Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 22. Laura me dice que ya no puede (ni quiere) parar.
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Capítulo 22. Laura me dice que ya no puede (ni quiere) parar.

La noche fue un tormento lento. Dormí con la cara hundida entre sus muslos, respirando el hedor espeso de otro hombre que aún salía de su coño. Cada vez que intentaba apartarme, Laura apretaba las piernas como una cárcel de carne caliente, recordándome mi lugar.

Por la mañana, me despertó sentándose en mi cara sin decir una palabra. Me usó como un objeto hasta correrse con un suspiro aburrido. Luego se levantó y se miró en el espejo, tocándose las marcas frescas que Luka le había dejado.

Me quedé sentado en la cama, roto, observándola. El vacío dentro de mí era negro, profundo.

Laura se giró. Su mirada ya no tenía ni rastro de la mujer que conocí. Solo quedaba algo frío, calculador y hambriento.

—Tenemos que hablar —dijo con tono plano.

Esperé, sabiendo que venía el golpe definitivo.

—Anoche, mientras roncabas con la cara llena de semen ajeno, lo decidí —continuó—. Ya no voy a parar. Y sinceramente… ya no quiero parar. Esto es lo que soy ahora.

Las palabras cayeron como una losa sobre mi pecho.

—Laura… —susurré, con la voz muerta.

Ella se acercó, completamente desnuda, y me miró desde arriba como si fuera un insecto agonizante.

—Esto ya no es una fantasía de vacaciones, cariño. Me gusta demasiado sentirme usada. Me gusta cómo Luka me destroza. Me gusta ser su puta. Me gusta ver cómo te vas apagando poco a poco. Y no pienso renunciar a eso por nuestro “matrimonio” de mierda.

Sentí que algo se rompía dentro de mí de forma irreversible.

—¿Doce años? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Todo lo que hemos construido… lo tiras por un ruso que te folla fuerte?

Laura soltó una risa baja y oscura.

—Doce años de sexo mediocre, de rutina y de fingir orgasmos. Luka me ha dado más placer en diez días que tú en toda una década. Y lo mejor es verte destruido. Verte llorar. Verte aceptar que ya no vales nada como hombre.

Se sentó a horcajadas sobre mí, pero esta vez no había deseo. Solo dominio puro.

—Quiero que me folle cuando quiera. Quiero que me use delante de ti. Quiero que me traiga a sus amigos y me trate como a una cerda barata. Y tú vas a estar ahí. Mirando. Limpiando. Sufriendo. Porque si intentas parar esto… te dejo. Me quedo con él y te mando solo a casa, vacío.

El abismo se abrió bajo mis pies. Lágrimas silenciosas rodaron por mi cara.

—Te quiero… —murmuré, casi sin fuerza.

—Sé que me quieres —respondió ella con frialdad—. Ese es tu castigo. Querer a una mujer que ya no te quiere de la misma forma. Que te ve como un accesorio roto y útil.

Me agarró la polla con fuerza, casi dolorosamente, y empezó a masturbarme con movimientos mecánicos.

—Hoy Luka trae a dos amigos a la piscina. Me van a follar los tres. Y tú vas a agradecerlo. Vas a mirar cómo me convierten en su juguete y vas a dar las gracias por poder presenciarlo.

Aceleró la mano. No había cariño. Solo crueldad.

—Dime que aceptas —ordenó.

—Acepto… —respondí con la voz rota, derrotado hasta el fondo del alma.

Me corrí sin placer, solo con un espasmo vacío. Laura se limpió la mano en mi pecho como si fuera un trapo sucio.

—Bien. Ahora vístete. Vamos a la piscina.

Se levantó y caminó hacia la puerta sin mirarme.

—Te quiero —dijo sin emoción—. Pero solo como el cornudo patético que necesito para sentirme viva.

Me quedé solo unos segundos en la habitación, mirando la nada.

Ya no había amor.

Solo oscuridad.

Y yo me estaba ahogando en ella voluntariamente.