Capítulo 18. Su polla es mucho más grande que la tuya.
Volvimos a la villa en silencio. Laura caminaba delante, con las piernas aún temblorosas y el bikini mal puesto. Yo iba detrás, con el sabor de la corrida de Luka todavía fresco en la garganta.
Nada más cerrar la puerta, Laura se quitó el bikini y se tumbó en la cama king size con las piernas abiertas. Su coño seguía rojo e hinchado, ligeramente abierto.
—Ven aquí —ordenó con voz calmada pero firme—. Siéntate a los pies de la cama y mírame.
Me senté. El conflicto me carcomía las entrañas.
Laura se tocó el coño lentamente, abriéndoselo con dos dedos para que viera el interior aún brillante.
—Míralo bien —dijo—. Mira cómo me ha dejado. Ahora dime la verdad: ¿alguna vez mi coño estuvo tan abierto después de follar contigo?
—No… —admití con la voz rota.
Laura sonrió con sadismo.
—Claro que no. Porque su polla es mucho más grande que la tuya. Más gruesa. Más larga. Más dura. Cuando me la metió, sentí que me partía. Tú nunca me has llenado así. Nunca me has llegado tan adentro. Tu polla… es ridícula comparada con la suya.
Cada palabra era un cuchillo caliente clavándose en mi pecho. Sentí náuseas y, al mismo tiempo, mi polla traicionera se puso completamente dura.
—Laura… por favor… —supliqué.
—¿Por favor qué? —replicó ella, metiéndose dos dedos y sacándolos cubiertos de semen mezclado—. ¿Por favor que pare de decir la verdad? ¿O por favor que siga humillándote porque te pone cachondo como un puto enfermo?
Se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y me miró directamente a los ojos.
—Su polla es mucho más grande que la tuya —repitió lentamente, saboreando cada sílaba—. Cuando me follaba, sentía cómo me estiraba las paredes. Cada vena de su verga me rozaba por dentro. Me golpeaba el fondo del coño con cada embestida. Tú solo me das cosquillas. Él me destroza. Y me encanta.
Me agarré la cabeza con las manos. Lágrimas de rabia y humillación me quemaban los ojos.
—Te quiero, joder… Te quiero con toda mi alma. ¿Por qué me haces esto?
Laura se rio bajito y cruel.
—Porque puedo. Porque me da poder. Porque verte llorar mientras se te pone dura me moja más que cualquier cosa. Ven, acércate.
Me hizo gatear hasta ella. Me puso la mano en la polla y empezó a masturbarme despacio mientras seguía hablando:
—Mira qué pequeña se ve en mi mano comparada con la de Luka. La suya apenas me cabía en la boca. Tuve que hacer esfuerzo para no ahogarme. Y cuando me corrió en la garganta… era tanta leche que me costó tragarla toda. La tuya sale cuatro gotas y se acaba rápido.
Apretó más fuerte, casi dolorosamente.
—Dilo. Repite conmigo: “Su polla es mucho más grande que la mía”.
Tragué saliva. El conflicto me estaba rompiendo.
—Su polla… es mucho más grande que la mía —repetí con voz temblorosa.
—Más alto, cornudo.
—¡Su polla es mucho más grande que la mía! —grité, derrotado.
Laura aceleró la mano, masturbándome con desprecio.
—Buen chico. Ahora dime qué soy yo.
—Eres… su puta.
—Exacto. Ya no soy solo tu esposa. Soy la puta de Luka. Y tú eres el cornudo que limpia y escucha. ¿Te duele?
—Muchísimo —confesé entre sollozos.
—Perfecto —susurró ella, acercando su boca a mi oreja—. Porque mañana va a ser peor. Mañana quiere follarme el culo delante de ti. Y yo voy a dejarle.
Me corrí violentamente en su mano, con el cuerpo convulsionando de placer y vergüenza.
Laura se limpió la mano en mi pecho y me dio una palmada suave en la cara.
—Te quiero, mi pequeño perdedor. Pero cada vez te quiero menos como hombre… y más como mi esclavo.