Mi ex y la Peor idea del Verano
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CAPÍTULO 1
CLAUDIA
La primera llamada de Lucía me encuentra sujetando con una mano una escalera y con la otra un jarrón de cristal que cuesta más que mi coche.
No la contesto.
No porque no vea su nombre iluminando la pantalla, sino porque, si suelto cualquiera de las dos cosas, existe una probabilidad razonable de que alguien termine en urgencias. Y porque Lucía Vidal no me llama desde hace once meses.
Cuando el teléfono deja de vibrar dentro del bolsillo de mi pantalón, intento convencerme de que se ha equivocado.
—Un poco más a la izquierda —le indico al florista.
—¿Mi izquierda o la tuya?
—La izquierda del salón.
Me mira desde lo alto de la escalera.
—Los salones no tienen izquierda.
—Este sí. Es un hotel de cinco estrellas.
El florista resopla, desplaza la estructura de rosas unos centímetros y vuelve a mirarme esperando aprobación.
Compruebo la fotografía de referencia en la tableta.
La novia ha pedido un arco floral que parezca «silvestre, pero elegante; espontáneo, pero simétrico; sencillo, pero inolvidable».
Traducido al idioma de las bodas, eso significa caro.
—Ahí —digo—. Perfecto.
La segunda llamada de Lucía llega mientras compruebo que ninguna de las velas esté lo bastante cerca de las cortinas como para convertir la boda en una noticia nacional.
Esta vez sí contesto.
—Espero que te estés casando —digo—. O que hayas matado a alguien y necesites una coartada.
Al otro lado hay un silencio.
No un silencio normal. No el de alguien que intenta decidir si reírse. Es el silencio de quien lleva demasiado tiempo ensayando una frase y, cuando llega el momento de pronunciarla, descubre que ninguna palabra es suficiente.
Me alejo de los técnicos y salgo al pasillo.
—Lucía.
—Hola, Claudia.
Su voz provoca algo extraño en mi pecho. No exactamente dolor. El dolor es más limpio. Esto se parece a abrir un armario y encontrar una prenda que todavía conserva el olor de una vida anterior.
—Hola.
—Siento llamarte así.
Apoyo la espalda en la pared. Frente a mí, dos camareros transportan una torre de copas de champán. Los observo avanzar con la concentración de quien presencia una operación a corazón abierto.
—¿Ha pasado algo?
Lucía vuelve a guardar silencio.
—Es el Miramar.
Las copas llegan intactas al salón.
Yo, no.
—¿Qué ocurre?
—Estamos teniendo problemas.
—¿Qué clase de problemas?
—De los que se expresan mejor con muchos ceros.
Cierro los ojos.
Hotel Miramar.
Durante los últimos dos años he perfeccionado la capacidad de escuchar ese nombre sin reaccionar. Puedo verlo en una revista, encontrar una fotografía en redes o recibir una factura relacionada con mi participación en la empresa sin sentir que alguien introduce los dedos entre mis costillas.
Al menos, eso creía.
—¿Cuánto? —pregunto.
—No quiero hablarlo por teléfono.
—Lucía.
—Ha habido cancelaciones. La instalación eléctrica necesita una reforma que no estaba prevista y el préstamo…
—¿Qué préstamo?
La pregunta sale demasiado rápido.
Una de las coordinadoras se acerca para preguntarme algo, pero levanto un dedo. Un minuto. Necesito un minuto para descubrir por qué existe un préstamo del que no sé nada en un negocio que sigue perteneciéndome en un cincuenta por ciento.
—Álex refinanció parte de la deuda el invierno pasado —explica Lucía.
—¿Sin consultarme?
—Pensaba que podría resolverlo.
Me río. Es un sonido breve y sin humor.
—Claro que lo pensaba.
—No empieces.
—No he empezado nada. Hace dos años que no empiezo nada relacionado con tu hermano.
—El hotel puede cerrar, Claudia.
El pasillo parece estrecharse.
—¿Cuándo?
—Si no encontramos una solución, quizá antes de final de año.
Miro hacia el salón. Las flores blancas. Las velas. Los manteles sin una sola arruga. Todo ocupa exactamente el lugar que he decidido. Esa es la parte de mi trabajo que más me gusta: durante unas horas, puedo construir un mundo en el que nada ocurre por accidente.
—¿Álex sabe que me estás llamando?
—No.
Por supuesto.
—¿Por qué no me ha llamado él?
—Porque es idiota.
—Esa explicación es tan amplia que no me sirve.
—Porque cree que ya te ha pedido demasiado. Porque no quiere que regreses por obligación. Porque probablemente preferiría vender un riñón antes que reconocer que necesita ayuda. Escoge la que más te guste.
—No puedo arreglar un hotel desde Madrid.
—No te estoy pidiendo que lo arregles. Te estoy pidiendo que vengas y escuches una propuesta.
—¿Qué propuesta?
—Ven mañana.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
La frase me molesta porque durante años fue Álex quien la utilizó y porque, en boca de su hermana, no suena a reproche. Suena a súplica.
La coordinadora vuelve a acercarse. Esta vez señala discretamente su reloj. Faltan cuarenta minutos para que lleguen los invitados y la novia acaba de decidir que no soporta el tono de las servilletas.
—Tengo que dejarte.
—Claudia…
—Te llamaré esta noche.
