Capítulo 24. Rendición total.
La tarde se pudrió bajo un sol implacable.
Laura yacía destrozada en la tumbona, con semen espeso saliendo de su coño, culo y boca.
Los tres hombres se reían mientras se limpiaban las pollas en su pelo y tetas.
Yo seguía sentado allí, convertido en un despojo humano, con el alma hecha pedazos y lágrimas secas en la cara.
Luka se acercó, me agarró del pelo y me levantó la cabeza con fuerza.
—Mírala bien, gusano. Esta ya no es tu mujer. Es nuestra puta colectiva. ¿Entiendes eso o todavía te queda algo de dignidad de mierda?
No respondí. Solo miré a Laura. Ella se incorporó lentamente, con dificultad, chorreando semen por todos lados. Se arrastró hasta mí y se arrodilló frente a mi tumbona, mirándome con ojos fríos y brillantes.
—Se acabó el teatro —dijo con voz ronca y definitiva—. Ya no soy tu esposa. Soy una hotwife. Tu hotwife. Pero sobre todo, soy la puta de Luka y de quien él quiera prestarme.
El dolor fue tan profundo que sentí náuseas reales. Algo dentro de mí se rompió para siempre.
—Laura… por favor… —supliqué con un hilo de voz—. No hagas esto. Te amo. Te he amado toda mi vida. No me destruyas del todo.
Ella soltó una risa baja, amarga y cruel. Me escupió en la cara otra vez, mezclando su saliva con los restos de semen de los otros.
—¿Amor? ¿Tú me hablas de amor mientras te corres viendo cómo me follan como a una cerda? Eres patético. Doce años aguantando tu polla mediocre, tus polvos de tres minutos y tu cariño de marica. Luka y sus amigos me han dado más en un día que tú en toda una década.
Se sentó a horcajadas sobre mí, sin bajarme el bañador. Solo restregando su coño lleno de semen contra mi polla dura y humillada.
—Repite conmigo —ordenó—: “Mi mujer es una hotwife y yo soy un cornudo de mierda”.
Tragué bilis y lágrimas.
—Mi mujer es una hotwife… y yo soy un cornudo de mierda.
—Más fuerte, perdedor.
—¡Mi mujer es una hotwife y yo soy un cornudo de mierda! —grité, roto.
Laura sonrió con satisfacción oscura y me mordió el labio hasta hacerlo sangrar.
—Bien. A partir de ahora las reglas son claras: yo follo con quien quiera, cuando quiera y como quiera. Tú limpias, miras y sufres. Si te portas bien, a veces te dejaré oler mi coño usado. Si lloras demasiado… te dejaré en casa y me iré de viaje con Luka.
Dimitri y Marco se rieron. Luka se acercó por detrás de Laura, le metió dos dedos en el culo y los sacó llenos de su propia corrida, metiéndomelos luego en la boca.
—Chupa, esclavo. Este es tu nuevo sabor favorito.
Lamí sus dedos mientras Laura me miraba con desprecio y placer.
—Dime que aceptas tu lugar —exigió ella.
—Acepto… —susurré, destruido—. Acepto ser tu cornudo. Acepto que ya no seas mía.
Laura me besó con fuerza, metiendo su lengua que aún sabía a pollas ajenas. Cuando se separó, me miró a los ojos por última vez con algo parecido a lástima.
—Te quiero, mi pequeño cornudo. Pero solo como el perro que eres. Mañana Luka me va a follar delante de más gente. Y tú vas a agradecer públicamente que me convierta en la puta que siempre debí ser.
Se levantó, tambaleándose, y se fue con los tres hombres hacia las cabañas, sin mirarme.
Yo me quedé solo en la tumbona, con el pecho vacío, el sabor de semen ajeno en la boca y la certeza absoluta de que ya no había marcha atrás.
Mi esposa ya no era mía.
Nunca más lo sería.