Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 7. La primera mentira.
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Capítulo 7. La primera mentira.

El quinto día fue cuando todo empezó a desmoronarse de verdad.

Me desperté con el pecho oprimido, como si alguien me hubiera clavado un puño dentro del esternón durante la noche.

Laura ya no estaba en la cama. La encontré en el baño, arreglándose frente al espejo con una dedicación que nunca había visto.

Se había puesto el bikini blanco otra vez, pero esta vez se había aplicado un brillo corporal que hacía que su piel pareciera mojada.

Sus tetas se veían más grandes, más provocativas.

El tanga se hundía obscenamente entre sus nalgas.

—Hoy voy a pasar más tiempo con él —anunció sin preámbulos, mirándome a través del espejo.

La intensidad de sus palabras me golpeó como un mazazo. Los celos del día anterior no eran nada comparado con esto.

—¿Qué quieres decir con “más tiempo”? —pregunté con la voz temblorosa.

Laura se giró, se acercó y me agarró la cara con ambas manos. Sus ojos brillaban con una mezcla de amor, culpa y un deseo salvaje que me aterrorizaba.

—Quiero decir que voy a coquetear más abiertamente. Quiero sentir sus manos. Quiero que me diga guarradas al oído. Y quiero que tú lo veas todo y te mueras de celos. ¿Puedes soportarlo?

No respondí. Solo la miré, con el corazón latiendo tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Ella interpretó mi silencio como consentimiento. Me besó con fuerza, mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerme sangrar.

—Te quiero —susurró contra mi boca—. Pero hoy necesito ser un poco puta para él.

Bajamos a la playa y el ambiente ya era diferente.

Luka nos esperaba. Literalmente. Estaba sentado en una tumbona justo al lado de donde habíamos estado los días anteriores, como si hubiera marcado territorio.

Cuando nos vio, se levantó. Su cuerpo imponente brillaba bajo el sol.

El bañador negro apenas contenía su paquete, que ya parecía medio duro.

—Laura —dijo con esa voz grave y autoritaria, ignorándome por completo—. Ven aquí. Te guardé sitio.

Ella no dudó. Caminó directamente hacia él y le dio dos besos en las mejillas, demorándose más de lo necesario. Sus tetas rozaron el torso tatuado del ruso. Yo me quedé clavado en la arena, sintiendo cómo los celos me quemaban las venas.

Planté la sombrilla a solo tres metros. Lo suficientemente cerca para escuchar cada palabra. Lo suficientemente lejos para sentirme completamente excluido.

Luka no perdió el tiempo. Mientras Laura se tumbaba boca abajo, él se arrodilló a su lado y empezó a ponerle crema sin pedir permiso.

Sus manos grandes y tatuadas bajaron por su espalda, apretando con fuerza.

Cuando llegó a su culo, no se cortó: metió los dedos por debajo del tanga y masajeó sus nalgas abiertamente.

Laura soltó un gemido audible.

—Joder, Luka… tienes unas manos brutales —dijo ella, con la voz ronca.

Yo estaba sentado, temblando. Las lágrimas me nublaban la vista. El amor que sentía por ella se retorcía como un animal herido. ¿Cómo podía dejar que la tocara así? ¿Cómo podía gemir de esa forma delante de mí?

Luka miró hacia mí un segundo y sonrió con desprecio.

—Tu marido no parece muy contento —comentó en voz baja, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera.

Laura giró la cabeza y me miró. Había culpa en sus ojos… pero también excitación pura.

—Mi marido sabe que necesito esto —respondió ella—. ¿Verdad, cariño?

Asentí, derrotado. No podía hablar.

Los celos se volvieron insoportables cuando se metieron juntos en el agua.

Yo me quedé en la orilla, vigilando como un perro abandonado.

En el mar, Luka la agarró por la cintura y la pegó contra su cuerpo.

Vi claramente cómo Laura rodeaba su cuello con los brazos.

Sus bocas estaban a centímetros. Él le susurró algo y ella soltó una carcajada seguida de un gemido bajo.

Cuando salieron, el bikini de Laura estaba completamente torcido. Uno de sus pezones casi se salía. Luka tenía una erección evidente que no intentaba disimular.

Volvieron juntos a las tumbonas. Luka se sentó en la mía, obligándome a moverme a una silla plegable más pequeña y humillante. Laura se tumbó entre los dos.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —le dijo Luka a ella, pasando un dedo por su muslo.

—Dime…

—Llevo tres días imaginando cómo te follaría. Cómo te pondría a cuatro patas y te daría lo que tu marido nunca podrá darte.

Laura se mordió el labio con fuerza. Su mano bajó y apretó el muslo de Luka, muy cerca de su polla.

Yo estaba a punto de explotar. Celos, rabia, amor destrozado y una excitación enfermiza me recorrían el cuerpo. Me levanté bruscamente y caminé hacia el chiringuito. Necesitaba alejarme o iba a llorar delante de ellos.

Cuando volví veinte minutos después, Laura estaba sola.

—¿Dónde está? —pregunté con voz rota.

—Fue a por algo a su habitación. Me invitó a acompañarlo… pero le dije que hoy no.

—¿Hoy no? —repetí, con una mezcla de alivio y decepción enfermiza.

Laura se levantó, se acercó y me abrazó. Sentí su cuerpo caliente y tembloroso contra el mío.

—Te quiero tanto… —susurró, y por primera vez en el día su voz sonó quebrada—. Me siento tan culpable por hacerte esto. Por disfrutar humillándote. Pero no puedo parar. Me moja muchísimo verte sufrir. ¿Qué me está pasando?

Nos besamos con desesperación. Lágrimas corrían por mi cara. Ella las lamió.

—Esta noche quiero que me folles pensando en él —dijo—. Quiero que me llames puta mientras te corres dentro.

La intensidad de los celos me estaba consumiendo. Amaba a mi mujer con locura. Y esa misma mujer estaba cayendo lentamente en las garras de un ruso que la trataba como la zorra que ella empezaba a querer ser.

La primera mentira llegó esa misma tarde.

Cuando Luka regresó, Laura me miró y dijo en voz alta:

—Cariño, voy a dar un paseo con Luka por la playa. Solo para hablar. No tardamos.

Asentí, sabiendo que mentía. Los vi alejarse juntos, caminando muy pegados. La mano de Luka bajaba posesivamente por su espalda hasta casi tocarle el culo.

Me quedé solo bajo la sombrilla, con el corazón hecho pedazos y la polla dolorosamente dura.

Cuando regresaron cuarenta minutos después, Laura tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una marca roja en el cuello que intentaba disimular con el pelo.

—Solo hablé con él —dijo ella al llegar, mintiéndome a la cara.

Y yo, destrozado de celos y amor, fingí creerla.