Mi enfermera favorita Capítulo 28
89%

Capítulo 28

Eloy

La llevé a casa cuando terminó todo. No a su casa, sino a la nuestra.

A nuestra casa, aunque ella aún no lo supiera, aunque aún no hubiéramos hablado de mudanzas ni de llaves compartidas.

Pero después de lo que había pasado en esa sala de servidores, después de ver la muerte tan de cerca, necesitaba tenerla cerca.

Necesitaba saber que estaba a salvo, que estaba viva, que era mía.

La instalé en el sofá, le traje una manta, aunque hacía calor, y le preparé té, que no bebió porque todavía tenía las manos temblando.

Me senté a su lado y la tomé en mis brazos; simplemente la sostuve, sintiendo su respiración y el latido de su corazón contra mi pecho, la evidencia física de que había llegado a tiempo.

—Lo siento —dije, y mi voz sonó ronca, destrozada—. Siento haberte puesto en peligro. Siento que mi trabajo, mi caso…

—No —interrumpió ella, poniendo un dedo sobre mis labios—. No te disculpas. Tú me salvaste. Eso es lo único que importa.

Nos miramos y en sus ojos vi el amor que había visto en la clínica, pero ahora amplificado, sin miedo ni reservas. Ella había dicho las palabras. Esas dos palabras que llevaba meses conteniendo.

—Ya lo sabía —dije, acariciando su mejilla—. Sabía que me querías. Lo supe desde que te vi llorar en esa sala, desde que me dijiste que tenías miedo de quererme. Pero oírtelo decir… —tragué saliva—. Oírtelo decir cambia todo.

—¿Todo? —preguntó, con una sonrisa temblorosa.

—Todo —confirmé, y la besé.

Fue un beso diferente a todos los anteriores.

No había urgencia, no había desesperación.

Había certeza. Promesa. Permanencia. Mis labios se movieron sobre los suyos con una ternura que me dolió en el pecho, sintiendo cada respiración suya como si fuera mi propia vida.

La besé como quien sella un pacto, como quien dice «aquí estoy y no me voy».

Cuando nos separamos, ambos teníamos los ojos húmedos. No llorábamos, pero estábamos al borde. Al borde de algo grande, de algo que cambiaba nuestras vidas para siempre.

—Papá —la voz de Mateo nos interrumpió desde la puerta del salón—. ¿Puedo entrar? La tía Valeria dice que debo dormir, pero no puedo. Tengo demasiadas preguntas.

Amelia y yo nos separamos, pero no soltamos las manos. Mateo entró con su pijama de Superman, descalzo, con el pelo revuelto y los ojos brillantes de curiosidad insomne.

—¿Estás bien, Amelia? —preguntó, acercándose con cautela, como si temiera que fuera a romperse.

—Estoy bien, pequeño —respondió ella, y su voz se quebró apenas—. Gracias por preguntar.

—Papá te salvó, ¿verdad? —dijo Mateo, sentándose en el suelo frente al sofá, cruzando las piernas—. La tía Valeria me ha dicho que eres una heroína. Que has ayudado a atrapar a un malo muy malo.

—Tu papá es el héroe —dijo Amelia, mirándome con esos ojos que me desarmaban—. Él me salvó.

Mateo nos observó alternativamente, con esa inteligencia que a veces olvidaba que tenía. Nos vio cogidos de la mano, nos vio las caras sonrojadas, los ojos brillantes, la intimidad que irradiábamos.

—Papá —dijo de repente, y su voz cambió, se volvió más pequeña, más vulnerable—. ¿Amelia ya es de la familia?

La pregunta cayó en el silencio como una piedra en un lago quieto. Amelia y yo nos miramos, y algo se rompió dentro de ambos. No de dolor, sino de amor. De un amor tan grande que no cabía en nuestros cuerpos.

