Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1) Capítulo 1. Llegada al paraíso.
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Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1)

Mi esposa ya no es mía (La hotwife y el cornudo nº 1)

Por Stella Black

© inepub.com

Capítulo 1. Llegada al paraíso.

El vuelo desde Madrid había sido eterno.

Cuatro horas de retraso, turbulencias y un asiento estrecho que me dejó la espalda hecha mierda.

Pero nada de eso importaba cuando por fin pisamos el resort de lujo en Ibiza.

El sol del mediodía mediterráneo caía como oro líquido sobre las palmeras, las piscinas infinitas y el mar turquesa que se extendía hasta el horizonte.

Se llamaba “Aqua Paradise Resort”. Cinco estrellas, villas privadas, playa exclusiva y una piscina principal que parecía sacada de un sueño erótico.

Habíamos ahorrado durante meses para este viaje.

Doce años de matrimonio. Doce años en los que la rutina había ido apagando poco a poco la pasión.

Sexo una vez al mes, si había suerte. Y yo…

yo había empezado a descubrir algo dentro de mí que me avergonzaba y me ponía la polla dura al mismo tiempo.

Laura caminaba a mi lado, arrastrando su maleta con ruedas.

Llevaba un vestido veraniego corto, blanco, que se pegaba a sus curvas por el calor.

Sus tetas grandes, naturales, se movían con cada paso.

El escote dejaba ver el canalillo bronceado.

Cuarenta y un años y seguía teniendo un cuerpo que llamaba la atención.

Yo, a su lado, con mi camiseta holgada y mis bermudas, me sentía el típico marido invisible.

—Joder, cariño… esto es precioso —dijo ella, sonriendo con esa boca carnosa que tanto me gustaba.

Me besó en los labios, un beso rápido, casi protocolario.

Pero sus ojos brillaban con algo distinto.

Llevábamos semanas hablando de esto. De fantasías.

De “qué pasaría si…”. Yo le había confesado, entre susurros y vergüenza, que me excitaba imaginarla con otro hombre.

Ella había fingido escandalizarse al principio.

Luego empezó a preguntarme detalles. Y ahora, aquí estábamos.

La habitación era una villa frente al mar.

Terraza privada con jacuzzi, cama king size y un baño que parecía un spa.

Dejamos las maletas y Laura se quitó el vestido sin pudor.

Debajo llevaba un bikini blanco microscópico que habíamos comprado especialmente para este viaje.

El triángulo superior apenas cubría sus pezones.

El tanga desaparecía entre sus nalgas redondas y firmes, bronceadas de las sesiones de solarium que había hecho las últimas semanas.

—¿Qué te parece? —preguntó girando sobre sí misma.

Se me secó la boca.

—Estás… jodidamente buena.

Ella se rio, se acercó y me agarró la entrepierna por encima de las bermudas. Notó que ya estaba medio duro.

—Veo que te gusta. Bien… porque pienso usarlo mucho estos días.

Su tono tenía un matiz nuevo. Más juguetón. Más dominante. Me gustó y me asustó al mismo tiempo.

Bajamos a la playa por la tarde. La arena era fina y caliente.

Yo planté la sombrilla y las toallas mientras Laura se untaba aceite solar lentamente, como si estuviera haciendo un espectáculo privado.

Varias cabezas se giraron. Un grupo de italianos.

Dos ingleses musculosos. Y entonces lo vi por primera vez.

Luka.

Estaba a unos veinte metros, de pie junto al chiringuito, hablando con el camarero.

Alto, fácilmente uno noventa. Cuerpo de atleta: hombros anchos, brazos tatuados con tinta negra que bajaban hasta las manos, abdominales marcados incluso desde lejos.

Pelo rubio corto, barba cuidada y unos ojos claros que parecían atravesar a cualquiera.

Ruso, supuse por el acento grave que llegó hasta nosotros cuando pidió una cerveza.

Laura también lo vio. Lo sé porque se quedó un segundo más de lo normal untándose las tetas.

—¿Vamos al agua? —dijo, sin esperar respuesta.

La seguí como un perrito. El mar estaba perfecto. Laura se metió hasta la cintura y luego se sumergió, saliendo con el pelo mojado pegado a la espalda. El bikini blanco mojado se transparentaba ligeramente. Sus pezones se marcaban claramente.

No pasó ni quince minutos cuando Luka entró al agua. Caminaba como si el mar le perteneciera. Se colocó a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que pudiéramos oír su voz grave cuando saludó:

—Buenas tardes. El agua está perfecta, ¿verdad?

Laura sonrió. Esa sonrisa que yo conocía muy bien.

—Sí, increíble. ¿Primera vez aquí?

Empezaron a hablar. Yo me quedé un poco más atrás, fingiendo que flotaba tranquilo.

Pero mi corazón latía con fuerza y mi polla empezaba a endurecerse dentro del bañador.

Luka era educado, pero tenía esa actitud natural de quien sabe que es superior.

Miraba a Laura directamente a los ojos. Y a las tetas. Sin disimulo.

Al cabo de un rato salieron juntos del agua. Yo los seguí a distancia. Luka le dijo algo y ella se rio, echando la cabeza hacia atrás. Cuando llegaron a las toallas, él se despidió con un gesto de la mano, pero sus ojos se detuvieron un segundo más de la cuenta en el culo de mi mujer.

Esa noche, en la terraza de la villa, con una botella de vino blanco fría, Laura se sentó sobre mis piernas. El aire olía a sal y a jazmín.

—¿Viste al ruso de la playa? —preguntó con voz baja, casi ronroneando.

—Sí.

—¿Y qué pensaste?

Tragué saliva. Mi mano subió por su muslo.

—Que te miró como si quisiera follarte.

Laura sonrió contra mi cuello. Sentí su aliento caliente.

—Y yo dejé que me mirara… —susurró—. ¿Eso te pone cachondo?

Mi polla respondió por mí, dura como una piedra contra su culo.

Ella se movió lentamente, frotándose.

—Mañana voy a ponerme el bikini más pequeño… Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar con esto.

Me besó con fuerza, metiendo su lengua en mi boca. Y por primera vez en mucho tiempo, follamos como animales. Pero mientras la penetraba, los dos sabíamos que ya no era solo una fantasía.

El ruso llamado Luka ya había entrado en nuestra historia.