Mi enfermera favorita Capítulo 29
91%

Capítulo 29

Eloy

La llamada llegó a las cuatro de la madrugada, cuando aún tenía a Amelia dormida en mis brazos, con su respiración regular marcando el ritmo de la noche.

El teléfono vibró en la mesita de noche, y el nombre de Valeria parpadeó en la pantalla con una urgencia que me hizo incorporarme de golpe, ignorando el dolor sordo que aún persistía en mi hombro.

—Dime —respondí, bajando la voz para no despertarla.

—Está todo listo —dijo Valeria, y su tono era el de la oficial, no el de la amiga—. Tenemos localizado al resto de la red. El almacén del Puerto, dos de la mañana. Es hoy, Eloy. El último movimiento.

Colgué y me quedé sentado en la cama, mirando la oscuridad. Amelia se movió, sintiendo mi ausencia, y murmuró algo incomprensible. Le acaricié el pelo, inhalando su olor y memorizando la paz de este momento, porque sabía que en pocas horas todo cambiaría.

La operación era necesaria. Con Hernández detenido, la red se desmoronaba, pero los cabecillas seguían libres. Y tenían información. Sabían quién era yo, sabían quién era ella. No estaríamos seguros hasta que cayeran todos.

Cuando amaneció, se lo conté. Estábamos en la cocina, con Mateo todavía dormido, y el café humeaba entre nosotros como una barrera invisible. Amelia escuchó sin interrumpir, con las manos envolviendo la taza como si necesitara el calor para no temblar.

—Debes ir —dijo, y no fue una pregunta.

—Debo ir —confirmé—. Soy el único que ha estado dentro, el único que puede identificar a los principales operadores. Valeria necesita que esté ahí.

Ella asintió, pero vi el miedo cruzando su rostro como una sombra. El miedo de la sala de servidores, de la noche en que estuvo a punto de perderlo todo. Lo vi en la forma en que apretó la taza, en cómo tragó saliva, en cómo evitó mirarme a los ojos.

—Tienes miedo —dije, y era una constatación, no una acusación.

—Tengo terror —corrigió, y su voz se quebró—. No puedo… no puedo perderte, Eloy. No, después de todo. No después de haberte encontrado.

Me levanté y fui hacia ella, arrodillándome frente a su silla para estar a su altura, de modo que no pudiera apartar la mirada de mis ojos.

—Mírame —dije, tomando sus manos entre las mías—. Mírame y escúchame bien. Voy a volver. Te lo prometo. No es una frase hecha ni algo que diga para tranquilizarte. Es una promesa solemne. Voy a volver a ti. A Mateo. A nuestra familia.

Amelia me miró, y en sus ojos vi la batalla entre el miedo y la fe. Lentamente, la fe fue ganando, pero era una victoria costosa, dolorosa.

—Si no vuelves —dijo, con una intensidad que me heló—. Si no vuelves, te buscaré en el inframundo y te mataré yo misma. ¿Entendido?

Sonreí, aunque el nudo en la garganta me impedía respirar con normalidad.

—Entendido —dije—. Pero no será necesario.

La despedida fue intensa, más de lo que las palabras pueden describir.

La tomé en mis brazos en el salón, con la luz del amanecer entrando por la ventana, y la besé como si fuera la última vez.

Fue un beso que contenía todo: el miedo, el amor, la promesa, la vida que estábamos construyendo.

Mis manos recorrieron su espalda, su cuello y su rostro, memorizando cada curva y cada textura.

—Vuelve —susurró ella contra mis labios, con las lágrimas corriendo silenciosas—. Por favor, vuelve.

—Volveré —prometí, besándole las lágrimas, el cuello, la frente—. Espérame.

Mateo apareció en la puerta, frotándose los ojos, con el pelo revuelto y la expresión confusa de quien despierta en medio de una tensión que no comprende.

—¿Papá se va? —preguntó, y su voz sonó pequeña, vulnerable.

Me acerqué a él, arrodillándome para estar a su altura. Lo miré, realmente lo miré, viendo en sus ojos verdes todo el amor y el miedo que sentía.

—Tengo que ir a trabajar, campeón —dije—. Pero volveré. ¿Me lo prometes que me esperarás despierto?

Mateo asintió, pero su expresión decía que no estaba convencido.

Entonces, hizo algo que no esperaba. Se quitó de la muñeca la pulsera de plástico que llevaba desde hacía meses: una pequeña cinta roja con un dije de plata en forma de escudo que Valeria le había regalado cuando cumplió cinco años.

La pulsera de la suerte, la llamaba él. Decía que le protegía de los monstruos y de las pesadillas.

—Toma —dijo, extendiéndomela con una seriedad que solo los niños pueden tener—. Te la presto. Para que vuelvas.

Sentí que el corazón se me rompía y reconstruía en el mismo instante. Tomé la pulsera, esa cinta roja desgastada que olía a champú infantil y aventuras, y me la puse en la muñeca. Quedaba pequeña, apretada, ridícula en mi muñeca de adulto.

—Gracias, agente Castellanos —dije, con la voz ronca por la emoción—. La cuidaré.

—Y tú cuídate a ti —respondió Mateo, abrazándome con fuerza—. Porque Amelia dice que somos familia y que en las familias no se puede perder a nadie. Es la regla.

Amelia sollozó detrás de mí y yo cerré los ojos, abrazando a mi hijo, sintiendo el peso de la pulsera en la muñeca como el mayor peso que había llevado nunca.

Cuando me separé, cuando besé a Amelia por última vez, cuando salí a la calle donde Valeria me esperaba en el coche, supe que no podía fallarles. No a ella, que me esperaba con el corazón en la mano. No a él, que me había prestado su protección más preciada.

Subí al coche. Valeria arrancó sin decir nada, sabiendo el peso del momento. Miré por el retrovisor, viendo la casa donde ellos dos se quedaban, la silueta de Amelia en la ventana y la pequeña mano de Mateo agitándose en despedida.

Me toqué la pulsera en la muñeca. Pequeña, roja, ridícula.

Y por primera vez en mi vida como policía, sentí miedo real. No por mí. Por ellos. Por lo que perdería si no volviera.

—Volveré —susurré, para mí mismo, para ellos, para el universo—. Esperadme.

Y el coche se alejó hacia la operación, hacia el peligro, hacia lo desconocido, llevando consigo la promesa de un padre y el amor de una familia que apenas empezaba a serlo.