Capítulo 2. El bikini blanco y las primeras miradas.
A la mañana siguiente el sol entraba con fuerza por las cortinas de la villa. Me desperté con la polla todavía medio dura recordando cómo habíamos follado la noche anterior. Laura no estaba en la cama. La encontré en la terraza, completamente desnuda, tomando café y mirando el mar.
—Buenos días, cariño —dijo con una sonrisa pícara que no le conocía.
Se acercó, aún desnuda, y me besó profundamente mientras su mano bajaba directo a mi entrepierna.
—¿Sigues pensando en el ruso? —susurró contra mi boca.
—Sí… —admití con voz ronca.
—Bien. Porque hoy me voy a poner el bikini blanco que te gusta tanto.
Se dio la vuelta y caminó contoneando las caderas hacia el interior. Cuando salió del baño diez minutos después, se me cortó la respiración.
El bikini blanco era ridículamente pequeño.
El triángulo superior apenas conseguía contener sus tetas grandes y pesadas.
Se le marcaban los pezones a través de la tela fina.
La braguita era un tanga tan estrecho que prácticamente desaparecía entre sus nalgas redondas y firmes.
Se había puesto un poco de aceite corporal, haciendo que su piel brillara como bronce líquido.
—¿Demasiado? —preguntó girando lentamente delante de mí.
—Estás… jodidamente follable.
Laura soltó una carcajada baja y se acercó. Me agarró la cara con una mano y me miró a los ojos.
—Hoy quiero que me mires. Quiero que veas cómo otros hombres me desean. Y quiero que te pongas cachondo con eso. ¿Entendido?
Asentí, tragando saliva. Mi polla estaba completamente dura otra vez.
Bajamos a la playa poco después de las once. Yo cargaba la nevera portátil, las toallas y la sombrilla como un buen marido sumiso. Laura caminaba delante, con un pareo transparente que no tapaba absolutamente nada. Varias cabezas se giraron. Silbidos discretos. Comentarios en italiano y en inglés.
Planté la sombrilla en el mismo sitio de ayer. Laura se quitó el pareo con lentitud, como si estuviera haciendo un striptease para toda la playa. Se tumbó boca abajo y me pidió que le pusiera crema.
Mientras extendía el aceite por su espalda, sus nalgas y sus muslos, noté que Luka ya estaba allí.
Más cerca que ayer. Sentado en una tumbona premium, sin camiseta, con el cuerpo musculoso y tatuado brillando bajo el sol.
Tenía una cicatriz antigua en el costado y un tatuaje grande de una estrella rusa en el pectoral.
Bebía un vodka con hielo a pesar de ser tan temprano.
Sus ojos estaban fijos en mi mujer.
—Más abajo… —murmuró Laura, separando ligeramente las piernas.
Le unté crema en la parte interna de los muslos, rozando con los dedos el borde del tanga. Estaba mojada. No era crema. Estaba excitada.
Cuando terminé, se dio la vuelta y se tumbó boca arriba. Sus tetas casi se salían del bikini. Miró directamente hacia donde estaba Luka y sonrió levemente.
No pasaron ni veinte minutos cuando el ruso se levantó. Caminó hacia el agua con esa seguridad arrogante que tienen algunos hombres. Al pasar cerca de nosotros, saludó:
—Buenos días. Veo que elegisteis buen sitio.
Su voz era grave, con ese acento ruso marcado que hacía que cada palabra sonara como una orden. Miró a Laura de arriba abajo sin ningún disimulo.
—Buenos días —respondió ella, incorporándose un poco y dejando que sus tetas se movieran—. El agua está buenísima hoy, ¿no?
Luka sonrió. Una sonrisa de depredador.
—Seguro que está mejor contigo dentro.
Laura soltó una risita coqueta. Yo me quedé sentado en mi tumbona, con el corazón latiéndome en la garganta y la polla tiesa dentro del bañador.
Luka siguió hacia el mar. Laura esperó unos minutos y luego se levantó.
—Voy a refrescarme —dijo, mirándome fijamente—. ¿Vienes?
Negué con la cabeza. Quería ver.
Ella caminó hacia el agua contoneándose. Luka estaba ya flotando a cierta distancia. Cuando Laura entró, él se acercó como si fuera casualidad. Empezaron a hablar. No podía oír todo, pero sí captaba las risas de ella y el tono grave de él.
En un momento dado, una ola los acercó más. Luka puso una mano en la cintura de Laura “para estabilizarla”. Ella no se apartó. Al contrario, se dejó tocar. Vi cómo los dedos del ruso bajaban un poco más, rozando la curva de su culo.
Me temblaban las manos. Estaba celoso. Estaba furioso. Y estaba más cachondo que en toda mi puta vida.
Cuando salieron del agua juntos, el bikini blanco de Laura se había vuelto casi transparente. Se le marcaban perfectamente los pezones oscuros y el contorno de su coño depilado. Luka caminaba a su lado, mirándola sin vergüenza.
Al pasar por delante de mí, Laura me dedicó una mirada cargada de significado. Luka ni siquiera me miró. Para él yo era invisible.
Ella se tumbó de nuevo y me pidió más crema, esta vez en las tetas. Mientras lo hacía, me susurró al oído:
—¿Viste cómo me tocó? Tiene las manos grandes… y fuertes.
Gemí bajito.
Esa tarde, mientras Laura dormitaba al sol, yo no podía quitarle los ojos de encima a Luka. Él tampoco dejaba de mirarla. En un momento dado, se tocó la entrepierna por encima del bañador, acomodándose la polla visiblemente gruesa.
Laura abrió los ojos en ese preciso instante y lo vio. En lugar de escandalizarse, se mordió el labio inferior y apretó los muslos.
Cuando volvimos a la villa al atardecer, Laura estaba encendida. Nada más cerrar la puerta me empujó contra la pared y me bajó el bañador. Me chupó la polla con hambre, pero yo sabía que no era por mí.
Entre mamada y mamada, levantó la vista y dijo con voz ronca:
—Su polla se veía enorme incluso por encima del bañador… ¿Crees que será mucho más grande que la tuya?
Me corrí violentamente en su boca sin poder contenerme.
Ella tragó, se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió satisfecha.
—Mañana voy a ponerme aún menos ropa.