—Prométemelo.
Miro la entrada del salón y pienso en todas las promesas que hice cuando todavía creía que una promesa bastaba para mantener algo en pie.
—Te llamaré —repito.
Cuelgo antes de mentir mejor.
* * *
A las seis y veinte de la mañana siguiente conduzco hacia Puerto Escondido con una maleta en el maletero y la firme intención de regresar a Madrid en menos de cuarenta y ocho horas.
He dormido tres.
La boda terminó sin incendios, sin fugas y sin que nadie descubriera que las servilletas «marfil» eran exactamente las mismas que la novia había rechazado cuando las llamábamos «beige».
Llegué a casa cerca de la una, mantuve una conversación de cuarenta minutos con Lucía y pasé las dos horas siguientes revisando los últimos informes financieros del Miramar.
No son buenos.
Tampoco son completos.
Álex ha conseguido mantener el hotel abierto con una mezcla de refinanciaciones, retrasos de pagos y el tipo de optimismo que, en cualquier otro contexto, se diagnosticaría como una alteración de la percepción de la realidad.
La autovía queda atrás y la carretera comienza a bordear la costa. El mar aparece entre los pinos, brillante bajo el sol de junio.
No debería afectarme.
He visto mares desde que me fui. He organizado bodas frente al Cantábrico, en Mallorca y en una playa italiana donde el novio llegó en helicóptero y la novia amenazó con marcharse porque él había aterrizado cinco minutos antes de lo acordado.
Pero este mar es distinto.
No porque sea más azul ni más hermoso, sino porque conozco cada curva de la carretera que conduce hasta él.
Sé dónde desaparece la cobertura. Dónde se instala el vendedor de cerezas en verano.
En qué punto Álex frenó de golpe la noche que volvimos de nuestra primera cita porque un gato cruzó la calzada y yo derramé café sobre su camisa.
Recuerdo que nos reímos durante diez minutos.
Recuerdo demasiadas cosas.
Cuando aparece el cartel de Puerto Escondido, bajo las ventanillas. El aire caliente entra en el coche con olor a sal, pino y protector solar.
El pueblo parece no haber cambiado. Las fachadas blancas continúan reflejando el sol. Las macetas de geranios cuelgan de los balcones. Las mesas de las cafeterías invaden las aceras como si las ordenanzas municipales fueran una sugerencia creativa.
Paso frente a la panadería de Teresa, la plaza y el bar donde Álex y yo firmamos, sobre una servilleta, el primer cálculo absurdo de lo que costaría convertir la casa de sus abuelos en un hotel.
Nos equivocamos por ciento ochenta mil euros.
También nos equivocamos en cosas más importantes.
El Miramar aparece al final de una pendiente, recortado contra el mar.
El edificio mantiene la fachada color arena, las contraventanas azules y el letrero de hierro que elegí después de hacer diseñar nueve versiones diferentes. Las buganvillas han crecido hasta cubrir parte de la terraza. Alguien ha colocado macetas de lavanda a ambos lados de la entrada.
Freno frente a la puerta.
Durante unos segundos no apago el motor.
Podría marcharme.
Enviar a un asesor financiero. Exigir las cuentas completas.
Vender mi participación, aunque obtenga mucho menos de lo que invertí.
Regresar a Madrid y continuar con la vida que he construido precisamente para no volver a quedarme sentada frente a este edificio sintiendo que todo lo que fui continúa dentro.
Entonces la puerta principal se abre y Lucía sale corriendo.
Apago el motor.
No me da tiempo a bajar del coche antes de que abra la puerta y me abrace.
—Has venido.
—Dijiste que el hotel estaba a punto de hundirse. Me pareció poco educado no asistir.
Lucía se aparta para observarme. Lleva el pelo recogido en un moño desordenado, el uniforme azul de recepción y la misma expresión directa que siempre ha conseguido hacerme sentir ligeramente transparente.
—Estás más delgada.
—Tú sigues saludando como una abuela.
—Y tú sigues respondiendo como una adolescente.
—Me alegra comprobar que el tiempo nos ha hecho madurar.
Sonríe, pero los ojos se le humedecen.
Eso es peor que si llorara.
—Te he echado de menos —dice.
La sinceridad me desarma. Aparto la vista hacia el edificio.
—¿Dónde está tu hermano?
—Dentro.
—¿Sabe que he venido?
—Ahora sí.
Sigo la dirección de su mirada.
Álex está detrás de los ventanales del vestíbulo.
El tiempo no se detiene. Nadie deja caer una bandeja. No suena una canción que resuma nuestro matrimonio y tampoco se levanta una ráfaga de viento destinada a hacerme parecer más hermosa.
Solo está él.
Al otro lado del cristal.
Con una camisa blanca remangada hasta los codos, pantalones oscuros y una carpeta bajo el brazo. Tiene el pelo algo más corto. La barba, más marcada. Parece cansado.
También parece Álex.
Mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza.
Es una traición pequeña y precisa: una contracción en el estómago, un cambio en la respiración, el impulso ridículo de comprobar si mi pelo sigue presentable después de cuatro horas conduciendo.
Él me mira sin moverse.
Después deja la carpeta sobre el mostrador y se acerca a la puerta.
—Claudia.
Mi nombre en su voz sigue sonando distinto.
—Álex.