento que algo antiguo se abre dentro de mí, una herida que creía cerrada porque llevaba mucho tiempo sin tocarla.

—Bien —respondo.

Me dispongo a marcharme.

—Claudia.

Me detengo.

—Gracias por considerarlo.

No quiero que me dé las gracias.

No quiero que parezca que estoy salvándolo.

No quiero volver a ser la persona que sostiene todo mientras él decide cuánto puede permitirse perder.

—No lo hago por ti —digo.

Álex asiente.

—También lo sé.

Regreso al interior antes de que pueda preguntarme por qué me molesta tanto que me crea.