Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Sus ojos recorren mi rostro con rapidez, como si necesitara comprobar que estoy entera, y luego bajan hacia la maleta que Lucía está sacando del coche.

—No tenías que venir.

Casi me río.

Once meses sin vernos y esas son sus primeras palabras.

—Qué bienvenida tan cálida.

—No quería decir eso.

—Ya. Nunca quieres decir exactamente lo que dices. Es parte de tu encanto.

Lucía cierra el maletero con más fuerza de la necesaria.

—Voy a llevar esto arriba mientras vosotros intentáis no arruinarlo todo durante los primeros treinta segundos.

—No me quedo —digo.

—Has traído una maleta.

—También llevo un extintor en el coche y no significa que quiera provocar un incendio.

Lucía pone los ojos en blanco y entra en el hotel.

Álex y yo nos quedamos frente a frente.

Hay unos dos metros entre los dos. Una distancia prudente para dos personas que compartieron una cama durante nueve años y después necesitaron abogados para repartirse una vida.

—Gracias por venir —dice finalmente.

—Lucía me contó lo de la deuda.

Su mandíbula se tensa.

—No debería haberte llamado sin hablar conmigo.

—Yo sigo siendo propietaria de la mitad del hotel. Quizá lo que no deberías haber hecho es refinanciar una deuda sin informarme.

—Te envié la documentación.

—Me enviaste ciento cuarenta páginas de informes junto con el cierre trimestral.

—Estaba incluida.

—Esconder una decisión en un archivo adjunto no es informar.

—No la escondí.

—Entonces eres peor comunicándote de lo que recordaba.

Nos miramos.

La discusión resulta tan familiar que durante un instante tengo la sensación absurda de haber regresado de un viaje, no de un divorcio.

Álex baja la vista y respira lentamente.

Antes solía hacerlo cuando intentaba no responder algo de lo que se arrepentiría después.

—Tienes razón —dice.

La frase me deja sin réplica.

—¿Perdona?

—Debería habértelo explicado. Pensaba que podría solucionarlo antes de que fuera necesario preocuparte.

—No me preocupan las cosas solo cuando dejan de tener solución.

—Lo sé.

No, pienso.

No lo sabes.

Pero algo en su cara me impide decirlo.

Detrás de nosotros, un coche se detiene frente a la entrada. Una pareja baja cargada de maletas y Álex cambia de expresión de inmediato. Sonríe, saluda a los huéspedes por sus nombres y llama a un empleado para que les ayude.

Sigue siendo bueno en esto.

Siempre lo fue.

Observa cada detalle sin que parezca esfuerzo. Recuerda quién prefiere una habitación lejos del ascensor, quién necesita almohadas adicionales y qué niño lloró el verano anterior porque perdió un dinosaurio de plástico en la piscina.

Yo fui quien creó la imagen del Miramar.

Álex hizo que la gente quisiera volver.

—Entremos —dice cuando los huéspedes desaparecen por el vestíbulo—. Hay algo que debes ver.

Dentro, el hotel huele a madera encerada y limón. El suelo conserva las baldosas hidráulicas originales que tardamos meses en restaurar. El mostrador de recepción está exactamente donde lo dejamos. Sobre una mesa hay un jarrón con ramas de olivo, una elección demasiado sobria para Lucía.

Mía, comprendo.

Una idea que permanece aunque yo ya no esté.

Álex me conduce hasta el despacho del fondo. La antigua biblioteca de su abuelo. La habitación donde discutimos presupuestos, elegimos proveedores y celebramos nuestra primera reserva con una botella de vino que no podíamos permitirnos.

Sobre la mesa hay varias carpetas y una presentación abierta en un portátil.

No me siento.

—Lucía dijo que teníais una propuesta.

Álex cierra la puerta.

—La tenemos.

—¿Quién?

—Una empresa de organización de eventos. Eterno Verano.

Conozco el nombre. Cualquiera que trabaje en mi sector lo conoce. Bodas exclusivas, retiros privados, campañas para marcas de lujo. Mucho dinero envuelto en flores frescas y una iluminación que consigue que incluso las personas infelices parezcan enamoradas.

—¿Qué quieren?

—Reservar la mayor parte del hotel durante doce semanas. Eventos, bodas y experiencias para parejas. El contrato cubriría la reforma eléctrica, las deudas inmediatas y parte de la próxima temporada.

Me obligo a no mostrar alivio.

—Parece que no me necesitáis.

—Sí te necesitamos.

—Puedes firmar contratos operativos sin mí.

—Este no.

Álex gira el portátil hacia mí.

En la pantalla aparece una fotografía.

Él y yo, doce años más jóvenes, cubiertos de polvo frente a la fachada medio derruida del Miramar. Estoy riéndome. Álex me mira a mí en vez de a la cámara.

Debajo hay una frase en letras blancas:

EL HOTEL CONSTRUIDO SObrE UNA HISTORIA DE AMOR.

Siento que el suelo se mueve bajo mis pies.

—No.

—Claudia.

—No sé qué os han contado, pero la historia de amor terminó.

—Ellos no lo saben.

Levanto la mirada.

—¿Cómo que no lo saben?

Álex apoya ambas manos sobre la mesa.

—La campaña se basa en nosotros. En el matrimonio que restauró este lugar y lo convirtió en uno de los hoteles más románticos de la costa.

—El exmatrimonio.

—Eso todavía no forma parte de la propuesta.

Me aparto del ordenador.

—Pues ya puedes llamar y explicárselo.

—La reunión es esta tarde.

—Perfecto. Así podrás ver su cara cuando descubran que la pareja perfecta lleva dos años divorciada.

Álex mantiene la mirada fija en mí.

Hay cansancio en sus ojos, pero también algo más. Algo que reconozco porque estuvo presente cada vez que decidió seguir adelante con el hotel cuando cualquier persona razonable habría renunciado.

Determinación.

—Necesitamos acudir juntos —dice.

—No.

—Escucha primero la oferta.

—La he escuchado.

—No, solo has visto la portada.

—Y en la portada aparezco casada con un hombre del que me divorcié.

—Claudia, este contrato puede salvar el Miramar.

—Entonces encuentra una forma de firmarlo sin vender una mentira.

Álex se incorpora lentamente.

Durante un segundo creo que discutirá. Que utilizará el hotel, los empleados o el dinero que ambos invertimos para convencerme.

Pero solo dice:

—No puedo firmarlo sin ti.

—¿Por mi participación?

—No.

Señala la fotografía.

Su dedo queda junto a la versión de nosotros que todavía creía que amar y construir eran la misma cosa.

—Porque la oferta no es por el hotel —dice—. Es por nuestra historia.