Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 3. La confesión nocturna.
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Capítulo 3. La confesión nocturna.

La noche cayó suave sobre Ibiza. El aire estaba cargado de sal, jazmín y esa electricidad que solo se respira en las islas durante el verano.

Habíamos cenado en uno de los restaurantes del resort: mariscos frescos, vino blanco frío y una conversación que parecía normal por fuera, pero que por dentro estaba llena de corrientes subterráneas.

Laura estaba espectacular. Se había puesto un vestido corto negro, escotado, sin sujetador. Cada vez que se inclinaba para coger la copa, sus tetas se movían con libertad y más de un camarero y cliente la devoraba con la mirada. Yo lo notaba todo. Y ella también.

De vuelta en la villa, nos sentamos en la terraza privada. El jacuzzi burbujeaba suavemente y las luces tenues del resort iluminaban el mar oscuro. Laura se sirvió otra copa de vino y se acomodó en el sillón frente a mí, cruzando las piernas lentamente. El vestido se le subió por los muslos.

—¿Estás bien? —preguntó con una voz suave pero cargada de intención—. Te vi muy callado en la playa hoy.

Tragué saliva. Llevaba toda la tarde con un nudo en el estómago y la polla a medio mástil. Las imágenes de Luka tocando su cintura, de su bikini transparente, de cómo ella se había mordido el labio al verle la entrepierna… no me dejaban en paz.

—Estoy… cachondo —admití finalmente—. Y celoso. Mucho.

Laura sonrió. No era una sonrisa inocente. Era una sonrisa que había empezado a cambiar en las últimas semanas. Más segura. Más poderosa.

—Bien —dijo simplemente—. Quiero que sientas eso. Quiero que lo sientas todo.

Se levantó y vino hacia mí. Se sentó a horcajadas sobre mis piernas, pero sin dejar que entrara en ella. Solo frotándose suavemente contra mi polla dura por encima de la ropa. Sus tetas quedaban a la altura de mi cara.

—Cuéntame —susurró—. ¿Qué fue lo que más te puso cuando me viste con él?

Respiré hondo. Las palabras salían con dificultad, pero al mismo tiempo necesitaba sacarlas.

—Cuando te tocó la cintura en el agua… y cómo no te apartaste. Cómo te reíste con él. Y luego… cuando salió del agua y se tocó la polla mirándote.

Laura gimió bajito y se frotó más fuerte contra mí.

—Sentí su mano grande y caliente —confesó ella, casi en un ronroneo—. Tiene dedos fuertes. Y olía bien. A hombre. A algo diferente a ti.

Me estremecí. El dolor de los celos era real, afilado, pero la excitación era mucho más fuerte.

—¿Quieres que pase algo con él? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Laura se quedó callada unos segundos, mirándome a los ojos. Luego se inclinó y me mordió suavemente el labio inferior.

—No lo sé todavía… —mintió con una sonrisa—. Pero me gusta cómo me mira. Como si yo fuera un trozo de carne cara que quiere devorar. Nadie me ha mirado así en años. Ni siquiera tú.

Sus palabras dolieron. Y me pusieron más duro.

Empezamos a besarnos. Un beso lento, profundo, casi desesperado. Le bajé los tirantes del vestido y liberé sus tetas. Las chupé con hambre mientras ella gemía bajito y me agarraba del pelo.

—Sigue hablando —le pedí entre lametones.

Laura echó la cabeza hacia atrás, disfrutando del momento de poder.

—Cuando estábamos en el agua… rozó mi culo con la mano. Solo un segundo. Pero apretó un poco. Como probando. Y yo… separé las piernas sin darme cuenta.

Gemí contra su pecho. Mis manos subieron por sus muslos hasta llegar a su coño. Estaba empapada.

—¿Te imaginaste que te follaba ahí mismo? —pregunté.

—Un poco —admitió ella, jadeando—. Es muy alto. Muy fuerte. Me imagino cómo me agarraría. Cómo me daría la vuelta y me pondría contra él…

Dejé de pensar. La levanté, le quité el vestido por completo y la tumbé en la hamaca de la terraza. Le comí el coño despacio, saboreando lo mojada que estaba. Cada vez que gemía, yo imaginaba que era Luka quien la estaba haciendo gemir.

Cuando ya no aguanté más, la penetré. Follamos despacio, mirándonos a los ojos. Pero los dos sabíamos que no era solo nosotros dos en esa terraza.

En un momento, mientras la embestía con ritmo constante, Laura me agarró la cara con las dos manos y susurró:

—Si algún día dejo que me toque de verdad… ¿quieres mirar?

Asentí sin poder hablar.

—¿Quieres que te cuente después cada detalle? ¿Cómo se siente su polla dentro de mí?

—Sí… joder, sí.

Se corrió con fuerza, apretándome con las piernas. Yo la seguí poco después, corriéndome dentro de ella mientras imaginaba a Luka llenándola.

Después, nos quedamos abrazados en la hamaca, sudados y respirando agitados. Laura me acariciaba el pecho con las uñas.

—Esto es peligroso —dijo en voz baja—. Porque me está gustando mucho más de lo que pensaba.

—¿El qué?

—Sentir que puedo elegir. Sentir que tengo poder. Y que tú… tú estás aquí, excitado y sufriendo por ello.

No respondí. Solo la abracé más fuerte.

Esa noche apenas dormí. Laura durmió plácidamente a mi lado, desnuda, con una sonrisa satisfecha en los labios. Yo miraba el techo, con el corazón acelerado y la mente llena de imágenes.

Mañana sería el tercer día. Y sabía que Luka estaría esperando en la playa.