Capítulo 5. La culpa que quema y el amor que duele.
El sol se ponía cuando regresamos a la villa.
El cielo se teñía de naranja y rosa, pero dentro de mí todo era gris.
Laura caminaba delante, contoneándose ligeramente, aún con el bikini blanco puesto bajo el pareo.
Yo cargaba las cosas como un mulo, con la cabeza baja y un nudo en el pecho que no me dejaba respirar bien.
Nada más cerrar la puerta de la villa, el silencio se hizo pesado. Laura se quitó el pareo y se quedó allí, casi desnuda, mirándome. Sus ojos tenían esa mezcla extraña que empezaba a reconocer: ternura, excitación y un toque de crueldad nueva.
—¿Estás enfadado? —preguntó en voz baja.
—No… no lo sé —respondí, dejando las bolsas en el suelo—. Te quiero, Laura. Joder, te quiero tanto que me duele. Pero verte coqueteando con él… dejar que te toque… me está matando por dentro.
Ella se acercó despacio. Me rodeó el cuello con los brazos y apoyó su frente contra la mía. Podía oler el sol en su piel, la crema solar y un leve toque de algo más… ¿el olor de Luka que se le había pegado en el agua?
—Sé que me quieres —susurró—. Y yo te quiero a ti. Eres el hombre con el que construí mi vida. El que me sostuvo cuando mi madre murió. El que me hace reír con sus tonterías.
Se separó un poco para mirarme a los ojos. Vi culpa en su mirada también. Verdadera culpa. Pero no era suficiente para detenerla.
—…pero llevo años sintiéndome invisible. Como si fuera solo “la esposa de”. Y Luka me mira como si fuera la mujer más deseable del mundo. Me hace sentir viva. Poderosa. Joven. ¿Eso me convierte en una mala esposa? ¿En una puta?
La palabra “puta” salió de su boca con una mezcla de vergüenza y excitación. Me dolió. Me dolió profundamente. Sentí lágrimas quemándome en los ojos, pero no las dejé caer.
—Eres mi esposa —dije con la voz rota—. La mujer que amo. Y yo… yo soy el que empezó esto. Yo te conté mis fantasías. Yo te pedí que coquetearas. Ahora no puedo quejarme, ¿verdad? Pero duele, Laura. Duele como el infierno ver cómo te ríes con él, cómo dejas que te toque, cómo tu cuerpo reacciona.
Laura me besó. Un beso lento, lleno de amor y de culpa. Sus labios sabían a vino y a sal. Me abrazó fuerte, apretando sus tetas contra mi pecho.
—Perdóname —susurró contra mi boca—. Perdóname por disfrutar esto. Perdóname por no querer parar. Te quiero tanto… pero también quiero su atención. Quiero sus manos. Quiero saber cómo se siente un hombre como él follándome.
Gemí de dolor y placer. Mi polla estaba dura a pesar de todo. O precisamente por todo.
Nos desnudamos mutuamente con manos temblorosas. Nos metimos en la ducha exterior de la terraza, bajo el agua caliente. Mientras le enjabonaba la espalda, ella habló sin mirarme:
—Hoy en el agua me dijo que tenía ganas de arrancarme el bikini con los dientes. Me puse tan mojada que pensé que se me notaba. Me sentí culpable, ¿sabes? Pensé en ti, sentado allí solo, viéndolo todo. Y eso me puso aún más cachonda.
—Dios… —murmuré, apoyando mi frente en su hombro.
—Te quiero —repitió ella, girándose y mirándome—. Te quiero tanto que me aterra perderte. Pero también estoy descubriendo que me encanta tener este poder. Me encanta verte sufrir por mí y seguir queriéndome. ¿Soy un monstruo?
—No —respondí, besándola con desesperación—. Somos dos monstruos. Yo por desear verlo. Tú por querer hacerlo.
Follamos en la ducha. Fue un polvo triste y apasionado al mismo tiempo. La penetré contra la pared de piedra mientras el agua caía sobre nosotros. Laura me rodeaba con las piernas, clavándome las uñas en la espalda. En medio del orgasmo, ella me miró a los ojos y susurró:
—Cuando Luka me folle… quiero que tú estés cerca. Quiero que escuches cómo gimo su nombre. Quiero que veas cómo me hace suya.
Me corrí con fuerza dentro de ella, entre lágrimas y placer. La culpa nos envolvió como una manta pesada.
Después, nos tumbamos en la cama king size, desnudos y abrazados. Laura me acariciaba el pecho con ternura.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo en voz baja—. Que mientras coqueteaba con él hoy, pensaba en ti. En cómo te pondría esto. En cómo te quiero tanto que deseo darte esta fantasía… aunque me destruya un poco por dentro.
—Yo también me siento culpable —confesé—. Culpable por no ser suficiente para ti. Por no poder darte esa excitación que él te da con solo mirarte. Te amo tanto que prefiero verte feliz con otro antes que perderte.
Nos quedamos en silencio largo rato. El amor seguía allí, más fuerte y más frágil que nunca. Pero la culpa lo teñía todo. Y debajo de la culpa, el deseo oscuro crecía como una planta venenosa.
A lo lejos se escuchaban las risas y la música de la playa. Mañana sería otro día. Luka estaría allí otra vez. Y los dos sabíamos que la línea que separaba el juego de la realidad se estaba borrando peligrosamente.
—Te quiero —dije una vez más, abrazándola fuerte.
—Y yo a ti —respondió ella, con la voz quebrada—. Aunque pronto también sea de él.