Capítulo 23. Luka le reclama delante de mí.
Llegamos a la piscina privada del resort como dos extraños. Laura caminaba delante, contoneándose con descaro, el bikini negro apenas cubriéndole los pezones y el coño. Yo iba detrás, convertido en una sombra rota, con el alma hecha trizas y el estómago revuelto.
Luka ya estaba allí. No venía solo. Traía a dos amigos: un ruso enorme y calvo llamado Dimitri, y un italiano musculoso de nombre Marco. Los tres miraron a mi mujer como lobos mirando carne fresca.
—Aquí está mi puta favorita —dijo Luka con voz grave, sin siquiera saludarme.
Laura se acercó directamente a él. Luka la agarró por el cuello y la besó con brutalidad, metiendo la lengua hasta la garganta mientras sus amigos observaban. Luego la empujó hacia ellos.
—Probadla. Es de uso libre.
Dimitri no perdió tiempo. La sentó en su regazo y le metió dos dedos gordos en el coño sin preámbulos, mientras Marco le chupaba las tetas con hambre.
Yo me quedé sentado en una tumbona a tres metros, invisible, con las manos temblando sobre las rodillas. El vacío dentro de mí era absoluto.
Esto es el fin. La estoy viendo convertirse en una puta pública y no hago nada. La mujer que juré amar hasta la muerte está siendo manoseada por tres extraños como si fuera un juguete de usar y tirar. Y yo… yo solo miro. Soy menos que nada.
Laura gemía sin vergüenza, abriendo las piernas para Dimitri.
—Más fuerte… —suplicó—. Usadme. Quiero que mi marido vea lo que soy ahora.
Luka se acercó a mí, se agachó y me habló al oído con tono bajo y venenoso:
—Mírala bien, maricón. Mira cómo se derrite con pollas de verdad. Tú nunca la hiciste gemir así. Eres un cero a la izquierda. Un error que ella tuvo que soportar durante doce años.
Laura giró la cabeza hacia mí mientras Dimitri le metía tres dedos hasta el fondo.
—¿Ves esto, cariño? —jadeó—. Esto es lo que necesito. No tus polvitos de mierda. Quiero que me usen. Que me degraden. Que me rompan.
Marco se sacó la polla y se la metió en la boca a Laura sin piedad, follándole la garganta mientras Dimitri seguía abriéndole el coño.
Luka se sentó a mi lado, disfrutando de mi sufrimiento.
—Dime cómo te sientes —exigió.
—Estoy muerto por dentro —respondí con voz hueca—. Te odio. Os odio a todos. Pero sobre todo me odio a mí por permitir esto. La estoy perdiendo para siempre y una parte enferma de mí sigue aquí, mirando.
Laura se corrió con un grito ahogado alrededor de la polla de Marco, temblando violentamente. Cuando terminó, se acercó a mí gateando, con la cara manchada de saliva y los ojos brillantes de locura.
—Te quiero —susurró, pero su voz sonaba vacía—. Te quiero como se quiere a un perro fiel. Pero ya no te deseo. Ya no te respeto. Solo me sirves para esto: para ver cómo te destrozo.
Me escupió en la cara y volvió con los tres hombres.
Luka la puso a cuatro patas sobre una tumbona, justo frente a mí. Se bajó el bañador y le metió la polla de un golpe brutal en el coño.
—Dile a tu marido lo que eres ahora —gruñó mientras la follaba con fuerza salvaje.
Laura me miró directamente a los ojos, con la cara desencajada de placer animal.
—Soy una puta —jadeó entre embestidas—. Soy la puta de Luka. Ya no soy tu mujer. Solo una zorra que necesita pollas grandes para sentirse viva. Tú… tú solo eres el cornudo que limpia y mira.
Dimitri y Marco se colocaron a los lados, metiéndole las pollas en la boca y en las manos. Laura se convirtió en un agujero vivo, usada por los tres al mismo tiempo.
Yo observaba todo con lágrimas silenciosas, el alma completamente destruida. Ya no quedaba amor romántico. Solo quedaba una oscuridad espesa, pegajosa, que me había tragado entero.
Y lo más aterrador era que Laura nunca había parecido tan feliz.