Mi enfermera favorita Capítulo 27
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Capítulo 27

Amelia

Estaba sola en la sala de servidores cuando escuché el clic de la puerta al cerrarse.

No debería haber estado allí. Era una zona restringida, pero Marcos me había pedido que revisara unos informes de acceso que solo podían consultarse desde ese terminal.

Eran casi las diez de la noche, el turno de noche avanzaba lentamente y el edificio estaba en silencio, salvo el zumbido eléctrico de las máquinas.

Me giré en la silla, pensando que sería algún compañero de mantenimiento. Pero no era un compañero.

Era él.

El doctor Hernández estaba de pie junto a la puerta, con la llave en la mano, y algo en su sonrisa hizo que se me erizara la piel.

Era una sonrisa que había visto cientos de veces en los pasillos, cordial, profesional, vacía.

Pero ahora, en la penumbra de la sala de servidores, con solo la luz azulada de las pantallas iluminando su rostro, esa sonrisa parecía pertenecer a otra persona.

—Doctor Hernández —dije, y mi voz sonó extraña, aguda—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Tú sí puedes, Amelia —respondió, y su voz era diferente a la que conocía. Más fría, más dura—. De hecho, eres exactamente lo que necesito ahora mismo.

Se acercó un paso. Yo me levanté de la silla, sintiendo instintivamente que algo iba mal.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, en un ritmo desbocado que resonaba en mis oídos.

Pensé en Eloy, en lo que me había contado sobre la investigación y los sospechosos.

Pero no había conectado los puntos. No hasta ahora.

—No entiendo —mentí, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la estantería de servidores.

—Oh, creo que sí entiendes —dijo él, sacando algo del bolsillo de su bata.

Un bisturí. Un simple bisturí quirúrgico que brilló bajo la luz de las pantallas como una promesa de violencia—.

Tu novio ha estado haciendo preguntas incómodas.

Y ahora Vila ha desaparecido. Así que tú vas a venir conmigo, Amelia.

Vas a ser mi seguro de vida hasta que esté fuera del país.

Las palabras cayeron como piedras. Mi mente tardó en procesarlas. Secuestro. Rehén. Fuga. Eran palabras que pertenecían a películas, a noticias de televisión, no a mi vida. No a una noche de turno cualquiera en la clínica donde trabajaba desde hacía cinco años.

Por primera vez, comprendí que aquello era real.

No era una historia de policías y ladrones la que Eloy contaba en la cena.

No era una investigación lejana que no me concernía.

Era real. Era mi vida. Y estaba en peligro real y tangible, con un hombre que conocía mi dirección, mi horario y mis rutinas.

Un hombre que ahora tenía un bisturí en la mano y locura en los ojos.

—No —dije, y mi voz salió como un susurro—. No voy a ir con usted.

—Sí vas a ir —respondió, dando otro paso—. Porque si no lo haces, Amelia, tendré que hacerte daño. Y no quiero hacerlo. Realmente no quiero. Pero tú y yo sabemos que tu novio es muy protector. Y sé que vendrá a buscarte. Así que mejor vamos a esperarle juntos, ¿verdad?

Me agarró del brazo. Su mano era fría y húmeda, y su fuerza me sorprendió.

Intenté zafarme, pero me empujó contra la estantería y sentí el metal frío contra mi espalda.

El miedo me paralizó. No era el miedo a una discusión, o a un error médico o a una reprimenda.

Era miedo a morir. Miedo a que nunca volviera a ver a Eloy, a que nunca más abrazara a Mateo, a que todo terminara en esta sala fría y oscura.

—Por favor —susurré, y las lágrimas empezaron a nublarme la vista—. No haga esto.

—No es personal —dijo, y casi me reí del cliché, de lo absurdo que sonaba—. Es solo negocio. Y tú eres…

La puerta se abrió de golpe.

No escuché pasos. No escuché nada antes de verlo. Solo estaba allí, como un fantasma, como un ángel vengador. Eloy. Con la pistola en la mano, con los ojos verdes convertidos en hielo, con una expresión que nunca le había visto: pura furia controlada, miedo contenido, amor desesperado.

—Suéltala —dijo, y su voz fue tranquila, mortal.

