Capítulo 11. Noche en el chiringuito de la playa.
La noche del séptimo día fue cuando mi mente se rompió un poco más.
Después de la escena en el mar, volvimos a la villa en silencio. Laura olía a Luka: a sudor masculino, saliva y coño excitado. Yo caminaba detrás como un perro apaleado, con la polla dura y el corazón sangrando.
En la ducha, ella no me dejó tocarla.
—Hoy no —dijo con frialdad mientras se enjabonaba el coño—. Luka me dejó el coño sensible. Sus dedos son mucho más gordos que los tuyos.
El conflicto me devoraba vivo:
¿Por qué coño sigo aquí? Debería darle una hostia, hacer las maletas y volver a Madrid. Soy un hombre adulto, joder. Pero solo de imaginar que ese ruso le ha estado metiendo los dedos hasta el fondo… se me pone la polla como una piedra. Soy un puto degenerado sin salvación.
Laura se vistió para matar: un vestido corto blanco, sin bragas, con escote hasta el ombligo. Los pezones se le marcaban como putas balas.
—Vamos al chiringuito de la playa —anunció—. Luka nos está esperando.
Cuando llegamos, el lugar estaba iluminado con luces tenues y música reggaeton baja.
Luka ocupaba una mesa grande en la zona más oscura, con una botella de vodka cara.
En cuanto vio a Laura, se levantó, la agarró por la cintura y le metió la mano directamente debajo del vestido, delante de mí y de media docena de personas.
—Joder, zorra… ¿vienes sin bragas? —gruñó en voz alta—. Ese coño ya está chorreando para mí, ¿verdad?
Laura gimió sin vergüenza y abrió ligeramente las piernas.
—Sí, papi… Llevo todo el día pensando en tu polla gruesa.
Yo me senté frente a ellos como un idiota. El conflicto interno me estaba matando:
Esto es humillante. Mi mujer está siendo toqueteada por otro hombre delante de mí y yo no hago nada. La amo. La amo tanto que duele. Y al mismo tiempo quiero que le meta los dedos hasta el fondo aquí mismo.
Luka no se cortó. Mientras pedía copas, tenía dos dedos enterrados en el coño de mi mujer por debajo de la mesa. Se oía el sonido húmedo y obsceno cada vez que los movía.
—Míralo —le dijo Luka a Laura, señalándome con la cabeza—. Tu marido está ahí sentado como un maricón viendo cómo te meto los dedos. ¿Te gusta que te vea así de guarra?
—Mucho —jadeó Laura, moviendo las caderas contra su mano—. Me pone cachonda que sepa que ya no controla mi coño.
Luka sacó los dedos, brillantes de jugos, y se los metió en la boca a Laura.
—Chupa, puta. Prueba lo mojada que estás por un hombre de verdad.
Laura lamió sus dedos como una puta barata, mirándome a los ojos mientras lo hacía.
—Sabe mejor cuando me los metes tú —le dijo a Luka, luego se giró hacia mí—. ¿Quieres probar, cornudito? ¿Quieres lamer los dedos que acaban de estar dentro de mi coño?
Tragué saliva. El asco, el amor, los celos y la excitación me estaban destrozando.
—Sí… —susurré.
Luka soltó una carcajada y le metió los dedos otra vez en el coño a Laura, los removió con fuerza haciendo que ella gimiera alto, y luego me los acercó a la boca.
—Chupa, maricón. Chupa los jugos de tu mujer.
Los chupé. Sabían a ella, a excitación y a humillación. El conflicto rugía dentro de mí:
Esto es lo más bajo que he caído. Estoy lamiendo los dedos de otro hombre que acaba de masturbar a mi esposa. Y sin embargo… nunca había estado tan cachondo en mi vida.
Más tarde, Luka la sentó en su regazo. Le subió el vestido y le abrió las piernas hacia mí. Desde donde estaba podía ver perfectamente cómo su polla gruesa, todavía dentro del pantalón, se frotaba contra el coño desnudo de Laura.
—Pronto te voy a reventar este coño con mi verga rusa —le gruñó al oído, pero lo suficientemente alto para que yo escuchara—. Te voy a follar tan fuerte que vas a caminar raro durante días. Tu marido va a poder ver cómo te dejo el coño abierto y lleno de leche.
Laura se frotaba descaradamente contra el bulto.
—Quiero que me dejes preñada, Luka… Quiero que me folles sin condón y que mi marido limpie después tu corrida.
Esas palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Lágrimas de pura humillación me quemaron los ojos. El conflicto era insoportable:
La estoy perdiendo. La estoy perdiendo de verdad. Y una parte enferma de mí quiere que pase. Quiero verla follada, usada, corrida… Quiero que me destruya.
Cuando volvimos a la villa esa noche, Laura estaba empapada. Me obligó a arrodillarme y me hizo comerle el coño mientras me contaba con detalles asquerosamente explícitos todo lo que Luka le había hecho y le había dicho.
—Su polla es enorme… gruesa como mi muñeca. Cuando la sienta dentro, sé que voy a gritar su nombre como una cerda en celo. Y tú vas a estar ahí, mirando cómo me destroza.
Me corrí sin tocarme, solo lamiendo su coño y odiándome a mí mismo.
El conflicto interno ya no era una tormenta. Era un huracán que me estaba destrozando vivo.