Capítulo 12. Laura desaparece con Luka.
El octavo día fue el que realmente empezó a romperme.
Me desperté solo en la cama, sudando frío. Laura no estaba. Escuché la ducha y fui hacia allá. Estaba depilándose el coño con cuidado, completamente desnuda, con una sonrisa satisfecha en la cara.
—¿Vas a seguir así? —le pregunté con la voz rota—. ¿Dejándome solo mientras te preparas para él?
Laura se giró, con la cuchilla aún en la mano y el coño brillante y completamente liso.
—Sí, cornudo. Hoy voy a desaparecer un rato con Luka. Necesito sentirme follada de verdad. Tu polla ya no me llena. ¿Te duele oír eso?
—Sí… me duele —admití—. Me está destrozando, Laura. Siento que te estoy perdiendo para siempre.
Ella se acercó, aún mojada, y me agarró la polla con la mano resbaladiza.
—Esa es exactamente la razón por la que me voy a ir con él. Porque verte destruido me pone como una perra.
Bajamos a la playa. Luka ya estaba allí, esperándola como un lobo. En cuanto Laura llegó, la levantó en brazos y le metió la lengua hasta la garganta delante de todo el mundo. Sus manos grandes le apretaron el culo por debajo del bikini.
—Hoy te voy a comer ese coño depiladito hasta que grites, zorra —le gruñó Luka sin importarle que yo estuviera a dos metros.
Laura miró hacia mí con ojos brillantes de lujuria y culpa.
—Cariño, voy a dar un paseo largo con Luka. No me esperes pronto. Quédate aquí como el buen cornudito que eres.
Intenté protestar, pero solo me salió un hilo de voz:
—Laura… por favor… no te vayas mucho tiempo.
Ella se rio y Luka soltó una carcajada grave.
—Míralo, lloriqueando. Patético.
Se fueron caminando por la playa hacia las zonas más privadas, con la mano de Luka metida descaradamente dentro del tanga de mi mujer. Los vi desaparecer detrás de las rocas.
Y entonces empezó la espera.
Una hora. Dos horas. Tres horas.
Me quedé sentado bajo la sombrilla, con el sol quemándome la piel y la mente hecha pedazos. El conflicto interno me estaba volviendo loco:
¿Qué estarán haciendo ahora? ¿La estará follando ya?
¿Estará ella de rodillas chupándole esa polla gruesa que tanto presume?
¿Gritará su nombre cuando se corra? La estoy perdiendo.
La estoy regalando. Soy un cobarde de mierda, un maricón sin huevos.
Pero joder… imaginarla con la cara llena de su leche me está poniendo cachondo hasta el punto de doler.
Cuatro horas y media después, cuando ya estaba a punto de ir a buscarlos, los vi regresar.
Laura caminaba con dificultad, con las piernas temblorosas. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, marcas de mordiscos en el cuello y en las tetas. El bikini estaba mal puesto y tenía restos blancos secos en el muslo y en la barbilla.
Luka caminaba a su lado como un rey, con una sonrisa arrogante y la polla todavía medio dura marcándose en el bañador.
Laura se acercó a mí. Olía a sexo. A sudor masculino, a coño y a corrida.
—Te quiero —susurró, pero su voz sonaba satisfecha—. Pero necesito que sepas lo que pasó.
Se sentó en la tumbona frente a mí y separó las piernas. El tanga estaba empapado y tenía un claro hilo de semen espeso escapando por el borde.
—Luka me llevó a una cala privada. Me puso a cuatro patas sobre una toalla y me comió el coño y el culo durante casi una hora. Me corrí cuatro veces en su boca. Su lengua es mucho más larga y fuerte que la tuya. Me llamó “puta casada desesperada” mientras me metía dos dedos en el culo.
Tragué saliva. Lágrimas corrían por mi cara.
—Luego me puso de rodillas y me folló la boca. Su polla es enorme, cariño. Casi no me cabía. Me ahogó con ella hasta que me lloraron los ojos. Se corrió en la garganta y me obligó a tragármelo todo.
Luka se sentó al lado, riéndose.
—Tu mujer chupa pollas como una profesional. Mejor que cualquier puta de Moscú.
Laura continuó, mirándome fijamente mientras se tocaba el coño por encima del bikini:
—Después me folló. Sin condón. Me abrió las piernas y me metió toda su verga rusa de un empujón. Me dolió… pero me corrí al instante. Me folló como un animal, llamándome “puta de mi marido”, “zorra infiel”, “coño usado”. Se corrió dentro dos veces. Mira…
Se apartó el tanga y me enseñó su coño rojo e hinchado, con semen espeso y blanco saliendo lentamente.
—Esto es lo que queda de tu mujer, cornudo. Lleno de leche rusa.
El conflicto me estaba asesinando por dentro. Amor, odio, asco, excitación extrema, culpa devastadora. Todo al mismo tiempo.
—Te odio… —susurré entre lágrimas—. Y te quiero tanto que no puedo parar esto.
Laura sonrió con ternura sádica y me acarició la mejilla.
—Esa es mi parte favorita. Ahora límpialo con la lengua. Quiero que pruebes lo que un hombre de verdad le deja a tu esposa.
Me arrodillé delante de ella en la playa, mientras Luka miraba y se reía. Lamí su coño lleno de semen ajeno mientras el conflicto rugía dentro de mí como un incendio.
Estaba completamente perdido.