Capítulo 4. Luka aparece en la playa.
El tercer día amaneció más caluroso. El sol pegaba fuerte desde temprano y el aire olía a crema solar, sal y ese algo indefinible que tiene Ibiza: una promesa constante de exceso y perdición.
Me desperté solo en la cama otra vez. Laura estaba en la terraza, hablando por teléfono con su amiga Marta. No hablaba bajo. Quería que yo escuchara.
—Sí… el ruso es exactamente como te conté. Alto, tatuado, con esa cara de malo que te pone tonta… No, todavía no ha pasado nada serio, pero… Joder, Marta, mi marido está todo el día con la polla dura solo de vernos hablar. Es patético y me pone cachonda al mismo tiempo.
Se rio. Una risa cristalina, libre, que me atravesó el pecho como un cuchillo caliente. Me quedé quieto en la cama, escuchando. El corazón me latía con fuerza. Parte de mí quería levantarse y gritarle que parara. Otra parte, mucho más oscura y poderosa, quería seguir escuchando.
Cuando colgó, entró en la habitación y me vio despierto. No se inmutó. Al contrario, se acercó a la cama con solo unas braguitas puestas y se inclinó sobre mí.
—¿Escuchaste? —preguntó con una ceja levantada.
Asentí, sin poder mirarla directamente a los ojos.
Laura me agarró la barbilla y me obligó a mirarla.
—Bien. No quiero secretos entre nosotros. Esto solo funciona si eres sincero conmigo… y conmigo misma. ¿Te dolió escucharme hablar así de ti?
—Sí —admití con la voz ronca.
—¿Y te puso cachondo?
No contesté inmediatamente. Ella bajó la mano y metió los dedos dentro de mi bóxer. Estaba durísimo.
—Respuesta clara —susurró sonriendo—. Levántate. Hoy quiero que me veas brillar.
Bajamos a la playa cerca de las once y media.
Yo cargaba todo como siempre: sombrilla, nevera, toallas, el Kindle que apenas leería.
Laura llevaba un pareo semitransparente sobre el bikini blanco del día anterior.
Caminaba con la cabeza alta, las tetas moviéndose con cada paso, consciente de cada mirada que recibía.
Planté la sombrilla en el mismo lugar. Mientras me agachaba clavando el palo en la arena, escuché su voz:
—Ahí está.
No tuve que preguntar a quién se refería.
Luka había llegado antes que nosotros. Estaba sentado en una tumbona de la zona VIP, con las piernas estiradas y un libro en la mano.
Llevaba un bañador negro ajustado que marcaba claramente un bulto grande incluso en reposo.
Su torso tatuado brillaba por el aceite.
La estrella rusa en el pectoral parecía más intimidante de cerca.
Tenía una cicatriz que bajaba desde la clavícula hasta las costillas.
Parecía un hombre que había vivido de verdad.
Luka levantó la vista y nos vio. Sus ojos claros se clavaron primero en Laura, recorriéndola lentamente de arriba abajo, y después en mí. Solo un segundo. Suficiente para que yo sintiera que me estaba evaluando… y descartando.
Laura fingió que no lo había visto al principio. Se quitó el pareo con deliberada lentitud, doblándose hacia adelante para que sus tetas casi se salieran del bikini. Luego se tumbó boca abajo y me pidió crema.
Mientras extendía el aceite por su espalda, mis manos temblaban ligeramente. Sabía que Luka estaba mirando. Lo sentía.
—Más fuerte —murmuró Laura—. Quiero que vea cómo me tocas… y que sepa que tú solo llegas hasta aquí.
Las palabras me golpearon en el estómago. Sentí un nudo en la garganta. Amor, rabia, excitación y una tristeza profunda se mezclaron dentro de mí. Doce años de matrimonio. Doce años de promesas. Y ahora estaba untando crema en el culo de mi mujer para que otro hombre la deseara más.
—¿Estás bien? —preguntó ella en voz baja, girando ligeramente la cabeza.
—No lo sé —respondí con honestidad—. Te quiero. Mucho. Pero esto… me está rompiendo por dentro.
Laura se quedó callada unos segundos. Luego giró completamente y se sentó frente a mí. Sus ojos tenían una mezcla extraña de ternura y excitación.
—Sé que me quieres. Y yo te quiero a ti. Pero también quiero sentirme viva, deseada de verdad. No como una esposa cómoda. Quiero que un hombre como Luka me mire como si quisiera comerme entera. ¿Eso me convierte en una mala persona?
—No —susurré—. Pero me duele.
—Bien —dijo ella suavemente, casi con cariño—. Quiero que te duela. Y quiero que te corras con ese dolor.
Se tumbó de nuevo. Poco después, Luka se levantó y caminó hacia el agua. Al pasar junto a nosotros, se detuvo.
—Buenos días —dijo con su acento ruso grave y profundo—. ¿Otra vez por aquí? Buena elección de sitio.
Laura se incorporó, apoyándose en los codos, dejando que sus tetas se exhibieran sin vergüenza.
—Hola, Luka. Sí, nos gusta este rincón. ¿Tú vienes solo?
—Siempre viajo solo —respondió él, sonriendo de medio lado—. Es mejor. Sin ataduras.
Sus ojos se encontraron. El aire entre ellos se volvió denso. Yo estaba a menos de un metro, invisible.
—¿Te apetece una cerveza después? —preguntó Luka directamente, ignorándome por completo.
Laura miró hacia mí un segundo. Luego volvió a él.
—Puede ser… —contestó con una sonrisa coqueta—. Depende de cómo se porte el día.
Luka asintió, satisfecho, y siguió hacia el mar.
Me quedé sentado, con las manos temblando. Laura se acercó y me besó en la mejilla, casi maternal.
—Respira, cariño. Solo estamos jugando… por ahora.
Pero yo sabía que no era solo un juego. Sentía cómo algo se estaba rompiendo dentro de nuestra relación. Y lo peor era que no quería que parara.
Pasaron las horas. Laura y Luka coincidieron varias veces en el agua. Cada vez hablaban más tiempo. Cada vez las distancias eran más cortas. En una ocasión vi cómo él le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja. Ella se rio y le tocó el brazo, “sin querer”.
Cada gesto era como una puñalada lenta y deliciosa.
Por la tarde, mientras Laura dormitaba al sol, yo me quedé mirándola. Su cuerpo brillante, su cara relajada, la sonrisa que aparecía de vez en cuando. La amaba con toda mi alma. Y al mismo tiempo, quería verla destruida de placer por otro hombre.
Cuando despertó, me miró con ojos brillantes.
—¿Quieres que te cuente lo que me susurró en el agua?
Asentí, derrotado y excitado.
—Me dijo que tenía el culo más perfecto que había visto en esta isla. Y que si fuera suya, no me dejaría salir de su habitación en tres días.
Se me escapó un gemido bajo. Laura sonrió con tristeza y triunfo al mismo tiempo.
—Te quiero —dijo, acariciándome la mejilla—. Pero creo que estoy empezando a necesitar esto más de lo que pensaba.
Esa tarde regresamos a la villa en silencio. El drama emocional ya había empezado a instalarse entre nosotros. El amor seguía allí, pero ahora estaba contaminado de celos, poder y un deseo oscuro que crecía con cada hora.
Y Luka apenas acababa de empezar.