Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ÁLEX

Claudia mira la fotografía como si acabara de descubrir una prueba de un delito.

No la culpo.

La imagen lleva años circulando por internet, impresa en folletos y colgada en una pared del vestíbulo. Durante mucho tiempo fue mi favorita. Ahora solo consigo ver todo lo que nosotros todavía no sabíamos cuando la tomaron.

Que el hotel tardaría cuatro años en abrir.

Que nos casaríamos en la terraza antes de terminar las obras.

Que Claudia rechazaría tres trabajos sin decírmelo.

Que un día se marcharía.

—No pienso prestarme a esto —dice.

Su voz ha recuperado el tono que utiliza cuando ya ha tomado una decisión y considera cualquier conversación posterior una pérdida de tiempo.

Antes yo insistía.

Después aprendí que, cuando Claudia levanta ligeramente la barbilla y cruza los brazos, discutir con ella solo sirve para empeorar las cosas.

—La reunión es a las cinco —respondo—. No te estoy pidiendo que aceptes nada antes de escucharla.

—Me estás pidiendo que me siente delante de una empresa que cree que seguimos casados.

—Me estoy enterando al mismo tiempo que tú de hasta qué punto se basa la propuesta en nosotros.

Eso no es del todo cierto.

Sabía que querían utilizar nuestra historia. Lo que no sabía era que habían convertido el matrimonio en el centro de la campaña.

Claudia me observa con esa mirada que siempre consigue hacerme sentir como si mis pensamientos fueran documentos mal archivados.

—¿Cuándo recibiste esta presentación?

—Anoche.

—¿Y no se te ocurrió avisarme?

—Ya estabas conduciendo.

—Existen los teléfonos.

—Lo sé.

—Qué alivio.

No respondo.

Durante años cometí el error de creer que una conversación difícil podía aplazarse hasta encontrar el momento adecuado. Después descubrí que el momento adecuado no existe y que las conversaciones que evitas terminan celebrándose solas, generalmente con peores palabras y más daños.

Claudia cierra el portátil.

—Necesito ver las cuentas completas.

—Están preparadas.

—Las cuentas completas, Álex. No un resumen, no una selección y no un archivo de ciento cuarenta páginas con la información importante escondida en la página ciento treinta y ocho.

—Página ciento veintiséis.

Me mira.

—No sé por qué he dicho eso.

—Porque eres incapaz de no corregir un dato aunque eso empeore tu situación.

—Probablemente.

Durante un instante, la comisura de su boca amenaza con moverse.

Desaparece antes de convertirse en sonrisa.

—También quiero los contratos de refinanciación, las previsiones de ocupación y las facturas de la reforma eléctrica.

—Las tienes en una carpeta azul.

—¿Desde cuándo preparas carpetas por colores?

Desde que te marchaste y descubrí que encontrar documentos sin ti podía llevarme tres días.

No lo digo.

—Lucía me obligó.

—Eso resulta más creíble.

Claudia se dirige a la puerta.

—¿Adónde vas?

—A comprobar que no habéis incendiado el hotel en mi ausencia.

—La revisión técnica dice que el riesgo es moderado.

Se detiene con la mano en el pomo.

—Dime que es una broma.

—Es una broma.

—Ya no sé cuándo bromeas.

Tampoco yo.

Antes lo sabía por su expresión. Por el modo en que me miraba medio segundo más. Por la relajación de sus hombros.

Ahora cada frase parece atravesar una frontera.

—Tu habitación está preparada —digo.

Claudia no se vuelve.

—No necesitabas prepararla.

—Llevaba preparada desde que Lucía te llamó.

—Eso fue ayer.

No contesto.

Abre la puerta y sale.

Espero unos segundos antes de seguirla.

No quiero caminar detrás de ella como si temiera que vuelva a desaparecer, aunque eso sea exactamente lo que temo.

* * *

La habitación de Claudia está en la segunda planta, al final del pasillo que da al jardín.

Oficialmente es una de las habitaciones privadas de los propietarios.

