Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 10. El beso en el mar.
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Capítulo 10. El beso en el mar.

El séptimo día ya no era vacaciones. Era una puta tortura lenta y deliciosa.

Me desperté con el estómago revuelto. Laura dormía a mi lado, desnuda, con el cuerpo marcado por chupetones nuevos en los pechos y el cuello. Me quedé mirándola largo rato, con el corazón hecho mierda.

¿Qué coño me pasa?

La amo. La amo como un enfermo. He construido mi vida entera alrededor de esta mujer.

¿Cómo puedo estar permitiendo que otro hombre la marque así?

Debería levantarme ahora mismo, hacer las maletas y largarme de esta isla de mierda.

Pero… solo de imaginarla gimiendo su nombre se me pone dura otra vez.

Soy un puto degenerado. Un cobarde. Un cornudo de mierda que no merece ni tocarla.

Laura abrió los ojos y sonrió al verme. Se estiró como una gata satisfecha.

—Buenos días, mi cornudito conflictuado —murmuró con voz ronca—. ¿Otra vez pensando en si eres un monstruo o no?

Asentí, incapaz de mentir.

—Te quiero con toda mi alma, Laura. Y me odio por quererte tanto como para dejarte hacer esto. Siento que te estoy perdiendo. Que cada vez que ese ruso te toca, una parte de nuestro matrimonio se muere.

Ella se acercó, me besó en la boca con ternura y luego me mordió el labio con fuerza.

—Esa parte que se muere me pone muy cachonda —confesó—. Y sé que a ti también. Levántate. Hoy quiero que veas algo grande.

Bajamos a la playa pasadas las once. Luka estaba esperándonos, más agresivo que nunca.

En cuanto Laura llegó a su lado, la agarró por la cintura, la levantó del suelo y la besó en la boca delante de todo el mundo.

Un beso brutal, con lengua, mordiscos y saliva.

Sus manos grandes le apretaban el culo como si ya fuera propiedad suya.

Yo me quedé a tres metros, clavado en la arena. El conflicto me estaba desgarrando por dentro:

Golpéalo. Defiende a tu mujer. Eres un hombre, joder. Pero… mira cómo se derrite contra él. Mira cómo abre la boca para recibir su lengua. Dios… estoy enfermo. Me está gustando ver cómo me la quita.

Cuando Luka la soltó, Laura tenía los ojos vidriosos y los labios hinchados. Me miró un segundo con algo parecido a culpa, pero enseguida se volvió hacia él.

—Vamos al agua, papi —le dijo con una voz que nunca había usado conmigo.

Luka me miró de reojo y soltó una risa baja y despectiva.

—Quédate ahí vigilando, maricón. No tardamos… mucho.

Los seguí hasta la orilla como un perro apaleado. En el mar, con el agua por la cintura, Luka la pegó contra su cuerpo otra vez. Esta vez no hubo disimulos. La besó con fuerza, devorándole la boca mientras una mano bajaba entre sus piernas y la masturbaba por debajo del bikini.

Laura gemía contra su boca. Sus caderas se movían buscando sus dedos. Yo estaba a menos de diez metros, con el agua tocándome el pecho, mirando todo.

El conflicto interno explotó:

Esto está mal. Muy mal. La estoy traicionando a ella y a mí mismo. Doce años de amor tirados a la basura por una fantasía enferma. Debería odiarla. Debería odiarlo a él. Pero solo quiero que le meta más dedos. Quiero que la haga correrse delante de mí. Soy un puto enfermo sin remedio.

Luka separó su boca de la de Laura solo para mirarme y gritar:

—¿Ves esto, cornudo? Tu mujer ya tiene mi lengua y mis dedos dentro. Pronto va a tener mi polla gruesa reventándole ese coño de casada.

Laura soltó un gemido largo y se corrió en su mano, agarrándose a los hombros tatuados del ruso. Cuando terminó, él la besó otra vez, más lento, más posesivo. Luego la miró a los ojos y dijo en voz alta para que yo escuchara:

—Dile a tu marido que ya eres más mía que suya.

Laura, aún jadeando, me miró directamente. Tenía lágrimas en los ojos… pero también una sonrisa de puta feliz.

—Te quiero… —me dijo con voz quebrada—. Pero es verdad. Cada vez soy más suya.

El beso que vino después fue el más largo y sucio de todos. Luka la levantó por el culo, ella le rodeó la cintura con las piernas y se besaron como si yo no existiera. Como si su matrimonio ya estuviera muerto.

Cuando volvieron a la orilla, Laura caminaba tambaleándose. Tenía el bikini completamente descolocado y semen… no, era saliva espesa de Luka corriendo por su barbilla.

Se acercó a mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó. Sabía a él. A tabaco, vodka y dominio.

—¿Estás sufriendo mucho? —preguntó casi con cariño.

—Estoy destrozado —respondí con la voz rota—. Te amo tanto que duele respirar. Y me odio por no poder parar esto. Siento que estoy perdiendo mi dignidad, mi hombría, todo… y no quiero que pares.

Laura me abrazó fuerte, pero su coño aún palpitaba por los dedos de otro hombre.

—Ese conflicto es lo más bonito que tienes —susurró—. Por eso te quiero. Y por eso voy a seguir follándome a Luka. Porque verte romperte así me vuelve loca.

Esa tarde, mientras ellos dos se metían en una cabaña privada “a descansar”, yo me quedé en la tumbona con la cabeza hecha un lío de amor, odio, celos y excitación enferma.

El beso en el mar había sido solo el principio.