Capítulo 9. Luka se vuelve más agresivo.
La mañana del sexto día fue un infierno mental.
Mientras Laura se duchaba cantando, yo me quedé sentado en la terraza, mirando el mar sin verlo realmente. Dentro de mi cabeza había una guerra brutal.
¿Qué coño estoy haciendo?
Amo a esta mujer con toda mi alma. Es la madre de mis recuerdos, la persona que más he querido en la vida. Y la estoy entregando a un ruso de mierda como si fuera una puta barata. ¿Soy un enfermo?
¿Un masoquista de mierda?
Pero entonces recordaba su mano masturbándome anoche, sus palabras sucias, cómo se había corrido en los dedos de Luka… y mi polla se ponía dura otra vez. Me odiaba. Me odiaba profundamente. Y ese odio me excitaba aún más. Era un círculo vicioso del que ya no podía salir.
Laura salió del baño con una sonrisa radiante y un bikini nuevo: negro, aún más pequeño. Las areolas casi se le escapaban por los lados.
—¿Listo para sufrir más, amor? —preguntó dulcemente, pero con un filo cruel en la voz.
—Laura… —empecé, con la voz temblorosa—. No sé si puedo seguir con esto. Te quiero demasiado. Me estoy rompiendo por dentro. Una parte de mí quiere salir corriendo, llevarte a casa y olvidar todo esto. Otra parte… quiere verte destruida por él.
Ella se sentó en mi regazo y me acarició la cara con fingida ternura.
—Ese conflicto es lo que me moja, cariño. Saber que me amas tanto y aun así me dejas hacer esto… me hace sentir poderosa. ¿Vas a parar? ¿O vas a seguir siendo mi cornudito valiente?
No respondí. Solo bajé la cabeza. Ella lo tomó como un sí.
Bajamos a la playa. Luka ya estaba esperándonos, más imponente que nunca.
Hoy llevaba solo un bañador ajustado que marcaba claramente su polla semierecta.
En cuanto vio a Laura, se levantó y la abrazó con descaro, pegándola contra su cuerpo musculoso.
Sus manos bajaron directamente a su culo y lo apretaron fuerte.
—Joder, zorra… cada día estás más buena —gruñó Luka con su acento ruso pesado—. Ese coño ya debe estar pidiendo polla rusa.
Laura soltó una risita y miró hacia mí un segundo antes de responder:
—Está muy mojado desde anoche, cuando le conté a mi marido lo que me hiciste.
Yo me quedé clavado en la arena, sintiendo cómo el conflicto me destrozaba:
Esto está mal. Muy mal. Debería partirle la cara. Debería coger a mi mujer y largarme. Pero… Dios… mirad cómo lo mira. Mirad cómo se deja tocar. La estoy perdiendo… y me encanta.
Luka me miró por primera vez en días y soltó una carcajada.
—Tu marido parece que va a llorar. ¿Te gusta ver cómo toco a tu mujer, maricón?
No respondí. Laura sí lo hizo por mí:
—Le encanta. ¿Verdad, cariño? Dile la verdad.
—…Sí —murmuré, derrotado.
Luka escupió a un lado y tiró de Laura hacia el agua.
—Ven aquí, puta. Hoy voy a tocarte como te mereces.
Los seguí como un perro. En el agua, Luka no se contuvo. La pegó contra su cuerpo y metió la mano directamente dentro de su bikini. Desde la orilla vi claramente cómo sus dedos gruesos la penetraban. Laura echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin disimulo.
Dentro de mí rugía la batalla:
Te estoy traicionando, Laura. Te estoy entregando. Soy un cobarde de mierda. Pero mírala… nunca la había visto así de excitada. ¿Soy yo el problema? ¿Por qué no puedo darle esto? ¿Por qué necesito esto para sentirme vivo?
Cuando salieron del agua, Laura tenía la cara enrojecida y el bikini completamente descolocado.
Luka la llevaba de la mano como si ya fuera suya.
Se tumbaron juntos en su tumbona VIP, ignorándome.
Él la besó en la boca delante de mí, metiendo la lengua con descaro. Laura le devolvió el beso con hambre.
Después, Luka le susurró algo al oído. Ella miró hacia mí y asintió.
—Vamos a la cabaña de masajes privada —anunció Laura, levantándose—. Luka quiere “relajarme”. Tú quédate aquí vigilando nuestras cosas… como un buen cornudo.
El conflicto explotó dentro de mí mientras los veía alejarse. Una parte quería correr tras ellos, gritar, pelear. Otra parte se quedó paralizada, excitada, imaginando lo que iba a pasar.
Pasaron casi una hora. Cuando regresaron, Laura caminaba con las piernas temblorosas. Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto y una expresión de puta satisfecha que nunca le había visto. Luka llevaba una sonrisa arrogante.
Laura se acercó a mí, se inclinó y me besó en la boca. Sabía a él.
—Te quiero —susurró, pero sus ojos decían otra cosa—. Pero Luka me acaba de comer el coño hasta correrme dos veces. Su lengua es brutal. Me llamó “puta casada hambrienta de polla”.
Me quedé sentado, temblando. El conflicto interno me estaba destrozando vivo: amor profundo, odio hacia mí mismo, celos asesinos y una excitación tan fuerte que casi me corrí en el bañador sin tocarme.
Esa noche, en la villa, Laura me obligó a lamerle el coño mientras me contaba con todo lujo de detalles cómo Luka la había devorado. Yo lloraba y lamía al mismo tiempo.
El conflicto ya no era solo una fantasía. Se estaba convirtiendo en mi nueva realidad.