En la práctica, nadie ha dormido allí desde que se marchó.

No porque yo haya querido convertirla en un santuario. No hay velas, fotografías ni ropa colocada sobre la cama como si esperara que regresara cualquier noche. Guardé sus cosas en cajas cuando firmamos el divorcio. Ella se llevó lo que quiso y me dijo que podía deshacerme del resto.

No lo hice.

Las cajas continúan en el trastero.

La habitación, en cambio, sigue casi igual.

Claudia entra y deja el bolso sobre el escritorio.

Mira la cama, las cortinas claras y la cómoda que restauró durante el primer verano de obras. Después se acerca a la ventana.

La abre sin dificultad.

Se vuelve hacia mí.

—La has arreglado.

—Se atascaba.

—Se atascaba desde que compramos la casa.

—Me puse con ello.

—Dos años después de que dejara de utilizarla.

No sé qué respuesta espera.

La verdad es que reparé la ventana tres semanas después de que se marchara. Una mañana entré para ventilar, tiré del marco y volvió a quedarse bloqueado. Claudia se había quejado cientos de veces. Yo siempre respondía que lo arreglaría cuando tuviera tiempo.

Ese día desmonté la bisagra entera.

Tardé cuarenta minutos.

—También he cambiado el cierre del baño —digo.

—Emocionante.

Su voz suena seca, pero acaricia el marco con la punta de los dedos.

Sobre la mesita hay una taza amarilla con un pequeño sol dibujado. Es vieja, tiene una grieta en el asa y no combina con nada del hotel.

Claudia la mira.

—Pensaba que se había roto.

—Lucía la encontró en la cocina.

Otra mentira a medias.

La encontré yo.

Estaba detrás de una caja de infusiones, unos días después de recibir los documentos del divorcio. La lavé, la guardé en el armario de mi apartamento y no volví a usarla.

Anoche la dejé aquí.

—No hacía falta conservarla.

—Todavía sirve.

Claudia se vuelve hacia mí.

—Las cosas pueden seguir sirviendo y aun así dejar de pertenecer a un sitio.

No habla de la taza.

—Puedes quedarte el tiempo que necesites.

—Dos noches.

—Bien.

—Quizá una.

—También bien.

—Y no voy a aceptar el contrato solo porque haya conducido hasta aquí.

—Lo sé.

Frunce el ceño, molesta por la facilidad con la que estoy de acuerdo.

Antes habría intentado convencerla. Habría enumerado cifras, empleados, proveedores. Le habría explicado que el hotel no es solo mío, que hay personas que dependen de nosotros y que no podemos permitirnos rechazar una solución por orgullo.

Todo eso sigue siendo verdad.

Pero también es verdad que Claudia lleva menos de una hora en el Miramar y ya he vuelto a esperar que se adapte a un problema que no ha creado.

—Las carpetas están en el despacho —digo—. Te dejaré revisarlas.

—¿No vas a vigilarme?

—El cincuenta por ciento de los problemas que encontrarás también son tuyos.

—Qué romántico.

—Es lo mejor que puedo ofrecerte ahora mismo.

Sus ojos se detienen un instante en los míos.

—Nunca fuiste bueno con las frases románticas.

—Te casaste conmigo.

—También compré acciones de una empresa que está a punto de quebrar. Mi criterio no parece impecable.

Esta vez sí sonríe.

Es breve. Apenas un movimiento.

Pero está ahí.

Y durante un segundo vuelvo a tener veinticuatro años y estoy sentado con ella sobre un suelo lleno de polvo, comiendo pizza fría mientras Claudia asegura que el caserón ruinoso de mis abuelos puede convertirse en el hotel más bonito de la costa.

La sensación dura demasiado.

Me aparto de la puerta.

—Te aviso antes de la reunión.

—Álex.

Me detengo.

—¿Sí?

—¿Por qué no me llamaste tú?

La pregunta que sabía que llegaría.

