Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 6. Celos abrasadores.
24%

Capítulo 6. Celos abrasadores.

El cuarto día en el paraíso se convirtió en mi propio infierno personal.

Apenas dormí. Me pasé la noche mirando el techo mientras Laura dormía plácidamente a mi lado, desnuda, con una expresión de satisfacción que me retorcía las tripas.

Cada vez que cerraba los ojos veía las manos grandes de Luka en su cintura, su sonrisa arrogante, el bulto en su bañador.

Y lo peor: imaginaba cómo sería si ella se entregara de verdad.

El amor que sentía por Laura se mezclaba con unos celos tan intensos que me costaba respirar.

Por la mañana, mientras desayunábamos en la terraza, ella notó mi silencio.

—¿Otra vez dándole vueltas? —preguntó, untando mantequilla en una tostada como si nada.

—Celos —admití sin rodeos—. Celos de mierda, Laura. Ayer apenas te separaste de él en el agua. Y yo estaba ahí, como un imbécil, viendo cómo te tocaba.

Ella dejó la tostada y me miró con una mezcla de ternura y excitación. Se levantó, rodeó la mesa y se sentó en mi regazo. Llevaba solo una camiseta mía, que le quedaba grande y dejaba ver sus tetas.

—Cuéntame cómo te sientes —susurró, acariciándome el pelo—. Quiero saberlo todo.

Tragué saliva. Las palabras salían como ácido.

—Me siento humillado. Te quiero con toda mi alma, joder.

Eres mi mujer. La persona con la que he compartido todo.

Y verlo a él, ese ruso de mierda, mirándote como si ya fueras suya…

me dan ganas de vomitar y de correrme al mismo tiempo.

Cada risa tuya con él es como una puñalada.

Cada vez que te toca, aunque sea “sin querer”, siento que me estás traicionando.

Laura gimió bajito y se frotó contra mí. Estaba mojada.

—Sigue —pidió.

—Siento que no soy suficiente. Que mi cuerpo no es como el suyo. Que nunca te he hecho sentir lo que él te hace sentir solo con mirarte. Y lo más jodido es que eso me excita. Me odio por ello.

Ella me besó con fuerza, metiendo su lengua con hambre. Cuando se separó, tenía los ojos brillantes.

—Pues hoy vas a sentir más celos todavía, cornudito. Porque quiero que veas cómo me desea. Quiero que sufras viéndome disfrutar de su atención.

Sus palabras fueron como gasolina en el fuego. El amor, la culpa y los celos se enredaron hasta hacerme temblar.

Bajamos a la playa más tarde de lo habitual.

Laura se había puesto el bikini blanco otra vez, pero esta vez sin pareo.

Caminaba delante de mí como una reina, contoneando las caderas, consciente de cada mirada.

Luka ya estaba allí, ocupando su tumbona VIP.

Hoy parecía aún más imponente: había añadido un reloj caro en la muñeca y llevaba el pelo ligeramente mojado.

En cuanto nos vio, sonrió. Pero no sonrió a los dos. Sonrió solo a ella.

—Laura —dijo con su acento grave, ignorándome deliberadamente—. Estás más guapa cada día.

—Gracias, Luka —respondió ella, sonrojándose ligeramente y riendo como una adolescente.

Planté la sombrilla a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para ver y oír todo. Me senté y fingí leer, pero mis ojos no se separaban de ellos.

Laura se tumbó boca abajo y me pidió crema. Mientras la untaba, Luka se levantó y se acercó sin invitación.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, mirando directamente el culo de mi mujer.

Laura giró la cabeza y sonrió.

—Mi marido lo hace bien… pero si quieres, puedes ponerme un poco en los hombros.

El ruso no dudó. Se arrodilló junto a ella y empezó a extender crema por su espalda. Sus manos grandes y tatuadas se movían con lentitud deliberada. Bajó hasta la cintura, rozando los laterales de sus tetas. Laura soltó un suspiro que me atravesó el corazón.

Yo estaba sentado a menos de dos metros, con las manos apretadas en puños y la polla traicioneramente dura. Los celos me quemaban por dentro. Sentía náuseas. Sentía rabia. Sentía un amor tan profundo que me hacía querer llorar.

—¿Te gusta cómo lo hace? —le pregunté a Laura con voz tensa.

Ella me miró con ojos vidriosos de placer.

—Mucho —respondió sin vergüenza—. Tiene las manos fuertes. Se nota que sabe tocar a una mujer.

Luka soltó una risa baja y grave.

—Tu marido es un hombre afortunado —dijo, pero su tono dejaba claro que no lo creía.

Cuando terminó, se quedó hablando con ella. Se sentó en la arena al lado de su tumbona. Hablaron de todo: de Rusia, de Madrid, de viajes, de sexo. Luka contó anécdotas de cómo las mujeres se le acercaban en los clubes de Moscú. Laura reía y le tocaba el brazo cada vez que podía.

En un momento dado, él se inclinó y le susurró algo al oído. Laura se mordió el labio y miró hacia mí un segundo. Luego asintió.

—¿Qué te dijo? —pregunté cuando Luka fue a buscar bebidas al chiringuito.

—Que mi marido parece un buen chico… pero que una mujer como yo necesita un hombre de verdad de vez en cuando —respondió ella, mirándome fijamente.

El golpe fue brutal. Sentí que el mundo se estrechaba. Lágrimas de rabia y humillación me quemaron los ojos. Me levanté y caminé hacia el agua para intentar calmarme. Cuando volví, los vi riendo juntos. Luka le había puesto la mano en el muslo y ella no la quitaba.

Pasé el resto de la tarde en un tormento constante. Cada mirada, cada roce, cada risa de Laura era una nueva puñalada. Los celos me consumían. Imaginaba sus manos grandes agarrándola por las caderas, su polla gruesa entrando en ella, sus gemidos mientras él la follaba como yo nunca podría.

A media tarde, Laura se metió en el agua con él.

Yo me quedé en la tumbona, vigilando desde lejos.

Los vi muy juntos. En un momento, Luka la levantó por la cintura como si no pesara nada.

Ella rodeó su cuello con los brazos y se rio.

Sus cuerpos se pegaron. Vi claramente cómo la polla de Luka se endurecía contra el vientre de mi mujer.

Cuando salieron, Laura tenía las mejillas sonrojadas y los pezones duros marcándose en el bikini. Se acercó a mí y me besó en la frente, casi con lástima.

—¿Estás sufriendo mucho? —susurró.

—Muchísimo —respondí con voz quebrada.

—Bien —dijo ella suavemente, acariciándome la mejilla—. Porque yo estoy empapada. Y te quiero más que nunca por permitirme esto.

Esa noche, en la villa, los celos explotaron. Follamos con rabia y desesperación. Mientras la penetraba, ella me contaba al oído todo lo que Luka le había dicho y cómo se había sentido al notar su polla dura contra ella.

—Te quiero —gemía entre embestidas—. Pero sus manos… su cuerpo… me vuelven loca.

Me corrí llorando de celos, amor y placer retorcido.

El fuego de los celos ya ardía sin control. Y apenas estábamos en el día cuatro.