—Porque —continuó Mateo, sin esperar respuesta—, porque si es de la familia, entonces ya puedo decirlo en el cole. Puedo decir que tengo una mamá nueva. Que no es mamá de verdad, pero sí es como una mamá. Y que me cuida cuando papá no puede. Y que hace burbujas con las manos en el baño.

Las lágrimas llegaron. No pude evitarlas. Sentí cómo corrían por mis mejillas, calientes, silenciosas, mientras Amelia sollozaba a mi lado, con la mano sobre la boca, intentando contener el llanto que la desgarraba.

—¿Por qué lloráis? —preguntó Mateo, confundido, preocupado—. ¿He dicho algo malo?

—No, campeón —dije, limpiándome las lágrimas con el puño, riendo y llorando a la vez—. No has dicho nada malo. Has dicho lo más bonito que me han dicho en la vida.

—Entonces, ¿puedo decirlo? —insistió, y sus ojos verdes eran tan intensos, tan llenos de esperanza—. ¿Puedo decir que Amelia es de la familia?

Amelia se levantó del sofá, tambaleándose un poco, y se arrodilló frente a Mateo. Lo agarró por los hombros, lo miró a los ojos y asintió con la cabeza, incapaz de hablar por las lágrimas.

—Sí —susurró finalmente—. Sí, pequeño. Soy de la familia. Si vosotros me queréis… soy de la familia.

Mateo sonrió. Fue una sonrisa tan brillante, tan pura, que iluminó toda la habitación. Se lanzó a los brazos de Amelia, y ella lo cogió, lo levantó y lo abrazó con una fuerza que decía: «nunca te voy a soltar, nunca te voy a dejar».

Yo los abracé a los dos, formando un círculo imperfecto de lágrimas y amor, y supe que este era el momento. El momento que recordaría cuando fuera viejo, el momento que contaría a mis nietos, el momento en que mi familia se completó.

Pero Mateo, porque Mateo siempre era Mateo, no nos dejó llorar demasiado tiempo.

—Entonces —dijo, separándose un poco del abrazo, con total seriedad—, si Amelia es de la familia, ¿tiene que aprender la canción de la familia?

Amelia y yo nos miramos, confundidos, todavía secándonos las lágrimas.

—¿Qué canción? —preguntó ella, con voz temblorosa.

—La canción de los Castellanos —explicó Mateo, como si fuera evidente—. La que cantamos en el coche cuando vamos a la playa. Papá canta fatal, yo hago los coros y ahora Amelia tiene que hacer la segunda voz. Aunque cante fatal también, porque en esta familia cantamos todos fatal. Es la regla.

Amelia se rio. Fue una carcajada que brotó de lo más profundo, limpia, liberadora, que rompió la tensión emocional como un rayo de sol tras la tormenta.

—¿Canta tu padre fatal? —preguntó, mirándome con los ojos brillantes.

—Fatal —confirmé, secándome las lágrimas y sonriendo—. Como una cabra con hipo.

—¡Papá! —protestó Mateo, indignado—. No digas eso. Digo que cantas mal, pero no tanto.

—¿Entonces cómo? —pregunté, levantándolo en brazos, haciéndolo girar.

—Como… como un dinosaurio con resfriado —dijo Mateo y estalló en risas.

Amelia se levantó, se acercó a nosotros y nos abrazó a los dos; los tres nos reímos juntos, con las caras mojadas de lágrimas que ya no eran de tristeza, sino de una alegría tan grande que no cabía en el pecho.

—Acepto —dijo Amelia, besando la mejilla de Mateo, luego la mía—. Acepto ser de la familia. Acepto la canción. Acepto todo.

Y mientras Mateo empezaba a cantar, desafinado, fuerte y absolutamente feliz, una canción inventada sobre policías, enfermeras y dinosaurios, supe que habíamos encontrado algo raro y precioso.

Habíamos encontrado el amor. Y el amor, a veces, venía en forma de un niño de seis años que quería que su nueva mamá aprendiera la canción de la familia.

Y eso era perfecto.