Podría darle la respuesta sencilla: porque no quería molestarla. Porque imaginaba que estaría trabajando. Porque Lucía se adelantó.

Ninguna es mentira.

Tampoco es la verdad.

—Porque no sabía si tenía derecho.

Su expresión cambia apenas.

—Eres mi socio.

—No hablaba del hotel.

Claudia baja la mirada hacia la taza.

—Eso nunca te detuvo antes.

—Antes estaba casado contigo.

—Y aun así tampoco llamabas cuando las cosas iban mal.

Ahí está.

El golpe no llega con fuerza. No lo necesita.

Claudia nunca grita cuando quiere hacer daño. Solo coloca la verdad entre los dos y espera.

—No —admito—. No llamaba.

Salgo antes de empezar a explicarme.

Hay errores que no se corrigen describiendo por qué se cometieron.

* * *

A las cuatro y media, Lucía entra en el despacho con tres cafés y una expresión que anuncia problemas.

—Sara Montes ha llegado antes.

—¿Está sola?

—Con un asistente, una tableta y la capacidad de hacerme sentir que he suspendido un examen sin haber contestado ninguna pregunta.

—¿Dónde está Claudia?

—Terminando de revisar las cuentas.

—¿Cómo de enfadada?

Lucía deja uno de los cafés frente a mí.

—Ha dejado de insultarte en voz baja. Creo que ha pasado a la fase en la que planea soluciones.

—Eso es bueno.

—Para el hotel, sí. Para ti, depende de si la solución incluye arrojarte por un acantilado.

Me apoyo en la silla.

—Gracias por llamar ayer.

—Sé que estás siendo sarcástico, pero no me arrepiento.

—No deberías haberlo hecho sin preguntarme.

—Si te hubiera preguntado, habrías dicho que no.

—Exacto.

—Por eso no te pregunté.

Lucía se sienta frente a mí.

—Álex, llevas meses intentando sostener esto con alambre. Ya no puedes seguir tomando decisiones solo porque te da miedo que alguien te diga que no.

—No me da miedo que Claudia diga que no.

Mi hermana arquea una ceja.

—Vale.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara lleva treinta y un años teniendo razón sobre ti.

La puerta se abre.

Claudia entra con la carpeta azul bajo el brazo.

Se ha cambiado de ropa. Lleva un vestido verde oscuro, sencillo, ajustado a la cintura. El pelo suelto le cae sobre los hombros.

No debería notar nada de eso.

Lo noto todo.

—Hay pagos a proveedores retrasados más de sesenta días —dice, sin saludar.

—He hablado con ellos.

—Hablar no equivale a pagar.

—Lo sé.

—Y la previsión de ocupación de octubre es desastrosa.

—También lo sé.

—¿Hay algo que no sepas?

—Cómo vamos a solucionarlo.

Claudia deja la carpeta sobre la mesa.

—Bien. Al menos seguimos trabajando con la misma información.

Lucía se levanta.

—Sara está esperando en la biblioteca pequeña.

—¿No iba a ser aquí? —pregunto.

—Dice que prefiere una sala con luz natural. También ha movido dos sillones y ha pedido que retiremos una planta porque proyectaba una sombra triste.

Claudia asiente con respeto.

—Me cae bien.

—A mí me da miedo —dice Lucía.

—Es posible sentir las dos cosas.

Caminamos hasta la biblioteca.

Sara Montes está de pie frente a los ventanales. Tendrá unos cuarenta años, lleva un traje color crema y sostiene una tableta entre las manos. A su lado, un hombre joven conecta un portátil a la pantalla.

Sara se vuelve al oírnos entrar.

Primero mira a Claudia.

Después a mí.

Y sonríe con la satisfacción de quien acaba de confirmar que el producto se parece a las fotografías.

—Por fin —dice—. La pareja del Miramar.

Claudia y yo intercambiamos una mirada.

No respondo.

Ella tampoco.

Sara se acerca y nos estrecha la mano.