Hernández se giró, sorprendido. Su mano se tensó en mi brazo, clavándome las uñas, y gemí de dolor. Eloy dio un paso adelante y vi que temblaba. No de miedo, sino de la contención de no disparar, de no matar, de no perder el control.

—La última vez que alguien me apuntó —dijo Eloy, y su voz no era la de mi amante, era la del policía, del protector, del hombre dispuesto a todo—, terminé en un callejón con una bala en el hombro. Y él está detenido. No quieres saber cómo termina esto si no sueltas a mi mujer.

Su mujer.

La palabra resonó en mi cabeza incluso en medio del pánico. Mi mujer. Como si ya fuera un hecho, como si ya fuéramos eso.

Hernández dudó. Vi la indecisión cruzar su rostro, el cálculo de sus opciones. Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, solo con el instinto de sobrevivir, giré sobre mí misma y clavé el tacón de mi zapato en su pie con toda la fuerza que tenía.

Gritó. Me soltó.

Y Eloy se lanzó.

El impacto fue brutal. Ambos cayeron contra la estantería, y vi el bisturí volar por el aire, alejándose de nosotras.

Oí golpes, gruñidos, el sonido de la lucha cuerpo a cuerpo.

Pero yo no podía moverme. Estaba paralizada contra la pared, con las manos temblando y el corazón latiendo tan fuerte que creía que me iba a desmayar.

Cuando Eloy se levantó, tenía a Hernández inmovilizado en el suelo, con las esposas en las muñecas. El doctor gritaba algo, pero no escuché las palabras. Solo veía a Eloy. Solo existía él.

Y entonces, cuando me miró y se acercó a mí con pasos que de repente parecían inseguros, algo se rompió dentro de mí.

No fue gradual. Fue una fractura total, un dique que cedía.

Me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo frío, y el llanto llegó.

Violento, desgarrado, sin control. Sollozaba con una fuerza que me dolía en el pecho, con lágrimas que no podía contener, con un miedo que finalmente tenía permiso para salir.

—Amelia —dijo Eloy, y estaba a mi lado, arrodillándose, tocándome con manos que temblaban tanto como las mías.

No dijo nada más. No hubo grandes discursos, no hubo explicaciones heroicas, no hubo palabras de consuelo que pudieran alcanzar donde yo estaba. Solo me abrazó. Me envolvió con sus brazos, me apretó contra su pecho, me ocultó el mundo con su cuerpo.

Y yo lloré. Lloré el miedo de la última hora, lloré el miedo de los últimos meses, lloré la certeza de que había estado a punto de perderlo todo.

Lloré contra su camisa, manchándola con mocos y lágrimas, y él solo me sostuvo.

Me sostuvo mientras los refuerzos llegaban, mientras Valeria entraba con la pistola en alto, mientras el mundo seguía girando fuera de ese abrazo.

Cuando el llanto se convirtió en hipidos, cuando ya no me quedaban lágrimas, cuando solo quedaba el vacío limpio del alivio, levanté la cabeza. Lo miré. Realmente lo miré.

Y vi todo. El amor, el miedo que él también había sentido, la determinación, la promesa.

—Te quiero —dije.

No fue un susurro. Fue una afirmación clara y definitiva, sin miedo, por primera vez. No fue «me gustas», no fue «estoy enamorada». Fue te quiero, con todas las letras, con todo el peso, con toda la verdad.

Eloy cerró los ojos un segundo, como si mis palabras fueran un bálsamo para una herida que llevaba sangrando desde que me conoció. Cuando los abrió, estaban húmedos.

—Yo también te quiero —respondió—. Te quiero, Amelia. Y no voy a dejar que nadie te quite de mi lado.

Me besó entonces, y aunque fue un beso breve, casto, con el sabor de las lágrimas y el miedo todavía presente, fue el beso más verdadero que habíamos compartido.

Porque, finalmente, después de tanto miedo, tanto juego y tanta precaución, habíamos dicho la verdad.

Y esa verdad nos sostuvo mientras la policía se llevaba a Hernández, mientras la noche se desmoronaba en madrugada, mientras el mundo volvía a ser seguro.

Estábamos juntos. Estábamos vivos. Y nos queríamos.

Eso era suficiente. Por ahora, eso era todo lo que necesitábamos.