—Claudia Ferrer. Tenía muchas ganas de conocerte. He seguido tu trabajo en Madrid. La boda del Palacio Villena fue magnífica.

—Gracias.

—Y Alejandro. Hemos hablado por teléfono, pero es un placer.

—Álex está bien.

—Perfecto. Sentémonos.

Sara ocupa el sillón central. Su asistente permanece junto al portátil.

Claudia se sienta a mi derecha, dejando una distancia exacta entre nosotros. No tanta como para parecer hostil. La suficiente para no rozarnos.

Sara comienza la presentación.

Habla de posicionamiento, experiencias emocionales, clientes internacionales y narrativas auténticas. Explica que Eterno Verano quiere convertir el Miramar en su sede mediterránea durante doce semanas. Bodas privadas. Aniversarios. Retiros de pareja. Sesiones fotográficas. Contenido para redes.

En la pantalla aparecen imágenes del hotel mezcladas con fotografías antiguas de Claudia y mías.

Nuestra primera temporada.

La boda.

Una entrevista en la que Claudia sostenía que reformar el Miramar había sido más difícil que casarse conmigo.

Recuerdo que el periodista le preguntó si se arrepentía.

Ella respondió que todavía no.

—No buscamos únicamente un espacio bonito —explica Sara—. Hay cientos. Buscamos una historia que lo sostenga. Vosotros sois esa historia.

Claudia cruza las piernas.

—Antes de continuar, hay algo que debes saber.

Sara mantiene la sonrisa.

—Por supuesto.

Miro a Claudia.

Podría intervenir. Suavizarlo. Pedir hablar en privado.

No lo hago.

Esta vez la dejo decirlo a su manera.

—Álex y yo ya no somos pareja.

El silencio dura dos segundos.

El asistente levanta la vista del ordenador.

Sara no pierde la sonrisa, pero deja de parecer satisfecha.

—¿Estáis separados?

—Divorciados —responde Claudia—. Desde hace dos años.

Sara nos observa alternativamente.

—Eso no aparece en ninguna entrevista.

—No concedimos entrevistas sobre el divorcio —digo.

—Tampoco en las redes del hotel.

—El hotel no es nuestra vida privada.

Sara apoya la tableta sobre las rodillas.

—La propuesta creativa que hemos desarrollado parte de la idea de que continuáis casados.

—Lo imaginamos al ver la presentación —dice Claudia.

El asistente cierra lentamente el portátil, como si la reunión hubiera terminado.

Sara permanece en silencio.

Por primera vez desde que ha entrado, parece no tener preparada la siguiente frase.

—¿Quién más lo sabe? —pregunta finalmente.

—Nuestra familia, los empleados y los abogados que tramitaron el divorcio —responde Claudia.

—Pero no es de conocimiento público.

—No. Nunca hicimos un anuncio.

Sara se levanta y camina hacia la ventana.

Mira el mar. Después el patio. Después vuelve a mirarnos.

—Necesito hacer una llamada.

—Lo comprendemos —digo.

—No estoy segura de que lo hagáis.

Sale de la sala acompañada por su asistente.

La puerta se cierra.

Claudia se vuelve hacia mí.

—Ha ido bien.

—Podría haber sido peor.

—¿Cómo?

—Podría habernos pedido que renováramos los votos.

Claudia me mira con una mezcla de incredulidad y cansancio.

—No bromees con eso.

—No estaba bromeando.

Antes de que pueda responder, la puerta vuelve a abrirse.

Sara entra sola.

Ya no lleva la tableta. Tampoco sonríe.

Se sienta frente a nosotros y entrelaza las manos.

—La campaña, tal como está planteada, no puede continuar.

Claudia asiente, como si acabaran de confirmar algo evidente.

—Lo entendemos.

—Sin embargo —añade Sara—, el contrato todavía podría salvarse.

Claudia se queda inmóvil.

Yo también.

Sara dirige la mirada hacia el espacio que nos separa en el sofá.

—Pero necesitaríamos cambiar la historia que vamos a contar.